Otra vez, Larra

Si en mi vida hay un pecado poseído por una reverberación incesante es el de la falta de moderación.
Nunca he sabido apreciar lo tibio. Escoger el tono gris no se me da bien: me parece un color desgastado, frígido, sin emociones.
Tampoco aprenderé jamás a calcular cuántas tazas de café delimitan la frontera entre mantenerse despierto o hiperactivo: siempre me excedo. De la mansedumbre más soporífera acabo sumergida en el vitalismo más feroz, trémula la voz, ansiosas las manos en su movimiento pendular. Como me aseguró un día el buen amigo: “un café más y saldremos movidos en las fotos.” Mi ánimo pasa de dormitar ante los apuntes a estar enaltecido, envuelto en el trajín de mil acciones, apabullada de estímulos y curiosidad. Claro que, en esa situación, los quehaceres académicos son el último trago al que recurriría… Vaga efectividad la de la medicina del estudiante.

En cualquier caso, como les decía, es esta Trilby un poco de excesos y obsesiones. Pongo por caso el de mi fantasma larriano, una de mis más recientes adquisiciones espectrales. Larra está en mi vida, la estruja y zarandea muchas veces. Incluso, ahora, mientras escribo estas líneas me mira juzgante, so pena de reprimenda, desde la fotografía que cuelga en la pared, sobre mi escritorio. A veces se me pone socarrón, como sus escritos, y se burla un poco de la verborrea que tejen mis dedos sobre el teclado. Va algo altivo, subiendo, trepando como una serpiente sobre las ondas del gotelé, cada vez más alto e inalcanzable (tanto, que hay días en los que juega una partida de mus con las arañas del techo). Yo lo observo fascinada y llego a comprenderlo, ¡ay amigo!–suspiro-. Y recuerdo aquellos últimos versos que Zorrilla le dedicó durante su sepelio: Poeta, si en el no ser/ hay un recuerdo de ayer,/ una vida como aquí/ detrás de ese firmamento…/ conságrame un pensamiento/ como el que tengo de ti. Porque no me sonrojo al reconocer que me gusta este chico de perilla ortopédica. Y para una persona como yo, de delirios varios, gustar acaba convirtiéndose en fervor pasional y delirio bovaryano. Por eso me aventuro en mil guerrillas y retuerzo cientos de cuartillas cada vez que leo algo injusto sobre él. Y más ahora, en los tiempos que corren, con en el bicentenario de su nacimiento atestando su figura de homenajes y sandeces, de amanuenses que repiten la misma nota desafinada una y otra vez, “Dolores, Dolores”, “disparo, disparo”, como si fuesen tocadiscos rallados a los que deseo arrancarles las agujas. Yo cargo la pólvora de mi vehemencia, aparecen las venas como cráteres en mi cuello, harta, muy harta ya, de encontrar patanería en esos escritos. No obstante, al fin hoy le he dado un respiro a la conflagración y me congratula poder recomendar textos que realmente hablan de Larra, de un disparo, sí, pero también de perpetuidad, de frescura insaciable. Desconozco si gustarán a todos pero, al menos, pueden presumir de no quedarse nadando en la superficie como tantos otros. Hablo del especial que la revista Mercurio, le dedica a Don Mariano José de Larra, en su edición del mes de mayo.
Después de escudriñar con recelo sus páginas, el escepticismo inicial se fue dispensando hasta conmoverme. Por fin Larra no es para los críticos, expertos y periodistas un folio con dos caras. Por fin aparece el poliedro, el diamante infracturable de mil aristas y virtudes. La apertura, a cargo de la catedrática de Literatura Española, Mª del Pilar Palomo, zurce una pasmosa relación de genios para abrir bocado “En 1822, Shelley se ahoga en el golfo de Spezia y sus cenizas son incineradas en la playa en presencia de Byron; éste muere en Grecia, en 1824, mientras colabora en la independencia del país; en 1837 se suicida Larra en Madrid, en 1842 fallece Espronceda, que ha llorado ante la muerte de Fígaro… ninguno ha alcanzado los cuarenta años de edad. ¿Símbolos del romanticismo europeo? Sin duda alguna lo son, como lo fue Werther, el trágico personaje de Goethe, que propició los numerosos suicidios que protagonizó la juventud europea en el exaltado romanticismo que le sucedió. Pero pienso que Larra es algo más complejo que un símbolo del movimiento romántico (…)” y algo estalla en mi cabeza, ¡al fin lucidez! ¡fuera los reduccionismos! Yo, por cariño patrio (y por el imperturbable sonar de gaitas en mi sesera), anoto en el margen del texto el nombre de una persona más que añadiría a la lista (aunque ella llegó a los 48 años); porque curiosamente, once días después de que Larra se desasiese de la vida, otra escritora la sujetaba, endeble y melancólicamente: Rosalía de Castro nacía el 24 de febrero de 1837 y se estremecía con la luz de la primera niebla que sus ojos contemplarían en el cielo de Santiago.
