Consejos de belleza

Sin menoscabo alguno sobre la dulce voz de Soledad Giménez, vocalista de Presuntos Implicados, cuando gorgoreaba aquello de “cómo hemos cambiado”, tomo hoy por bandera la osadía y le hago un desplante a esa canción que perfumó (y con tanta pavonería, todavía lo recuerdo) la adolescencia de mis hermanas. Porque se me antoja creer que poco se han transformado las gentes, las cosas mismas, e incluso me atrevería a defender que, quizás las peores, las lastras de cualquier retrato costumbrista de antaño, siguen sosteniendo como pinzas en el tendero de la vergüenza algunas de las injusticias más flagrantes de esta sociedad. Y lo digo yo, que debería estar contenta, lo dice esta Trilby que de haber vivido en la Inglaterra de la Revolución Industrial me hubiese armado con arrojo y gallardía, piedra en mano, a romper aquellas máquinas de los telares que a tantos obreros dejaban sin trabajo… En fin, que sí, que permito que me acusen de ludista descontextualizada, de colérica nostálgica; pero es que a una de vez en cuando también le entran rubores de modernidad y no los encuentra. Véase por ejemplo, el caso que me ocupa: los consejos de belleza para mujeres, publicados en la prensa. Todavía no me ha quedado claro si la hermosura, con sus remolinos de evocadores perfúmenes artísticos, es un derecho exclusivo de la mujer, o una obligación (en cualquier caso, también exclusiva). Es decir, ocurre como cuando uno lee sus derechos y deberes (del buen ciudadano, del buen paciente, del buen empleado…) qué más da, si al final nunca sabemos si los derechos son dignos de agradecimiento o un placebo frugal para que se alivie el peso de las obligaciones. El caso es que de vez en cuando conviene otear en el “baúl de los recuerdos” (por dar continuidad a la semblanza musical) y buscar respuestas removiendo en el pasado, a poder ser, en sus sombras y, desde allí, compararlas con el destello de las luces que supuestamente arroja la contemporaneidad. En ésas estaba, recorriendo la sección de Faro de Vigo, Tal día como hoy, una lacónica y encorsetada hemeroteca del decano de la prensa nacional que, aprovechando el tirón de la antigüedad, saca al escaparate retales del ayer. Algunos, tan esperpénticos, y simpáticos a la vez, como los consejos de belleza que hace no más de cincuenta años aparecían en sus páginas para intentar pulir las fealdades de las mujeres de la época. Y no se me molesten muchachos, ni me acusen de hembrista, que lo del metrosexual era una “derecho” que ni se vislumbraba…

Por eso me imagino a esas pobres mujeres viguesas, afectadas por la presión provinciana, examinándose frente al espejo, descubriendo defectos, aplicándose técnicas de belleza pergeñadas en la botica de no sé qué cruel abuela, pero, sobre todo, rechazándose allí mismo, esforzándose cada día por masajear su boca alicaída, pronunciando como si fuesen burros en la corte, las vocales I, U, I, U. Así que, después de burlarme un rato de tales pasatiempos, se agradece abandonar la hemeroteca digital con la facilidad de un “click” y regresar al que, se cree, un mundo ya conquistado (nota: más conquistas no significan totalidad). El caso es que después de ese paseo por las sombras, uno puede suspirar, relajarse pensando cuántos sufrimientos nos hemos ahorrado en estas generaciones.

Cojo entonces los bártulos de caminante, me dirijo a una calle cualquiera, en un paseo matutino, y en la esquina, son las 9.00 de la mañana, me espera mi amigo, el del Qué!, para espetarme el periódico gratuito en la boca del estómago. Le sonrío, eso siempre hay que hacerlo porque, como decía aquel, “lo gratis sabe mejor”. Me siento en el banco a devorar el tabloide, que es tres cuartas partes la publicidad del Lidl (con ofertas de embutidos y todo. Un claro ejemplo de periodismo de servicios), y la otra porción es a medias noticias y farándula. Mi asombro llegó cuando aquel pasado vacilón, a todo color y con grandes alardes de moderna infografía, resucitó en el papel que se hallaba plegado entre mis manos.


“Tu cuerpo puede ser de 10” me dicen ahora, aquí, en 2009. Ya no estoy nadando con morriña en las aguas del pasado, es ahora, aquí, me lo recuerdan, como si se tratase de un “tal día como ayer”… y me voy sumiendo en la tristeza, voy notando cómo las piernas temblequean ansiosas por un espejo y salgo corriendo, enajenada, pronunciando una especie de rebuzno, un I, U, o I, O, ni siquiera llegué a recordar la fórmula mágica que empleaba aquella provinciana de la que me burlaba hace un instante con la altanería del progresismo cegándome los ojos. Mejor no voy a explicarles cuán febril fue mi ataque gimnástico, piernas en el aire, brazos en cruz, bicicletas, flexiones, yo entera echa un nudo marinero… hasta que un largo etcétera de cansancios me dejó postrada en la lucidez: qué malo es el deporte -pensé primero- y qué difícil parece desasirnos de esa piedra colosal de la ignorancia y, peor aún, de esos conocimientos que se han ido enquistando, que se han solidificado, tras haberse arremolinado entorno a esa pseudo-sabiduría de las costumbres ridículas, engrosando los conocimientos de esa parte abominable de la cultura que sigue sin entender, como aquellos versos de Ángel González que lloraban un “Felicidad… misterio… alma… infinito”, qué significan esas extrañas palabras que ahora insisten en pronunciar, mientras la voz se le apaga “progreso, libertad…

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