Archivo mensual: noviembre 2010

Cuando la libertad se llamaba ‘tupperware’

En literatura hay toda una mística sobre el retorno. Al igual que transmite lúcidamente el tango de Gardel, ‘Volver’ puede resultar una experiencia demasiado dolorosa porque enfrenta al ser humano con uno de sus más temibles enemigos: el pasado.
Y es que, los lugares parecen poseer una cualidad especial para retener la nostalgia, para suspender las vidas en ese punto exacto donde uno las dejó. Enfrentarse a ese recuerdo es la última etapa de la huida ya que, por lo general, cualquier partida que busca el olvido acaba irremediablemente en el regreso. En esas está Natalia, el personaje que Montserrat Roig construye en su Tiempo de Cerezas. Catalogada como novela “del desarraigo y el retorno” esta obra le valió a su autora el premio San Jordi en 1976. Después de varios años de exilio voluntario, la protagonista, Natalia, regresa a su Barcelona natal con la muerte de Puig Antich como telón de fondo. Allí percibe las contradicciones de una sociedad en proceso de transformación que sigue contagiada por ese germen de nauseabundo olor a rancio, perfectamente reflejada en su familia burguesa, que es incapaz de depurar las heridas y los silencios que llenaron de fantasmas y represión su propia casa.
Uno de los grandes atractivos de esta obra es cómo a través del relato el lector va percibiendo los símbolos de toda esa generación mutilada por una educación sectaria, obligada a enmudecer ante una autoridad deslucida y sin argumentos que acabó inculcando en los supervivientes su inestimable herencia de silencios y desigualdades. Cada personaje salvaguarda la identidad de ese tiempo que ahora podemos contemplar desde una perspectiva lejana, como hijos de una nueva etapa que por entonces ni siquiera se había construido. Tiempos en los que Elena Francis representaba la cara más accesible de la libertad para mujeres que, escudadas en el anonimato de la radio, bombardeaban a este singular personaje con las dudas que nunca se les había permitido decir en voz alta. Y aunque los consejos no desentonaban de la prosaica educación que recibían, quizás el mero hecho de ser protagonistas, aunque fuese de una manera efímera, les hacía ser alguien en aquella sociedad que se empeñaba en homegeneizarlas, como si todas fuesen la misma cosa.

El afán de denuncia de la situación de la mujer es el estribillo de una obra en la que, por encima de la idea de retorno, subyace la desesperación de quien está atrapado en una moralidad asfixiante. Las mujeres de aquella generación fueron las verdaderas víctimas de este estado. Mujeres para las que la modernidad y el progresismo era que sus maridos les dejasen hacer reuniones de tupperware. Mujeres de femenidad herida, abocadas a contener sus aspiraciones en el corsé que primero apretaban las monjas y luego ajustaban los maridos. Mujeres para las que El útimo tango de Marlon Brando era lo más cerca que podían estar de hablar del sexo sin más tapujos que el rubor de cortesía para la época. Amas de casa escudadas bajo el tejado de sus casas, con la obsesión de mantener en orden aquel “reducto del amor perdido”. Mujeres obligadas a divertirse comprando la ropa de sus esposos, aprovechando la excusa de las tiendas para poder reunirse sin remordimientos. Y en medio de todas ellas, Natalia, el bicho raro, perteneciente a esa “generación de la pastilla” que se asombra ante las que confiesan que “sólo quieren ser madres”. La protagonista es un islote en un mar de conformismo y resignación. “He vuelto con afán de comprender, se decía Natalia, y no entiendo apenas nada”.

En este sentido, la mujer y la libertad, a través del idioma, constituyen el epicentro temático en la obra de Montserrat Roig. Y, para las mentes sensibles, no lo hace desde el punto de vista de los reproches sino desde la autocrítica. No en vano, en Dime que me quieres aunque sea mentira, reconoció que “sin Franco, sin las monjas, la escritora también hubiera necesitado escribir”.

