Archivo de la categoría: Hemeroteca

El "Heraldo de Madrid" vuelve a los quioscos

Portada de la edición especial
Toda resurrección conviene asimilarla con la dosis justa de ilusión y descreimiento, aunque no siempre resulta fácil resistirse a la tentación de dejarse embriagar por los efluvios de la emoción. Intuyo que es esa expectación la que ha provocado que no pocos acudiesen este domingo 30 de marzo a los quioscos en busca de un ejemplar del Heraldo de Madrid, la vieja cabecera de la Sociedad Editora Universal incautada por la falange la mañana del 28 de marzo de 1939, cuatro días antes de que aquel último parte bélico, de que ese nefasto “cautivo y desarmado el ejército rojo”, marcase el final de la Guerra Civil y el comienzo de otra contienda ruin y silenciosa. La resurrección del Heraldo en nuestros días, emblema de la causa republicana, se debe a la colaboración de eldiario.es, Infolibre, Alternativas Económicas, La Marea, Materia, Fronterad, Jot Down, Revista Fiat Lux, Líbero y Mongolia bajo la dirección del periodista Miguel Ángel Aguilar, e incluye, asimismo, diversas firmas calificadas de “extrema izquierda” por La Gaceta, siempre alentando a la lectura con ahínco de todo a lo que le cuelgue la etiqueta de subversivo. 
Dedicado el domingo al repaso de este peculiar espectro del periodismo que hoy ha vuelto a manifestarse, he de reconocer que la expectación inicial se iba diluyendo a medida que avanzaban las páginas y la sensación general que resume este regreso se ha quedado atorada entre el voluntarismo y el fiasco. Se extraña entre tanta recurrente frase sobre el espectacular aumento del descrédito del gobierno y los partidos políticos una hiriente obviedad que no parece importarle a las clases dirigentes que no se repare también en la creciente desconfianza del ciudadano hacia los periodistas, una de las profesiones más denostadas según el barómetro del CIS. Cuando se invocan fantasmas como el del Heraldo de Madrid y se reproduce un artículo de Manuel Chaves Nogales, se corre el riesgo de padecer el agravio comparativo y de que se dé la paradoja de que lo anocrónico, el verdadero fósil social, resulte ser esta profesión adulterada y los periodistas que la ejercemos, quizá no menos condenados a la incongruencia histórica. Tampoco ayudan los clichés que se esbozan sobre “La razón definitiva por la que el papel debe continuar”, ni los fútiles argumentos sobre la incomodidad de la lectura digital o la posesión física de los objetos, ni siquiera la posibilidad de la quema física de los libros, parecen motivos suficientes para invitar al ciudadano a creerse eso de que “este muerto está muy vivo”. Si nuestra defensa es ésa, estamos tan avocados al fracaso como esos redactores del Heraldo que contemplaban cómo primero alguno de los suyos se descubría la careta véase el discurso del fotógrafo José María Casariego, seducido por el ideal falangista, dirigiéndose a sus compañeros aquella mañana para después comprobar cómo la redacción era incautada por FET y de las JONS, que en lugar de desmantelarla algo que hubiera resultado quizá más digno para aquellos plumillas derrotados se la entregaron a los serviles, como Juan Pujol, quienes utilizaron aquella misma maquinaria para fabricar la propaganda del régimen, culminando un expolio que todavía tienen pendiente de reparación a la familia Busquets, propietarios de la Sociedad Editora Universal, a la que han desoído todos los gobiernos durante generaciones, como bien recuerda uno de los nietos de la saga en esta edición especial. 
Última portada del Heraldo (27/3/1939)
Con todo, lo mejor de esta resurrección se encuentra, en mi opinión, en algún que otro artículo de las páginas de Sociedad y Ciencias e, incluso, en el enfoque alternativo de los Deportes, pretendida en otras secciones sin llegar a conseguirse completamente. Por no hablar de un siempre acertado Enric González evocando a Pasolini “que no dejó de criticar a propios y a extraños” y que defendió “sus propias ideas, no las de otros”, como recuerda el columnista. Por no hablar de la “entrevista” de Mongolia a una Soraya Sáenz de Santamaría descocada en las carnes de Marilyn Monroe y de ese descontextualizado pero ¡tan necesario! anuncio de FCC a página completa, tras ser señalada como una de las empresas que se apuntan al negocio de la Sanidad en el interesante artículo que abre Sociedad. Aunque, si guiada por el sentimentalismo tuviese que escoger una única pieza, me quedaría con la reproducción de la última portada del Heraldo a tamaño real, en la que el agónico Consejo Nacional de Defensa republicano brindaba sus últimos estertores a ese internacionalismo que estuvo tan presente en la esencia de la II República sin saber que el mundo le daría la espalda, al igual que los representantes del Gobierno darían por finalizadas las negociaciones de paz con los vencidos cuando se les antojó, iniciando el triste prólogo del ensañamiento que se advendría sobre quienes se mantuvieron fieles al ideal republicano en aquellos años. 
No resulta fácil juzgar a un zombie, aunque se le estime, acostumbra a desprender ese olor de inframundo como recordándonos que en otro tiempo fue posible y a exhibir ese descompasado abrir y cerrar de ojos tan desconcertante reflejado aquí en las numerosas e ineludibles erratas del ejemplar, pero, aún sin saber si se agotarán los 100.000 ejemplares de esta edición especial del Heraldo de Madrid, que estará disponible en los quioscos a lo largo del mes de abril, más allá del éxito o fracaso de ventas, este guiño espectral se agradece: es un gesto y eso no es algo que abunde en estos tiempos impasibles, en los que domina la mueca helada e indiferente. 
Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo edición especial, Enric González, guerra civil, Hemeroteca, Heraldo de Madrid, Manuel Chaves Nogales, periodismo, república

Premios literarios en tiempos de crisis

A estas alturas de combate sólo la fiebre futbolística es capaz de izar colores de optimismo frente a las molestas vuvucelas de la resentida economía. Sin fórmulas mágicas ni recetas que aderecen este guiso, más de uno debería echar la vista atrás para motivar a los ciudadanos con la agudeza intelectual que algunos desplegaron antaño…
Para ejemplo clarividente -a la par que suculento- que valga el concurso literario que los carniceros de París organizaron en 1962. Como la propia corresponsal del diario YA, Josefina Carabias, indica en su crónica: “Hasta hace algunos años los carniceros de París no necesitaban recurrir a ninguna astucia para que les quitasen la mercancía de las manos. El bistec con patatas fritas era aquí el alimento básico y no faltaba en ninguna mesa por modesta que fuera. Pero desde que el sustancioso alimento se ha puesto por las nubes (unas 300 pesetas el kilo de la vaca más tierna) las amas de casa lo piensan dos veces antes de decidirse e incluso las hay que acaban por comprar pescado.”

