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Un poco de intrascendencia

Hay algo pretencioso en todo comienzo, especialmente cuando se escribe: un afán de seducir, de mostrar el sugerente canalillo que dejan entre sí las letras, ese hueco de silencios en el que se acomodan las pomposas palabras y por el que deseamos que se deslicen, sin mirar a los ojos del autor, las miradas de los lectores. En los días de humildad –solo aparente– uno otorga el arranque a la cita de autoridad, como cediendo el honor a quien se admira, a esa frase reveladora que no es más que uno forma de facilitar el temido comienzo y, de paso, demostrar que además de escribir, uno puede incluso instruir –aunque sea con los pechos de otro, con escotes más generosos–. Pero en los días de gracia, no resulta difícil que la duda larriana nos asalte y antes de pensar en ese “querido lector” al que todos apelamos una se plantee ¿por qué comenzar con tal afirmación –convertida casi en prejuicio– y no flagelarse directamente con la pregunta básica: “¿es que hay alguien ahí?”. Pese al esmero, la cuestión, desde luego, adolece de originalidad: ya el propio Larra, antes de que lamentase –y le venciese– aquello de que “escribir en Madrid es llorar”, aseguraba que “el público es el pretexto, el tapador de los fines particulares de cada uno” en su artículo “¿Quién es el público y dónde se encuentra?”.

Desde luego, en días como hoy, en los que el espíritu pulula con más garbo hacia las temblorosas anotaciones de los márgenes, las indelebles manchas de aceite y la lágrima de vino en el papel que sobre el renglón mecanografiado, una prefiere pecar de soberbia y reducir la escritura a excusa, a ataque de rebeldía. Afán, eso sí, espoleado por el artículo de Isabel GómezRivas sobre Julio Camba en Jot Down. No me resisto a incluir la gran cita –no apta para pudorosos– con la que el periodista gallego resumía su modus operandia la hora de escribir un artículo: “Yo me encierro por las tardes en un cuarto con un poco de papel como, para hacer otra cosa, pudiera encerrarme en otro cuarto, con otro poco de papel. Allí comienzo a hacer esfuerzos y el artículo sale. Unas veces sale fácil, fluido, abundante; otras sale duro, difícil y escaso, pero siempre sale”. Lo que más me conmueve de la cita es la innegable intrascendencia con la que Camba se revela contra el oficio: ¿no es, acaso, desprendiéndonos de tal responsabilidad cuando el ejercicio se puede afrontar con la libertad que requiere su práctica? La afirmación, aunque parezca inocente, coloca a una en el dilema hamletiano: ¿dejarse llevar por el romanticismo larriano o por la pose descreída de Camba? Y lo que es peor, según plantea en su artículo Gómez Rivas: ¿aferrarse a una juventud impostada o dejarse llevar por el agnosticismo de la senectud? Negar que hoy entre el “Yo y mi criado. Delirio filosófico” que Larra escribió en la Nochebuena de 1836 –tres meses antes de su muerte– y el “Yo y mi sirviente (El repórter es mi sirviente) que Camba publicó en octubre de 1906; he de reconocer mi querencia por el segundo, por esa fina ironía con la que, digámoslo toscamente, se orina sobre la profesión equiparando la intrascendencia –la labor efímera– del mozo que barre y el periodista que escribe. Para ser justos habría que aclarar que ese Larra decadente de finales de 1836, se me antoja hoy afectado, como si su patetismo dejase de ser una herramienta de acidez prosaica para convertirse en un triste convencionalismo. Su superstición hacia la Nochebuena y, en general, hacia los 24 de cada mes –fecha fatídica en la que él mismo nació–, convierte el día que le antecede en un preludio amargo y, al que le sucede, en una tensa inquietud, y así transcurren  las horas cansadas, girando en torno a una negrura que no hacía más que preconizar un final injusto y desesperado.Larra –el grandilocuente– representa hoy los ideales; Camba, la conciencia impertinente, la sonrisa sarcástica e incómoda. Conviene no olvidar nunca qué cerca está el primero del suicidio y qué poco necesitamos a veces para acomodar al segundo en una confortable suite del Palace.