Roig hace gala de una narración salpicada, mezclando los recuerdos con el presente, enseñando que el pasado es un amigo tan inoportuno como rencoroso. Además, su escritura ‘de corrida’ en la que los diálogos y la voz descriptiva se mezclan con frescura, salvan la distancia de un narrador en tercera persona y transmite la espontaneidad de aquello que uno se cuenta a sí mismo. La manera en que desgrana sus vidas, de forma salteada, va conformando su unidad y encajando como un puzzle con el avanzar de la lectura. Y es que, por mucho que se empeñen las flechas del tiempo, ninguna vida es lineal.

Al igual que la narradora admira en Proust esa forma de valorar las cosas por su significado, en Montserrat Roig hay una sinceridad lúcida y consoladora que enseña a apreciar la vida no sólo por lo que es, sino por lo que evoca e inspira. Con una narración cálida y roja, como las cerezas maduras, la escritora catalana reconstruye un atormentado y enriquecedor viaje al pasado, que no es distinto al que todos realizamos cuando nos atrevemos a mirar a los ojos a la persona que fuimos.
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‘Sexo por compasión’, una impecable ópera prima

Cierto tipo de películas están fomentando la frigidez emocional del espectador. Algunos creen que hacer cine es como comer pipas y, una vez dominada la técnica, ya tienen asegurado el automatismo. Para evitar la hinchazón de labios a causa del exceso de sal, es mejor recuperar esas cintas que, extrañamente, consiguen que la memoria segregue un agradable recuerdo. En este sentido, Sexo por compasión es una película tangible, que aporta algo real e innovador y pertenece a ese selecto plantel de producciones que se quedan enredadas en la lengua para hacerse recomendables.

Comedia estrenada en 1999, Sexo por Compasión fue la ópera prima de Laura Mañá, directora, guionista y actriz, que algunos recordarán dando vida a la dogmática miliciana de Libertarias (1996), que atolondra a un grupo de prostitutas con un encendido discurso sobre dignidad y camaradería.

Y es que son muchos los atributos de Laura Mañá y casi todos están condensados en este primer trabajo. Como guionista hay que reconocer en ella una indudable capacidad para recrear un mundo propio y reflejar un estilo que guarda muchos parentescos con el realismo mágico. Sexo por compasión es un buen ejemplo de esta faceta creativa. Ambientada en un tiempo indefinible, en un pueblo descolorido que ha perdido el entusiasmo, la profundidad de los personajes y ese toque hiperbólico de su carácter inducen a un ambiente surrealista, al estilo de Amanece que no es poco, pero sin el punto histriónico de la película de José Luis Cuerda.

La actriz María Barranco, al hilo de su interpretación en el último trabajo de Mañá, La vida empieza hoy, confesaba en una entrevista que gracias a su formación interpretativa esta directora cuida a sus actores y no los trata como “muñecos”. No en vano, al frente de un sólido reparto, con Elizabeth Margoni a la cabeza, en Sexo por compasión consigue que la profundidad de sus personajes no quede eclipsada por la popularidad de actores tan reconocibles como Álex Angulo, Pilar Bardem, Mariola Fuentes o Pepe Sancho. En este plantel de figuras, debo reconocer mi debilidad por una Elizabeth Margoni que hace increíblemente creíble un personaje como Dolores, esa católica ferviente que, impulsada por sus deseos de amor al prójimo acabará regalando lo prohibido… hasta el punto de convertir el pecado en una obra de caridad. Margoni es el cuerpo generoso que irradia dulzura yla voz que en cada frase entonada seduce al modo de un canto de sirena. Su cara angelical y esa resignación bondadosa que consigue transmitir constituyen gran parte de su acierto interpretativo. Todo ello, sumado a la atemporalidad de la narración y a unos personajes tan cautivadores y fantásticos como la vieja Leocadia –obsesionada por retratarse cada mañana en una nueva fotografía-, la lospareja de enamorados sin más ruegos a San Antonio que valor para confesar sus sentimientos y ese displicente universo masculino -que emplea como pilares el papel del cura y el del marido- corroído por la santidad de Dolores. Todos estos personajes sustentados en el áurea de la protagonista, cuya capacidad de entrega parece no tener límites, recrean un cruce de relaciones hilarante hasta el punto de que la acaban elevando a la categoría de mártir. Una mártir moderna que carga con abnegación las patologías de sus singulares vecinos.

