Archivo mensual: mayo 2009

¡Cualquier otra cosa menos periodista!

Desconozco qué clase de afectación inspiradora imprime en la ilusión de un niño una idea de profesión futura. Las experiencias de la infancia contribuyen, sin duda, a esa necesidad de querer proyectarse en la posteridad, de modo alguno, portando determinadas características que los niños observan en los adultos o en el mundo que gira vacilón e inconmensurable sobre sus pequeñas y, al tiempo, grandes cabezas.
Pedir, pido disculpas, ya de antemano, porque sí: no tengo ni idea de qué misterioso día esa niña que llevo amordazada dentro de mí, decidió ser tal o cual cosa. ¿Periodista? Claro que quise serlo, pero, para delicia del personal, dejo constancia de lo que también ocupó un espacio en mis ensoñaciones: actriz, bombera, fotógrafa, abogada, profesora, doctora, poeta, cocinera, marinera, costurera… y así toda una retahíla, prolongada en un larguísimo etcétera. Eso sí, nunca anhelé ser astronauta, ya por entonces eso de volar me debía de encrespar los pololos.
Al final pasan los años casi por inercia y, en estos momentos, apenas llego a ser capitana de un barco que va en constante deriva, fragata de verborreas que se va anegando de palabras vacías. Y debe ser por ese misterio irreparable (que uno siempre se queda a medias ser algo) por lo que la gente alrededor se apresura en decirte lo que debieras haber sido y no fuiste. Yo sé que he escogido (y mal), matizarían muchos. La primera, mi madre, que compadeciéndose de mi ser, preconizó la hambruna que llenaría mis días si elegía la denostada profesión periodística. “¿Por qué no haces enfermería, mujer? ¡O fisioterapia! Mejor te irá” –me azuzaba melosa, con ese chantaje emotivo que sólo sabe fabricar una madre. Yo, que de inseguridades siempre anduve surtida, apelé a mi admiración por la biología y decidí marcar en mi primera opción para la Universidad, la profesión mejor remunerada de la rama sanitaria. Todo un alarde de integridad. ¿Pero qué hacíamos con aquello del periodismo? Siempre ahí presente, punzando el estómago, como un insufrible cólico, una úlcera que siempre anima la vida gastrointestinal en un guateque de perversos ardores imposibles de mitigar. La respuesta vino de la mano de mis mediocres notas de bachillerato, que me dieron la oportunidad de acabar donde nunca me había planteado: en una tierra de olivos, inmersa en una carrera que jamás había pensado para mí.
No contentos con mi elección académica, algunos amigos seguían insistiendo “¿y tú por qué no hiciste psicología? Hubieses sido una buena profesional”. Si la premisa para serlo es ser un personaje un tanto desquiciado y enajenado, sin duda, hubiese sido la mejor psicoanalista de todos los tiempos. Rióme yo de Sigmund
Posteriormente, llegaron los reencuentros con los compañeros de la escuela. Saludos formales y preguntas de cortesía “¿Y tú qué tal? ¿Qué estás estudiando?”. Admito que muchas veces estuve tentada a mentir, vistas las reacciones que despertaba entre los presentes. Al que no tenía que explicarle el objetivo de mi carrera, la asociaba plenamente con el periodismo y comenzaba a distanciarse de mí paulatinamente, con pasos tímidos hacia atrás, como queriendo esquivar la presencia de aquella hiena sedienta de noticias y chismorreos que comenzaba a ser yo para ellos. La estampida estaba asegurada y allí me quedaba, con la carrera que no tiene nombre para sus licenciados (¿acaso debemos hacernos llamar comunicólogos?), con mi deformidad académica esperando un poco de comprensión.

Entre tanto, avanzaron los años sin dejar de inspirar en la gente todo un surtido de profesiones que debiera haber hecho: Quedarme con los niños una tarde y ser más payasa e infantil que ellos, me ponía de inmediato en el listón de las grandes maestras que se han perdido de su designio. Defender causas perdidas y pleitos pobres, provocó el espanto de algunos, que me veían ya como sindicalista frustrada o abogada de oficio. La carencia de intérpretes para nuestros proyectos audiovisuales y mi siempre disposición al juego de las máscaras me convertía en una actriz en potencia que debía plantearse unos estudios superiores. Mi abuela, empecinada, seguía creyendo que yo había nacido para trabajar en una sucursal bancaria… Tan dispares facetas que concluyo: es pura esquizofrenia profesional lo que una sola persona puede llegar a inspirar.
Y no crean que aquí se escribe el final. Algunos siguen insistiendo en que tendría que haber sido una gran letrada, o una política regeneradora. “Funda un partido. Yo te votaría”. Afirman ingenuos, intentando ver en mí una Rosa Díez a la gallega (supongo, que por lo que comparto de ajada y vinagrosa con esa sabrosa salsa).
Pero probablemente, con todo mi respeto, puede ser que se equivoquen todos. Algunos confunden mi vehemencia, mi afán de crítica, mis enfatizadas y absurdas defensas de ciertas patanerías que se me ocurren, con una suerte de oratoria partidista… Si me permiten una confesión: preferiría ser toro en el ruedo y morir a cuatro patas con plena dignidad.
Así nos va arrastrando el tiempo y yo sigo en mi barco a la deriva, sabiendo mucho de nada y nada de todo. Al final periodismo. Burlón y cínico, me esperaba al final del camino. No sé si lo único que llevo de vocación, lo tengo que encontrar en la palabra equivocación, esa sintonía que identifica mi debilidad hacia una profesión con la que me he casado “pronto y mal”. Porque sí, en estos momentos siempre llegan mis dioses espectrales y, especialmente uno, cuyo nombre no voy a repetir por no resultar aburrida, aparece para aliviarme. Porque da igual cómo haya llegado hasta aquí, si a nado entre las olas, o como un pájaro alón. El caso es que ando imbuida por las letras de aquellos que siguen reservando un hálito de dignidad y excelencia sobre esta profesión y, a pesar de la enfermera-abogada-profesora-astronauta que el mundo se perdió (queda patente: siempre somos más lo que no somos que lo que finalmente elegimos ser) he caído sobre las páginas de un periódico, como una polilla cegada por la luz del inconformismo, pasmada de curiosidades, airada contra los servilismos. Pero tampoco quiero moralinas, ni discursos estratosféricos, no entiendo del buen hacer y ni siquiera soy capaz de orientar mi barca hacia el puerto. Esto es más bien una carta abierta a mis familiares, amigos y conocidos. A todos los que he fallado por quedarme donde no debiera, amarrada como un mono a la liana del árbol informativo. Esgrimo mis disculpas que espero acepten, con el mismo cariño que profeso en estos versos de arrepentimiento… ¡Mas no hay tal cosa! No puedo engañaros. Los que de verdad sois queridos (¡gracias!) sé que os habéis resignado a aceptarme tal y como vengo, con mis elecciones erróneas y mi porfía. Sin ponerme jamás trabas… Alguno me animáis, encima.
Tenía que escribirlo: “no he sido nada más que otra cosa”. Mil perdones por el sufrimiento, por ese etcétera de posibles profesiones que habéis colgado de mi sombra y nunca dejarán de ser lo que son: nada en mí.
Os dejo aquí la nota: sigo caminando, (a veces más bien renqueo) y suelo ahogarme entre palabras, sin saber dónde escupirlas ni en qué dirección. Sólo con una certeza: anhelo poder afrimar algún día que, como aquel, fui periodista “por mí y ante mí”, sin más vanidad que la que responda a una voluntad por no pertenecer a nadie, y que nadie espere nada de mí.
A todos, gracias, de veras, por los consejos… pero siempre tuve un poco tapiada la escucha y raquíticas la lógica y la sensatez. Me dispongo a rematar admitiendo mi patología, sobre la que, además, recae el colmo de todos los males. Y es que, para este “virus del periodismo” no existe remedio, ni vacuna.

