De lo fugaz que, sólo a veces, es eterno

Hete aquí que una se sienta como impregnada de aquel brillo fulgurante en cada palabra leída. Hete aquí que una se presente en sus opiniones con ínfulas de llevar al mismo Larra imbricado entre las fibras del verbo que ahora exhala. Es difícil contemplar el sol y que la remanencia de su centelleo no te acompañe durante varios minutos. Del mismo modo, no se puede leer a Don Mariano José de Larra sin sentir que algo dentro de uno mismo sigue palpitando emocionado.
Es extraño como a fuerza de repetir el reconocimiento de los méritos parecen desgastarse. Pero no es éste el caso de Fígaro. Es imposible que no despierte la mueca de perplejidad más sincera en el lector actual al observar la indudable contemporaneidad de sus textos. Pero no se trata sólo de un atino fulgurante en temas que, inexplicablemente siguen formando parte de la cotidianeidad de este país. En mi opinión el costumbrismo “larriano”, el descaro que aviva cada palabra que escribe, su desarraigo y esa, si se me permite, bofetada que propina en cada cariz del orgullo nacional, hacen de Larra más un visionario que un simple doctor capaz de diagnosticar las patologías de la sociedad española. Y digo esto porque en sus textos se pueden apreciar aspectos que en su época ni siquiera estaban cerca de ser descubiertos. La propia idea de disgregar la masa y no considerarla un ente uniforme, esa reflexión fundamental de la que se valen hoy día los publicistas para dirigirse a sus famosos “target”, ya la evocaba Larra en artículos como ¿Quién es el público y dónde se encuentra?, un texto que bajo mi punto de vista no sólo busca el eco de reciprocidad del trabajo periodístico, sino que también aborda la problemática de entender el concepto de “público” como una muchedumbre sin disonantes, en la que el conjunto es un todo que actúa en una sola dirección. “No existe un público único, invariable, juez imparcial, como se pretende; que cada clase de la sociedad tiene su público particular, de cuyos rasgos y caracteres diversos y aún heterogéneos se compone la fisonomía monstruoso de lo que llamamos público”. Y esto mismo que una profesora entregada al marketing y a los mensajes publicitarios me explicaba como la panacea de los descubrimientos para el efectivo desarrollo de la publicidad en una sociedad que varía y no es sólo masa, resulta que ya estaba siendo apuntado por Larra allá por 1832. Simplemente, alucinante. Y los ejemplos pueden extenderse durante folios y folios amontonándose sin horizonte: el problema de una moralidad eclesiástica rígida, la rebelión de las mujeres contra los yugos sociales, la radicalización de España en infinidad de extremos que tensionaban y, todavía, coletean entre los problemas de nuestros coetáneos. “La sociedad es, pues, un cambio mutuo de prejuicios recíprocos”, concluía en La Revista Española. Y en el momento en que la mente de esta Trilby sea capaz de arrojar la cuarta parte de esta clarividencia, entonces; sólo entonces, podremos decepcionarnos con Larra o, cuando menos, cesar el entusiasmo con el que ahora lo acicalamos.
Su sensibilidad extrema no estaba reñida con el hecho de que, también en el fondo, fuese un tanto antisocial y huraño, paternalista y perpetuamente juicioso con los demás. Sin embargo, cualquier falta está eclipsada por sus vivos diálogos, por su humor mordaz que transporta irrefutablemente a una reflexión crítica, alejada de la simple carcajada que guardan sus textos en una lectura superficial. Algo fabuloso en Larra es que escribiendo para su siglo trascendió a la Historia. Se escurrió por una suerte de fisura de la genialidad y cayó, paradójico y, puede que por primera vez comprendido, en las manos de generaciones posteriores, que sedientas de inspiración, con las legañas en los ojos y las neblinas del disparate entre los sesos, no conseguían medrar hasta tan altas miras como llegó a alcanzar don Mariano. De Larra, por descontado (no se me vayan a confundir algunos).