Las preguntas, cargadas de moralina, no tardan en emerger ¿Cómo sería una santa en el siglo XXI? ¿En qué consistiría su generosidad? ¿Sería vista la bondad extrema como un acto de soberbia? Divertida e irónica, el personaje de Dolores se acaba convirtiendo en una especie de Meca cristiana a la que todos deben visitar. Pero, como es sabido, la perfección no es bien acogida siempre, ni siquiera en esta suerte de Macondo cinematográfico. En ese toque disparatado y a la vez tan verosímil está toda la fuerza creativa de Mañá y gran parte de su maridaje con el realismo mágico, que no está reñido con el afán reflexivo que se resguarda en el fondo de la película.

Por su parte, el protagonista masculino y marido de la Santa, encarnado por Pepe Sancho, viene a ser una imitación del José bíblico, condenado a vivir a la sombra de una virgen. Sin embargo, ayudado por su carácter, medio áspero, medio sentimental, acabará demostrando que detrás de una gran mujer bien puede esconderse un hombre profundo abochornado por la grandeza de su cónyuge.

En el apartado técnico, el realismo mágico se refleja en un juego de luces que recuerda la fábula y el oportunismo que Victor Fleming empleó en El mago de Oz, pasando de una vida en escala de grises a otra de intenso color motivada por la hilarante acción de los personajes. Con este tipo de rasgos, Laura Mañá muestra que es atrevida y eficiente, adjetivos que no siempre van de la mano. Y es que Sexo por compasión es una comedia en la que no sólo se habla de un guión cuidado y de unos protagonistas perfectamente definidos, sino que tratamos una composición de planos pictóricos en los que la fuerza de la imagen sustenta la narración sin necesidad de diálogo, como muestran los primeros minutos de la película.

En definitiva, en su faceta como realizadora Laura Mañá es imaginativa y soprendente y hace al espectador partícipe de un mundo interior rico y profundo. De una indudable calidez, esta ópera prima consigue una factura envidiable definiendo las pautas de un estilo propio, que muchos no han sabido proyectar a lo largo de toda su vida profesional. Tierna, fantasiosa y cómica de principio a fin, Sexo por compasión es una excelente ventana por la que contemplar el cautivador universo de esta directora.

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Poética del viento

En el temple y la inacción anida cierta muerte, al menos para el poeta. En palabras del Julio César de Shakespeare “la quietud, enferma de reposo, desesperada quiere volcar las cosas”. Así que los histriónicos e hiperactivos como esta Trilby han tenido este lunes réplica metereológica y han hallado cierto alivio emocional en ese revoltijo de bufidos salidos de los labios del señor Eolo. Porque más que el frío, más que la amenaza constante de lluvia, lo que se ha impuesto es ese improperio de la ventisca, ese cegar los ojos y mover las cosas, ese verter lo inerte y helar lo que está vivo.

El viento ha conseguido desnudar a los árboles de un plumazo. Ellos, que aún conservaban con remilgo las vergüenzas de la primavera, han sido sacudidos por esa ráfaga de otoño que los ha dejado de una vez con el tronco expuesto a los caprichos de la estación.

Y es que este lunes, antes que agua, han llovido hojas secas. Es la poética de este otoño subrepticio que se ha eregido repentinamente ante nuestros ojos. Las calles han vuelto a recoger los cuerpos ateridos de los que madrugaban para caminar con la cabeza entre los hombros intentando engañar al frío. Otros han tenido que esquivar los carteles publicitarios de quioscos y negocios, que volaban reclamando su minuto de gloria. Algunos, incluso, han sido brutalmente atacados por hojas de periódico que se abrazaban a sus rostros buscando consuelo… mártires diarios que han vivido esta jornada empachados de visitas papales y milagros.