¿Qué pergeñaron entonces los vilipendiados magnates del sector para estimular sus ventas? Pues un concurso literario en el que, con la gastronomía carnívora de fondo, los concursantes aspirasen a obtener un premio irresistible: su peso en carne. Fue así como el recetario de Madame Ninette Lyon, Carne a cualquier precio, obtuvo el envidiable primer puesto. Como, además, y para disgusto de los organizadores, la señora distaba mucho de lucir un cuerpo espigado, pudo ver recompensado el acopio de grasas que venía aglutinando desde años atrás. Con la sorna de Carabias, la afortunada madame quedó retratada de este modo ante los españoles de la época: “Para colmo de suerte, es una mujer llenita, tirando a gorda. Así, pues, cuando tomó asiento en la balanza a fin de cobrar el importe de su premio literario, hubo que poner en otro platillo -que esta vez era un “platazo“- un cordero entero, un cuarto de ternera fina y varios trozos de buey.”
Que conste que la señora Lyon no sólo recibió con orgullo el premio sino que, además, engatusó a los carniceros con sus armas de ángel del hogar y les persuadió sobre la conveniencia de que el galardón carnívoro le fuese entregado de forma racionada durante todo el año 1963. Con su punzante sentido práctico, la madama consiguió bonos para extraer de las carnicerías parisinas su premio de forma escalonada. Eso sí, aseguran que “por galantería” nunca se supo la cifra final a la que ascendió el lote de productos cárnicos.
En cualquier caso, lo importante para Carabias aquel 28 de diciembre de 1962 era tomar un poco el pelo a los señores del Régimen, con una pequeña “inocentada”, considerando la aparente candidez del comentario y la fecha en la que se publicó el artículo. De forma discreta, pero patente, les dedica tímidamente encubierta una semblanza a la hambruna de los detestables años 40: “No se puede negar que la idea de los carniceros, además de original, es excelente. Si a alguien se le hubiese ocurrido una cosa así en aquellos años de la posguerra, cuando la carne en toda Europa se obtenía por cartilla o pagándola en el mercado negro a precio de oro (…) estoy segura de que incluso los candidatos al premio Nobel hubieran cambiado de campo para venir a disputarse el galardón de los carniceros”.
Con todo, si bien estas noticias no multiplican los billetes en nuestros bolsillo, al menos, ayudan a que la mente se distraiga en otros menesteres y, sobre todo, en otras ambiciones: por ejemplo, aplicar la política del premio a la inversa. Porque, con lo escuálidos que se están quedando algunos contribuyentes ¿permitirían los bancos rescindir las deudas en proporcionalidad al peso de los hipotecados?

[Viñeta de Luis Davila]

Deja un comentario

Archivado bajo 1962, crisis económica, curiosidades, Hemeroteca, Josefina Carabias, YA

Primavera con solera en El corte inglés

Dicen los publicistas que el gran desafío de una marca es conquistar ese reducto de fidelidad tan yermo en el ser humano… La efectividad de un mensaje puede llegar a convertirlo en el mejor embajador de la esencia de una empresa y, si algo funciona, ¿por qué cambiarlo?
Así que, con las narices metidas en el añejo aroma de la hemeroteca es fácil darse cuenta, por ejemplo, de que El corte inglés lleva más de 50 años adelantándole a los españoles el equinocio, con eso de que Ya es primavera… puede que en este anuncio del 28 de febrero de 1960 del ya extinguido periódico Ya, se eche en falta el glamour de Charlize Theron o el atractivo natural de George Clooney, o esa pegadiza patraña del último spot: “il pericolo numero uno, la donna”. Pero, lo cierto, es que uno no puede evitar esbozar una sonrisa imaginándose cuántas mujeres de la época invertirían 1.600 pesetas de sus ahorros por verse de esta guisa… presumiendo de modelo “caucasiana”. Ojo, porque la moda siempre vuelve y lo que funciona, nunca se va. Quizá, por ello, podemos presumir de tener la primavera con más solera de todo el globo.