Inmersa en esta ciclotimia periodística entre Larra y Camba de quien prefiero acordarme hoy del tierno protagonista de “Afirma Pereira” (Leya), de Antonio Tabucchi. Ese dinosaurio periodístico anclado en su trinchera literaria, escupiendo críticas con pretensión didáctica sin darse cuenta de que el mundo era otra cosa: aquella locura fascista, la sangre sobre los melones en el mercado, la voz irreverente de Monteiro Rossi –que no es más que la juventud ahogada, la respuesta impertinente– empeñado en escribir sobre autores comprometidos y comprometedores… Lo más fascinante de la novela de Tabucchi no es la maravillosa naturalidad con la que evoluciona el personaje, sino todo lo que queda sin resolver: a quién confiesa Pereira su historia, cuáles son sus verdaderos sueños –los que él cree que nunca han de revelarse–, cómo fue esa infancia que evoca, pero de la que no habla “porque nada tiene que ver con esta historia”… El atractivo de Pereira es que su narración, como la de todos, se construye también con silencios forzosos. Entre sus reflexiones, me enternece cómo un católico como él, reflexivo hasta la espina, comienza a encerrarse en su soliloquio hasta verse en un laberinto sin respuesta: “Había una cosa a la que no conseguía dar crédito: la resurrección de la carne. En el alma, sí, claro, porque tenía la certeza de poseer un alma, pero toda aquella carne, aquella grasa que envolvía su alma, pues bien, esa no, esa no volvería a revivir, ¿y por qué?, se interroga Pereira. Todo aquel unto que lo acompañaba cotidianamente, el sudor, la fatiga al subir las escaleras, ¿por qué deberían resucitar?”. Aquel día de 1938 en el que arranca la narración, Pereira, sin darse cuenta, comenzaba a ser otro, o quizá a ser él mismo, pero de otro modo. La teoría de la confederación de almas le avalaba: “Acreditar que somos una unidad independiente, destacada de la inconmensurable pluralidad de nuestros propios yo, representa una ilusión, quizá ingenua (…) el doctor Ribot y el doctor Janet ven la personalidad como una confederación de varias almas, porque la verdad es que tenemos varias almas dentro de nosotros, una confederación que acepta el dominio de un yo hegemónico”
Esa camaradería esquizofrénica, conmovedoramente posibilista –todos somos resultado de un compendio y, a la vez, tantos “yo” posibles– ayudan a este viejo escribiente a argumentar su cambio de perspectiva, tan necesaria como inevitable. Quizá, cobijada en su experiencia, me resulte menos doloroso afirmar que de Larra a Camba, pasando por Pereira, una se haya hecho un poquito más descreída, puede que incluso –con fortuna– un poco más incómoda. Sentirse así, menos intrascendente y grave de lo que acostumbramos a hacerlo, puede que nos ayude a ver que la escritura, a veces, no es más que deslizar una y otra vez tus manos cariñosas por el cabello que se aferra, muerto, a las cerdas del cepillo. Sí, puede que no dé placer a nadie, pero ¿y lo que relaja? 

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La bala que medió entre Hemingway y Larra

Los escenarios son dispares y más de un siglo encarna la distancia temporal entre estos dos escritores pero, el trasfondo, la subrepticia huida existencial, es la misma. El 13 de febrero de 1837, la madrileña calle Santa Clara se sobrecogería como improvisado lecho mortuorio del cadáver de Mariano José de Larra. El 2 de julio de 1961, en la localidad de Ketchum -Idaho- otro disparo acababa con la vida del premio Nobel de Literatura Ernest Hemingway. Entre uno y otro espacio, entre una y otra fecha, apenas media el estruendo de la pólvora, el temblor de un arma de fuego escupiendo la bala que transformaría en física y certera la muerte anímica que ya había intoxicado las narraciones de ambos autores.

