Versos sin escamas

“Mañana es un mar hondo que hay que cruzar a nado”

El pasado 12 de enero se cumplieron dos años del fallecimiento de Ángel González, el poeta ovetense que hoy ocupa estas líneas. Pero, de ser justos con su legado, cabría preguntarse si es posible cesar de existir siendo un Ángel –de nombre y poesía- que rompió las alas contra los escombros de las pasiones, que por discreción se fue ahogando en el pozo de su garganta, de la que brotaron palabras, ritmo y sonoridad infinitas. Porque en demasiadas ocasiones la crueldad de los artistas es que su fuente de inspiración acaba por hundirlos en la fosa común de los inertes. Si la tuberculosis que contrajo con 18 años le fue sumiendo en el abismo de reclusión perfecto para evocar la poesía, leerla y construirla; también acabaría dejando en su pecho la vía insalvable por la que se iría apagando su vida, hasta que a los 83 años fallecía a causa de una insuficiencia respiratoria.

Pero al margen de los óbitos, a veces lo que más atrapa de un artista no es sólo el objeto que le da fama sino cómo llega uno a descubrirlos. En el caso de esta Trilby, una casualidad, como tantas otras, me condujo hasta Ángel González. Y confieso abiertamente, que las fórmulas poéticas no acaparaban en absoluto mi atención. Todavía con el recuerdo reciente de la etapa escolar, pensar en poesía era pensar en memorística. Los versos siempre han sido un instrumento de repetición que aprendía en la escuela como el abecedario, sin que vertiese sobre ellos conciencia alguna o emoción. Pero la primera vez que me topé con Ángel González fue arrastrada por el sereno final de la película El pájaro de la felicidad (1993), de Pilar Miró. Un filme que, pese a no haber retribuido a su directora la fama de otros metrajes suyos, como El perro del Hortelano (1995) o Beltenebros (1991), ocupa un lugar destacado en mi colección particular. Unos versos nada inocentes me atraparon entonces a través del personaje protagonista que interpretaba Mercedes Sampietro:

“Añorar el futuro que no existe es aceptar la vida despojada de sus días mejores, y vivir es igual que haber vivido ya sin que ése haber vivido suponga, por desgracia, estar ya muerto”.

Con este final evocador, luego fui averiguando que pertenecían a un poema de González y que todo en él era magia: No en vano “Palabras casi olvidadas” acabó por dar nombre a este blog. Aquellos versos todavía me acompañan porque, como buenos amigos, están presentes en el repiqueteo de mi memoria y arrancan en ella por inercia, como los “diez cañones por banda” de Espronceda:

“En ocasiones, el corazón se siente abrumado por la melancolía, y al pensamiento llegan viejas palabras leídas en libros olvidados: felicidad, misterio, alma, infinito. ¿Es la tarde que mete sus uñas venenosas en el sombrío cuerpo del olvido y huye hacia la noche llevándose en la boca algún gesto borroso, una canción perdida, la desteñida cinta que no pudo atar tantos recuerdos? (…)”
Sería a través del prólogo de Luis Izquierdo, recogido en Antología Poética de Alianza Editorial, cuando el sobrecogimiento personal tomase formas definitorias. Para Izquierdo, el poeta asturiano era: “Un ángel que pronto descubrió que sus únicas alas posibles eran las de la escritura. Desaprendió las lecciones del dictado y la religión y describió además que en la prosa de la vida hay mucha poesía que desentrañar”.


En Ángel González ironía y poesía se toman de la mano como amantes suicidas que se despeñan hacia un pozo espeso de nostalgia, memoria y denuncia. Catalogado dentro de la Generación del 50, como uno de esos “hijos de la Guerra”, González sufrió las consecuencias de tener una familia republicana. De regreso a España, despuntó con sorna algún que otro verso a aquellos recuerdos:

Cuando estoy en Madrid,
las cucarachas de mi casa protestan porque leo por las noches.
La luz no las anima a salir de sus escondrijos,
y pierden de ese modo la oportunidad de pasearse por mi
dormitorio,
Lugar hacia el que
-por razones oscuras-
se sienten irresistiblemente atraídas.
Ahora hablan de presentar un escrito de queja al presidente
de la república,
y yo me pregunto:
¿en qué país se creerán que viven?;
Estas cucarachas no leen los periódicos.