http://www.youtube-nocookie.com/v/QuDaT0SfDbw&hl=es_ES&fs=1&rel=0

Deja un comentario

Archivado bajo Hemeroteca, Publicidad

Cuando el periodismo es una mentira

Todavía es cuestión de debate en el universo intelectualoide del periodismo definir la esencia de tan ilustre profesión: que si actualidad, que si periodicidad, que si informaciones verídicas… todo patrañas. El periodismo bien puede ser una mentira, como han demostrado muchos a lo largo de la historia.
El suplemento Domingo de El País recoge hoy el caso de Giacomo Debenedetti, un freelance italiano que colocó en diversos diarios nacionales una veintena de entrevistas a destacadísimas personalidades del mundo de la cultura (Günter Grass, Le Clézio, Toni Morrison, etc.) que resultaron ser un invento fruto de su envidiable imaginación. Lo más escabroso del asunto es que se descubrió cuando el escritor norteamericano Philip Roth fue cuestionado por unas supuestas declaraciones suyas en contra de Obama. Hasta entonces nadie había percibido el fraude periodístico. De hecho, lo que desprende cierto tufo mohoso en toda esta historia es que, entre los otros entrevistados, han sido los menos los que han reaccionado ante la supuesta estafa mediática. Llegados a este punto, sólo nos queda sospechar del mutismo generalizado entre los afectados: quizá la mayoría ni siquiera hayan leído sus propias entrevistas o, puede que, aún habiendo leído el material, el resultado le haya parecido tan bueno que, aunque en su memoria no alcanzasen a recordar el encuentro con Debenedetti, se hayan sentido satisfechos con el retrato ficticio del freelance.
En el reportaje, Miguel Mora define el hecho como “una resbaladiza metáfora de la decadencia del periodismo” pero lo cierto es que, aunque resulte una excentricidad, de la ficción también ha salido periodismo y con letras mayúsculas. Cuando en 1939 durante su célebre emisión radiofónica Orson Welles hizo creer a la ciudad de Nueva York que estaban siendo invadidos por alienígenas, no hizo más que demostrar la credibilidad de los medios (y la credulidad del ser humano), su efecto cohesionador y el asombroso poder de influencia en la ciudadanía. Es decir, nos reveló los medios como necesarios y determinantes en nuestras emociones. Así que, esto de los “inventos periodísticos” ya tiene solera. Y salvando las distancias, como invento ilustre, no deja de asediar mi memoria aquel artículo que el periodista zaragozano Mariano de Cavia publicó en El Liberal, aquel miércoles 25 de novimebre de 1891, haciendo creer a los madrileños que su adorada pinacoteca había sido consumida por las llamas. Nadie reparó en lo sospechoso que resultaba que una noticia de ese calibre ocupase una columna en la página dos del diario. Tampoco nadie quiso dar créidto a la advertencia final del artículo, cuando se explicaba que todo lo contado podía pasar realmente. La gente acudió a las inmediaciones de El Prado para comprobar el estado en el que se econtraba el museo. El revuelo obligó a que al día siguiente, Cavia volviese a firmar un nuevo artículo, esta vez titulado “Por qué he incendiado el Museo de Pinturas”. En él exponía los motivos de su “estafa periodística“:
Estamos hartos de llenar con ellas columnas y más columnas sin lograr que los gobiernos salgan de su inercia, que los abusos se corrijan, y que la “imprevisión oficial” se cure. Estamos hartos de predicar en el desierto y de ver que las catástrofes se suceden en “racha” interminable hasta el punto de que con motivo de las inundaciones de Consuegra y Almería, haya osado un importantísimo diario inglés atribuir a nuestro descuido tradicional la culpa principal de tamaños duelos, y aún calificarnos de raza inferior por nuestra poca cautela, nuestro atraso y nuestro abandono.
Así, de la mentira, despunta con originalidad una faceta eminentemente periodística: la denuncia y el control al poder. Quizá ahora estamos muy lejos de todo aquello, no por una cuestión de fechas, sino más bien por un problema de compromiso. Con todo, a pesar de la distancia moral que separa a ambos periodistas, lo que más me interesa de este caso es lo que no nos han contado y que nunca sabremos: las verdaderas intenciones que Debenedetti imprimía en cada entrevista inventada. ¿Criticar a Obama? ¿Dar continuidad a su prestigioso linaje familiar? ¿Hacer negocio? Tibios motivos, que no me convencen demasiado. Puede que la denuncia en este caso sea percibir que el chiste no reside en el hecho de inventar informaciones, sino en el torpe intercambio mercantil: en pagar 20 míseros euros por una entrevista a una celebridad literaria. Éso sí que es una broma. Y los editores de los diarios afectados se la han tragado convencidos de haber encontrado una ganga.

2 comentarios

Archivado bajo Hemeroteca, periodismo

Periodistas poseídos por el espíritu “Phileas Fogg”

Algunos de los mayores aventureros de otra época se dieron cuenta de que el mejor pasaporte del que disponían para escudriñar el mundo era el periodismo. Puede que esto se deba a que, tradicionalmente, la curiosidad –no el cotilleo- ha delimitado la frontera entre los buenos y malos periodistas. Pero tampoco hay que ignorar que este afán por recorrer continentes se deba a la vanidad que -por qué negarlo- también es condición intrínseca a la pluma periodística.
Sin embargo, en este caso y al contrario de lo que la Señora Rosa Díez promulga sobre las distintas acepciones de la lengua, nos referimos a la vanidad “en el sentido más elogioso de la palabra”. A la vanidad como trampolín de los sueños, a la vanidad que dignifica el talento humano. Como escribió Paulo Coelho en El peregrino de Compostela [Diario de un mago]: “lo que las personas llaman vanidad: dejar obras, hijos, tratar de que su nombre no sea olvidado, yo lo considero como la máxima expresión de la dignidad humana”. Quizás movidos por ese revuelo de sentimientos, algunas de los personas que acompañan esta crónica buscaron –no todas lo consiguieron- acuñar un nombre propio en los pliegues de la Historia.

Con tales pretensiones, sin duda habría que comenzar hablando de la periodista estadounidense Nellie Bly, pionera en esto de las aventuras alrededor del globo. Ella, que por una vez consiguió dejar a Julio Verne como un escritor pacato en sus predicciones y fantasías, completó su carrera en setenta y dos días, seis horas, once minutos y catorce segundos desde que iniciara su hazaña aquel 14 de noviembre de 1889 en Nueva York. No obstante, poco tardaría George Francis Train en rebajar esta marca, cuando en una segunda intentona allá por 1890, consiguió dar la vuelta al mundo en 67 días. Su vinculación con el periodismo era más bien económica –durante la Guerra Civil estadounidense financió la revista The Revolution, que abogaba por la defensa de los derechos de la mujer- y consiguió que la memoria colectiva conservase una pequeña placa con su nombre.

Pero ¿qué hay de todos esos personajes que se quedaron a medio camino entre el éxito y el más cruel anonimato? Hablamos de gentes que protagonizaron reportajes y crónicas en los diarios de medio mundo y cuya fama fue tan fugaz como la vida de esos ejemplares de papel. A principios de la década de los 50, la periodista española Josefina Carabias escribió en el vespertino Informaciones, unas líneas sobre dos colegas holandeses, Kramer y Helms, que habían partido de Ámsterdam con intención de recorrer el mundo entero y consumir su talento relatando su viaje.