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Congo Square

Muchas veces me he intentado disfrazar en tonos sepia o monocromáticos y colarme, a través de la rendija del “todoesposible”, en el Pasado. Pero mis facultades camaleónicas están atrofiadas. Y nada puedo hacer para engañar a las manillas del reloj, para convencer al Tiempo de que pertenezco a aquel lugar y debe concederme mi deseo: volver a la Congo Square. Y digo volver, porque cuando uno ya procede de un lugar, nunca debiera decir que “va”, en ese caso uno sólo puede “regresar”.
Y del jazz venimos todos. De allí, de aquella plazuela de Nueva Orleans donde las raíces musicales de la tierra norteamericana se mezclaban con sonidos africanos y europeos. El jazz lo consigue, funde continentes y vuelve a regenerar esa Pangea en la que no existen barreras, ni diferencias, ni distancias, porque toda la Tierra vuelve a ser una sola: un mismo cielo de pentagramas y sostenidas, de agudos saltando sobre graves, de silencios perturbando a los tumultos en un compás sin límites ni reglas. El jazz, la música de las fusiones, la música de la improvisación, la música madre de tantos hijos, no es otra cosa más que todas ellas.
Por eso a veces anhelo mi regreso a la Congo Square. A esa plazuela de encantos, el único lugar de todo Nueva Orleans donde se permitía a los esclavos bailar y cantar y tocar sus rústicos e improvisados instrumentos de percusión. Las cadenas de amarre se desintegraban con aquellos ritmos. A veces, el yugo se iba aflojando con la hondura de sus sonidos. Por eso, los días de lluvia, aquellos días con un fino e incesante goteo sobre sus cabezas, la gente continuaba su celebración, seguían disfrutando de aquella libertad cuarteada, refugio del consuelo, protegida de los látigos tras unas trincheras imaginarias, que no eran otras más que el perímetro de aquella plaza en la que no se podían permitir perder su fuelle libertario por los caprichos meteorológicos.
Seguían tocando, sí, lo sé. Por eso a veces quiero regresar, rellenar de piedras cualquier fruta seca y sentarme a compartir la intensidad de una música que, venciendo cualquier pronóstico, se elevó por encima de la Congo Square y se mezcló entre los tiempos hasta alcanzar la perpetuidad.
Allí, a mi plaza, vuelvo hoy. Aunque llueva, aunque truene. Allí regreso para vestirme de vitalidad con la esencia del jazz, para soltarme la melena y dejarla respirar en la más pura libertad, bailando entre las cuerdas del contrabajo mientras coqueteo con la dulzura de un clarinete…
Y mi salvoconducto para la Congo Square viene hoy de la mano de Sidney Bechet y su mágica interpretación del tema Petit Fleur

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Eufemismos

No se pueden imaginar en qué clase de angostas veredas me está metiendo el período de exámenes. El aburrimiento, que siempre hace acto de presencia, viene a colmar la sucesión de los minutos y una, desprovista de cualquier capacidad de concentración, se deja seducir por todo tipo de distracciones extra-académicas. De hecho, pocas veces puedo presumir de tener una habitación tan ordenada y reluciente como en esta época. Y eso no es todo: del periódico me leo incluso las páginas de deportes y, si me tomo un yogur, friego hasta el envase. Vamos, pura higiene. Por no hablarles de los pudores nostálgicos que me suelen invadir acompañados de unas irreprimibles ganas de escribir cartas por doquier a todos los amigos… Así que, harta del encierro hogareño, me dispuse a disfrutar de un asueto vespertino y me dirigí a tomarme un café en un bar cualquiera a pesar de que, dicho sea de paso, nunca atinen con la proporción adecuada de los ingredientes: a mí me va el café con leche pero alguno se empeña en presentarme un tazón de leche desteñida.
En fin, que por ese tipo de enredos patológicos en los que a veces se ven envueltos dos destinos diametralmente opuestos, acabé conversando con el otro joven que se hallaba en el lugar, desértico de no ser por nuestra presencia. A una le cuesta eso de ser extrovertida y sociable, además, la vergüenza suele subirme a la azotea con este tipo de relaciones fugaces y algo interesadas, en las que se comparten cuatro bromitas agradables y un par de comentarios insulsos.
Sin embargo, algo en mi interlocutor, su decoro al expresarse y cierto amaneramiento de dandy, me resultaron más interesantes de lo habitual en estos encuentros. Pero poco tiempo fue necesario para darme cuenta de que algo entorpecía nuestra conversación. Caí en la cuenta de lo que era: veníamos de mundos distintos y puede que aquello influyese en nuestra forma de ver las cosas. Él procedía del Planeta Euphemismus, allá en no sé qué órbita protocolaria, pero en cualquier caso, su atmósfera está plagada de eufemismos; y todo allí resulta una “manifestación suave o decorosa de ideas”. No es que a mí lo extraterrestre me dispare la xenofobia, simplemente se notaba que aquello no cuajaba, nuestra conversación no fluía: Donde yo decía muerte, él matizaba aquella palabra malsonante, argüía algo sobre un tránsito y “pasar a mejor vida” (¡como si se aliviase con ello la pena que produce!). O sea, que si en este planeta hablamos de subida de los precios, en el suyo a eso se le llama “reajuste de tarifas” y la pobreza allá en su mundo no existe: vendría a ser una “economía debilitada”. Los arrestos penitenciarios parecían también mucho más agradables tal y como él los definía: “una responsabilidad personal subsidiaria”. Y ya entrando en temas farragosos la hipérbole se disparaba: él se refería a sus “amigas” donde sospecho que su mujer vería amantes; y mis borrachos eran sus “embriagados”. Dejándome enredar por el tacto lingüístico del susodicho, yo comencé a pensar que el suspenso que adivinaba sobre mi próximo examen, siempre podría definirlo, a modo de alivio, como “un control fallido” o “insuficiente” (¡claro! -me dije- insuficiente para librarme de septiembre). El caso es que allá donde yo veía detestables corruptos, él veía a “filántropos desviados”… Total: Un gatuperio de sinónimos insultantemente “bien sonantes”. Así que atajé el caos con un silencio y decidimos darle un descanso a aquel litigio que debía estar despertando las pasiones de algún miembro de la RAE.
Intenté distraerme con el televisor que sonaba de fondo, donde Barack Obama comparecía ante el texto constitucional norteamericano para intentar convencer a ciertos fósiles totalitarios sobre la conveniencia de solucionar las aberraciones producidas en Guantánamo. Al hilo -pensé yo- saquemos un poquito de sentido común. Y le dije a mi compañero de mesa que aquello de las torturas había sido una auténtica atrocidad, inconcebible, que exigía asumir responsabilidades. Algo confuso, el muchacho me miró con expresión interrogante y acabó por preguntarme si con aquella palabreja, “tortura”, me refería a las “técnicas de interrogación reforzadas”. Tenía al mismísimo Cheney frente a mí, al menos, a su sombra, o algo horripilantemente similar. Le di un sorbo al café por otorgarle cierto respiro a mi impulsividad y no decirle a aquel chaval lo que me estaba inspirando con su comentario. Pero nada pude hacer por cómo se desarrollaron los hechos a partir de entonces. La elegancia y el decoro que aquel dandy me había mostrado en un comienzo, se derrumbaron ante mis ojos cuando le repliqué que, con aquella pregunta, estaba comenzando a “herir mi sensibilidad” (por aplicar sus tejemanejes lingüísticos y no decirle directamente la verdad: que lo que me estaba tocando era las narices). Pero al ver que no me entendía se lo dije tal cual sonaba en el lenguaje coloquial, rudo y directo, sin demasiados intentos por hacer que mi prosodia edulcorase el significado de la oración.

