Archivo de la categoría: historia

Mateo Morral, a sangre y fuego

La historia se ha escrito demasiadas veces a sangre y fuego, como el libro de Manuel Chaves Nogales y como el poema de amor de Pablo Neruda. Además, como la poética, y la escritura en general, son dadas a la enagenación interpretativa hoy se me antoja recordar al anarquista Mateo Morral a través de los mencionados versos: “En esta historia sólo yo me muero y moriré de amor porque te quiero, porque te quiero, amor, a sangre y fuego”. La diferencia es que en el caso de Mateo Morral no fue el único en fallecer en su fulgurante historia. Por la vereda de un amor tortuoso e irracional hacia sus ideales, su inicial intención de aniquilar a Alfonso XIII acabó con la vida de una treintena de personas (también hubo más de un centenar de heridos) para asombro del monarca, que resultó ileso.
Mateo Morral siempre ha despertado en mí juicios contradictorios y un desorden emocional difícil de combatir, es decir, me convierte en una auténtica anarquista del sentimiento. Hoy lo recuerdo a través de Gavrilo Prinzip, el bosnio proserbio que mató a Francisco Fernando, heredero de la Corona austro-húngara, y que se me presenta como un sucedáneo del anarquista catalán, pero con mayor “éxito” que el primero. Prinzip evidenció las tensiones de una Europa disgregada y avocada a la Primera Guerra Mundial. En similares circunstancias (Alfonso XIII celebraba su boda el 31 de mayo de 1906 cuando Mateo Morral hizo estallar la bomba), Gavrilo Pirnzip asesinó a Francisco Fernando y a su esposa, la Condesa Sofía, el domingo 28 de junio de 1914, cuando los archiduques realizaban una visita a Sarajevo durante el aniversario de su boda. Fue la excusa perfecta para que la postinera Europa de alianzas, como señala el profesor Ramón Villares, comenzara a apagar las luces abriendo paso a la Gran Guerra.
Aunque el bosnio “triunfó” donde Morral no había conseguido éxito, el anarquista catalán “venció” donde Prinzip fue más torpe: una vez apresado Gavrilo quiso suicidarse con cianuro, pero no llegó a cumplir su objetivo. Moriría en la cárcel. Pero Mateo Morral sí alcanzó este objetivo. Aunque antes de quitarse la vida en Torrejón de Ardoz tuvo tiempo de enviar al otro barrio al guardia que le vino a apresar.
Desconozco los motivos de este suicidio. Quizás la muerte asolaba su sesera anarquista (habían sido demasiadas las vidas perdidas por nada). Quizás fue la reacción instintiva de un culpable acorralado. O quizás le asfixiaba la frustración, el reconocimiento de la propia imbecilidad, que siempre es dolorosa. En cualquier caso, como todo acto irracional, siempre provoca cambios aunque se salgan por la tangente de las primeras intenciones. Mateo Morral inauguraría con su atentado fallido una nueva etapa, si bien no en la Historia de España, sí en lo que concierne al periodismo que se venía haciendo por entonces. Como señala Manuel Martín Ferrand: “la publicación de la fotografía de Luís Mesonero Romanos, descrpitva del atentado de Mateo Morral en la boda de Doña Victoria Eugenia de Battenberg con el Rey de España inauguró a escala mundial el gran periodismo gráfico”. Más allá de los matices que se puedan añadir a esta sentencia, lo cierto es que el fenómeno del atentado llenó las páginas del ABC con la imagen tomada por Luis Mesonero Romanos, que estaba en el lugar adecuado en el momento justo. Después de que Morral lanzase la bomba desde el edificio en el que se ubica la popular Casa Ciriaco madrileña, Mesonero tomó la instantánea y se la vendió al periódico en exclusiva, por unas 300 pesetas (el ejemplar de ABC costaba por entonces unos 5 céntimos).