Ése fue el resultado: un viejo lobo de mar y un pobrecito hablador unidos por el salvoconducto con el que huyeron de su Hades interior. Hubo otros nombres extinguidos de igual forma, como el dramaturgo ruso Vladimir Mayakosvki, que eligieron un punto y final en sus vidas garabateado con metralla. Sin embargo, mucho antes del final, en el caso de Larra y Hemingway existen algunas similitudes en sus biografías que consiguen hilvanar sus caracteres -tan flácidos de entusiasmo- más allá del dramatismo. Quizás en ambos encontremos una suerte de mirada inexplorable en sus retratos, una fuga de sus ojos por la tangente del misterio que, sin duda, se oponía a la contundencia de sus relatos.
Pero, al margen de estas impresiones, puede que haya sido el periodismo lo que más marcó la esencia literaria de ambos escritores. En el caso del autor de El viejo y el mar, Premio Pulitzer en 1953, su experiencia durante la Primera Guerra Mundial como reportero en el Kansas City Star marcaría hondamente “una exigencia de estilo que, pulida hasta la exasperación, será la base de su prosa”, tal y como lo explica Baltasar Porcel; quien, además, justifica en esta etapa periodística una temática reiterante en el universo de Hemingway. “Por espacio de varios meses [cuando contaba con 18 años], practica el reporterismo callejero: delitos, entrevistas a famosos, un torbellino cotidiano, especialmente centrado en la crónica de sucesos. Una ejercitación de la violencia que abundará después en sus libros”.

Pero sin tomar en consideración el oficio que consiguió imprimir sobre Larra y Hemingway un estilo y una temática particulares, los lazos románticos también conectan sus destinos. Si Dolores Armijo fue la última prueba del desentendimiento entre Fígaro, el amor y las mujeres; en el escritor estadounidense sus frustraciones al respecto empaparían gran parte de sus escritos. “Su imagen de la mujer presenta escasa consistencia: son personajes episódicos, áridos o devoradores del hombre, que a los más pueden significar un período de amor, marcadamente físico, y una alianza temporal contra la soledad”, afirma Porcel. Es esta visión la que ha envuelto a Hemingway de una atmósfera machista y despreciativa hacia las mujeres. Sin embargo, tras esos débiles personajes femeninos que retrataba, probablemente se esconda la incapacidad del autor para comprender al “sexo opuesto”. No en vano, las mujeres que describe en relatos como El verano peligroso o Adiós a las armas, fallecidas inopinadamente, sólo constituyen una rémora en el recuerdo de sus protagonistas.

La estirpe suicida
Una anécdota tan curiosa como desagradable es la que nos permite ver a Hemingway como el eslabón intermedio en una estirpe marcada por la herencia del suicidio. El padre del escritor estadounidense, enfermo de diabetes y hundido económicamente por los efectos del crack del 29 se suicidó disparándose un tiro con un ejemplar del popular revólver Smith and Wesson. Aquejado por un macabro fetichismo, Hemingway conservó aquella pistola aunque, como señala Porcel, “el recuerdo de aquel acontecimiento fue uno de los que le acompañaron, terrible, el resto de sus días.”

El último eslabón de la cadena familiar lo completaría su nieta Margaux Hemingway, modelo y actriz atormentada y depresiva que acabaría suicidándose el 1 de julio de 1966. Sobrecoge e inquieta la pregunta final ¿por qué quitarse la vida un día antes de cumplirse el quinto aniversario de la muerte de su abuelo?

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Otra vez, Larra

Si en mi vida hay un pecado poseído por una reverberación incesante es el de la falta de moderación.
Nunca he sabido apreciar lo tibio. Escoger el tono gris no se me da bien: me parece un color desgastado, frígido, sin emociones.
Tampoco aprenderé jamás a calcular cuántas tazas de café delimitan la frontera entre mantenerse despierto o hiperactivo: siempre me excedo. De la mansedumbre más soporífera acabo sumergida en el vitalismo más feroz, trémula la voz, ansiosas las manos en su movimiento pendular. Como me aseguró un día el buen amigo: “un café más y saldremos movidos en las fotos.” Mi ánimo pasa de dormitar ante los apuntes a estar enaltecido, envuelto en el trajín de mil acciones, apabullada de estímulos y curiosidad. Claro que, en esa situación, los quehaceres académicos son el último trago al que recurriría… Vaga efectividad la de la medicina del estudiante.

