Archivo mensual: julio 2010

Premios literarios en tiempos de crisis

A estas alturas de combate sólo la fiebre futbolística es capaz de izar colores de optimismo frente a las molestas vuvucelas de la resentida economía. Sin fórmulas mágicas ni recetas que aderecen este guiso, más de uno debería echar la vista atrás para motivar a los ciudadanos con la agudeza intelectual que algunos desplegaron antaño…
Para ejemplo clarividente -a la par que suculento- que valga el concurso literario que los carniceros de París organizaron en 1962. Como la propia corresponsal del diario YA, Josefina Carabias, indica en su crónica: “Hasta hace algunos años los carniceros de París no necesitaban recurrir a ninguna astucia para que les quitasen la mercancía de las manos. El bistec con patatas fritas era aquí el alimento básico y no faltaba en ninguna mesa por modesta que fuera. Pero desde que el sustancioso alimento se ha puesto por las nubes (unas 300 pesetas el kilo de la vaca más tierna) las amas de casa lo piensan dos veces antes de decidirse e incluso las hay que acaban por comprar pescado.”

¿Qué pergeñaron entonces los vilipendiados magnates del sector para estimular sus ventas? Pues un concurso literario en el que, con la gastronomía carnívora de fondo, los concursantes aspirasen a obtener un premio irresistible: su peso en carne. Fue así como el recetario de Madame Ninette Lyon, Carne a cualquier precio, obtuvo el envidiable primer puesto. Como, además, y para disgusto de los organizadores, la señora distaba mucho de lucir un cuerpo espigado, pudo ver recompensado el acopio de grasas que venía aglutinando desde años atrás. Con la sorna de Carabias, la afortunada madame quedó retratada de este modo ante los españoles de la época: “Para colmo de suerte, es una mujer llenita, tirando a gorda. Así, pues, cuando tomó asiento en la balanza a fin de cobrar el importe de su premio literario, hubo que poner en otro platillo -que esta vez era un “platazo“- un cordero entero, un cuarto de ternera fina y varios trozos de buey.”
Que conste que la señora Lyon no sólo recibió con orgullo el premio sino que, además, engatusó a los carniceros con sus armas de ángel del hogar y les persuadió sobre la conveniencia de que el galardón carnívoro le fuese entregado de forma racionada durante todo el año 1963. Con su punzante sentido práctico, la madama consiguió bonos para extraer de las carnicerías parisinas su premio de forma escalonada. Eso sí, aseguran que “por galantería” nunca se supo la cifra final a la que ascendió el lote de productos cárnicos.
En cualquier caso, lo importante para Carabias aquel 28 de diciembre de 1962 era tomar un poco el pelo a los señores del Régimen, con una pequeña “inocentada”, considerando la aparente candidez del comentario y la fecha en la que se publicó el artículo. De forma discreta, pero patente, les dedica tímidamente encubierta una semblanza a la hambruna de los detestables años 40: “No se puede negar que la idea de los carniceros, además de original, es excelente. Si a alguien se le hubiese ocurrido una cosa así en aquellos años de la posguerra, cuando la carne en toda Europa se obtenía por cartilla o pagándola en el mercado negro a precio de oro (…) estoy segura de que incluso los candidatos al premio Nobel hubieran cambiado de campo para venir a disputarse el galardón de los carniceros”.
Con todo, si bien estas noticias no multiplican los billetes en nuestros bolsillo, al menos, ayudan a que la mente se distraiga en otros menesteres y, sobre todo, en otras ambiciones: por ejemplo, aplicar la política del premio a la inversa. Porque, con lo escuálidos que se están quedando algunos contribuyentes ¿permitirían los bancos rescindir las deudas en proporcionalidad al peso de los hipotecados?

