Ensoñación victoriana

Siento los pequeños mordiscos de mis nervios avanzando por mi vientre, punzándome el estómago con la sutil dentada de una termita solitaria. Parece que la vida reserva (¡aún!) ése tipo de misterios: todavía soy capaz de levantarme sintiendo que queda algo por hacer, un asunto que cuelga de otros cabellos, diferentes a los de la monotonía. Refresco mi rostro con el agua de la jofaina, que parece siempre extraída de la almendra helada de un corazón de nieve. Dispuesta sobre la coqueta de mi dormitorio, la palangana también salpica los objetos: el cepillo, los abalorios. Parece que su cuerpo de agua ansiase despertar la vida también en ellos. Me miro al espejo como quien ve una sombra y, paulatinamente, los ojos se van desprendiendo del sueño y voy recobrando la nitidez. Diría incluso que esta emoción contenida me hace verme más atractiva. Mi pelo lacio y de carbón tiene hoy un brillo inusitado e, incluso, se reservaba cierta coquetería altiva cuando lo recojo en un moño sobre la nuca. Las arrugas abiertas como cicatrices alrededor de mis ojos parecen difuminadas sobre la piel. Creo que hoy voy olvidando (aunque sólo de forma superficial) que ya he vivido tanto que percibo esa estación de paso llamada felicidad, lejana y sin retorno, abandonada mucho tiempo atrás.
Elisabeth entra en estos momentos con la taza del desayuno sobre una bandeja de plata. Hubo un tiempo en el que deseé todo este mundo ostentoso, las cortinas de satén, los bordones dorados, (Elisabeth esquiva mis chaplines en el suelo) la alforja de la cama pretendiendo alcanzar el cielo… Y, sin embargo, ¡cuántos años llevaba muerta entre aquellos lujos! El corazón latiendo y los labios sonriendo al compromiso, las piernas siguiéndose la una a la otra en una sucesión absurda de la que ya no se sentía más que aire entrando y saliendo de los pulmones. Hubo otra época, un verano, quizás una semana y, si me apuran, constreñiría el tiempo (igual que ahora Elisabeth hace conmigo al colocarme el corsé) a un puñado de horas. Recuerdo a todos aquellos amigos, jóvenes y locos, se reviven ardientes en mi retina, porque no hay unión más fuerte, ni amor más profundo, que el que coloca a los corazones en el desconcertante candelero del “todo es posible”. Y entre nosotros lo fue sin reparo ni mesura y juro que llegué a sentir la felicidad galopando salvaje entre mis venas.
Y, ahora, (¡mírenme!) dando demasiadas vueltas a la cuchara contra la porcelana china, ida, abstraída de mi cuerpo y de mi ser. Rememorando aquellas horas, lejanas ¡pero tan infinitas en mi mente! luchando (cucharilla en mano) para que el azúcar no deje su poso en la taza, para que no conforme esa costra almidonada que, como la tristeza en mi corazón, sólo se puede disolver con la dedicación del agua (lágrimas también pueden servir) y el estropajo.
“Señora Dalloway” -me dice Elisabeth-. “Creo que debería salir a comprar las flores para la fiesta de esta noche”.
Por muchos alardes onomatopéyicos que haga no conseguiré el mismo efecto de ruptura que podría transmitirles si estuviese contándoles esto mismo por la radio o la televisión. El caso es que suena una especie de ¡CRASH! y aquel mundo en el que habitaba se desmoronó. Me despierto con una fila del teclado del ordenador serigrafiada en mi frente (de la A a la Ñ, esa torpe letra “typical spanish” que me pone tan nerviosa). Un cigarro olvidado en el cenicero, liado con la revoltosa maña de las madrugadas, me invita a volver a encender su extremo de canela. Elevo repentinamente mi cabeza de entre los brazos y, superado el mareo y la confusión iniciales, comienzo a entenderlo todo. La Señora Dalloway, de Virginia Woolf, reposa junto a mí sobre el escritorio. Comprendo que al igual que Peter en la novela mi carácter se encuentra afectado de fábrica por la misma debilidad, como la autora describe “su receptividad a las impresiones había sido su talón de Aquiles” y por eso también yo me sentí “estremecer, como una planta en el lecho del río siente el golpe de un remo que pasa” también yo “había vibrado igual”, en sintonía con los sentimientos de los personajes de la novela. Y es que, a pesar de que el sueño me hubiese ganado el pulso, creo reconocer una parte de mí todavía flotando entre las olas de calidez infinita de una historia, entre las hebras de ternura que destila el delicado frufrú del vestido de la Señora Dolloway, repiqueteando alborotado en mi sesera. Una historia que, quizás, hubiese sido como cualquier otra si careciese del ritmo, la prosa, la vibración diáfana y clarividente de la pluma de Virginia Woolf. A través de la rutina, con el tema más insignificante, abre las heridas de la reflexión.
Es difícil resistir el complejo que embarga a las horas, que danzan como olas en un mar de cristal ovalado. Los minutos se deslizan con la parsimonia de lo inevitable, transcurren, no sin sugerirse uno a otro, no sin anunciar un eco del tiempo pasado, no sin desear la venida de un futuro. Las horas son en sí mismas el presente que se intenta eludir entre las hebras del recuerdo, entre los cabellos de la fantasía. Por eso todos somos, en cierto modo, la Señora Dalloway y avanzamos con ella, nos sumergimos en su pasado y descubrimos aquel encanto de antaño que anhela, gracias a la capacidad de Virginia Woolf para desarrollar a través de detalles nimios, físicos o de la acción, casi ridículos para el lector, las pinceladas justas, el trazado de la estructura psicológica de los personajes protagonistas y toda su fuerza encandiladora.

