Una tregua con Benedetti

Eso de que “la vida es un montón de pequeñas cosas” no es nada fresco, pero de vez en cuando conviene recordar esos detalles agradables que pueden inclinar la balanza del amanecer hacia el lado del buen humor o la desidia. Que el sol te de en la cara una mañana de domingo, el frescor de una tela liviana en pleno verano o la suave caída de la noche en primavera son sólo algunos ejemplos. Pero uno de mis favoritos es verme acurrucada en esa manta de libros alrededor de la mesa. Tienen algo cálido, casi humano. Como una especie de latido de celulosa que hace patente el bullicio que encierran sus páginas. Los libros rodean nuestra vida y llenan nuestros espacios: son seres queridos. A veces su compañía basta. A veces es suficiente encontrarlos ahí, sin abrir su cuerpo, sólo con su presencia tibia y generosa puedes sentirte protegido.
Así que, tal y como anda el plantel político, económico, social -y si me descuidan, hasta el futbolístico- lo mejor es buscarse ese respiro del descanso, esa tregua a la monotonía y disfrutar de ese agradable jugo que supuran las pequeñas cosas. La televisión podría ser una opción interesante para estos alivios de estrés pero estoy convencida de que la llamada “caja tonta” no es que cretinice, sino que posee el mismo compuesto adictivo que la comida basura, el tabaco o la cerveza: puede que la primera impresión sea desagradable, pero al final enganchan. Así que lo mejor es tirar de esa manta y liarse la cabeza con las historias que encierran los libros. El que he rescatado para este espacio, es una de esas lecturas que uno deja a medias pero que, cuando finalmente la termina, quiere volver a comenzarla. El libro del que hablo es La tregua (1960), de Mario Benedetti, un agradable relato con el que me he iniciado en la pasión cotidiana del escritor uruguayo.

A modo de diario, descubrimos a su protagonista, Martín Santomé, un hombre al borde de los cincuenta que ha decidido solicitar una jubilación anticipada porque, como él afirma: “no es el ocio lo que preciso, sino el derecho a trabajar en lo que quiero”. Con esta declaración de intenciones, casi sin darse cuenta, Martín va jaspeando en su pequeña libreta las anotaciones del día a día y nos envuelve con esta estructura en forma de diario, en su melancolía, en su pasado, en un presente que desea enterrar y en un futuro ensombrecido por la única certeza que puede tener un ser vivo: la muerte que, con sus alas mordidas, punza en el epicentro de nuestros miedos. Profundo, sin llegar a ser oscuro; sentimental, sin llegar a ser sensiblero; metódico, sin por ello ser autómata; el protagonista encierra las armas de seducción del estilo del propio Benedetti.
En este cruce de vías en el que se halla Martín Santomé ahonda diariamente en sus relaciones con sus hijos, con sus amigos, con sus colegas y nos presenta su cara amarga, la del viudo que se impregna de relaciones furtivas que nunca conducen a la satisfacción. Como en la canción “Like a rolling stone” de Joaquín Sabina podría entonar aquellos versos: “Lo que sé del pecado lo tuve que buscar, como un ladrón debajo de la falda de alguna, de cuyo nombre, ahora, no me quiero acordar.” Pero hay caminos que uno cruza sin darse cuenta de que está entrometiéndose peligrosamente en una vereda en la que puede perder el corazón. Así que, sin querer, la entrada de una nueva chica en la oficina acabará planteándole un dilema moral, acabará impregnándolo de toda la moralina que rodea al amor entre personas de diferente edad. Pero Avellaneda, el apellido de la joven, acabará constituyendo un maravilloso leitmotiv en las entradas del diario de Martín y será, más que un soplo de aire fresco, un vendaval que enjuagará el dolor y la distancia que uno guarda, no sólo con los demás, sino con sus propios sentimientos. Por eso será inevitable que la espontaneidad, la naturalidad encandiladora de Avellandeda hagan que el protagonista siempre tenga presente a Isabel, su esposa fallecida, y establezca así un puente de palabras entre dos mujeres que nunca llegaron a conocerse y que, sin embargo, estarán siempre conectadas a través de Martín.