[Viñeta de Luis Davila]

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Reaccionarismo literario

Imagínense por un momento la historia de una pequeña hormiguita a la que llamaremos –por ahondar en la redundancia y en la originalidadPatitas.
Esta hormiga, vista desde la altura de los gigantes, parecería una obrera más desfilando con una miga de pan en todo lo alto de su sesera. Sin embargo, algo había de transgresor en Patitas. De cuando en cuando –y cada vez con más frecuencia- rompía filas y dejaba su sombrero de trigo a un lado de la senda para pararse a contemplar aquella gigantesca construcción plagada de confusos garabatos, incomprensibles para el bullir neuronal que nadaba entre sus antenas. No obstante, la primera ocasión en la que Patitas vio el libro del viejo Karl abierto sobre la mesa, no actuó como el resto de sus compañeras, que optaban por dar un amplio rodeo al tomo que entorpecía su paso. Ella prefirió emprender el laborioso ascenso por aquel estúpido objeto que mantenía a Karl en vilo cada noche. Cuando contempló el océano de letras que bailaban como olas sobre las páginas amarillentas del libro, Patitas sintió la necesidad de comprender todo aquello. Como la lectura y, en general, la alfabetización de las obreras, era todavía una utopía en su lúgubre hormiguero optó por seguir el trazado de cada letra como un camino, una tortuosa vía llena de curvas y rectas que seguro conducirían a algún lugar. El primer día se sintió francamente mareada y aturdida. El segundo, dudó un instante si volver a emprender su aventura. Pero en la tercera jornada, Patitas no podía imaginarse el sendero hacia la Gran Montaña de Pan sin embriagarse recorriendo aquellos extraños trazados.
Sus compañeras hormigas no tardaron demasiado en percatarse del cambio que experimentaba Patitas así que, movidas por la envidia del que siempre se acuesta igual que se levanta, denunciaron la situación a la Reina de las Hormigas. Por rigor histórico en este punto hay que aclarar que la regenta había regresado recientemente al trono con un cabreo solemne –adjetivo que califica con exactitud todo lo regio- después de que un comité de hormigas sindicalistas le paralizasen los canales de transporte en el hormiguero sin tan siquiera respetar los servicios mínimos. Cabe suponer, que la delicada situación de su mandato influyó negativamente en la sentencia, pues la Reina prohibió a Patitas volver a subirse a aquello que llamaban “libros” y la condenó con severidad a pasarse el resto de su vida deshollinando los retretes de palacio, cuyos tubos de desagüe –paradójicamente– siempre se llenaban de arena.
Meses más tarde, nuestra diminuta heroína burló los controles y decidió poner fin a aquel sometimiento convenciendo a sus vigilantes de que la libertad era un camino de letras torcidas –para alivio de algunos también aclararé aquí que Patitas no era comunista-. Así que, untada de esa especie de autoridad que otorga el conocimiento, se despidió de sus compañeras y emprendió su ansiado viaje hacia el libro de Karl. Caminó inscansable durante horas y horas pero, como en esta ocasión iba sola, se sintió algo desorientada, lo cual no impidió que alcanzase su particular meta. Una vez allí, esperó a ver los párpados del viejo cediendo al sueño para poder escalar su peculiar montaña de celulosa. En el preciso momento en el que Patitas se posó definitivamente sobre el contorno de una letra, el viejo insomne cerró el volumen que yacía sobre la mesa…
Así fue como Patitas, leyendo, se hizo libro. Y, de paso, inventó las comas, lo que redujo bruscamente el índice de mortalidad entre los voceros del pueblo. Aunque nadie lo reconozca nunca, Patitas fue una verdadera heroína.

[Ilustración de Cesáreo Segura Vargas]

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Al margen de estos delirios dignos del más torpe fabulista, ahora que hasta las aspas del ventilador se derriten amasando este tórrido aire madrileño, es buen momento para invocar el frescor de la brisa marinera. En este caso, recurrimos al último libro de Nuria Amat, Escribir y callar, un pequeño piscolabis que por breve no cede en intensidad y hondura. La escritora podría ser esa singular Patitas que todavía se funde con los libros al tiempo que reflexiona sobre la relación entre lectores y literatura en la actualidad. Porque Amat es la genuina encarnación, como ella misma escribe, de quien leyendo se hizo libro. Patitas -mal que me pese, porque ya le había cogido cariño- es sólo un sucedáneo de su condición. “Cada día nacen más adoradores de novelas sin ideas, historias sin relieve, pasiones sin la desazón del espíritu melancólico. Y cada día mueren lectores copistas de literatura. Los que leyendo se hacen libro.”