En cualquier caso, como les decía, es esta Trilby un poco de excesos y obsesiones. Pongo por caso el de mi fantasma larriano, una de mis más recientes adquisiciones espectrales. Larra está en mi vida, la estruja y zarandea muchas veces. Incluso, ahora, mientras escribo estas líneas me mira juzgante, so pena de reprimenda, desde la fotografía que cuelga en la pared, sobre mi escritorio. A veces se me pone socarrón, como sus escritos, y se burla un poco de la verborrea que tejen mis dedos sobre el teclado. Va algo altivo, subiendo, trepando como una serpiente sobre las ondas del gotelé, cada vez más alto e inalcanzable (tanto, que hay días en los que juega una partida de mus con las arañas del techo). Yo lo observo fascinada y llego a comprenderlo, ¡ay amigo!–suspiro-. Y recuerdo aquellos últimos versos que Zorrilla le dedicó durante su sepelio: Poeta, si en el no ser/ hay un recuerdo de ayer,/ una vida como aquí/ detrás de ese firmamento…/ conságrame un pensamiento/ como el que tengo de ti. Porque no me sonrojo al reconocer que me gusta este chico de perilla ortopédica. Y para una persona como yo, de delirios varios, gustar acaba convirtiéndose en fervor pasional y delirio bovaryano. Por eso me aventuro en mil guerrillas y retuerzo cientos de cuartillas cada vez que leo algo injusto sobre él. Y más ahora, en los tiempos que corren, con en el bicentenario de su nacimiento atestando su figura de homenajes y sandeces, de amanuenses que repiten la misma nota desafinada una y otra vez, “Dolores, Dolores”, “disparo, disparo”, como si fuesen tocadiscos rallados a los que deseo arrancarles las agujas. Yo cargo la pólvora de mi vehemencia, aparecen las venas como cráteres en mi cuello, harta, muy harta ya, de encontrar patanería en esos escritos. No obstante, al fin hoy le he dado un respiro a la conflagración y me congratula poder recomendar textos que realmente hablan de Larra, de un disparo, sí, pero también de perpetuidad, de frescura insaciable. Desconozco si gustarán a todos pero, al menos, pueden presumir de no quedarse nadando en la superficie como tantos otros. Hablo del especial que la revista Mercurio, le dedica a Don Mariano José de Larra, en su edición del mes de mayo.
Después de escudriñar con recelo sus páginas, el escepticismo inicial se fue dispensando hasta conmoverme. Por fin Larra no es para los críticos, expertos y periodistas un folio con dos caras. Por fin aparece el poliedro, el diamante infracturable de mil aristas y virtudes. La apertura, a cargo de la catedrática de Literatura Española, Mª del Pilar Palomo, zurce una pasmosa relación de genios para abrir bocado “En 1822, Shelley se ahoga en el golfo de Spezia y sus cenizas son incineradas en la playa en presencia de Byron; éste muere en Grecia, en 1824, mientras colabora en la independencia del país; en 1837 se suicida Larra en Madrid, en 1842 fallece Espronceda, que ha llorado ante la muerte de Fígaro… ninguno ha alcanzado los cuarenta años de edad. ¿Símbolos del romanticismo europeo? Sin duda alguna lo son, como lo fue Werther, el trágico personaje de Goethe, que propició los numerosos suicidios que protagonizó la juventud europea en el