El Madrid de Corpus Barga, el Madrid de hoy

La decepción, tomada en su expresión más exasperante, aquella que posee los ánimos de un compungimiento amargo y severo, sólo pertenece a aquellos que aman, que proyectan una suerte de mérito sobre las gentes y las cosas, a aquellos que esperan algo de ellas. Con la tierra, esa patria reducida a los visos de la infancia, a los recuerdos, a los rostros que dan sentido a la diferencia, a las variantes de olores y luces de las calles recorridas tantas y tantas veces en un solo día; uno adquiere un egoísmo a la par bravucón y sentimentaloide, un sentimiento de posesión permanente y de defensa incondicional que le permite sentirse defraudado con ella cuando los hechos lo requieran. Y la crítica pertenece legítimamente a estas lombrices de esa tierra que surcan la patria del fondo a la superficie. Que lo mismo escupen como se bañan de alegrías entre sus fronteras.

Algo de esto debía sentir Corpus Barga al escribir sus crónicas sobre la capital que se compilaron en una edición de 2002 bajo el nombre de Paseos por Madrid. Porque Madrid es un poco de esas ciudades que alimentan la ciclotimia entre quienes la conocen: apenas uno oye el tan-tan de sus latidos y ya siente cómo le embriaga una sensación a la par melosa y repugnante, uno siente ese asalto de la belleza, ese ánimo enaltecido, y al poco tiempo, esas ganas de romper el eterno techo gris que lo envuelve. La eterna “ciudad de paso” a la que muchos llegan como yo, de confusión camino de Santiago, quizás un traspapeleo, la estela equivocada, las coordenadas confusas de la Estrella de Oriente y ¡zas! uno aparece en Madrid y si es, al igual que esta Trilby, de talante tendente a la angustia por los conglomerados, recuerda cuántas veces repudió esta vida mientras lucha por comprender por qué narices uno no es capaz de desprenderse de su sortilegio. Y “un grito en la noche” “En la calle de Alcalá o en la Gran Vía es un suspiro. Vocear a un sereno de estas calles es como suspirar a las estrellas. El grito en la noche del centro de Madrid se ahoga en el ruido. Madrid se ha inventado el ruido continuo” escribe Corpus Barga, como si ya entonces atisbase el zumbido de los cláxones encendiéndose y apagándose por las calles, la voz propia del tumulto, la contaminación acústica asediando nuestra demencia. Porque Madrid es también esa locura, un retrato valiente de nuestras miserias, un chiste hiperbólico de la contradicción humana “Los vendedores de periódicos, con sus pistoletazos guturales, tienen la misión secreta de hacer sordos para hacer lectores.” Con ironía rastrea Corpus las heridas de su ciudad. Las contrariedades de una amada que se desgarra cuanto más parcelas del mundo absorben los ojos del periodista, con el verbo del que tiene talento y las lentes del cosmopolita “Este Madrid es una Roma sin grandeza. Y cuando tiene grandeza, por ejemplo: en la Plaza de Oriente, no se puede negar que es romana” afirma en una de sus crónicas, como dejando transpirar ese cariño ferviente por lo propio, un cariño ingrato y casi pazguato, que no asume las diferencias, un hígado que destila constantemente un alcohol envidioso del que no se espera violencia ni rencor, sólo ansia de mejora. “Hay que republicanizar Madrid” decía con desgarbo, intentando liberar su ciudad del peso abominable de unos reyes a medias fútiles y funestos, “de la garra piojosa de la Monarquía” no por una protesta salvaje e infundada, sino por el daño y la victimización que desde el trono se había hecho a la ciudad, cortando un patrón a su medida, aprovechando los resquicios más bellos para instalar sus lustrosos aposentos “Los madrileños han sufrido pacientemente que la única parte habitable de Madrid no fuera habitada por ellos”. Sin embargo, que no se indignen los lectores por cierto sectarismo, porque Corpus también habla de la República y no siempre en términos amables. Porque hay desencanto también en aquel sueño esperanzador, un fondo frustrante y una perpetua insatisfacción al observar las ambigüedades y el laxo fajín que era el sistema republicano para algunos políticos hartos de ser “ranas que si no piden al rey vuelven a su charca.”