A su paso por Madrid, estos periodistas se dieron cuenta de que su aventura podría ser intensísima y emocionante pero distaba mucho de ser original: en la capital española, otros dos periodistas, en este caso dos italianos de la revista Tempo, se hallaban con sus dos motos dispuestos a conquistar el globo a fuerza de exprimir el acelerador de su VESPA. Así que ambas parejas de aventureros optaron por lo más rentable: continuar juntos aquella peripecia. Tal y como señala Carabias en su pequeña entrevista con Kramer:

Los holandeses van en coche adaptado para vivienda. Los italianos en motocicleta. De la fusión se derivan ventajas para todos. De ahora en adelante los italianos tendrán un techo –el del automóvil- donde guarecerse, y los holandeses dispondrán en las ciudades de un medio más rápido y más económico para desplazarse: las motocicletas de Italia”.

Los aventureros confesaron ante Carabias que llevaban dos mil pesetas gastadas desde que emprendieron el viaje y que ya no quedaban fondos en sus talonarios:

Carabias: Hay turistas que gastan más…
Kramer: Sí, pero nosotros no somos turistas. Vamos en viaje de trabajo y con muy pocos medios económicos. Hemos de escribir una gran reportaje para el periódico Parool y, además, tenemos que obtener documentos cinematográficos.

Carabias: Todo esto les valdrá a ustedes después mucho dinero…
Kramer: Después, sí. Pero lo que hace falta de momento es lograr el propósito. Estamos entusiasmados con nuestro viaje y ese entusiasmo es el que nos hace superar toda clase de dificultades. [Y más tarde matiza] Con la cartera llena de billetes el viaje no tendría mérito ni emoción.

Con ese resorte vivaz estos periodistas tenían previsto acabar su viaje en unos cinco años. De Madrid, irían a Algeciras para conocer África del Sur atravesando el Sáhara. Luego Australia, América y finalmente Asia. Me da lástima no saber qué ha sido de sus peripecias, si completaron su meta o si ganaron finalmente dinero con la aventura, o si tuvieron que llevar las VESPAS al desguace para poder sacarse un billete de vuelta a casa. Porque la cruda realidad para esta “pequeña ONU ambulante” tal y como la calificó Carabias en el título del reportaje, es que a día de hoy no tienen dedicada ni una triste entrada en la Wikipedia.

Sin embargo, el paso del tiempo no deja de hacer fascinante su propósito, incluso para alguien como esta Trilby que les escribe, que pertenece a la generación de viajes “low cost” y para la que Phileas Fogg era un león llamado Willy enamorado de una pantera asiática.

Y es que el periodismo escribe la historia cotidiana del hoy, las peripecias del día a día, y sólo algunas “Bly” saltan las vallas de su tiempo para formar parte del imaginario colectivo. Sin embargo, hasta los héroes caducos con el ejemplar de un diario, desde su minúsculo rincón de hemeroteca, todavía son capaces de conmocionar. Aunque hoy ya nadie los recuerde, todavía permanecen como héroes poseídos por el aventurero Phileas Fogg en la memoria de aquel grupo de niños de la capital que, a mediados de los años 50, observaban con emoción el mapamundi dibujado en la carrocería del vehículo de aquellos periodistas, deseando por un momento formar parte de esa aventura y escaparse de su triste realidad, por la latitud más próxima a los sueños.

Deja un comentario

Archivado bajo Hemeroteca, Nellie Bly, periodismo, phileas fogg, viajes

Un cambio de perspectiva: la cama-balsa

Hay días en los que uno prefiere ver la vida en horizontal: Esto es, desde la cama.
Allí uno maquina, re-sueña lo soñado, se traspone, vuelve en sí y cabecea.
Para Stefan Bollman, en su libro Las mujeres que leen son peligrosas, la cama “se ha ido convirtiendo cada vez con más fuerza en el teatro de la intimidad humana”. Sobre este mueble y en un repaso a los últimos siglos como lectores Bollman reflexiona: “En tanto que lugar al que se llega noche tras noche para buscar el reposo, pero al que se llega también para amar y morir, donde el ser humano es engendrado y dado a luz, donde busca un refugio cuando la enfermedad lo atrapa y donde da generalmente su último suspiro, la cama representa en la vida humana un lugar para el que es difícil imaginar un equivalente de semejante dimensión existencial”.
Así que, con todo esto borbotando en la cabeza, no sé qué tienen de especiales estos días. Pero viendo volar las horas desde esta posición, lo de salir a comprar el periódico suele dar pereza. Y acceder a la versión online… ptse… No tiene el mismo encanto. Estoy convencida de que en este estado de duermevela la experiencia se convertiría en un hipervínculo sin retorno.
El caso es que uno se pone como más añejo, más antiguo y remolón. Y saca de su estantería aquellos viejos ejemplares de Revista Literaria “Cuentos y Novelas” que se compró en una tienda de antigüedades. Aquellos que sólo adquirió para admirar la celulosa amarilleada y el valor de una fecha de hace casi setenta años impresa en la portada. Extraigo un ejemplar y todavía me conmueve pensar en ese 6 de noviembre de 1932. Y el olor a historia recubierta de polvo y ácaros sólo me hace fantasear con el Madrid de aquellos tiempos. Con el Madrid que cumplía año y medio de la proclamación de la Segunda República. Con el Madrid que desde septiembre había visto constituirse el llamado –con mucha retranca- trust de diarios afines a Azaña, integrando bajo una misma empresa al diario El Sol, La Voz y Luz. Al Madrid cuyos lectores despreciaban con cada vez más notoriedad la prensa política y elegían sin remilgos los grandes periódicos de empresa…
Vuelvo a fantasear con aquel país en el que se comerciaba por entregas semanales con la literatura de Dostoievski, a 30 céntimos el ejemplar…