exaltado romanticismo que le sucedió. Pero pienso que Larra es algo más complejo que un símbolo del movimiento romántico (…)” y algo estalla en mi cabeza, ¡al fin lucidez! ¡fuera los reduccionismos! Yo, por cariño patrio (y por el imperturbable sonar de gaitas en mi sesera), anoto en el margen del texto el nombre de una persona más que añadiría a la lista (aunque ella llegó a los 48 años); porque curiosamente, once días después de que Larra se desasiese de la vida, otra escritora la sujetaba, endeble y melancólicamente: Rosalía de Castro nacía el 24 de febrero de 1837 y se estremecía con la luz de la primera niebla que sus ojos contemplarían en el cielo de Santiago.
La segunda de las satisfacciones por las que me arrastró Mercurio fue el artículo de Ricardo Senabre, quien, asombrosamente, recalca que la figura de Larra “continúa siendo el punto de arranque del periodismo moderno (…) la atención crítica a los problemas acuciantes de la actualidad; la amplitud de sus intereses, desde las costumbres hasta los espectáculos, (…) hasta la política de su tiempo, la reducción de muchas de sus piezas, nacidas para imprimirse en esas publicaciones inestables que son los periódicos de la época, a textos breves, que son preludio de las actuales columnas” Me enorgullece saber que, al menos, algunos profesores de literatura reconocen sin escrúpulos al periodista que iba caminando por delante del literato, al joven Larra, cuyos ojos se le iban “tras cada periódico y era un pío mañana y noche”. Senabre abandona esa disposición natural del “experto” literario que pronuncia clamoroso la huella larriana, con sus cábalas románticas, con la exaltación de su obra como ensayista, como escritor de la novela El doncel de Don Enrique el Doliente y del drama Macías, sin mencionar (porque debe ser una especie de tabú en las aulas de secundaria) adónde iba el jugo de su talento: aquel que exprimía cada día sobre las páginas de un periódico.
Lo que el profesor de la Universidad de Extremadura, Gregorio Torres de Nebrera, viene a aportar al monográfico larriano, confirma la esperpéntica visión, tan impregnada de literatura y superstición, que tenemos de Larra y que hemos heredado sin cuestionarnos en absoluto el origen de esa imagen de polichinela. Como destaca el catedrático, fueron tres los autores que, a su juicio, “mejor” recrearon la esencia larriana: los dramaturgos Buero Vallejo y Francisco Nieva; y el narrador Juan Eduardo Zúñiga. A este último le debemos Flores de Plomo, el libro del que se ha extraído la fabulosa (y a la vez, incierta) versión del día de la muerte de Larra: aquel 12 de febrero en el que Dolores Armijo y su cuñada (después de exigir la devolución de las comprometedoras cartas que compartieron como amantes) salían de casa del joven y al cruzar la calle Santa Clara les asaltó el estruendo revelador de un disparo. Fábula literaria, aunque algunos se empeñen en repetirla para hacerla realidad. La versión más verídica es que ese pistoletazo sonó minutos después de que el escritor de Dolores Armijo saliese del piso de Larra tras haber sentenciado y confirmado de forma inapelable la ruptura de la relación entre los amantes.