La segunda de las satisfacciones por las que me arrastró Mercurio fue el artículo de Ricardo Senabre, quien, asombrosamente, recalca que la figura de Larra “continúa siendo el punto de arranque del periodismo moderno (…) la atención crítica a los problemas acuciantes de la actualidad; la amplitud de sus intereses, desde las costumbres hasta los espectáculos, (…) hasta la política de su tiempo, la reducción de muchas de sus piezas, nacidas para imprimirse en esas publicaciones inestables que son los periódicos de la época, a textos breves, que son preludio de las actuales columnas” Me enorgullece saber que, al menos, algunos profesores de literatura reconocen sin escrúpulos al periodista que iba caminando por delante del literato, al joven Larra, cuyos ojos se le iban “tras cada periódico y era un pío mañana y noche”. Senabre abandona esa disposición natural del “experto” literario que pronuncia clamoroso la huella larriana, con sus cábalas románticas, con la exaltación de su obra como ensayista, como escritor de la novela El doncel de Don Enrique el Doliente y del drama Macías, sin mencionar (porque debe ser una especie de tabú en las aulas de secundaria) adónde iba el jugo de su talento: aquel que exprimía cada día sobre las páginas de un periódico.
Lo que el profesor de la Universidad de Extremadura, Gregorio Torres de Nebrera, viene a aportar al monográfico larriano, confirma la esperpéntica visión, tan impregnada de literatura y superstición, que tenemos de Larra y que hemos heredado sin cuestionarnos en absoluto el origen de esa imagen de polichinela. Como destaca el catedrático, fueron tres los autores que, a su juicio, “mejor” recrearon la esencia larriana: los dramaturgos Buero Vallejo y Francisco Nieva; y el narrador Juan Eduardo Zúñiga. A este último le debemos Flores de Plomo, el libro del que se ha extraído la fabulosa (y a la vez, incierta) versión del día de la muerte de Larra: aquel 12 de febrero en el que Dolores Armijo y su cuñada (después de exigir la devolución de las comprometedoras cartas que compartieron como amantes) salían de casa del joven y al cruzar la calle Santa Clara les asaltó el estruendo revelador de un disparo. Fábula literaria, aunque algunos se empeñen en repetirla para hacerla realidad. La versión más verídica es que ese pistoletazo sonó minutos después de que el escritor de Dolores Armijo saliese del piso de Larra tras haber sentenciado y confirmado de forma inapelable la ruptura de la relación entre los amantes.

Por otra parte, la adaptación de los autores teatrales deja constancia de otra característica muy “de Larra”: él es de todos y vale para todos. Tras su muerte pocos pueden presumir de haber capitaneado el lamento de tantas generaciones, de haber inspirado e insuflado aliento al espíritu de movimientos y sensibilidades de tan dispares causas. Se dice que los de la Generación del 98, al visitar su tumba, lo definieron como “uno de nosotros”, algunos del 27, como Cernuda, siguieron la estela de su arte… A Buero Vallejo en su obra La denotación y a Francisco Nieva en Sombra y quimera de Larra les inspiró esa lucha silenciada, esa libertad exiliada, ese grito ahogado contra un régimen de titanio que por fin comenzaba a ser sombra en extinción, sombra que perece en la noche de los tiempos. Las filigranas que Larra hacía para que sus artículos pasasen la censura inspiró una forma de denuncia que es limpia y decorosa, clara e inaccesible a mentes dormidas. Ese regeneracionismo que Larra invocó en su tiempo y, sin quererlo, legó a la perpetuidad. Como destaca Nebrerael posibilismo en un contexto de coerciones imposibilitadoras es parte de la impronta larriana y por ello Buero [Vallejo] eleva el fatídico gesto del suicida al acto personal que debe despertar conciencias y compromisos.”