El precipitado devenir de Mateo Morral fue seguido con minuciosidad por la prensa. Blanco y Negro, a fecha de 6 de junio de 1906, se permitía incluso hacer reconstrucciones de los trágicos sucesos acaecidos en Torrejón, donde, antes de suicidarse, Morral mató al guarda que lo fue a detener. La edición incluye cinco fotografías ilustrativas: la de la pensión donde se hospedó, la del ventero que reconoció a Mateo Morral, la de la dueña del restaurante donde comió y las dos que emulaban la posición de los cadáveres del guarda y el anarquista. Un curioso formato, este de la reconstrucción, que recuerda demasiado al que popularizaría en los 90 Paco Lobatón en el programa ¿Quién sabe dónde?
El mismo día de esta publicación, ABC realizaba una comparativa al estilo de Lombroso sobre el sorprendente parecido físico entre Morral y Angiolillo, el asesino de Cánovas. Si por entonces se hubiese llevado eso de las operaciones estéticas, más de uno hubiese tirado de bisturí para evitar problemas con la justicia…
En definitiva, lejos del amarillismo de aquel suceso, sólo el humor resta importancia a la sangre y al fuego. Sólo el humor puede descongestionar la pena. Más allá de lo que podamos husmear en las hemerotecas, la mejor imagen que tengo de Mateo Morral y la mejor crónica de su espíritu fracasado es precisamente una secuencia de la película Libertarias, en la que una esotérica Victoria Abril es poseída por el fantasma de Mateo Morral, que dará a sus colegas anarquistas una estrategia para conquistar el frente zaragozano y, de paso, se burlará de sus torpes hazañas, y de que descuiden Barcelona mientras discuten si España vive una guerra o una revolución (acceder al minuto 4, 28). Si es cuestión de reírnos de nuestra propia historia, creo que se trata de un fragmento muy efectivo. Y si de curiosidades se trata, el estudio sobre toponimia madrileña realizado por Luis Miguel Aparisi reveló que la popular Calle Mayor de Madrid, donde se pepetró el atentado, fue renombrada Calle de Mateo Morral durante la Guerra Civil. También entre 1936 y 1939, otra calle del distrito Centro, la actual San Cristóbal, se llamó travesía de Mateo Morral. Al menos, en cuestión de películas, páginas de periódicos y calles con su nombre, el anarquista catalán puede presumir de haberse convertido en el símbolo de la frustración de toda una estirpe de pensadores.
Anuncios

1 comentario

Archivado bajo Cine, historia, libros, Mateo Morral

Las naranjas de Hitler

Los estereotipos nutren el talante español de un deje guasón y poco serio que más de una vez, a ojos vista de los países vecinos, ha derivado en un sonoro pitorreo hacia nuestro intencionado “buen hacer”. Bien es cierto que a solidarios y detallistas pocos nos ganan y este carácter altruista parece que no es una adquisición reciente. Lo que ocurre es que el voluntarismo español y nuestro informalismo innato entran muchas veces en contacto, derivando en un cortocircuito rabioso que bien puede desencadenar un conflicto internacional…
Sin ir más lejos, de la hemeroteca del Faro de Vigo hoy extraigo uno de estos ejemplos. La dádiva que el gobierno franquista, hace ya más de 75 años, quiso tener con uno de sus férreos y sesudos aliados: el mismísimo Adolfo Hitler. El regalito, por ser español, tenía que tener eso de ácido y arrebatador propio de aquel país eréctil, paladín de la gracia nacional católica en el mundo entero. Claro que además de autóctono el detalle debía incluir alguna perlita idólatra y zalamera para que el agasajado se sintiese doblemente satisfecho. Así que el Caudillo y sus expertos en marketing decidieron -leo en el periódico- enviar a los mercados de Berlín naranjas españolas, eso sí, envueltas en un papel con el rostro del Führer impreso. No quiero imaginarme la de ardores que despertarían tan enrevesados cítricos…
En cualquier caso, lo peor no es acusar de hortera al mercado nacional, lo peor es que el envío se desvió estrepitosamente y las naranjas medio arias, medio hispanas, acabaron en Londres. Y dice el periódico “Los clientes se negaron a comprarlas”. ¡Y eran unas 40.000! Desconozco dónde acabaría la remesa y cuántos hogares ingleses, por coherencia idealista, se quedarían sin su orange juice mañanero. Tampoco se puede corroborar la realidad de los hechos, más allá de lo verosímil que parece. Consultando hemerotecas más precisas, como la de ABC, apenas he encontrado mención a las dichosas naranjas, salvo una nota que a 5 de febrero de 1944 destacaba las colas en el mercado londinense para comprar naranjas de España. Supongo que en esa ocasión el envoltorio sería algo más oportuno, popular y apolítico. Puede que una fabulosa Ginger Rogers acompañada de su inseparable Fred Asteair fuesen un buen reclamo…
De todos modos, más allá del formato, el contingente y el contenido ¿no parecen más divertidos los periódicos de antaño?