Su día a día, el coqueteo torpe de un cincuentón inseguro ante una veinteañera, sus reflexiones y la arrolladora actitud de la joven, consiguen enamorar al lector. Es una historia que en el fondo habla de recuperar espacios propios, de cubrir ausencias y del dolor que comienza a cicatrizar cuando se comparte. Sus fórmulas narrativas, tantas veces reiterantes, atrapan porque en ellas todos podemos reconocer el golpeteo de nuestros pensamientos. “Creí que el corazón se me había instalado en las sienes. Estaba a dos pasos, junto a mi ventana. Dije: ¿qué tal?, ¿qué anda haciendo? El tono era natural, casi rutinario. Miró sorprendida, creo que agradablemente sorprendida, ojalá que agradablemente sorprendida.”

Puede que para nuestros adentros, las comparaciones siempre sean odiosas, pero en el juego literario de Martín Santomé los agravios no acompañan a los lazos comparativos que establece entre Isabel y Avellaneda. Son sólo una forma de conocer lo que él mismo fue y lo que es ante la joven. Una forma de reconocer las diferentes acepciones que el amor le ha mostrado a través de esas dos mujeres, de esos dos mundos diferenciados, que bien podrían constituir dos universos paralelos en los que uno quiere dejarse atrapar.
Ayer de tarde estábamos juntos sentados a la mesa. No hacíamos nada, ni siquiera hablábamos. Yo tenía apoyada mi mano sobre un cenicero sin ceniza. Estábamos tristes: eso era lo que estábamos, tristes. Pero era una tristeza dulce, casi una paz. Ella me esta mirando y de pronto movió los labios para decir dos palabras. Dijo: Te quiero. Entonces me di cuenta de que era la primera vez que me lo decía, más aún; que era la primera vez que lo decía a alguien. Para Isabel, repetirlo era como otro beso, era un simple resorte del juego amoroso. Avellaneda en cambio lo había dicho una vez, la necesaria. Quizá ya no precise decirlo más, porque no es un juego:es una esencia.
Un diario está plagado de trivialidades y de sentimientos que, según como se miren, a veces no dejan de ser bagatelas. Sin embargo, lo más importante que contiene un diario es la memoria. Uno puede retener los recuerdos, pero no las fechas, ni esa primera impresión que recogen las palabras. “Yo le dije: Creo que estoy enamorado de usted y ella me contestó: Ya lo sabía, por eso vine a tomar café”. Por casualidad, o por destino para quien quiera creer en él, Martín Santomé se declaró con estas palabras a Avellaneda, un 17 de mayo, data a la que esta Trilby le tiene un cariño singular, propio, y no sólo porque sea el “Día das Letras Galegas”. Quizás Mario Benedetti también guardaba un peculiar secreto en esta fecha y por eso la eligió para atravesar con las flechas de Cupido a sus enamorados. Lo que no sabía es que la vida se le consumiría ese mismo día, 49 años después de haberlo escrito. Porque Benedetti murió el año pasado, el 17 de mayo. Y digo murió, porque, como escribe Santomé en su diario, decir “falleció” no representa lo mismo. “Murió es la palabra, murió es el derrumbe de la vida, murió viene de adentro, trae la verdadera respiración del dolor , murió es la desesperación, la nada frígida y total, el abismo sencillo, el abismo.”

Aunque lo más maravilloso de un escritor es que nunca muere del todo. Muere su cuerpo, se apaga su mirada, se silencia su voz, desaparecen los personajes aún no inventados y quedan huérfanas las páginas en blanco. Pero quedan sus palabras, que siempre serán eternas. Como Rosa Montero escribió en La loca de la casa (2003):
Cuando te enamoras locamente, en los primeros momentos de la pasión, estás tan lleno de vida que la muerte no existe. Al amar eres eterno. Del mismo modo, cuando te encuentras escribiendo una novela, en los momentos de gracia de la creación del libro, te sientes tan impregnado por la vida de esas criaturas imaginarias que para ti no existe el tiempo, ni la decadencia, ni tu propia mortalidad. También eres eterno mientras inventas historias. Uno escribe siempre contra la muerte.
Por eso allí, tras la trinchera de la vida, todavía está Benedetti descubriéndonos el mundo, dándonos pequeñas treguas para poder soportar esas “primaveras con las esquinas rotas”
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1 comentario

Archivado bajo escritores, La tregua, Mario Benedetti

Una respuesta a “Una tregua con Benedetti

  1. Y al volver a escribir yo también, después de tantos años con esa salida cerrada en falso, disfruto aún más leyendo a los otros que escriben de un modo tan distinto al mío.
    Aquí sigo, renaciendo en quien siempre he sido y había olvidado.

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