Era, pues, algo más que ese humor bravucón e inteligente, más incluso que esa voz socarrona del que sabe y conoce pero finge ignorar. Un humor despierto y sin complejos, cuyo frescor no es caduco ni puede serlo: sobrepasa lo inmediato aunque fuese creado para él. Es, bajo mi punto de vista, su estilo y no los temas que elige con mayor o menor afán de trascendencia, el que le eleva por encima de su época y lo traslada, no sólo a la nuestra, como si fuese un fantasma que aparece invocado por los presentes. Larra es más que eso, supera el concepto de coetáneo y pertenece a todos los tiempos. Aunque quizás suene un poco arriesgado hablar de futuro, tenemos más que pesquisas para demostrar nuestras tesis ¿acaso no se “troncharían” de risa mis sobrinos con sus diálogos? ¿Con esa atmósfera de fábulas sin hadas, con ese estilo de ironía encantada en la que lo inverosímil se describe al detalle, adornado con un lacito de falacias, para finalmente resultar en su conjunto increíblemente real? Larra podría hacernos creer que la Luna se pesca en el fondo de los mares y que de la brisa de una mirada nacen todos los planetas del firmamento y allí, en los océanos podríamos irnos a buscar porque, además de despertar carcajadas, su estilo convence, y capacidades tiene para hacer sembrar la duda hasta en el mismísimo Copérnico.
Intento corregir mi dispersión natural pero es especialmente difícil con un autor de este calibre. Es admirable en tantos aspectos que se escapa de lo abarcable a los sentidos. Leerlo es asistir a una degustación de maestría y elegancia, no falta de compromiso con lo humano, no desvinculado del todo a esa tierra que adora y repudia con la misma facilidad. Consiguió ser ese flautista encantado que ponía los dedos en movimiento y las palabras desfilaban sonoras y brillantes, en su orden justo, con la armonía perfecta. Tanto es así que es fácil que se apodere de nosotros el complejo de insignificantes. Que lo que a una le apetece después de leerlo es recoger los bártulos y extender las ilusiones de adolescente en un solar que no aprovechen otros con tanto esplendor. Es justo añadir, además, que el estilo de Larra, lo acompañó hasta su final: provocado, cargado de toda una simbología y una mística que nunca ocultó tener en sus textos. La esperanza que fueron perdiendo paulatinamente sus textos, se tradujo en la misma desidia vital.
No obstante, no creo que el fallecimiento de Larra forme parte de su obra. Aunque sí parece claro que contribuyó a canonizar su espíritu de entrega y a engrosar los egos de los críticos más románticos. Quizás, si lo pensamos detenidamente, nadie podría imaginarse a James Dean envejecido, lo que le ha hecho pasar a la historia con ese rostro de perpetuo ángel herido. Es más, me resulta difícil resistir la tentación de relacionarlo también con un autor norteamericano y, bastante posterior, que también acabó su vida con un suicidio: J. Kennedy Toole, creador de una de las comedias más fabulosas de la literatura, La conjura de los necios. Y el parentesco lo traigo a colación de que, no hablamos sólo de dos seres atormentados que usan la comedia para desgastar ese peso que asfixia su conciencia. No obstante, aunque los finales parecen iguales, yo veo demasiadas diferencias. Para empezar, Toole, como tantos otros, se suicidó por una súbita conciencia de mediocridad. Es decir, por no ser leído. Sin embargo, la situación de Larra era muy diferente. Y ahora tengo el extraño convencimiento de que la muerte estaba tan dentro de sí mismo como su propio arte. De que sus críticas no eran simplemente entrega a una causa. Se me ocurre decir que quizás era sólo el afán egoísta (aunque no por ello menos meritorio) de querer sentirse más integrado en un mundo del que ya se sentía fuera. Escribir como para integrarse. Criticar como para mejorar el entorno y quizás acercarlo más, mucho más, a ese espacio inaccesible