Savater, el pensador incómodo

El renglón torcido siempre resulta ser ese primero y escurridizo que se resiste a abandonar los límites de la mente para transfigurarse en el papel, para manchar su impecable superficie y perder con ello esa segura y cálida grandeza que le confieren las fronteras del pensamiento. El aliento gélido que empapa al país estos días es un lastre para las ya de por sí amodorradas manos del escribiente, siempre en busca del reconfortante calor del silencio, siempre queriendo sentirse presas, así, la una con la otra, para no vomitar palabra alguna sobre el teclado, para dejarse llevar por ese fuego narcótico que desprende la piel… Pero, al margen de los violáceos delirios que el frío pueda dibujar sobre ellas, la lectura puede ser un refugio y la excusa perfecta para cobijarse bajo la manta y colonizar el sofá. Eso sí, Figuraciones mías (Ariel), de Fernando Savater, no invita precisamente a adormecerse, sino a arañar la curiosidad del lector incitándole a ser partícipe de sus reflexiones. El libro recoge una selección de artículos periodísticos el aquejado género al que el autor ya supone el rigor mortis de un cadáver y se divide en tres partes: “Admiraciones”, en la que desgrana algunas de sus pasiones lectoras, “La dificultad de educar”, donde aborda aspectos sobre la enseñanza pública y “Envueltos en la red”, en la que escribe sobre el ciberespionaje y la propiedad intelectual, entre otros.
Poco dado a la displicencia, el aplaudido autor de Ética para Amador demuestra una vez más ser uno de esos padres intelectuales a los que siempre se puede recurrir para encontrar un comentario lúcido y sereno, aunque, al igual que ocurre con los progenitores biológicos, a menudo se tengan demasiadas objeciones a sus razonamientos. De hecho, Savater conjuga el encanto del pensador incómodo: lo mismo ofrece argumentos a las posiciones más conservadoras, que defiende la educación laica y la asignatura de Educación para la Ciudadanía, para disgusto de Rouco Varela. En palabras del autor de Figuraciones mías: “Uno puede envidiar la fe como puede envidiar a quien está borracho, porque mientras le dura ese atontamiento exaltado se siente a gusto.” 
Pero, dejando a un lado los temas más polémicos entre los que se incluyen juicios sobre los nacionalismos, a los que el filósofo aplica la genuina “moral del pedo” (que acuñó Ferlosio) para referirse al inmovilismo de algunas convicciones, ya que, para muchos “sólo huelen mal las de los otros”, que no dejarán indiferente al lector; a mi juicio, la parte más interesante de este recopilatorio es, aún a riesgo de desdeñar su opinión sobre temas candentes de la actualidad, la que se refiere a su faceta como lector. Lejos del complejo de escritor y del impertinente alarido del filósofo, ese Savater arrodillado antes los grandes se me antoja más magnánimo y certero. Especialmente, por debilidad de esta Trilby, me resultaron muy atinados sus comentarios sobre Virginia Woolf, no sólo en los aspectos de mayor consenso entre los literatos no hay una ‘literatura femenina’, a efectos críticos, pero sin duda ha habido una larga lucha femenina para abrirse paso en la literatura monopolizada y dirigida por la autoridad de los varones. Si hoy, afortunadamente, esa batalla está ya decidida y han ganado las buenas, a pocas personas debe tanto ese triunfo como a Virginia Woolf. Llamarla ‘escritora’ a secas es poco, porque fue en toda la extensión del término una ‘mujer de letras’, una humanista en el sentido más moderno e innovador de esa calificación”, escribe Savater, sino en los que revela su más sincera admiración, desde la humildad de un lector encandilado ¿ y apabullado? por la inigualable autora de Las olas. “Ninguno de quienes la hemos amado a través de la lectura podemos consolarnos de no haberla oído conversar”, asegura Savater. Pero si hay una reflexión que me ha conmovido es, sin atisbo de duda, la que se refiere al fallecimiento de la escritora británica. El filósofo opta, como prefiere cualquiera que haya sentido el pulso vitalista e inconfundible de la obra de Woolf, por desmitificar y contextualizar su suicidio en el río Ouse: “No conozco escrito más emocionante intelectualmente emocionante, no sólo sentimental que la carta de despedida a su marido Leonard cuando decidió suicidarse. Acaba con la frase más terrible y sincera (‘No creo que dos personas puedan ser más felices de lo que hemos sido tú y yo’), la declaración estremecedora de que ni siquiera la felicidad basta. Lo que más tememos oír. Y comienza: ‘Siento que voy a enloquecer de nuevo’. Pero no se trataba solamente de un pánico por la cordura personal. Los nazis amenazaban con invadir Inglaterra y la tenían en la lista de personalidades que debían ser eliminadas cuando dominaran la isla. Ella presintió que formaba parte natural e inevitable del enemigo de los bárbaros y que era en realidad Europa la que iba a enloquecer de nuevo.” Así, elevada a metáfora, convertida en un trasunto de esa Europa agónica y delirante, la muerte de Woolf vuelve a dar pie a los argumentos más románticos, aunque no deje de ser, desgraciadamente, el precipitado punto y final con el que se cerró su biografía.

Savater junto al busto de Virginia Woolf
Será por ese indudable misterio que envuelve los designios de la Parca, la muerte, inevitable, circunstancial, parece empeñarse en querer definirnos. Como Savater comenta en otro de los artículos, “El Averno, la casa de todos”, hay una suerte de “ciudadanía forzosa” que distingue e identifica a quienes han transitado por el inframundo. Según recoge Savater, citando el relato de Leónidas Andreiev sobre la resurrección de Lázaro, “el beneficiado nunca dejó de inspirar sobresalto por su inconfundible aroma al más allá”. Resulta tan curioso como fácil de imaginar pensar en ese Lázaro devuelto a la vida para sufrir el repudio y el recelo de sus vecinos, que una se plantea si el reverso cruel de los milagros no será una efectiva forma para que aceptemos, pese a todo, las ventajas de la finitud. Aunque, con el permiso del filósofo, puede que sólo sean figuraciones mías.
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