Entonces, mi dandy eufemístico, perdió cualquier destello de su elegancia y por la boca le salieron todo tipo de improperios acompañados de remolinos de saliva que se iban depositando como gotas de coñac sobre mi café. El temple, que a mí me dura un suspiro, lo destrocé diciéndole que sus eufemismos eran una patraña y un elemento de manipulación para intentar esquivar la realidad que, a veces, además de encandiladora, también es dura.

La vulgaridad que comenzó a rodear sus maneras ya no dejó lugar a maniqueísmos, ni residuo alguno de delicadeza en su conducta. Yo no salía de mi asombro ante el espectáculo que estaba presenciando. Por evitar caer en lo soez, no les voy a hacer un retrato exhaustivo de la escena. Sólo les apunto un par de cosas: se agarró a su “virilidad” con la mano derecha y lanzó toda clase de ofensivas flechas gestuales con la otra, faltas de cualquier dulzura. Aunque, claro, un ser de su planeta me diría que aquello del dedo corazón encolerizado y tieso, apuntándome a la cara, no era en absoluto ofensivo sino una clara demostración de su deseo por enviarme al Cielo rápida como un cohete… Sí, debía de ser aquello, y la posición del resto de los dedos venía a representar la plataforma de despegue en Cabo Cañaveral. El caso es que, perdida en mis fabulaciones, confirmé mi saturación mental y en ese momento decidí concluir, de una vez por todas, mi escapada vespertina.
Me di la vuelta y abandoné la cafetería, no sin antes explicarle a aquel gentil muchacho extraterrestre por dónde se podía meter todas sus indicaciones… Y el lugar venía siendo, obviamente, por el lugar que se topase allá donde se le acaba la espalda.

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Banda Sonora en época de exámenes

En esta época en la que la responsabilidad te exige exprimir al máximo tu inteligencia y ella, escueta pero soberbiona, se empeña en rechazar los compromisos, suelo recurrir al poder sanador de la música como acompañamiento durante la ardua tarea chapatoria.

Las composiciones de Philip Glass siempre consiguen despertarme del letargo estudiantil, del vago intento por aprehender unos fugaces conocimientos que se empecinan en resbalar por el trampolín de los desechos. Philip Glass puede rizar la inquietud y al mismo tiempo domarla; elevarnos a la catársis y luego abandonarnos en un remanso de paz incorruptible. Y puede componer emociones infinitas con algo limitado: las 88 teclas de su piano, capaces de dibujar (como si fuese la reencarnación del mismísimo Noveccento creado por Alessandro Baricco) al viento con su aria sobre los tejados, de pintar la opereta del arco iris y sus trazados de puente imposible…

Si le es posible permitirse unos minutos con los párpados relajados, disfrute de esta travesía por una de sus creaciones, la soberbia banda sonora de la película The Hours.

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Otra vez, Larra

Si en mi vida hay un pecado poseído por una reverberación incesante es el de la falta de moderación.
Nunca he sabido apreciar lo tibio. Escoger el tono gris no se me da bien: me parece un color desgastado, frígido, sin emociones.
Tampoco aprenderé jamás a calcular cuántas tazas de café delimitan la frontera entre mantenerse despierto o hiperactivo: siempre me excedo. De la mansedumbre más soporífera acabo sumergida en el vitalismo más feroz, trémula la voz, ansiosas las manos en su movimiento pendular. Como me aseguró un día el buen amigo: “un café más y saldremos movidos en las fotos.” Mi ánimo pasa de dormitar ante los apuntes a estar enaltecido, envuelto en el trajín de mil acciones, apabullada de estímulos y curiosidad. Claro que, en esa situación, los quehaceres académicos son el último trago al que recurriría… Vaga efectividad la de la medicina del estudiante.

En cualquier caso, como les decía, es esta Trilby un poco de excesos y obsesiones. Pongo por caso el de mi fantasma larriano, una de mis más recientes adquisiciones espectrales. Larra está en mi vida, la estruja y zarandea muchas veces. Incluso, ahora, mientras escribo estas líneas me mira juzgante, so pena de reprimenda, desde la fotografía que cuelga en la pared, sobre mi escritorio. A veces se me pone socarrón, como sus escritos, y se burla un poco de la verborrea que tejen mis dedos sobre el teclado. Va algo altivo, subiendo, trepando como una serpiente sobre las ondas del gotelé, cada vez más alto e inalcanzable (tanto, que hay días en los que juega una partida de mus con las arañas del techo). Yo lo observo fascinada y llego a comprenderlo, ¡ay amigo!–suspiro-. Y recuerdo aquellos últimos versos que Zorrilla le dedicó durante su sepelio: Poeta, si en el no ser/ hay un recuerdo de ayer,/ una vida como aquí/ detrás de ese firmamento…/ conságrame un pensamiento/ como el que tengo de ti. Porque no me sonrojo al reconocer que me gusta este chico de perilla ortopédica. Y para una persona como yo, de delirios varios, gustar acaba convirtiéndose en fervor pasional y delirio bovaryano. Por eso me aventuro en mil guerrillas y retuerzo cientos de cuartillas cada vez que leo algo injusto sobre él. Y más ahora, en los tiempos que corren, con en el bicentenario de su nacimiento atestando su figura de homenajes y sandeces, de amanuenses que repiten la misma nota desafinada una y otra vez, “Dolores, Dolores”, “disparo, disparo”, como si fuesen tocadiscos rallados a los que deseo arrancarles las agujas. Yo cargo la pólvora de mi vehemencia, aparecen las venas como cráteres en mi cuello, harta, muy harta ya, de encontrar patanería en esos escritos. No obstante, al fin hoy le he dado un respiro a la conflagración y me congratula poder recomendar textos que realmente hablan de Larra, de un disparo, sí, pero también de perpetuidad, de frescura insaciable. Desconozco si gustarán a todos pero, al menos, pueden presumir de no quedarse nadando en la superficie como tantos otros. Hablo del especial que la revista Mercurio, le dedica a Don Mariano José de Larra, en su edición del mes de mayo.
Después de escudriñar con recelo sus páginas, el escepticismo inicial se fue dispensando hasta conmoverme. Por fin Larra no es para los críticos, expertos y periodistas un folio con dos caras. Por fin aparece el poliedro, el diamante infracturable de mil aristas y virtudes. La apertura, a cargo de la catedrática de Literatura Española, Mª del Pilar Palomo, zurce una pasmosa relación de genios para abrir bocado “En 1822, Shelley se ahoga en el golfo de Spezia y sus cenizas son incineradas en la playa en presencia de Byron; éste muere en Grecia, en 1824, mientras colabora en la independencia del país; en 1837 se suicida Larra en Madrid, en 1842 fallece Espronceda, que ha llorado ante la muerte de Fígaro… ninguno ha alcanzado los cuarenta años de edad. ¿Símbolos del romanticismo europeo? Sin duda alguna lo son, como lo fue Werther, el trágico personaje de Goethe, que propició los numerosos suicidios que protagonizó la juventud europea en el exaltado romanticismo que le sucedió. Pero pienso que Larra es algo más complejo que un símbolo del movimiento romántico (…)” y algo estalla en mi cabeza, ¡al fin lucidez! ¡fuera los reduccionismos! Yo, por cariño patrio (y por el imperturbable sonar de gaitas en mi sesera), anoto en el margen del texto el nombre de una persona más que añadiría a la lista (aunque ella llegó a los 48 años); porque curiosamente, once días después de que Larra se desasiese de la vida, otra escritora la sujetaba, endeble y melancólicamente: Rosalía de Castro nacía el 24 de febrero de 1837 y se estremecía con la luz de la primera niebla que sus ojos contemplarían en el cielo de Santiago.
La segunda de las satisfacciones por las que me arrastró Mercurio fue el artículo de Ricardo Senabre, quien, asombrosamente, recalca que la figura de Larra “continúa siendo el punto de arranque del periodismo moderno (…) la atención crítica a los problemas acuciantes de la actualidad; la amplitud de sus intereses, desde las costumbres hasta los espectáculos, (…) hasta la política de su tiempo, la reducción de muchas de sus piezas, nacidas para imprimirse en esas publicaciones inestables que son los periódicos de la época, a textos breves, que son preludio de las actuales columnas” Me enorgullece saber que, al menos, algunos profesores de literatura reconocen sin escrúpulos al periodista que iba caminando por delante del literato, al joven Larra, cuyos ojos se le iban “tras cada periódico y era un pío mañana y noche”. Senabre abandona esa disposición natural del “experto” literario que pronuncia clamoroso la huella larriana, con sus cábalas románticas, con la exaltación de su obra como ensayista, como escritor de la novela El doncel de Don Enrique el Doliente y del drama Macías, sin mencionar (porque debe ser una especie de tabú en las aulas de secundaria) adónde iba el jugo de su talento: aquel que exprimía cada día sobre las páginas de un periódico.
Lo que el profesor de la Universidad de Extremadura, Gregorio Torres de Nebrera, viene a aportar al monográfico larriano, confirma la esperpéntica visión, tan impregnada de literatura y superstición, que tenemos de Larra y que hemos heredado sin cuestionarnos en absoluto el origen de esa imagen de polichinela. Como destaca el catedrático, fueron tres los autores que, a su juicio, “mejor” recrearon la esencia larriana: los dramaturgos Buero Vallejo y Francisco Nieva; y el narrador Juan Eduardo Zúñiga. A este último le debemos Flores de Plomo, el libro del que se ha extraído la fabulosa (y a la vez, incierta) versión del día de la muerte de Larra: aquel 12 de febrero en el que Dolores Armijo y su cuñada (después de exigir la devolución de las comprometedoras cartas que compartieron como amantes) salían de casa del joven y al cruzar la calle Santa Clara les asaltó el estruendo revelador de un disparo. Fábula literaria, aunque algunos se empeñen en repetirla para hacerla realidad. La versión más verídica es que ese pistoletazo sonó minutos después de que el escritor de Dolores Armijo saliese del piso de Larra tras haber sentenciado y confirmado de forma inapelable la ruptura de la relación entre los amantes.