Porque el ejemplar que ahora sostengo en mis manos tiene las páginas tostadas por la edad. Y una grapa al estilo de ABC ha mantenido con tesón la unidad de las hojas que ya comienzan a resquebrajarse. Para delirio de esta escribiente, Revista Literaria se editaba en la madrileña calle Larra, número 6. Caminar por aquella senda debía de ser reconstituyente para los amantes del periodismo. Unos números más abajo, en el 14, se editaba el prestigioso diario El Sol fundado por Nicolás María de Urgoiti. El mismo diario en el que en noviembre de 1930 Ortega y Gasset publicó su famoso artículo “El error Berenguer” símbolo y reflejo del descontento monárquico que se respiraba en el país. Letras que finalizaban con el apasionante “Delenda est Monarchia” y que anticipaban la llegada inminente de la Segunda República… Pero en esa misma calle, en ese mismo número 14, otros tiempos –ya por el año 1935- convertirían sus instalaciones en la nueva sede impresora del diario Arriba, fundado por José Antonio Primo de Rivera como escaparate de la Falange. Más aún, a partir de 1939, sería el diario oficial del Movimiento franquista. Es sorprendente cuánta historia, en tan pocos años, puede almacenar un inocente número de una calle de Madrid…

Antes, antes de todo eso, “La mujer de Otro” (Aventura Extraordinaria) de Fedor Dostoievski protagonizaba la portada del número 201, Año IV, de aquel domingo 6 de noviembre de 1932 en la Revista Literaria. Reconozco que el cuento me entretuvo, que las calamidades y el patetismo de un marido que tiene inverosímiles sospechas sobre que su esposa es adúltera llenan de gracia las columnas del tabloide.

Sin embargo, lo más llamativo de todo el ejemplar lo encontraría en la segunda página. Además del precio de suscripción a la revista y de un repaso a la biografía y a los ejemplares en los que ya se había publicado algo sobre el autor; también adelantan el contenido del próximo número cuyo protagonista será Maquiavelo, al que califican como “espíritu sutil que buceó en diversas actividades humanas, dejando algunas obras literarias, entre ellas cuentos tan llenos de gracia y de humorismo como “El archidiablo Belfegor”, que presentarían al público la semana próxima. Pero, concretando, sería en la sección de “Noticias Literarias” donde hallaría las líneas más emocionantes y subversivas de todo el diario. Bajo el ladillo “Por la cultura nacional” los redactores se dedican a hacer un repaso sutil de las complicaciones que profesionales y docentes tienen que afrontar a la hora de acudir a una biblioteca nacional. Con sorna, ponen el acento en la necesidad que el Gobierno tiene de conocer todos estos hechos para mejorarlos. Ya al final, abandonan las zalamerías y se ponen reivindicativos: “Suiza, con sus 41.000 Kilómetros cuadrados y cuatro millones de habitantes, tiene para bibliotecas más consignación que España. No sería exagerado pedir que el Gobierno destine en el presupuesto una cantidad suficiente para este servicio”.
Quizás sea una cuestión de perspectiva: leer así, recostado, siempre altera la visión. Pero a mí se me antoja que estaba muy bien eso de editar una revista literaria y, al mismo tiempo, denunciar las carencias del país en esa materia. Darle la vuelta a la pluma y ponerlo todo patas arriba conviene a la salud de los lectores y redactores. El problema es que hace demasiados años que todos observamos el mundo en vertical… y nunca nadie se arriesga a cambiar la posición. Creo que, de momento, esta Trilby se quedará así, en horizontal, en su catre. Y me sentiré en mi pequeña cama-balsa (así denominaba Colette a su lecho) una pequeña díscola que hoy se niega a ver el mundo como un bípedo cualquiera… Y soñaré que aquí nadie pregunta ya si la botella está medio llena o medio vacía… Porque alguien tendrá la sensatez de indicar que lo más importante es saber qué diantres contiene la botella.
[Arriba, lámina de André Dunoyer de Segonzac, Sidonie-Gabrielle Colette]

Deja un comentario

Archivado bajo Colette, Hemeroteca, Stefan Bollman

La locura periodística

Nos hemos vuelto locos. Una siempre lo ha sospechado, pero en días como hoy, los nostálgicos del papel asoman el hocico adormecido al quiosco y se frotan los ojos para eliminar las legañas, aunque no pueden evitar confirmarlo. Nos hemos vuelto locos. Y regresan convencidos a casa. Porque ésta vez, “es un estar locos” a secas y no hay canción de Ketama, que apostille un “sabemos lo que queremos”. Aquí nadie sabe qué quiere ni adónde se dirige.
Si el periodismo es contrapoder, cuarto poder o si conserva algún resquicio de influencia no importa demasiado, el caso es que todos están convencidos de su capacidad para camelar la opinión de los lectores, tan amodorrados en esto del juicio propio que salen de casa cual zombies a comprar los diarios para tener una sólida opinión sobre lo que pensar. Tampoco es relevante que ahora sea el Estatuto de Cataluña lo que se queme a lo bonzo en los tabloides. La temática no importa, lo crucial es opinar. Ya lo dice el eslogan de La Gaceta –ese panfleto de los de Intereconomía- “tú lo piensas, nosotros lo decimos”. Al menos son honestos y coherentes con lo que escriben. Este es el periodismo de vanguardia.

Una docena de periódicos catalanes apoyan el editorial contra la sentencia adversa del Constitucional sobre el estatuto catalán. El órdago se tira al río y los peces se enredan en el anzuelo. Ya se sabe, les pierde la boca. Para unos la sociedad civil catalana se vuelca en la defensa de su texto autonómico, para otros, la dignidad de la Constitución ha sido vilipendiada. Los que todavía creen que el órgano constitucional tiene algo de independiente, tachan de mal gusto la presión hacia estos sabios del Derecho. Los que hacen gala de la retranca apelan a la “libertad de expresión” y en medio de tal batiburrillo de opiniones yo lo que no diferencio es dónde están los políticos, dónde los magistrados y dónde están los periodistas. Además, éstos últimos, muy dados al transformismo, gozan de vestir toga y usar el mazo de sus palabras para poner orden sobre los asuntos del día. Vaya panorama. Y mientras, Mingote ha saltado hoy a la primera plana, con su caricatura de un Zapatero bobalicón sobre el empedrado y fangoso lago de chapapote que es el “Estatut”. En fin, que yo ya no sé si seguir leyendo o tirar todo este papel al cubo de reciclaje.
Y es que lo peor no es saber que el periodismo ha cambiado, lo más lapidario es la incertidumbre, porque aquí ni la crisis de Polanco, ni los tirantes de Pedro J. ni el espíritu de Torcuato, son capaces de vislumbrar el futuro. Por esto rellenan el tiempo dedicándose a opinar, pobrecitos habladores, al fin y al cabo ¿a quién diantres le interesa la información? Si es que va a resultar que son unos visionarios estos del Intereconomía. Yo ya repito su eslogan con fe oratoria “tú lo piensas nosotros, lo decimos”.
Menos mal que todavía queda algo de Enric González para saborear, aunque sean sus últimas columnas. La sensatez no está de moda y la realidad tiene a veces más fantasía que la propia imaginación. Por eso Enric comenta, casi asustado –o aliviado por su próximo exilio a Jerusalén- que si nos descuidamos, aquí hasta el apuntador acabará convertido en el mayor narcotraficante de Nuevo México, al más puro estilo ficcional de la serie Breaking bad.