Respecto a Francisco Nieva, no puedo evitar discrepar con una parte de su discurso conmemorativo del bicentenario, cuando leyó en el Ateneo que Dolores Armijo fue “involuntaria inductora del suicidio”. Aunque tiendo a ser más bien beligerante en estos temas, hago un esfuerzo de comprensión con Nieva y negocio o matizo su propuesta: asumamos que Dolores Armijo pudo ser catalizadora del trágico desenlace, pero jamás le imputaría a ella la causa, que fue más bien el desfalco del entusiasmo, la fe mellada y el descalabro de la esperanza que ya se venía reflejando tiempo atrás en un suicidio literario paulatino, pausado de su ironía, ahogado en la penumbra. En segundas lecturas que hoy podemos hacer sobre los últimos textos de Larra, siendo conscientes del irreversible final, podemos hablar casi de la crónica de un suicidio anunciado: la caja amarilla con la pistola palpitante, la melancolía recalcitrante que se enredaba, desde el título al cierre, en cada artículo. No hubo espontaneidad en su muerte, como tampoco hubo mediocridad en su obra. Larra es un genio inspirador, eternizado en cada uno de sus textos, es el joven hecho mito, la muerte trágica, la sensación de arrebato, el doble sobrecogimiento: por lo que conservamos de su arte y por las páginas en blanco que se quedaron huérfanas sin el milagro de su pluma. “Releamos de nuevo a Larra, porque nos vamos a estremecer, como si el tiempo no hubiera pasado. Esto es un clásico, este perpetuo renacer” dijo Francisco Nieva, como para que no le guarde rencor por las diferencias. Y desde aquí me sumo a su propuesta, a no abandonar jamás la inquina de la crítica, la fe en las palabras que acabaron por dejar tísico el ánimo del mordaz Fígaro, del Bachiller que quedó prendado en la eternidad por la magia de su saber hacer, único, apabullante. Lo mínimo que podemos hacer por alguien como él es amarrarnos como hambrientos a los hilos de su barba y desear, que por milagro de los dioses, antes de resbalar y pegarnos el batacazo contra la infortuna realidad, se nos quede una muesca de su genialidad fundida entre las manos.
Antes de cerrar estas letras sobre el Genio, sobre el Maestro, agradezco la paciencia de quien me trajo la revista Mercurio entre sus manos y, más aún, la generosidad de quien se acordó de mí al verla y se la envió de recado. Agradezco el que me aturen, (¡sin parentesco alguno ni intercambio monetario!), con todas mis obsesiones, con ese vendaval de impresiones que me arrastra hasta él tantas y tantas veces. Para colmo, ¡os convertís en cómplices de mi turbación! Gracias infinitas, por tener paciencia y soportarme una vez más hablando de Larra… otra vez Larra… aunque, mejor será decir: siempre Larra.
Cualquier intento de empujar mis palabras, enviadas sobre este barquillo de papel de fumar para que alcancen aquel ahínco, aquella gracia de Fígaro, es condena segura al naufragio. Ni justicia le hace la imposibilidad misma de contener o, cuando menos, destellar en un escrito la hilarante recompensa que sólo merece su pluma. Así, sin remedio alguno a mi desazón, me recojo en el rebufo de su arte, apretujo sus textos en la memoria (intentando que perduren en ese efímero espacio) y me despido, sorteando el perímetro de la rendición como él ya no pudo en 1837, evitando que mi corazón se convierta en la tumba de la esperanza. No quisiera anidar el Santo Sepulcro que los huérfanos de entusiasmo acuden a contemplar cada 1 de noviembre para escribir en él su epitafio… Perpetuo olvido.
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Archivado bajo Larra, periodismo, romanticismo

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