Por otra parte, la adaptación de los autores teatrales deja constancia de otra característica muy “de Larra”: él es de todos y vale para todos. Tras su muerte pocos pueden presumir de haber capitaneado el lamento de tantas generaciones, de haber inspirado e insuflado aliento al espíritu de movimientos y sensibilidades de tan dispares causas. Se dice que los de la Generación del 98, al visitar su tumba, lo definieron como “uno de nosotros”, algunos del 27, como Cernuda, siguieron la estela de su arte… A Buero Vallejo en su obra La denotación y a Francisco Nieva en Sombra y quimera de Larra les inspiró esa lucha silenciada, esa libertad exiliada, ese grito ahogado contra un régimen de titanio que por fin comenzaba a ser sombra en extinción, sombra que perece en la noche de los tiempos. Las filigranas que Larra hacía para que sus artículos pasasen la censura inspiró una forma de denuncia que es limpia y decorosa, clara e inaccesible a mentes dormidas. Ese regeneracionismo que Larra invocó en su tiempo y, sin quererlo, legó a la perpetuidad. Como destaca Nebrerael posibilismo en un contexto de coerciones imposibilitadoras es parte de la impronta larriana y por ello Buero [Vallejo] eleva el fatídico gesto del suicida al acto personal que debe despertar conciencias y compromisos.”
Respecto a Francisco Nieva, no puedo evitar discrepar con una parte de su discurso conmemorativo del bicentenario, cuando leyó en el Ateneo que Dolores Armijo fue “involuntaria inductora del suicidio”. Aunque tiendo a ser más bien beligerante en estos temas, hago un esfuerzo de comprensión con Nieva y negocio o matizo su propuesta: asumamos que Dolores Armijo pudo ser catalizadora del trágico desenlace, pero jamás le imputaría a ella la causa, que fue más bien el desfalco del entusiasmo, la fe mellada y el descalabro de la esperanza que ya se venía reflejando tiempo atrás en un suicidio literario paulatino, pausado de su ironía, ahogado en la penumbra. En segundas lecturas que hoy podemos hacer sobre los últimos textos de Larra, siendo conscientes del irreversible final, podemos hablar casi de la crónica de un suicidio anunciado: la caja amarilla con la pistola palpitante, la melancolía recalcitrante que se enredaba, desde el título al cierre, en cada artículo. No hubo espontaneidad en su muerte, como tampoco hubo mediocridad en su obra. Larra es un genio inspirador, eternizado en cada uno de sus textos, es el joven hecho mito, la muerte trágica, la sensación de arrebato, el doble sobrecogimiento: por lo que conservamos de su arte y por las páginas en blanco que se quedaron huérfanas sin el milagro de su pluma. “Releamos de nuevo a Larra, porque nos vamos a estremecer, como si el tiempo no hubiera pasado. Esto es un clásico, este perpetuo renacer” dijo Francisco Nieva, como para que no le guarde rencor por las diferencias. Y desde aquí me sumo a su propuesta, a no abandonar jamás la inquina de la crítica, la fe en las palabras que acabaron por dejar tísico el ánimo del mordaz Fígaro, del Bachiller que quedó prendado en la eternidad por la magia de su saber hacer, único, apabullante. Lo mínimo que podemos hacer por alguien como él es amarrarnos como hambrientos a los hilos de su barba y desear, que por milagro de los dioses, antes de resbalar y pegarnos el batacazo contra la infortuna realidad, se nos quede una muesca de su genialidad fundida entre las manos.
Antes de cerrar estas letras sobre el Genio, sobre el Maestro, agradezco la paciencia de quien me trajo la revista Mercurio entre sus manos y, más aún, la generosidad de quien se acordó de mí al verla y se la envió de recado. Agradezco el que me aturen, (¡sin parentesco alguno ni intercambio monetario!), con todas mis obsesiones, con ese vendaval de impresiones que me arrastra hasta él tantas y tantas veces. Para colmo, ¡os convertís en cómplices de mi turbación! Gracias infinitas, por tener paciencia y soportarme una vez más hablando de Larra… otra vez Larra… aunque, mejor será decir: siempre Larra.
Cualquier intento de empujar mis palabras, enviadas sobre este barquillo de papel de fumar para que alcancen aquel ahínco, aquella gracia de Fígaro, es condena segura al naufragio. Ni justicia le hace la imposibilidad misma de contener o, cuando menos, destellar en un escrito la hilarante recompensa que sólo merece su pluma. Así, sin remedio alguno a mi desazón, me recojo en el rebufo de su arte, apretujo sus textos en la memoria (intentando que perduren en ese efímero espacio) y me despido, sorteando el perímetro de la rendición como él ya no pudo en 1837, evitando que mi corazón se convierta en la tumba de la esperanza. No quisiera anidar el Santo Sepulcro que los huérfanos de entusiasmo acuden a contemplar cada 1 de noviembre para escribir en él su epitafio… Perpetuo olvido.