en el que Larra vivía. Pasear hoy por las calles de Madrid, intuir la placa conmemorativa de su desgracia tras las ramas secas de un árbol cualquiera que crece en las aceras de esta ciudad. Pasear por las calles de Madrid e imaginarse al propio Larra antaño, levitando entre las gentes por la calle Santa Clara, sumido en sus reflexiones, quizás afilando esa última palabra que se le quedó enredada en la comisura de los labios. Algo tiene de estremecedor. También algo mágico. Una se pregunta si todavía en el aire, puede hallarse suspendido un pequeño átomo de la genialidad del escritor, que se hubiese desprendido asustado de su propio destino. Sin embargo, quedarse con el final es como negar que hubo también un principio. Quizás le reprocho haber confundido la ilusión incontenible de tener un sueño, poder mejorar algo, con la certeza de alcanzarlo (“una palabra sola es palanca suficiente a levantar la muchedumbre” escribió una vez), los anhelos no son nunca evidencias que nos lleven a ninguna parte. En ocasiones también me pregunto qué sentiría él viéndonos ahora. Una parte de mí (que reconozco no sin cierto pudor ruboroso) quisiese imaginárselo agradecido pero, desengañémonos. Al ver el corro de alumnos en torno a sus textos, estoy casi convencida de que Larra, simplemente, nos consideraría unos auténticos ignorantes, febrilmente poseídos por una pasión inútil y nada racionalista.
Bajo mi punto de vista, no es que los jóvenes de hoy en día leamos a Larra con cada vez mayor entusiasmo porque también nos preocupa la sociedad en la que vivimos. En esto, discrepo ampliamente con el artículo de Fanny Rubio publicado en El País. He de decir que, la emoción que puede despertar Larra entre los estudiantes no es fruto de ese compromiso con la sociedad en la que nos ha tocado vivir y debemos mejorar. Ni mucho menos, teniendo en cuenta, además, que vivimos la mayor parte del tiempo sumidos en una especie de atrofia mental que impera en nuestro derredor. Creo que, al contrario, Larra fue pionero hasta en sus más elementales aspiraciones. Hoy en día, en general, adolecemos del mismo tratamiento aséptico hacia la política y del mismo desencanto hacia la sociedad que despierta decir que uno es joven y, para colmo, periodista, la mezcla es más explosiva que el TNT del Coyote. Uno también siente ser un payaso entre las gentes. En definitiva, creo que a Larra se le reconoce, fundamentalmente y en primer lugar, (lo de más es sólo secundario) porque su maestría es envidiable y se palpa en cada texto. Personalmente, lo admiro, por esa clarividencia y porque cuando leo sus artículos noto que en ellos subyace turbia esa idea de El Conde Lucanor, un Patronio y su ayo. O, más actual: Gala y sus Charlas con Troylo. Son reflexiones que se sangran de lo íntimo, que sólo se pueden contar a un perro enroscado a tus pies o a un criado inventado. Y diría más. Bajo esa pantomima de ironías y colores humorísticos había palpitante un eco intimista, profundo e, inevitablemente apostillando este último adjetivo, de una negrura espesa y perenne como la que Rosalía de Castro destilaba en sus poemas. De lo fugaces que son las palabras, a veces, por majestuosas, se hacen eternas. Y eso es Larra. La decepción que se adhiere a las entrañas, la sonrisa que le baila al lector en los labios. Y si no convenzo a nadie con este panegírico que despertaría la carcajada más sonora del mismísimo Larra, si no he llegado ni a la fibra más superficial de las sensibilidades del que me lee, entonces me encojo en mi orgullo, me decido a acabar con esta farsa y cerrar este texto con un final previsible. Porque ahora mismo lo que me apetece decirle, apreciado lector, es que la pereza me puede y, el espíritu del Vuelva usted mañana se ha apoderado de mi convencimiento. Larra es miel en las bocas que saben reconocer la dulzura.
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