Y a pesar de los pesares, de lo crítico, de lo mordaz, hay que reconocerle a Corpus Barga el mérito de no haber sido una veleta política como tantos y tantos en la época. Que lo mismo ventaban al norte como al sur, que de igual modo exhibían los pendones de la izquierda como recibían premios del Caudillo ¿verdad Vicente Risco? Pero no. Corpus sufrió el exilio. Ese irse con el rabo entre las piernas, con las ilusiones hechas jirones y el ánimo volado por la nitroglicerina. Y antes, incluso antes, luchó por mantener erguida su causa, por darle oxígeno a la vela de la esperanza aún en guerra, aún cayendo las bombas y resistiéndose la gente a creer que Madrid podía ser derrotada teniendo todos, hasta el propio Corpus, el eco de aquel benemérito Dos de Mayo contra los franceses instigando a la valentía. Me atrevería a decir que nada hizo tanto daño a los españoles como aquel pasado glorioso en el que se escudaron tantos sueños pueriles, esa patria tullida que caminaba desde el pasado todavía con esplendor para engañar al presente. A quienes les queden ciertos escrúpulos, ya no pueden acusar de feroces a los españoles, sino más bien de una sobredosis de voluntarismo, de ser unos inocentones sin remedio clamando no se sabe qué imperio perdido.
¿Pero de qué podemos acusar a Corpus más que de entusiasmo? ¿Cómo juzgarlo? A sabiendas de su amistad con Valle-Inclán, con Pío Baroja, cuando huyó al exilio acompañado de Antonio Machado… aquella, disculpen si me pinto chovinista, sí era la gloria de España. Y tras su rastro debiéramos ir todos, fustigando a todo aquel que amedrenta la libertad, que pone candados donde sólo debiera haber alas. Defender la cultura es defender la libertad de antaño, decía Corpus, emocionado ante la venida del II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, convencido de que la noble causa vencería a los inquisidores, a los ladrones del pensamiento. No imaginó que en abril de 2009, el primer escritor catalán en recibir el Premio Cervantes, Juan Marsé, recordaría en su discurso cómo conformó su habilidad literaria en torno a los tres libritos en castellano que se habían salvado de la hoguera “Recuerdo muy bien la fogata en medio del pequeño y sombrío jardín, los libros abriéndose al calor como flores rojas, las páginas desprendidas arrugándose y bailando sobre la cresta de las llamas, revoloteando un instante como grandes mariposas negras.” Dice Marsé ser “un catalán que escribe en castellano. Nunca vi en ello nada anormal”, pero lo hay, no por una cuestión de política lingüística, lo hay por el recuerdo de las llamas, de las letras consumiéndose, arrugándose precipitadamente sin que los ojos de aquel niño cargado de talento pudiesen atisbar su belleza. Pobre Corpus, me digo. Al final nos hemos convencido de que las cosas han sido lo que tenían que ser. Aunque nos robasen la gloria de pensar, aunque nos prohibiesen ver Madrid como lo había sido siempre, con aquella miseria, pero tan propia… de la que sólo queda quizás el recuerdo de aquellos genios colmando de grandiosidad los cafés de esta ciudad, como tantas otras, obligada a olvidar su propio nombre.
Ahora sí, parece que el cuerpo me pide salir a consumir un cigarrillo entre las caricias de la brisa nocturna. Pasear por una calle de Madrid, verla levantada, vetada de vallas amarillas y señales de obras, una estampa tan parecida a las que Corpus escribía en sus artículos que pareciese formar parte de un cuadro, un valioso cuadro que en la pinacoteca conserva todo su esplendor. Y, pese a todo, paseo feliz. Saltando los socavones y esquivando el escombro. Paseo feliz. Ensimismada. Intentando encontrar el grifo, ese maldito grifo del maná de los dioses que se debió quedar abierto para colmar esta ciudad, gota a gota, con sus mil encantos.
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3 comentarios

Archivado bajo Corpus Barga, periodismo

3 Respuestas a “El Madrid de Corpus Barga, el Madrid de hoy

  1. Anónimo

    Lo que me ha gustado reencontrar tus escritos olvidados. No tengo mucho tiempo, pero sigo creyendo que lo vas a conseguir! Julián (Badajoz). Tu profe y compañero de viaje a Galicia.
    Guapa!

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  2. Ni te imaginas la ilusión que me ha hecho encontrarme tu nombre entre esas palabras…
    ¡Julián! Espero que pronto pueda compartir contigo un nuevo viaje, a Galicia, a Badajoz, al infinito y más allá, porque tener tu compañia, tus charlas, es siempre tan gratificante… Muchísimas gracias por asomarte a este riconcito y lanzarme uno de tus guiños, amables y cálidos, tan preocupados por colmarme de entusiasmo.
    ¡Qué maravilla saber de ti!
    Un beso enorme!!

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