Por otra parte, la adaptación de los autores teatrales deja constancia de otra característica muy “de Larra”: él es de todos y vale para todos. Tras su muerte pocos pueden presumir de haber capitaneado el lamento de tantas generaciones, de haber inspirado e insuflado aliento al espíritu de movimientos y sensibilidades de tan dispares causas. Se dice que los de la Generación del 98, al visitar su tumba, lo definieron como “uno de nosotros”, algunos del 27, como Cernuda, siguieron la estela de su arte… A Buero Vallejo en su obra La denotación y a Francisco Nieva en Sombra y quimera de Larra les inspiró esa lucha silenciada, esa libertad exiliada, ese grito ahogado contra un régimen de titanio que por fin comenzaba a ser sombra en extinción, sombra que perece en la noche de los tiempos. Las filigranas que Larra hacía para que sus artículos pasasen la censura inspiró una forma de denuncia que es limpia y decorosa, clara e inaccesible a mentes dormidas. Ese regeneracionismo que Larra invocó en su tiempo y, sin quererlo, legó a la perpetuidad. Como destaca Nebrerael posibilismo en un contexto de coerciones imposibilitadoras es parte de la impronta larriana y por ello Buero [Vallejo] eleva el fatídico gesto del suicida al acto personal que debe despertar conciencias y compromisos.”
Respecto a Francisco Nieva, no puedo evitar discrepar con una parte de su discurso conmemorativo del bicentenario, cuando leyó en el Ateneo que Dolores Armijo fue “involuntaria inductora del suicidio”. Aunque tiendo a ser más bien beligerante en estos temas, hago un esfuerzo de comprensión con Nieva y negocio o matizo su propuesta: asumamos que Dolores Armijo pudo ser catalizadora del trágico desenlace, pero jamás le imputaría a ella la causa, que fue más bien el desfalco del entusiasmo, la fe mellada y el descalabro de la esperanza que ya se venía reflejando tiempo atrás en un suicidio literario paulatino, pausado de su ironía, ahogado en la penumbra. En segundas lecturas que hoy podemos hacer sobre los últimos textos de Larra, siendo conscientes del irreversible final, podemos hablar casi de la crónica de un suicidio anunciado: la caja amarilla con la pistola palpitante, la melancolía recalcitrante que se enredaba, desde el título al cierre, en cada artículo. No hubo espontaneidad en su muerte, como tampoco hubo mediocridad en su obra. Larra es un genio inspirador, eternizado en cada uno de sus textos, es el joven hecho mito, la muerte trágica, la sensación de arrebato, el doble sobrecogimiento: por lo que conservamos de su arte y por las páginas en blanco que se quedaron huérfanas sin el milagro de su pluma. “Releamos de nuevo a Larra, porque nos vamos a estremecer, como si el tiempo no hubiera pasado. Esto es un clásico, este perpetuo renacer” dijo Francisco Nieva, como para que no le guarde rencor por las diferencias. Y desde aquí me sumo a su propuesta, a no abandonar jamás la inquina de la crítica, la fe en las palabras que acabaron por dejar tísico el ánimo del mordaz Fígaro, del Bachiller que quedó prendado en la eternidad por la magia de su saber hacer, único, apabullante. Lo mínimo que podemos hacer por alguien como él es amarrarnos como hambrientos a los hilos de su barba y desear, que por milagro de los dioses, antes de resbalar y pegarnos el batacazo contra la infortuna realidad, se nos quede una muesca de su genialidad fundida entre las manos.
Antes de cerrar estas letras sobre el Genio, sobre el Maestro, agradezco la paciencia de quien me trajo la revista Mercurio entre sus manos y, más aún, la generosidad de quien se acordó de mí al verla y se la envió de recado. Agradezco el que me aturen, (¡sin parentesco alguno ni intercambio monetario!), con todas mis obsesiones, con ese vendaval de impresiones que me arrastra hasta él tantas y tantas veces. Para colmo, ¡os convertís en cómplices de mi turbación! Gracias infinitas, por tener paciencia y soportarme una vez más hablando de Larra… otra vez Larra… aunque, mejor será decir: siempre Larra.
Cualquier intento de empujar mis palabras, enviadas sobre este barquillo de papel de fumar para que alcancen aquel ahínco, aquella gracia de Fígaro, es condena segura al naufragio. Ni justicia le hace la imposibilidad misma de contener o, cuando menos, destellar en un escrito la hilarante recompensa que sólo merece su pluma. Así, sin remedio alguno a mi desazón, me recojo en el rebufo de su arte, apretujo sus textos en la memoria (intentando que perduren en ese efímero espacio) y me despido, sorteando el perímetro de la rendición como él ya no pudo en 1837, evitando que mi corazón se convierta en la tumba de la esperanza. No quisiera anidar el Santo Sepulcro que los huérfanos de entusiasmo acuden a contemplar cada 1 de noviembre para escribir en él su epitafio… Perpetuo olvido.