1 comentario

Archivado bajo Hemeroteca, historia

Fashion Victim

Pocas veces puede presumir un dicho de entrometerse en la realidad sin apelar a las ambigüedades. Recientemente me he topado con una leyenda que me ha hecho creer que lo de las “fashion victim” se puede aplicar más allá de las excentricidades de algunos locos por la moda. Este anglicismo es un término muy dado a la burla. He de admitir que alguna vez lo he aplicado reconociéndome demasiado ignorante en las materias de corte y confección como para entender ciertas apariencias estrambóticas.

Sin embargo, lo de ser unas “fashion victim” se nos revela hoy como una verdad bastante hiriente y nada jocosa, si aplicamos el dicho a muchas de las trabajadoras de las fábricas de los años 40. Cuenta la leyenda hollywodiense que en aquellos años dorados, las mujeres querían parecerse a una de las actrices pinup más atractivas que ha dado la industria: Veronica Lake. Para las trabajadoras de las fábricas, sin duda, su industria era menos glamourosa y los tejemanejes de su labor no daban chance a la belleza.

Dicen que fueron muchas las que quisieron imitar el original peinado de la señorita Lago, es decir, Mrs. Lake. El hermoso cabello de Veronica descendía hacia sus hombros como un oleaje rubio y una de aquellas ondas doradas le tapaba de forma sibilina el ojo izquierdo. Aquel pelo revirado le confería una especie de parche natural que potenciaba su atractivo. Con tal derroche de creatividad y misticismo fueron muchas las jovencitas que quisieron velar su mirada con el flequillo. Claro que, para ellas, el trabajo en la fábrica se complicaba de forma alarmante. Tal fue el sabotaje laboral y los incidentes que el dichoso peinado causó en las fábricas que los empresarios se vieron abocados a legislar sobre moda: se prohibió lucir melenas que complicasen la visión, ya fuese del ojo izquierdo o del derecho (para las que querían ponerle un toque innovador).
Los más tremendistas aseguran que el dichoso look causó algún fallecimiento. Desconozco la verdad de estos últimos sucesos. Lo que sí sé es que ellas fueron unas auténticas fashion victim, inmersas en el prefabricado universo hollywoodiense. Todavía me estremezco (no sé si de alegría o de tristeza) al pensar que hubo un tiempo en el que el cine era el Sol en torno al que giraba media Tierra. Una fábrica de anhelos, un espejo frente al que llorar y reír, frente al que cantar y bailar. Un lugar para soñar con el amor, con el primer beso, con la belleza. Un hermano mayor al que imitar, al que seguir, como perros tras una cometa.

2 comentarios

Archivado bajo Cine, historia, Veronica Lake

As time goes by

Existen determinadas “verdades” que a fuerza de ser repetidas parecen incuestionables. Una, que con este tipo de axiomas suele ponerse un tanto escéptica al tiempo que afila el pronto felino para el debate, reconoce su total incapacidad para negar que Casablanca, el clásico de Michael Curtiz, tiene la magia de lo inmutable, de lo que trasciende.
Esa química mística no se debe a un único elemento: Ni el ebrio lloriqueo de Bogart, ni el coqueteo innato de Bergman con la cámara, ni el exotismo de Marruecos, ni el Rick´s, ni el Loro Azul, ni el salvoconducto hacia el adulterio, constituirían tal éxito por sí solos… Encima, para delicia de los espectadores, gozamos de un elemento más que glorifica ese conjunto de gracias que el filme recoge: Sam, es decir, Dooley Wilson, el piano, As time goes by… Nada importa que, en realidad, además de cantar, Dooley Wilson sólo supiese tocar la batería y únicamente tuviese capacidad para amagar ante las teclas del piano cuando el personaje de Bergman le suplicaba “Play one, Sam”. Lo importante era estremecerse con ese amor ahogado entre las notas de una melodía que hablaba de otro tiempo… lejano y, por tanto, anhelado.
El As time goes by que a continuación se muestra, es una magnífica versión de Natalie Cole. El adjetivo se lo coloco por méritos: les aseguro que a esta Trilby le cuesta muchísimo renunciar a los originales. Pero, sin olvidar a aquellas voces de la película, Natalie Cole recobra aquel espíritu del París olvidado, lo funde con el jazz y su voz de algodón… y el tiempo pasa… y un “kiss” es sólo un beso… o quizás no…

http://www.goear.com/files/external.swf?file=0ab34e4

Deja un comentario

Archivado bajo bandas sonoras, Cine, historia