Quizás por ese idealismo confabulado, Escribir y callar es un libro reaccionario que violenta la modernidad y el consumismo. Es por tanto, un libro imprescindible para los nostálgicos, para aquellos que nunca pasan el plumero por la esquinas de la historia, que se entretienen creando telarañas, volviendo la vista atrás para sacar del baúl las cosas importantes que perecen bajo la solera. Para Amat, la intensidad de su relación con la literatura podría resquebrajar el mundo en dos mitades: a un lado, los que la viven del mismo modo; al otro, los que no. Con estos últimos se muestra especialmente dura: “Los coches han aparecido para sustituir primitivas bibliotecas. Proporcionan una marca a su propietario, un sentido de honor a la familia, y dan seguridad emotiva. Son indiferentes y mudos. Los libros, por el contrario, son altavoces secretos.”

El “radicalismo conservador” de Amat protege a los clásicos, defiende con uñas y dientes la literatura mayúscula que se eleva por encima de una época, la que pertenece a todas ellas. Por eso hay escalas, por eso no todo libro es válido ni toda cultura eleva el espíritu al limbo del pensamiento autónomo. “En una cultura como la nuestra, que repudia todo lo que no es gregario, mediático y comparable a algo experimental, tangible, ponerse a hablar de la espiritualidad y tristeza de la novela es visto como algo insólito y decadente”. Por eso Nuria Amat tiene claros su propósito: “Que mis libros no vayan a parecerse ni de lejos a los libros hablados de los otros, de los que apenas leen libros. O leen libros falsos y dictados por la impaciencia cotidiana.”

Al estilo de Montserrat Roig, Amat cierra el primer capítulo , “Entre guerras”, apelando a la única certeza de un escritor: el baile de su pluma: “Tal en vez en estos tiempos equívocos, escribir consista en asumir la contradicción de creer que el mundo es demasiado complejo e impensable para ser escrito y, sin embargo, seguir escribiendo.”

Cinco definiciones de la felicidad

La felicidad es inculta y es política, y se dedica a aplaudir a los escritores coleccionistas de palabras, filósofos de pacotilla, novelistas de un telediario.

La felicidad es grosera porque invita al éxito desesperado. (…)

La felicidad es inculta porque reivindica lo contrario de la tristeza. (…)

La felicidad es idiota porque es artificial. (…)

La felicidad es opaca al pensamiento.

Curiosa visión y no obstante convincente: Amat reflexiona sobre la felicidad como un producto de consumo más, impostado, servido en pequeñas latas metálicas con fecha de caducidad, disponible en polvo soluble y lista para crear una bebida instantánea. Hete aquí el peligro del libro: nos puede convencer de que que todo es cuestionable y hasta la imperturbable espada Excaliburg podría abanear en su férrea funda de piedra.

Nuria Amat, que niega la trama -absurdo artefacto que no dice nada sino va envuelto en una buena narración-, meiga fabricante de conjuros para despertar una generación de incansables lectores que, como los heroicos personajes de Fahrenheit 451 serían capaces de eternizar los libros en su memoria; se rebela con su pequeño-gran volumen que no es de contenidos, sino de acción, que espabila los ojos al delicado murmullo de los sueños. Con su mimada prosa y la depurada selección de palabras en la que nada falta y nada sobra, Escribir y callar guarda el secreto de un rico mundo interior y la semilla de una revolución que propugna aniquilar la celeridad de las creaciones mediocres y la ansiedad de una lectura demasiadas veces anodina y superficial.