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Consejos de belleza

Sin menoscabo alguno sobre la dulce voz de Soledad Giménez, vocalista de Presuntos Implicados, cuando gorgoreaba aquello de “cómo hemos cambiado”, tomo hoy por bandera la osadía y le hago un desplante a esa canción que perfumó (y con tanta pavonería, todavía lo recuerdo) la adolescencia de mis hermanas. Porque se me antoja creer que poco se han transformado las gentes, las cosas mismas, e incluso me atrevería a defender que, quizás las peores, las lastras de cualquier retrato costumbrista de antaño, siguen sosteniendo como pinzas en el tendero de la vergüenza algunas de las injusticias más flagrantes de esta sociedad. Y lo digo yo, que debería estar contenta, lo dice esta Trilby que de haber vivido en la Inglaterra de la Revolución Industrial me hubiese armado con arrojo y gallardía, piedra en mano, a romper aquellas máquinas de los telares que a tantos obreros dejaban sin trabajo… En fin, que sí, que permito que me acusen de ludista descontextualizada, de colérica nostálgica; pero es que a una de vez en cuando también le entran rubores de modernidad y no los encuentra. Véase por ejemplo, el caso que me ocupa: los consejos de belleza para mujeres, publicados en la prensa. Todavía no me ha quedado claro si la hermosura, con sus remolinos de evocadores perfúmenes artísticos, es un derecho exclusivo de la mujer, o una obligación (en cualquier caso, también exclusiva). Es decir, ocurre como cuando uno lee sus derechos y deberes (del buen ciudadano, del buen paciente, del buen empleado…) qué más da, si al final nunca sabemos si los derechos son dignos de agradecimiento o un placebo frugal para que se alivie el peso de las obligaciones. El caso es que de vez en cuando conviene otear en el “baúl de los recuerdos” (por dar continuidad a la semblanza musical) y buscar respuestas removiendo en el pasado, a poder ser, en sus sombras y, desde allí, compararlas con el destello de las luces que supuestamente arroja la contemporaneidad. En ésas estaba, recorriendo la sección de Faro de Vigo, Tal día como hoy, una lacónica y encorsetada hemeroteca del decano de la prensa nacional que, aprovechando el tirón de la antigüedad, saca al escaparate retales del ayer. Algunos, tan esperpénticos, y simpáticos a la vez, como los consejos de belleza que hace no más de cincuenta años aparecían en sus páginas para intentar pulir las fealdades de las mujeres de la época. Y no se me molesten muchachos, ni me acusen de hembrista, que lo del metrosexual era una “derecho” que ni se vislumbraba…

Por eso me imagino a esas pobres mujeres viguesas, afectadas por la presión provinciana, examinándose frente al espejo, descubriendo defectos, aplicándose técnicas de belleza pergeñadas en la botica de no sé qué cruel abuela, pero, sobre todo, rechazándose allí mismo, esforzándose cada día por masajear su boca alicaída, pronunciando como si fuesen burros en la corte, las vocales I, U, I, U. Así que, después de burlarme un rato de tales pasatiempos, se agradece abandonar la hemeroteca digital con la facilidad de un “click” y regresar al que, se cree, un mundo ya conquistado (nota: más conquistas no significan totalidad). El caso es que después de ese paseo por las sombras, uno puede suspirar, relajarse pensando cuántos sufrimientos nos hemos ahorrado en estas generaciones.

Cojo entonces los bártulos de caminante, me dirijo a una calle cualquiera, en un paseo matutino, y en la esquina, son las 9.00 de la mañana, me espera mi amigo, el del Qué!, para espetarme el periódico gratuito en la boca del estómago. Le sonrío, eso siempre hay que hacerlo porque, como decía aquel, “lo gratis sabe mejor”. Me siento en el banco a devorar el tabloide, que es tres cuartas partes la publicidad del Lidl (con ofertas de embutidos y todo. Un claro ejemplo de periodismo de servicios), y la otra porción es a medias noticias y farándula. Mi asombro llegó cuando aquel pasado vacilón, a todo color y con grandes alardes de moderna infografía, resucitó en el papel que se hallaba plegado entre mis manos.


“Tu cuerpo puede ser de 10” me dicen ahora, aquí, en 2009. Ya no estoy nadando con morriña en las aguas del pasado, es ahora, aquí, me lo recuerdan, como si se tratase de un “tal día como ayer”… y me voy sumiendo en la tristeza, voy notando cómo las piernas temblequean ansiosas por un espejo y salgo corriendo, enajenada, pronunciando una especie de rebuzno, un I, U, o I, O, ni siquiera llegué a recordar la fórmula mágica que empleaba aquella provinciana de la que me burlaba hace un instante con la altanería del progresismo cegándome los ojos. Mejor no voy a explicarles cuán febril fue mi ataque gimnástico, piernas en el aire, brazos en cruz, bicicletas, flexiones, yo entera echa un nudo marinero… hasta que un largo etcétera de cansancios me dejó postrada en la lucidez: qué malo es el deporte -pensé primero- y qué difícil parece desasirnos de esa piedra colosal de la ignorancia y, peor aún, de esos conocimientos que se han ido enquistando, que se han solidificado, tras haberse arremolinado entorno a esa pseudo-sabiduría de las costumbres ridículas, engrosando los conocimientos de esa parte abominable de la cultura que sigue sin entender, como aquellos versos de Ángel González que lloraban un “Felicidad… misterio… alma… infinito”, qué significan esas extrañas palabras que ahora insisten en pronunciar, mientras la voz se le apaga “progreso, libertad…

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La imagen del día, deontología perenne

Los periodistas tienen que tener dotes funámbulas. Es una exigencia de base: el código de barras de la genética te tiene que dotar de cierto sentido del espectáculo circense, de una suerte de reacción felina para hacer cabriolas en el aire de la deontología. Uy, la maldita palabra, se me ha escurrido de la pluma otra vez. Juro que intento esquivarla, de hecho, me había balanceado sobre el trapecio casi furiosa, para ver si la parábola de mi cuerpo me alejaba de esa isla de desengaños. Pero no. Siempre caigo y cae ella. Siempre acaba deslizándose, moribunda, por el estrecho margen de mi serenidad.
Alguna vez hemos hablado de ella los compañeros así, como lo hacemos todo, medio en risas, medio en penas, para ver si con esa tragicomedia académica que esgrimimos se nos alivia el desconcierto. Porque llega el momento en el que ni nuestras grandes habilidades circenses consiguen evitar el desplome de la seguridad y nuestro sueño en segundas nupcias parece perder nitidez, sentido. Hay algo de vergüenza, quizás heredada, quizás implícita en una profesión que te hace recorrer las orillas del pecado a cada instante. El límite entre el agua turbia y la potable. Y al mismo tiempo, también existe una suerte de vanidad, un condimento esperpéntico, casi ridículo y dotado de los excesos de la caricatura: ahí vamos un grupo de chavales, forrados en tabloides, rebozados como croquetas en un maremágnum informativo, torpes, pesados. Intentando equilibrar, encajar una verdad con otra. Rastreándola como ancianos sabuesos que han perdido el olfato y disimulan la torpeza. Desconcertados, abatidos, con el cabrilleo de la ética arremolinándose en nuestra conducta, separándonos, alejándonos, acobardándonos en nuestro fuero de pequeños orgullos. Pocas son las certezas, apenas, saber que no caminamos ecuánimes por el lomo de una cuerda, más bien corremos descalzos por el filo de un cuchillo: el de la conciencia. Que a veces corta, hace pupa. Máxime cuando uno lee y espera otra cosa de los suyos, algo más de ahínco, un poco menos de cansino interés. Y es que, lo denostado que quede el arte de hacer, lo estériles que sobrevivan las tierras del prestigio profesional, lo ultrajado y violado que nos devuelvan el cadáver del periodismo, éso lo tendremos que digerir y afrontar los que venimos detrás, siguiendo, bobalicones y nostálgicos, la estela de aquellos de antaño cuyos apellidos se nos amontonan en la lengua… CambaFernández Flórez…, los Marianos, de Larra… de Cavia… cuyas formas, cuyo sentir periodístico nos hacen todavía salivar, vibrar en el adorado Olimpo de los irreverentes. Suerte que podemos resignarnos, sacar pecho y deleitarnos con algunas de las honrosas excepciones que en la contemporaneidad confirman la norma del servilismo. Mi única y satisfactoria recompensa en estos momentos es que este espacio, largo e infumable tantas veces (perdón, querido lector, perdón) me pertenece, sin que nadie me estreche las ideas, ni las comprima en la cuartilla que, cual limosna, me permita escribir la publicidad. Sin unto con el que dar sabor a este gatuperio, lo digo claro, qué vergüenza señores, qué imágenes del día han plagado las cabeceras de los principales diarios nacionales. Y no me refiero a la portada de las posaderas de la Bruni y la Ortiz luciendo una tersura envidiable, ni siquiera a los arrumacos sentimentaloides que se profesaron los barones con sus respectivas primeras damas-florero… eso ya lo hace Enric González y con mayor talento del que puedan encontrar en estas letras.
Mi indignación periodística (será que ando sumergida en una vorágine de susceptibilidades) llegó en forma de fotografía el miércoles, cuando asistí lastrada, como una espectadora del séptimo arte a la que la censura ha dejado sin tórrido beso entre los amantes, al espectáculo gráfico más bochornoso de los últimos tiempos (esto es, desde la semana pasada).
El Parlamento vasco se engalana y estrena lehendakari socialista, un hito, un aleluya y un hosanna trenzados en su huida hacia los Cielos y, al margen de las apreciaciones sobre los titulares y las informaciones, me centraré en la farándula gráfica que desplegó sus camelos de originalidad en este día. Por ser el primero que sudó entre mis manos, voy a hablar de ABC, la cabecera que no consiguió enfocar ni a uno sólo de los protagonistas de la jornada pero que, eso sí, sacó de refilón la mueca borrosa de Patxi López. El punto de fuga sin embargo, la lectura del cuadro, empuja hacia la cara de “chancho griposo” que exhibía Ibarretxe, no sé si compungido, febril, o can graves problemas de retención escatológica, pero, al pobrecito, dan ganas de ingresarlo en el hospital más cercano… Qué bromita díscola han publicado los herederos de Torcuato, vaya capacidad de vacile y qué portentos reflejando el inconsciente, el sentir de los protagonistas.