Deja un comentario

Archivado bajo Hemeroteca, periodismo

Las naranjas de Hitler

Los estereotipos nutren el talante español de un deje guasón y poco serio que más de una vez, a ojos vista de los países vecinos, ha derivado en un sonoro pitorreo hacia nuestro intencionado “buen hacer”. Bien es cierto que a solidarios y detallistas pocos nos ganan y este carácter altruista parece que no es una adquisición reciente. Lo que ocurre es que el voluntarismo español y nuestro informalismo innato entran muchas veces en contacto, derivando en un cortocircuito rabioso que bien puede desencadenar un conflicto internacional…
Sin ir más lejos, de la hemeroteca del Faro de Vigo hoy extraigo uno de estos ejemplos. La dádiva que el gobierno franquista, hace ya más de 75 años, quiso tener con uno de sus férreos y sesudos aliados: el mismísimo Adolfo Hitler. El regalito, por ser español, tenía que tener eso de ácido y arrebatador propio de aquel país eréctil, paladín de la gracia nacional católica en el mundo entero. Claro que además de autóctono el detalle debía incluir alguna perlita idólatra y zalamera para que el agasajado se sintiese doblemente satisfecho. Así que el Caudillo y sus expertos en marketing decidieron -leo en el periódico- enviar a los mercados de Berlín naranjas españolas, eso sí, envueltas en un papel con el rostro del Führer impreso. No quiero imaginarme la de ardores que despertarían tan enrevesados cítricos…
En cualquier caso, lo peor no es acusar de hortera al mercado nacional, lo peor es que el envío se desvió estrepitosamente y las naranjas medio arias, medio hispanas, acabaron en Londres. Y dice el periódico “Los clientes se negaron a comprarlas”. ¡Y eran unas 40.000! Desconozco dónde acabaría la remesa y cuántos hogares ingleses, por coherencia idealista, se quedarían sin su orange juice mañanero. Tampoco se puede corroborar la realidad de los hechos, más allá de lo verosímil que parece. Consultando hemerotecas más precisas, como la de ABC, apenas he encontrado mención a las dichosas naranjas, salvo una nota que a 5 de febrero de 1944 destacaba las colas en el mercado londinense para comprar naranjas de España. Supongo que en esa ocasión el envoltorio sería algo más oportuno, popular y apolítico. Puede que una fabulosa Ginger Rogers acompañada de su inseparable Fred Asteair fuesen un buen reclamo…
De todos modos, más allá del formato, el contingente y el contenido ¿no parecen más divertidos los periódicos de antaño?

1 comentario

Archivado bajo Hemeroteca, historia

Consejos de belleza

Sin menoscabo alguno sobre la dulce voz de Soledad Giménez, vocalista de Presuntos Implicados, cuando gorgoreaba aquello de “cómo hemos cambiado”, tomo hoy por bandera la osadía y le hago un desplante a esa canción que perfumó (y con tanta pavonería, todavía lo recuerdo) la adolescencia de mis hermanas. Porque se me antoja creer que poco se han transformado las gentes, las cosas mismas, e incluso me atrevería a defender que, quizás las peores, las lastras de cualquier retrato costumbrista de antaño, siguen sosteniendo como pinzas en el tendero de la vergüenza algunas de las injusticias más flagrantes de esta sociedad. Y lo digo yo, que debería estar contenta, lo dice esta Trilby que de haber vivido en la Inglaterra de la Revolución Industrial me hubiese armado con arrojo y gallardía, piedra en mano, a romper aquellas máquinas de los telares que a tantos obreros dejaban sin trabajo… En fin, que sí, que permito que me acusen de ludista descontextualizada, de colérica nostálgica; pero es que a una de vez en cuando también le entran rubores de modernidad y no los encuentra. Véase por ejemplo, el caso que me ocupa: los consejos de belleza para mujeres, publicados en la prensa. Todavía no me ha quedado claro si la hermosura, con sus remolinos de evocadores perfúmenes artísticos, es un derecho exclusivo de la mujer, o una obligación (en cualquier caso, también exclusiva). Es decir, ocurre como cuando uno lee sus derechos y deberes (del buen ciudadano, del buen paciente, del buen empleado…) qué más da, si al final nunca sabemos si los derechos son dignos de agradecimiento o un placebo frugal para que se alivie el peso de las obligaciones. El caso es que de vez en cuando conviene otear en el “baúl de los recuerdos” (por dar continuidad a la semblanza musical) y buscar respuestas removiendo en el pasado, a poder ser, en sus sombras y, desde allí, compararlas con el destello de las luces que supuestamente arroja la contemporaneidad. En ésas estaba, recorriendo la sección de Faro de Vigo, Tal día como hoy, una lacónica y encorsetada hemeroteca del decano de la prensa nacional que, aprovechando el tirón de la antigüedad, saca al escaparate retales del ayer. Algunos, tan esperpénticos, y simpáticos a la vez, como los consejos de belleza que hace no más de cincuenta años aparecían en sus páginas para intentar pulir las fealdades de las mujeres de la época. Y no se me molesten muchachos, ni me acusen de hembrista, que lo del metrosexual era una “derecho” que ni se vislumbraba…

Por eso me imagino a esas pobres mujeres viguesas, afectadas por la presión provinciana, examinándose frente al espejo, descubriendo defectos, aplicándose técnicas de belleza pergeñadas en la botica de no sé qué cruel abuela, pero, sobre todo, rechazándose allí mismo, esforzándose cada día por masajear su boca alicaída, pronunciando como si fuesen burros en la corte, las vocales I, U, I, U. Así que, después de burlarme un rato de tales pasatiempos, se agradece abandonar la hemeroteca digital con la facilidad de un “click” y regresar al que, se cree, un mundo ya conquistado (nota: más conquistas no significan totalidad). El caso es que después de ese paseo por las sombras, uno puede suspirar, relajarse pensando cuántos sufrimientos nos hemos ahorrado en estas generaciones.