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De lo fugaz que, sólo a veces, es eterno

Hete aquí que una se sienta como impregnada de aquel brillo fulgurante en cada palabra leída. Hete aquí que una se presente en sus opiniones con ínfulas de llevar al mismo Larra imbricado entre las fibras del verbo que ahora exhala. Es difícil contemplar el sol y que la remanencia de su centelleo no te acompañe durante varios minutos. Del mismo modo, no se puede leer a Don Mariano José de Larra sin sentir que algo dentro de uno mismo sigue palpitando emocionado.
Es extraño como a fuerza de repetir el reconocimiento de los méritos parecen desgastarse. Pero no es éste el caso de Fígaro. Es imposible que no despierte la mueca de perplejidad más sincera en el lector actual al observar la indudable contemporaneidad de sus textos. Pero no se trata sólo de un atino fulgurante en temas que, inexplicablemente siguen formando parte de la cotidianeidad de este país. En mi opinión el costumbrismo “larriano”, el descaro que aviva cada palabra que escribe, su desarraigo y esa, si se me permite, bofetada que propina en cada cariz del orgullo nacional, hacen de Larra más un visionario que un simple doctor capaz de diagnosticar las patologías de la sociedad española. Y digo esto porque en sus textos se pueden apreciar aspectos que en su época ni siquiera estaban cerca de ser descubiertos. La propia idea de disgregar la masa y no considerarla un ente uniforme, esa reflexión fundamental de la que se valen hoy día los publicistas para dirigirse a sus famosos “target”, ya la evocaba Larra en artículos como ¿Quién es el público y dónde se encuentra?, un texto que bajo mi punto de vista no sólo busca el eco de reciprocidad del trabajo periodístico, sino que también aborda la problemática de entender el concepto de “público” como una muchedumbre sin disonantes, en la que el conjunto es un todo que actúa en una sola dirección. “No existe un público único, invariable, juez imparcial, como se pretende; que cada clase de la sociedad tiene su público particular, de cuyos rasgos y caracteres diversos y aún heterogéneos se compone la fisonomía monstruoso de lo que llamamos público”. Y esto mismo que una profesora entregada al marketing y a los mensajes publicitarios me explicaba como la panacea de los descubrimientos para el efectivo desarrollo de la publicidad en una sociedad que varía y no es sólo masa, resulta que ya estaba siendo apuntado por Larra allá por 1832. Simplemente, alucinante. Y los ejemplos pueden extenderse durante folios y folios amontonándose sin horizonte: el problema de una moralidad eclesiástica rígida, la rebelión de las mujeres contra los yugos sociales, la radicalización de España en infinidad de extremos que tensionaban y, todavía, coletean entre los problemas de nuestros coetáneos. “La sociedad es, pues, un cambio mutuo de prejuicios recíprocos”, concluía en La Revista Española. Y en el momento en que la mente de esta Trilby sea capaz de arrojar la cuarta parte de esta clarividencia, entonces; sólo entonces, podremos decepcionarnos con Larra o, cuando menos, cesar el entusiasmo con el que ahora lo acicalamos.
Su sensibilidad extrema no estaba reñida con el hecho de que, también en el fondo, fuese un tanto antisocial y huraño, paternalista y perpetuamente juicioso con los demás. Sin embargo, cualquier falta está eclipsada por sus vivos diálogos, por su humor mordaz que transporta irrefutablemente a una reflexión crítica, alejada de la simple carcajada que guardan sus textos en una lectura superficial. Algo fabuloso en Larra es que escribiendo para su siglo trascendió a la Historia. Se escurrió por una suerte de fisura de la genialidad y cayó, paradójico y, puede que por primera vez comprendido, en las manos de generaciones posteriores, que sedientas de inspiración, con las legañas en los ojos y las neblinas del disparate entre los sesos, no conseguían medrar hasta tan altas miras como llegó a alcanzar don Mariano. De Larra, por descontado (no se me vayan a confundir algunos).
Era, pues, algo más que ese humor bravucón e inteligente, más incluso que esa voz socarrona del que sabe y conoce pero finge ignorar. Un humor despierto y sin complejos, cuyo frescor no es caduco ni puede serlo: sobrepasa lo inmediato aunque fuese creado para él. Es, bajo mi punto de vista, su estilo y no los temas que elige con mayor o menor afán de trascendencia, el que le eleva por encima de su época y lo traslada, no sólo a la nuestra, como si fuese un fantasma que aparece invocado por los presentes. Larra es más que eso, supera el concepto de coetáneo y pertenece a todos los tiempos. Aunque quizás suene un poco arriesgado hablar de futuro, tenemos más que pesquisas para demostrar nuestras tesis ¿acaso no se “troncharían” de risa mis sobrinos con sus diálogos? ¿Con esa atmósfera de fábulas sin hadas, con ese estilo de ironía encantada en la que lo inverosímil se describe al detalle, adornado con un lacito de falacias, para finalmente resultar en su conjunto increíblemente real? Larra podría hacernos creer que la Luna se pesca en el fondo de los mares y que de la brisa de una mirada nacen todos los planetas del firmamento y allí, en los océanos podríamos irnos a buscar porque, además de despertar carcajadas, su estilo convence, y capacidades tiene para hacer sembrar la duda hasta en el mismísimo Copérnico.