Sin embargo, me decido avispada a encontrar algo de serenidad, al fin y al cabo –pensé, ya se sabe que los duendes siguen haciendo de las suyas en las imprentas. Aunque pronto confirmo mis peores sospechas: ése día estaban especialmente revoltosos. Por ejemplo, la que han liado en El País (ya saben, ese periódico que nunca intuye connotaciones en sus portadas), donde sacan a relucir un forzado abrazo de la sucesión que, con sorna, talla en el rostro de Ibarretxe la expresión misma de la inquina, los odios más viscerales, la ira más pecaminosa. Pero queridos duendecillos de Prisa, ¿no hubiese sido mejor colocarle directamente un rabo, un tridente y unos cuernos con Photoshop?
En cualquier caso, pueden siempre seguir el ejemplo de El Mundo porque, amárrense el sombrero, que Pedro J. sacó de su cajita de Agatha Ruiz de la Prada la ventisca del sarcasmo con toda su furia creativa: uno entra, otro sale. Patxi y su señora vienen hacia el espectador, radiantes, pletóricos, como queriendo invitarnos a una ronda de cañas. No obstante, como en la vida no todo es dicha, que quede reflejado: ahí se va caminando cabizbaja una silueta coronada por una alopecia selectiva, centrada en el cogote (a lo Zidane), eso sí, muy reconocible por todos: no es un avión, ni es Superman, es Ibarretxe, el Spock de la política, cuyas cejas pueden intuirse en el contorno de su espalda, donde también parece llevar colgado un cartel de derrota, de fracaso, como si lo hubiesen lanzado por la popa de la nave Enterprice, sin razones, ni justicia. Ahí se va soyozando, masticando un “agur, agur”.
El caso de Público es ya notorio: acaba por desencajársenos la mandíbula en este día en el que los quioscos parecen revestidos con las portadas de El Jueves y no con las publicaciones de cabeceras informativas. La miro, me cubro los ojos, la vuelvo a mirar y me río otra vez: no puedo evitarlo, en mi cabeza comienza a reproducirse (así, sin querer) el “chan, chan, chan” de la banda sonora de Rocky Balboa. Si es que Ibarretxe parece el Potro de Vallecas… y que me perdone, sé que mejor sería decir un púgil de la vascongada, pero mis conocimientos en el boxeo escasean. El caso es que a los “protas” sólo les faltan las rutilantes batas con capucha para acabar de parecer bravucones del Pressing Catch, dispuestos a devorarse la oreja si hace falta. Ahí está Patxi, estoico, sereno, pero un poco contra las cuerdas, como reteniendo la fuerza arrolladora del nacionalista. Y detrás (¡Qué estampa tan maravillosa!) salen todos muy bonitos, los fotógrafos, esforzándose en lograr la composición estética más justa y equilibrada, haciendo de sus objetivos lienzos digitales en los que calcar la impronta, la esencia misma del arte, con un sentido de la armonía en absoluto reñido con la información. Para luego llegar, unos más satisfechos que otros, unos más sin querer que queriendo, con ese material a la redacción, donde mostrarán con mimo sus capturas y un señor de tirantes agradecerá su esfuerzo y seleccionará la mejor para su publicación (aunque será difícil entre tanta calidad). No importa si en tiempos como estos, de abominable crisis, desempolvamos a Hearst y le hacemos vender periódicos en la esquina de la mediocridad. Tampoco importa si hacemos que el betún saque kilómetros de altura al valor de la imagen informativa, ¿es que no saben que de vez en cuando hay que tomarse un break y dejarse de moralinas? Y hacer del periodismo una especie de charanga, con las fotos más dicharacheras y chiripitifláuticas. Las más mordaces y coñeras, la jauja misma, el espíritu de la murga gaditana… pero, advertencia, sin que falte nunca su toque ofensivo, ni su sesgo interesado, ni el eructo de sus líneas editoriales, para que ese jefe de tirantes pueda volver a casa orgulloso, encenderse el puro y peinarse el tupé, aunque ya le escaseé, sintiéndose, sobre todo, satisfecho por el trabajo bien hecho. Y ¡miren! ¡brotan los pareados! debe ser que, sin haberlo pensado, al final, me han cabreado.

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Los venenos de Julio Cortázar