Me siento algo embriagada, quizás de pura locura (que no es más que, como se cita en la novela “la ausencia del sentido de la proporción”). Tomo las últimas notas, pienso sinceramente en abandonar, abrumada por ese fluir, por esa belleza natural en las palabras suspendidas en la atmósfera literaria de Woolf. Intento hacerme la valiente y me asomo a la ventana de mi habitación, que da al patio de luces. Busco, casi asfixiada, ese trocito de cielo de Madrid que tanto cuesta atrapar y, aunque juraría que ya estoy despierta y he abandonado la ensoñación, oigo la música de una fiesta colándose entre los cristales. La vecina del primero -pienso- debe tener una vida social agitada. Sin embargo, un rayo de curiosidad me atraviesa y observo cómo el cristal de la ventana cede a un lado, una mano se agarra fuerte al filo y unas enaguas cubren el espacio del alféizar. Miro al interior de mi cuarto, como buscando desmontar la broma, o quizás buscando a un testigo con el que aliviar mi secreto, con el que compartir mi asombro.
Sólo al volver la vista hacia el patio me sobresalto ante mi visión y un puñetazo de incredulidad sacude todas mis amodorradas células: con una pierna apoyada en el suelo del exterior, una dama victoriana, una mujer sutilmente escotada, cubierta de encajes, ceñida en sus encantos, coronada por un moño que apenas deja caer a los lados dos mechones en tirabuzón, continúa con su plan de fuga. Yo me acobardo oliendo su miedo, que asciende por las paredes hasta mis fosas nasales. Siento, de esa forma en la que a veces se predicen ciertas cosas, que va a detectar mi presencia. Y con su cuerpo totalmente desprendido de aquel cubículo, clava, como consciente de mi mirada, sus ojos en los míos y, entonces, me doy cuenta de que esa mujer ¡TIENE MI ROSTRO! Huye, galopa libre, aliviada, mientras yo me voy reclinando, me voy cayendo poco a poco de espaldas. Llaman a mi puerta, pero no contesto. La voz, distorsionada tras la madera, suena todavía más horripilante y su eco desata las cadenas de mi tormento: “Señora Dalloway -dice- sus invitados se preguntan cuándo bajará a la fiesta.”
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2 comentarios

Archivado bajo escritoras, libros, señora dolloway, Virginia Woolf

2 Respuestas a “Ensoñación victoriana

  1. Anónimo

    Leí tu primera publicación y me estremeció el sabor de cada vocal (no esperaba menos). Cada nueva publicación es un nuevo aliciente de admiración y hoy descubrí que todos llevamos una señora Dalloway dentro. Tal vez vivimos en un presente casi inexistente, apenas un pequeño < .> y ya está, se fue, ahora pertenece al pasado. Y es ahí donde vivimos exactamente, en el pasado, lo que nos mueve en el presente, lo que nos proyecta a un futuro inventado por un ser humano en su afán previsor o quizá por su empeño en “esperar” en lugar de “aceptar” como asegura Robert Fisher. A todos, como a la señora Dalloway, nos llega a veces el eco de aquel día de junio.
    Felicidades por el blog y gracias por tus reflexiones que abren la puerta a otras nuevas, algunas sin fundamento (jeje) pero que ayudan a deshollinar mentes dormidas.
    Y nunca, nunca dejes de escribir, y mucho menos de publicar, verdaderamente es un regalo para los sentidos y un tesoro blogero, jejeje. besico.

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  2. Como siempre lo perjudicial es anquilosarse… creo que no tiene nada de malo revivir el pasado y mucho menos pensar en el futuro. El problema es cuando lo conviertes en una práctica para eludir el momento, como tú bien dices, como intentando evitar el “aceptar” la vida que vibra en cada segundo presente. Gracias por leer el blog y por los ánimos, por las palabras, por dejarte llevar en este tumulto de ensoñaciones y, sobre todo, por reconocer a esa pequeña Señora Dalloway que todos llevamos dentro.
    Un saludo!!

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