Y es que en la paleta de su poesía Ángel González mezcló muchas reflexiones tragicómicas derivadas de su experiencia con la tuberculosis, el exilio y el silencio. Y consecuencia de esa amalgama saldría una poesía limpia y depurada, alejada del rococó que pervierte la fachada de las emociones, cuidando de que sus palabras se alejasen del circunloquio para caer en la diafanidad del sentimiento. Por esto, sus versos no tienen escamas. Están expuestos sin corteza ni pelaje protector a la felicidad que emana de las escenas triviales [miro pasar las nubes sobre tus labios rojos,/ digo adiós a los pájaros que cruzan por tu frente,/ y si cierras los ojos cierro también los míos,/ y me duermo en tu sombra como si siempre fuera/ verano,/ amor,/ pensando vagamente/ en el mundo inquietante/ que se extiende –imposible- detrás de tu sonrisa]. Y a la tristeza que provocan sus reflexiones. [Mastico lentamente los minutos/ -tras haberles quitado las espinas-/ y cuando se me acaban/ me voy rumiando sombras,/ rememorando el tiempo devorado/ con un acre sabor a nada en la garganta.]

Bruto –por su pureza- e intimista, hasta al punto de ahogarse en su propio cuerpo, no renuncia a la conciencia social, a pesar de caer muchas veces en el desaliento que provoca que, en demasiadas ocasiones, las palabras sean presas de la nada, marionetas del viento. “Ángel, me dicen, y yo me levanto disciplinado y recto, con las alas mordidas –quiero decir: las uñas- y sonrío y me callo porque, en último extremo, uno tiene conciencia de la inutilidad de todas sus palabras.”

El desdoblamiento personal del autor a través de la dualidad que le imprime su nombre propio (como ser humano y como ser celestial) es otra de las constantes en su obra. E inevitablemente acuden a mi cabeza versos de “Para que yo me llame Ángel González”, de una franqueza espeluznante sobre la insignificancia que a veces acompaña a la condición humana. O un extracto de “Reflexión primera” (Si esto es la vida Dios, si éste es tu obsequio, te doy las gracias –gracias- y te digo: Guárdatelo para ti y para tus ángeles.) En palabras de Luis Izquierdo “Esas gracias ilustran, con el gesto oral de repetición, el rechazo al obsequio de una monotonía consciente del fracaso final de la hora última.” En este sentido, recuerda mucho a aquellas palabras finales que, antes de su muerte, la pintora mexicana Frida Kahlo dejó escritas, con gran ironía, en su diario : “Espero alegre la salida y espero no volver jamás”.

Para William Wordsworth “Toda buena poesía es el desbordamiento espontáneo de poderosos sentimientos y, aunque esto es verdad, nunca hubo poema, sobre cualquier tema, al cual pudiera atribuirse algún valor que no fuera producido por un hombre que, además de estar dotado de sensibilidad orgánica fuera de lo común, ha pensado también larga y profundamente”. Es curiosos como intentando atrapar una definición para la poesía, halla dado de lleno en el estilo de Ángel González. De talante humilde y travieso, sólo él podía llamar la atención sobre el gran biógrafo musical de nuestros tiempos: Joaquín Sabina, que en su último disco, Vinagre y Rosas, le dedica al poeta la canción “Menos dos alas”. Un homenaje al “santo por lo civil” que fue y sigue siendo Ángel González, el que “decía que la muerte no era tan grave y agonizó en voz baja por cortesía”.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Ángel González, óbito, poesía

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s