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La luna: un agujero en el cielo

Cerremos los ojos a la lógica, mantengamos el suspense de la autoría, participemos por un momento únicamente del misterio. Soñemos que la luna ya no es claridad, sino ausencia. Que es un agujero, un butrón en el denso manto de la noche, listo para robar la oscuridad del firmamento.
Hete aquí la belleza del arte, nos ayuda a “ensanchar la realidad”, como explica Luis Antonio de Villena en el prólogo de Norte & Sur, el primer libro de poemas firmado por la norteamericana Elizabeth Bishop. Y no es sólo que el arte transforme la vereda del conocimiento en una avenida de matices, también permite variar la perspectiva, cambiar de ojos para atrapar el mundo, dejar de ver nuestro popular satélite como simple materia y pensar “que la luna es un agujerito en lo alto del cielo,/ lo que demuestra que el cielo resulta inútil como protección”, tal y como Bishop proclama en “El hombre polilla”. Parte del desamparo que estos versos susurran por la puerta de atrás, dan carácter a la voz de la autora y se convierten en una especie de estribillo latente en casi todas sus composiciones: “El invierno vive bajo el ala de una paloma, una ala muerta/ con las plumas mojadas.”

Elizabeth Bishop (Worcerter 1911- Boston,1979) se mueve en el “modernism” anglosajón, combinando como pocos una voz realista y terrenal con una fuerte pulsión evocadora y onírica, quizás condicionada por “el miedo o el desdén que tuvo hacia el intimismo o la confidencia (era lesbiana y padeció una infancia triste)” como resume lacónicamente Villena en el prólogo de Norte & Sur, de la edición de Igitur en 2002. En este libro podemos encontrar algunos de sus poemas más referidos, como “El mapa” o “El pez”, ejemplos contrapuestos de su peculiar uso de la metáfora y de sus cuidadas descripciones, “minuciosas, pausadamente detallistas, tan realistas en suma, que llegan a parecer irreales”, en palabras de Villena.
North & South es el primer libro de poemas que Bishop publicó en 1946, cuando contaba con 35 años de edad. Posteriormente editó otros tres volúmenes, a parte de sus obras completas: A Cold Spring, Questions of Travel y Geography III. Ya desde su primer poemario se pueden apreciar algunas de las características que dan forma a su estilo: Cierta obsesión por lo geográfico y arquitectónico –podríamos hablar de una mirada a ras de lo cotidiano-, la cuestión metafórica como una lluvia que vela el sentido último de sus versos, o el dualismo por oposición que se refleja en el propio confrontamiento de los puntos cardinales del título Norte & Sur. Su poesía está profundamente enraizada en lo terrenal y a veces resulta compleja más por una cuestión de fondo que de entendimiento. Sin embargo, es única y efectiva a la hora de describir y resulta extrañamente conmovedora cuando el lector es capaz de descifrar el sentido oculto de sus versos.
En Norte & Sur Bishop evidencia la insignificancia del ser humano, algo que está perfectamente reflejado en el poema “El hombre polilla”. “Toda la sombra del hombre es sólo tan grande como su sombrero// Yace a sus pies como un pedestal circular para una muñeca”. A su vez, huyendo del dramatismo o del sentimentalismo gratuito, la autora norteamericana consigue ensalzar el idealismo y la imaginación en varios fragmentos de sus poemas. Bellos ejemplo en este apartado serían “El iceberg imaginario” [Preferiríamos tener el iceberg antes que el barco, aunque significara el final del viaje], o los preciosos versos “ellos tienen muchos armarios; nosotros una maleta”, pertenecientes a “Canciones para una cantante de color”. Existe también, una voz propia, el estallido de una conciencia que de vez en cuando se entromete en la lectura a través de los diálogos internos que mantiene en poemas como “La mala hierba”:
“¿Qué estás haciendo ahí?”, pregunté./ Levantó la cabeza toda empapada/ (¿con mis pensamientos?)/ y entonces respondió: “Crezco”, dijo,/ “sólo para dividir tu corazón otra vez”.

Elizabeth Bishop, célebre compositora del maravilloso “Un arte”, escritora que se resistió a forjar géneros y fronteras –se comenta que estuvo en contra de engrosar las colecciones de literatura “homosexual” o “femenina”- escribe de lo particular para alcanzar el universo. Y, al igual que una flor con abstinencia de su medicina, el lector gira por las estancias de la casa buscando el sol y la claridad del día, que asoma sus hebras doradas a través de la experiencia vital: el único diccionario que permite traducir el significado centelleante y diverso que impregna los versos de esta magnífica autora.

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