Día, pues, para enredarse a la manta y emborracharse de caldo, para tener al fuego la cafetera y dejar que sus jugos nos abrasen por dentro mientras el viento hace lo suyo arañando los cristales, recordándonos su irreprochable inmensidad. Y es en ese recogimiento, en esa búsqueda de protección hogareña es cuando nos subimos a lomos del otoño sin calentamiento ni preámbulos. Por una vez, parece que los preliminares han perdido todo el romanticismo y que, vareados por el bufido otoñal, hemos abrazado el equinoccio con la intensidad de un reencuentro frugal que apenas acontece una vez al año y que, como todo lo realmente bello, es común a todos los mortales.
¿Que por qué me gusta el otoño? Porque nos pone un paso más cerca de una nueva primavera.

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La lucidez del filósofo

Sobrecoge pensar en la gran capacidad intuitiva de algunos filósofos griegos. Asusta más aún asomarse a la gran cantidad de descubrimientos y de informaciones que estos sabios legaron a un mundo más preocupado en domesticar la razón que en tratar de comprenderla. La comparativa puede resultar un agravio poco alentador para el ego del común de los mortales y, en el caso de Empédocles, deja a los médicos e investigadores del siglo XIX en un campo de desfase nada halagüeño.
Y es que este siciliano nacido entre los años 495-490 antes de Cristo sentó las bases de uno de los grandes descubrimientos más notorios sobre el funcionamiento del ojo humano: Los conos y los bastones, que son células fotosensibles que forman parte de nuestro órgano visual. Los primeros, son los encargados de captar las diferencias cromáticas -basadas en distintas longitudes de onda para los que están “especializados”- y los segundos, captan la luminosidad, lo que nos permite ver por la noche y lo que explica que en bajas condiciones de luz no distingamos colores (los conos inhiben su acción). ¿Y cuál es la conexión entre estas células y Empédocles?
Con grandes dosis de romanticismo y con la privilegiada posición que permite comparar estos descubrimientos desde el presente podemos pensar que Empédocles ya intuyó parte de nuestro mecanismo de visión cinco siglos antes del nacimiento de Cristo. Mientras que serían muchos los que en épocas futuras defenderían que es el ojo el que irradiaba luz sobre los objetos permitiendo su visión, el filósofo intuyó que había algo dentro del propio órgano ocular que nos permitía ver.
Y es que en tiempos presocráticos, Empédocles atajó la polémica entre el “nada cambia” que defendía Parménides y el “todo fluye” de Heráclito. Para él, ambos filósofos erraban y acertaban en algún punto de su razonamiento: si bien es cierto que algo está en constante cambio, también lo es que hay algo que permanece inmutable. Ese algo son las cuatro raíces de la naturaleza: aire, fuego, tierra y agua. Los cambios en el entorno se debían, por tanto, a las diferentes combinaciones de estos elementos que se unían mediante una fuerza creadora (el amor) y se separaban mediante una fuerza destructora (el odio). Y esta teoría condujo a Empédocles a pensar que en nuestro ojo existían esos cuatro elementos y la visión resultaba del reconocimiento que, por ejemplo, la parte de fuego presente en nuestros ojos hacía respecto a la cantidad de fuego que componía los materiales. Y así con los otros tres elementos.
Si reducimos esas cuatro “raíces” a dos y les llamamos conos y bastones hallaremos la explicación que permite a nuestros ojos captar el color y la luz de los objetos. Que sería como decir, en una explicación mucho más imaginativa -y nada desatinada- que nos quedamos con el fuego, el aire, la tierra y el agua presente en las cosas que nos rodean.
Y es que, a pesar de que el mayor enemigo de la filosofía son algunos profesores de esta asignatura (empecinados en malgastar sus clases haciendo que los alumnos intenten captar el rumor de las olas en plena estepa) esta materia tiene aplicaciones tan prácticas y cotidianas que uno, por fin entiende, por qué estos pensadores conservan un nombre propio en la Historia.

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