Cojo entonces los bártulos de caminante, me dirijo a una calle cualquiera, en un paseo matutino, y en la esquina, son las 9.00 de la mañana, me espera mi amigo, el del Qué!, para espetarme el periódico gratuito en la boca del estómago. Le sonrío, eso siempre hay que hacerlo porque, como decía aquel, “lo gratis sabe mejor”. Me siento en el banco a devorar el tabloide, que es tres cuartas partes la publicidad del Lidl (con ofertas de embutidos y todo. Un claro ejemplo de periodismo de servicios), y la otra porción es a medias noticias y farándula. Mi asombro llegó cuando aquel pasado vacilón, a todo color y con grandes alardes de moderna infografía, resucitó en el papel que se hallaba plegado entre mis manos.


“Tu cuerpo puede ser de 10” me dicen ahora, aquí, en 2009. Ya no estoy nadando con morriña en las aguas del pasado, es ahora, aquí, me lo recuerdan, como si se tratase de un “tal día como ayer”… y me voy sumiendo en la tristeza, voy notando cómo las piernas temblequean ansiosas por un espejo y salgo corriendo, enajenada, pronunciando una especie de rebuzno, un I, U, o I, O, ni siquiera llegué a recordar la fórmula mágica que empleaba aquella provinciana de la que me burlaba hace un instante con la altanería del progresismo cegándome los ojos. Mejor no voy a explicarles cuán febril fue mi ataque gimnástico, piernas en el aire, brazos en cruz, bicicletas, flexiones, yo entera echa un nudo marinero… hasta que un largo etcétera de cansancios me dejó postrada en la lucidez: qué malo es el deporte -pensé primero- y qué difícil parece desasirnos de esa piedra colosal de la ignorancia y, peor aún, de esos conocimientos que se han ido enquistando, que se han solidificado, tras haberse arremolinado entorno a esa pseudo-sabiduría de las costumbres ridículas, engrosando los conocimientos de esa parte abominable de la cultura que sigue sin entender, como aquellos versos de Ángel González que lloraban un “Felicidad… misterio… alma… infinito”, qué significan esas extrañas palabras que ahora insisten en pronunciar, mientras la voz se le apaga “progreso, libertad…

Deja un comentario

Archivado bajo Hemeroteca, periódicos

La imagen del día, deontología perenne

Los periodistas tienen que tener dotes funámbulas. Es una exigencia de base: el código de barras de la genética te tiene que dotar de cierto sentido del espectáculo circense, de una suerte de reacción felina para hacer cabriolas en el aire de la deontología. Uy, la maldita palabra, se me ha escurrido de la pluma otra vez. Juro que intento esquivarla, de hecho, me había balanceado sobre el trapecio casi furiosa, para ver si la parábola de mi cuerpo me alejaba de esa isla de desengaños. Pero no. Siempre caigo y cae ella. Siempre acaba deslizándose, moribunda, por el estrecho margen de mi serenidad.
Alguna vez hemos hablado de ella los compañeros así, como lo hacemos todo, medio en risas, medio en penas, para ver si con esa tragicomedia académica que esgrimimos se nos alivia el desconcierto. Porque llega el momento en el que ni nuestras grandes habilidades circenses consiguen evitar el desplome de la seguridad y nuestro sueño en segundas nupcias parece perder nitidez, sentido. Hay algo de vergüenza, quizás heredada, quizás implícita en una profesión que te hace recorrer las orillas del pecado a cada instante. El límite entre el agua turbia y la potable. Y al mismo tiempo, también existe una suerte de vanidad, un condimento esperpéntico, casi ridículo y dotado de los excesos de la caricatura: ahí vamos un grupo de chavales, forrados en tabloides, rebozados como croquetas en un maremágnum informativo, torpes, pesados. Intentando equilibrar, encajar una verdad con otra. Rastreándola como ancianos sabuesos que han perdido el olfato y disimulan la torpeza. Desconcertados, abatidos, con el cabrilleo de la ética arremolinándose en nuestra conducta, separándonos, alejándonos, acobardándonos en nuestro fuero de pequeños orgullos. Pocas son las certezas, apenas, saber que no caminamos ecuánimes por el lomo de una cuerda, más bien corremos descalzos por el filo de un cuchillo: el de la conciencia. Que a veces corta, hace pupa. Máxime cuando uno lee y espera otra cosa de los suyos, algo más de ahínco, un poco menos de cansino interés. Y es que, lo denostado que quede el arte de hacer, lo estériles que sobrevivan las tierras del prestigio profesional, lo ultrajado y violado que nos devuelvan el cadáver del periodismo, éso lo tendremos que digerir y afrontar los que venimos detrás, siguiendo, bobalicones y nostálgicos, la estela de aquellos de antaño cuyos apellidos se nos amontonan en la lengua… CambaFernández Flórez…, los Marianos, de Larra… de Cavia… cuyas formas, cuyo sentir periodístico nos hacen todavía salivar, vibrar en el adorado Olimpo de los irreverentes. Suerte que podemos resignarnos, sacar pecho y deleitarnos con algunas de las honrosas excepciones que en la contemporaneidad confirman la norma del servilismo. Mi única y satisfactoria recompensa en estos momentos es que este espacio, largo e infumable tantas veces (perdón, querido lector, perdón) me pertenece, sin que nadie me estreche las ideas, ni las comprima en la cuartilla que, cual limosna, me permita escribir la publicidad. Sin unto con el que dar sabor a este gatuperio, lo digo claro, qué vergüenza señores, qué imágenes del día han plagado las cabeceras de los principales diarios nacionales. Y no me refiero a la portada de las posaderas de la Bruni y la Ortiz luciendo una tersura envidiable, ni siquiera a los arrumacos sentimentaloides que se profesaron los barones con sus respectivas primeras damas-florero… eso ya lo hace Enric González y con mayor talento del que puedan encontrar en estas letras.
Mi indignación periodística (será que ando sumergida en una vorágine de susceptibilidades) llegó en forma de fotografía el miércoles, cuando asistí lastrada, como una espectadora del séptimo arte a la que la censura ha dejado sin tórrido beso entre los amantes, al espectáculo gráfico más bochornoso de los últimos tiempos (esto es, desde la semana pasada).
El Parlamento vasco se engalana y estrena lehendakari socialista, un hito, un aleluya y un hosanna trenzados en su huida hacia los Cielos y, al margen de las apreciaciones sobre los titulares y las informaciones, me centraré en la farándula gráfica que desplegó sus camelos de originalidad en este día. Por ser el primero que sudó entre mis manos, voy a hablar de ABC, la cabecera que no consiguió enfocar ni a uno sólo de los protagonistas de la jornada pero que, eso sí, sacó de refilón la mueca borrosa de Patxi López. El punto de fuga sin embargo, la lectura del cuadro, empuja hacia la cara de “chancho griposo” que exhibía Ibarretxe, no sé si compungido, febril, o can graves problemas de retención escatológica, pero, al pobrecito, dan ganas de ingresarlo en el hospital más cercano… Qué bromita díscola han publicado los herederos de Torcuato, vaya capacidad de vacile y qué portentos reflejando el inconsciente, el sentir de los protagonistas.