Hay días en los que uno está más susceptible, puede que más electrificado de lo que desease con la corriente del Universo. Hay días en los que uno tiene más miedos de los que acostumbra e, incluso, hay días en los que uno se salta sus propias certezas, se pierde en cualquier voz de consejo y no vuelve hasta tener los huesos del orgullo machacados. Creo que en uno de estos estaba yo cuando ese compañero de farándulas literarias entre vinos y cañas, ese tocayo mío de infundada vejez prematura, me habló de Julio Cortázar en uno de nuestros devaneos prosaicos. Perjuraba en aquella conversación que el escritor argentino lo había echado de Rayuela, afirmó haberse sentido como botado del barco literario, abrumado por la prosa y los conocimientos del autor, de los que hacía alarde sin demasiadas justificaciones y puede que con temeraria presunción. Tomando aquel comentario como apercibimiento hice honores a mis miedos y di chance a la cobardía, desplegué las dóciles armas del escamoteo y decidí entrar ligeramente por el perímetro de Cortázar, casi de puntillas y sigilosa en aquel mundo que mejor recreó y supo acicalar: el de los cuentos. Esos fragmentos de vida por los que dejó la herida de su tinta, todavía abierta, sangrando y fluyendo sin poder poner a aquel borboteo más que la calidez y la belleza expresiva del que tiene capacidades para ello.
Bestiario (1951) en la mano abrí las tapas del libro, no falta de temores, sin confiar demasiado en mi seguridad, dejando espacio a la posibilidad de despertar a las fieras mitológicas y que el Centauro (pero el de los cuadernos infantiles) me acertase con su lanza de potro (aunque pareciese más un chivo bravo) entre ceja y ceja. Tras asegurarme de que el título nada tenía que ver con aquellas viejas compilaciones de bestias de antaño, comencé mi lectura, deslizándome por el riachuelo hasta topar, como violentamente despierta de un sueño, mi barca a la deriva en un mar de tempestades del que sólo percibía el azote de las olas y su finitud desconcertante. Si para muestra vale un botón, para ejemplo sírvame Lejana, por ser uno de los cuentos que destaca entre mis favoritos, asumiendo el peligro que esa palabra conlleva. El relato afila recursos cinematográficos aplicándolos a la literatura con una soberbia capacidad discursiva: un flash-forward que reverbera a lo largo del texto, que anuncia un final todavía difuso, todavía incomprensible cuando la protagonista, Alina Reyes, escribe en su diario esa especie de leitmotiv tan sugerente como “ahora estoy cruzando un puente helado, ahora la nieve me entra por los zapatos rotos”. El tratamiento narrativo nos conduce, domesticados por la escritura del autor argentino, y nos acerca de una forma cálida a la paupérrima vida de alguien lejano, pero que quizás esté demasiado cerca, de alguien maltratado que hilvana los pensamientos con la mecánica marcha de las clavijas de un reloj “él me pega y yo lo amo, no sé si lo amo pero me dejo pegar, eso vuelve de día en día, entonces es seguro que lo amo”. Pero también nos transmite sus ansias de drenar la pena, esa especie de empatía delirante y casi absurda “como hacer vendas para un soldado que todavía no ha sido herido y sentir eso de grato, que se lo está aliviando desde antes, previsoramente”. Nos hereda, por tanto, también la congoja misma de sus protagonistas.
Y volviendo a las orillas de sus relatos y abandonando el ejemplo particular, Julio Cortázar nos legó unos cuentos cargados de giros y finales que siempre parecen morar en la desazón. Cuando ya estás envuelto en los idílicos paisajes, en las edulcoradas escenas costumbristas que te invitan una y otra vez a pasear la mirada por sus campos, cuando ya te has enamorado de los personajes, llega una angustia, una mácula insalvable, imposible de disimular; y lo imprevisto aparece jadeante para desmoronar nuestra serenidad lectora. Bien es cierto, que a fuerza de acostumbrarse a los sustos el corazón parece amodorrarse, habituarse a las sorpresas. Parece vibrar ya a un ritmo acelerado que asume como normal, aunque las pulsaciones le hagan salir a uno los muelles del engranaje orgánico. Por eso es más recomendable hacerse con Bestiario, colocarlo en el lugar de las cosas importantes (a buen seguro, la mesilla de noche, ese mágico sitio donde reposa paciente aquello que deseamos tener cerca al levantarnos y al acostarnos) y tomarlo un poquito cada día, sorbo a sorbo, como un deleite narrativo, el caramelo frugal en los momentos de ayuno. Lo digo casi tímida porque, desatendiendo cualquier tipo de salubridad emocional, oteé en la palabra “puente” el suicidio de mi calma y así me zambullí loca en esas mil historias, sin dar respiro al dulce para rematar el proceso digestivo. Suerte que de aquellos cuentos me salpicaron fabulosas tramas, otras, desconcertantes por cuanto esperas que llegue un final que no aparece, me dejaron analizando el espacio en blanco de la hoja, para ver si en una suerte de milagro aparecía un nuevo fragmento para la historia. Así consumí Bestiario entre mis manos, el ardid de fábulas comunes pero tratadas con un estilo muy peculiar que me impulsó a seguir buscando, hasta que caí extasiada en “Los venenos”, cuento del libro Final del juego (1956). Se dice de este relato que es uno de los más autobiográficos de Cortázar. Desde luego, pésima curiosidad que se pretende en los lectores, puesto que lo magnífico del escrito es que realmente habla de todos, es la infancia de cualquiera, con ese descaro narrativo de un niño que se siente ya crecido, que se esfuerza en rozar el amor con sus dedos diminutos. Esa infancia cargada de belleza, que se añora cuanto más lejana la deja el tiempo (que se lo digan a Rubén Darío y aquellos versos que rezaban: Juventud divino tesoro/ ¡ya te vas para no volver!/ cuando quiero llorar no lloro/ y, a veces, lloro sin querer). La dulzura de los ambientes, el olor del escenario campestre, esa eterna primavera de los niños, conduce través de la frescura de su protagonista (esté o no el propio Cortázar tras su voz) con la misma alegre sucesión de los hechos, de las experiencias vividas por todos, reconocibles con esa gracia ingenua de su mirada. Aquella gratificante sensación de calidez que me veló los párpados, también me arrastró de forma inevitable al recuerdo de Daniel, el pequeño protagonista de El Camino de Miguel Delibes, cuya gracia narrativa semeja tanto a la del personaje principal de “Los venenos”. La diferencia es apenas estética, apenas de jerga lingüística: los “cachetes” españoles suenan a “bifes” para el argentino y los insufribles tirones de pelo, tienen un toque chileno al describirse explícitamente a través del verbo “mechonear”. Pero es que Julio Cortázar era también todo eso, la conciencia de las heridas políticas de Latinoamérica, el compromiso y ese desear correr por las calles como un niño fantasioso, con las piernas tiesas, sin doblar las rodillas, alcanzando momentáneamente la maravillosa sensación de ser un pájaro que vuela a ras del suelo.

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Entre Cuatro Caminos y Chamartín