Sin embargo, me decido avispada a encontrar algo de serenidad, al fin y al cabo –pensé, ya se sabe que los duendes siguen haciendo de las suyas en las imprentas. Aunque pronto confirmo mis peores sospechas: ése día estaban especialmente revoltosos. Por ejemplo, la que han liado en El País (ya saben, ese periódico que nunca intuye connotaciones en sus portadas), donde sacan a relucir un forzado abrazo de la sucesión que, con sorna, talla en el rostro de Ibarretxe la expresión misma de la inquina, los odios más viscerales, la ira más pecaminosa. Pero queridos duendecillos de Prisa, ¿no hubiese sido mejor colocarle directamente un rabo, un tridente y unos cuernos con Photoshop?
En cualquier caso, pueden siempre seguir el ejemplo de El Mundo porque, amárrense el sombrero, que Pedro J. sacó de su cajita de Agatha Ruiz de la Prada la ventisca del sarcasmo con toda su furia creativa: uno entra, otro sale. Patxi y su señora vienen hacia el espectador, radiantes, pletóricos, como queriendo invitarnos a una ronda de cañas. No obstante, como en la vida no todo es dicha, que quede reflejado: ahí se va caminando cabizbaja una silueta coronada por una alopecia selectiva, centrada en el cogote (a lo Zidane), eso sí, muy reconocible por todos: no es un avión, ni es Superman, es Ibarretxe, el Spock de la política, cuyas cejas pueden intuirse en el contorno de su espalda, donde también parece llevar colgado un cartel de derrota, de fracaso, como si lo hubiesen lanzado por la popa de la nave Enterprice, sin razones, ni justicia. Ahí se va soyozando, masticando un “agur, agur”.
El caso de Público es ya notorio: acaba por desencajársenos la mandíbula en este día en el que los quioscos parecen revestidos con las portadas de El Jueves y no con las publicaciones de cabeceras informativas. La miro, me cubro los ojos, la vuelvo a mirar y me río otra vez: no puedo evitarlo, en mi cabeza comienza a reproducirse (así, sin querer) el “chan, chan, chan” de la banda sonora de Rocky Balboa. Si es que Ibarretxe parece el Potro de Vallecas… y que me perdone, sé que mejor sería decir un púgil de la vascongada, pero mis conocimientos en el boxeo escasean. El caso es que a los “protas” sólo les faltan las rutilantes batas con capucha para acabar de parecer bravucones del Pressing Catch, dispuestos a devorarse la oreja si hace falta. Ahí está Patxi, estoico, sereno, pero un poco contra las cuerdas, como reteniendo la fuerza arrolladora del nacionalista. Y detrás (¡Qué estampa tan maravillosa!) salen todos muy bonitos, los fotógrafos, esforzándose en lograr la composición estética más justa y equilibrada, haciendo de sus objetivos lienzos digitales en los que calcar la impronta, la esencia misma del arte, con un sentido de la armonía en absoluto reñido con la información. Para luego llegar, unos más satisfechos que otros, unos más sin querer que queriendo, con ese material a la redacción, donde mostrarán con mimo sus capturas y un señor de tirantes agradecerá su esfuerzo y seleccionará la mejor para su publicación (aunque será difícil entre tanta calidad). No importa si en tiempos como estos, de abominable crisis, desempolvamos a Hearst y le hacemos vender periódicos en la esquina de la mediocridad. Tampoco importa si hacemos que el betún saque kilómetros de altura al valor de la imagen informativa, ¿es que no saben que de vez en cuando hay que tomarse un break y dejarse de moralinas? Y hacer del periodismo una especie de charanga, con las fotos más dicharacheras y chiripitifláuticas. Las más mordaces y coñeras, la jauja misma, el espíritu de la murga gaditana… pero, advertencia, sin que falte nunca su toque ofensivo, ni su sesgo interesado, ni el eructo de sus líneas editoriales, para que ese jefe de tirantes pueda volver a casa orgulloso, encenderse el puro y peinarse el tupé, aunque ya le escaseé, sintiéndose, sobre todo, satisfecho por el trabajo bien hecho. Y ¡miren! ¡brotan los pareados! debe ser que, sin haberlo pensado, al final, me han cabreado.

Deja un comentario

Archivado bajo Hemeroteca, periódicos, periodismo