La gente habla de monotonía, del incómodo abrazo de la hiedra aferrándose a los tobillos. La gente habla de monotonía, pero no sé si por lo que tenemos de monos, que es bastante más de lo que quisiera admitir, o porque realmente queremos huir de lo cotidiano. ¿Acaso no nos perturban los cambios? Esta Trilby descubrió que sí, el otro día, camino a Nunca Jamás, en el penúltimo vagón del metro de la línea 1, cuando subí acelerada, como de costumbre, empujada por la inercia del que siempre va con prisas, asediada por mi fama de impuntualidad.
Me senté al lado de una mujer cuyo escorzo me invitaba a fantasear. La chaqueta de punto cedido por la elasticidad de los años, el agresivo perfume de la calle, el pelo repeinado con ese alquitrán natural de las raíces. Me retorcí un poco en el asiento, calibré cierta reserva de civismo y educación. Una de mis compañeras de viaje, la que ocupaba parte de la fila de enfrente, frunció el ceño y dibujó pasmada una náusea en el aire. Hedor –creo- es una palabra justa, pero poco amable. Permití a mi curiosidad ciertas diligencias, incliné mi cuerpo hacia el borde del asiento, quería ver su rostro, su expresión, quizás cansada, quizás ausente. Al encontrarla, al verla ocupando allí, plena, mi mirada, me arrastró una cercanía poco saludable: Aquella señora me recordó a mi padre. Aunque, pobre mío, no creo que se sienta orgulloso de que lo mente así de esta manera. Sin embargo, es verdad, esa señora se parecía a él. No por tener un aire sobrio, ni por su toque heroico. Más bien era algo estético: aquel bigote enrabietado. Aquel felpudo irritado bajo la nariz, deslizándose en su recorrido de flechas que apuntan a los labios. Al contrario de lo que puedan pensar, no hablo desde la repugnancia. Mejor diré lo que es cierto. Me perturbó aquella imagen. Especialmente cuando la señora abandonó mi compañía, salió del vagón y se dirigió directa a rebuscar en la papelera del metro de Plaza Castilla. Cuando las puertas se cerraron y la dejamos atrás, la mujer del asiento de enfrente asió del aire una suerte de alivio que distendió la hosca mueca de su rostro. Me convencí entonces de que su padre no tenía bigote y que de aquella señora sólo había percibido la estulticia, el manido olor de su piel y su tesoro echo de mugres ajenas. Pero yo me quedé asustada. Allí, en mi rinconcito del vagón. Hasta que llegó una se esas niñas salerosas, de desparpajo incontenible. Se sentó en el lado izquierdo de mi asiento. Y me miró de refilón, casi tímida. ¿Estaría ella buscándome parecidos con su padre? Palpé con disimulo el reborde superior de mi boca y suspiré aliviada. De momento, el tamaño del espurio bello era aceptable. Pero la niña seguía viéndome intrigada mientras su madre luchaba por encontrar una esquina segura y con sujeción para el carrito de su otro hijo, un bebé lampiño, con los ojos enormes. Al fin la pequeña decidió romper el silencio que nos envolvía.
-¿Se parece una cabra a una vaca? –me dijo preocupada.
Aquella pregunta, cargada de inocencia y frescura, aquel rostro de coronas rizadas, aquellos ojos inquietos esperaban mi respuesta. Yo sonreí, presumiendo de la sapiencia del adulto frente al niño. Sonreí serena y confiada. ¡Qué fácil es parecer un Dios ante los pequeños! Qué fácil sugerirles tanta seguridad, cargar de alivio sus inquietudes, frenar sus lenguas que se agitan siempre con una pregunta.
-Pues verás –comencé a explicarle- no se parecen en nada, las vacas son más grandes y…
Y la niña se volvió de pronto insolente, como defraudada por mi comentario.
-Sí se parecen. ¡Las dos dan leche! Se dio la vuelta y centró su mirada en la de su madre, evidenciando mi fracaso, juzgándome como una timadora de palabras y tropel.
Me sentí destrozada, magullada por su grandeza. Qué razón tenía. Yo parada en evidencias justificando mi simpleza por la capacidad de mi interlocutora, sin percibir que mi raciocinio estaba herido, era diferente al de ella. Aquella pequeña díscola sin embargo… ¡Cuánto tenía que enseñarme! Ella tenía la visión del escritor, aquella que Virginia Woolf destacaba en su ensayo “La vida y el novelista”, esa capacidad de estar “expuesto a la vida.” “Le es tan imposible dejar de recibir impresiones como al pez en medio del océano impedir que el agua pase por sus agallas.”
Quise preguntarle a la niña, ahora yo redimida a su sabiduría. Pero ella se me adelantaba, desafiante, juguetona, consciente ya de su superioridad. Echó un vistazo sobre el libro que ocupaba el espacio de mis manos ese instante. Me apresuré a guardarlo en mi mochila para que no me juzgase pero ella ya lo había visto y al encontrarlo allí reunido con el resto de sus compañeros, al ver las lecturas que me ocupaban, me dijo indignada:
– ¿Acaso si te preguntase se parecen Larra y Castelao tú me volverías a decir que “uno es más grande que otro” o mejor aún, “como la vaca muge, y la cabra habla en balidos, afirmarías que uno escribe en gallego y otro en castellano”, así lo reduces todo?
Me sentí tremendamente agobiada, porque todos aquellos pensamientos, sin duda, parecía reconocerlos en mí, aquella sencillez de la que ahora se burlaba. El metro paró. Una nueva estación y la niña se levantó de su asiento y siguió a su madre hacia la salida. Mientras yo me quedaba sepultada por un aluvión de dudas.
– ¿Qué hay de su intencionada burla al escribir? -Me dijo mientras se iba- ¿No ves que “los dos dan leche”?
¡Qué razón tenía! Daban la mala leche del que escribe burlando todo. Aquellas ganas de ironía que había en Larra, aquella sátira de las máscaras, aquel mismo garbo vacilón que Castelao ponía al escribir sobre la patria en relatos como “O Inglés”. Qué razón tenía y que frágil me sentí, como un libro descatalogado, como una edición absurda sobre la que nadie muestra ya interés. ¿Y si soy como la obra póstuma de un poeta, aquella que jamás debió de existir, publicada a traición de espaldas a la lápida, y que la gente sólo lee por auténtica pena, compungidos en tristezas, intentando escudriñar en esas últimas letras arrastradas por la pluma cansada, aquel brillo (si alguna vez lo hubo) aquel desaire del poeta?
El metro avanzaba y ya no sabía bien ni adonde. Aquella revelación de las cosas, aquella abrupta caída del telón en el que ahora estaba atrapada mi ignorancia me hizo sentirme lastrada. Me abracé a los artículos de Don Mariano, como para ver si se me pegaba algo, si cierta gracia de aquella prosa entraba sugerente e ineludible por los poros de mi piel. Me sentía como si hubiese sufrido una caída ridícula. Como si la lluvia fuese una suerte de ceniza. Sacudí la ropa y me levanté del suelo, recogiendo el orgullo hecho trizas. Sin embargo, todo en mí parecía tener ese desaliño de las cosas sobadas. Hasta los relatos parecían estar manidos y cansados. Y Virginia, con su eterno perfil me hablaba desde la foto de la tapa del libro y me recordaba “Cierre sus bibliotecas si quiere, pero no hay puerta ni cerradura, ni pestillo que pueda colocarle a la libertad de mi mente” Claro que yo ya había conquistado lo que ella reivindicaba como un derecho universal en su escrito, yo ya tenía esa “Habitación Propia”. El problema era otro, mi falta de fantasía, aquel rubor, aquella desazón sonrojada que había despertado en mí la niña. Observar lo sencillo y describir a través de la anécdota lo común, es propio de los genios. No está al alcance de los otros, como yo, simples escribientes que transcriben. Escribir desde la torre de marfil, desde el ángulo dorado de las alturas es quizás más accesible que ver, a ras del suelo, todo eso susceptible de ser percibido por los demás. Transmitirles en escenarios cotidianos lo que todos sienten y reconocen. ¿Y si por un momento aspiro o sueño (sólo a nivel literario, jamás por la perniciosa ambición de superioridad moral o humana) con escribir desde esa torre de marfil y luego descubro que soy el más enano de entre los gnomos, subida a la seta más pequeña y diminuta del bosque? ¿Y si mi escritorio está allí, expuesto sin fantasía ni orgullo sobre el lomo salvaje de un saltamontes? ¿Y si ruedo en su espalda sin saber jamás dónde irán las palabras, dónde irán las intenciones ni la gracia del poeta?
Me apeo en la siguiente parada. Doy la vuelta en un arrebato. Cruzo el andén y marcho en dirección contraria. Al regresar a Plaza Castilla, busco a la señora poseída por Diógenes. Y me acuerdo del filósofo que dio nombre al síndrome, ese pensador que vivía en un barril y que dijo a su profesor “pegad cuanto gustéis; mientras tengáis algo que enseñarme, no hallaréis palo bastante fuerte para alejarme”. Pero la que ya se había alejado era aquella señora, la pirata saboteadora de la escala de valores. Yo, escribiente sin remedio, me paseé por las papeleras, como minutos antes ella había hecho. Y dentro de una, lo vi. Allí olvidado. Metí la mano apresurada, controlé el vértigo de lo prohibido. Contuve las ansias y salí corriendo para subirme de nuevo al vagón, preguntándome si alguien me habría visto. En el traqueteo del suburbano encontré cierto remanso de paz, con una frágil pero extraña sensación de alegría, un alboroto discreto en mis mejillas, como aquel que encuentra en su propia basura, el objeto preciado del que nunca debió desprenderse. Y continué mi camino, mientras un bolígrafo destintado palpitaba entre mis manos, al tiempo que me decía “quizás todavía pueda hacer algo por él”.

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