Intento corregir mi dispersión natural pero es especialmente difícil con un autor de este calibre. Es admirable en tantos aspectos que se escapa de lo abarcable a los sentidos. Leerlo es asistir a una degustación de maestría y elegancia, no falta de compromiso con lo humano, no desvinculado del todo a esa tierra que adora y repudia con la misma facilidad. Consiguió ser ese flautista encantado que ponía los dedos en movimiento y las palabras desfilaban sonoras y brillantes, en su orden justo, con la armonía perfecta. Tanto es así que es fácil que se apodere de nosotros el complejo de insignificantes. Que lo que a una le apetece después de leerlo es recoger los bártulos y extender las ilusiones de adolescente en un solar que no aprovechen otros con tanto esplendor. Es justo añadir, además, que el estilo de Larra, lo acompañó hasta su final: provocado, cargado de toda una simbología y una mística que nunca ocultó tener en sus textos. La esperanza que fueron perdiendo paulatinamente sus textos, se tradujo en la misma desidia vital.
No obstante, no creo que el fallecimiento de Larra forme parte de su obra. Aunque sí parece claro que contribuyó a canonizar su espíritu de entrega y a engrosar los egos de los críticos más románticos. Quizás, si lo pensamos detenidamente, nadie podría imaginarse a James Dean envejecido, lo que le ha hecho pasar a la historia con ese rostro de perpetuo ángel herido. Es más, me resulta difícil resistir la tentación de relacionarlo también con un autor norteamericano y, bastante posterior, que también acabó su vida con un suicidio: J. Kennedy Toole, creador de una de las comedias más fabulosas de la literatura, La conjura de los necios. Y el parentesco lo traigo a colación de que, no hablamos sólo de dos seres atormentados que usan la comedia para desgastar ese peso que asfixia su conciencia. No obstante, aunque los finales parecen iguales, yo veo demasiadas diferencias. Para empezar, Toole, como tantos otros, se suicidó por una súbita conciencia de mediocridad. Es decir, por no ser leído. Sin embargo, la situación de Larra era muy diferente. Y ahora tengo el extraño convencimiento de que la muerte estaba tan dentro de sí mismo como su propio arte. De que sus críticas no eran simplemente entrega a una causa. Se me ocurre decir que quizás era sólo el afán egoísta (aunque no por ello menos meritorio) de querer sentirse más integrado en un mundo del que ya se sentía fuera. Escribir como para integrarse. Criticar como para mejorar el entorno y quizás acercarlo más, mucho más, a ese espacio inaccesible en el que Larra vivía. Pasear hoy por las calles de Madrid, intuir la placa conmemorativa de su desgracia tras las ramas secas de un árbol cualquiera que crece en las aceras de esta ciudad. Pasear por las calles de Madrid e imaginarse al propio Larra antaño, levitando entre las gentes por la calle Santa Clara, sumido en sus reflexiones, quizás afilando esa última palabra que se le quedó enredada en la comisura de los labios. Algo tiene de estremecedor. También algo mágico. Una se pregunta si todavía en el aire, puede hallarse suspendido un pequeño átomo de la genialidad del escritor, que se hubiese desprendido asustado de su propio destino. Sin embargo, quedarse con el final es como negar que hubo también un principio. Quizás le reprocho haber confundido la ilusión incontenible de tener un sueño, poder mejorar algo, con la certeza de alcanzarlo (“una palabra sola es palanca suficiente a levantar la muchedumbre” escribió una vez), los anhelos no son nunca evidencias que nos lleven a ninguna parte. En ocasiones también me pregunto qué sentiría él viéndonos ahora. Una parte de mí (que reconozco no sin cierto pudor ruboroso) quisiese imaginárselo agradecido pero, desengañémonos. Al ver el corro de alumnos en torno a sus textos, estoy casi convencida de que Larra, simplemente, nos consideraría unos auténticos ignorantes, febrilmente poseídos por una pasión inútil y nada racionalista.
Bajo mi punto de vista, no es que los jóvenes de hoy en día leamos a Larra con cada vez mayor entusiasmo porque también nos preocupa la sociedad en la que vivimos. En esto, discrepo ampliamente con el artículo de Fanny Rubio publicado en El País. He de decir que, la emoción que puede despertar Larra entre los estudiantes no es fruto de ese compromiso con la sociedad en la que nos ha tocado vivir y debemos mejorar. Ni mucho menos, teniendo en cuenta, además, que vivimos la mayor parte del tiempo sumidos en una especie de atrofia mental que impera en nuestro derredor. Creo que, al contrario, Larra fue pionero hasta en sus más elementales aspiraciones. Hoy en día, en general, adolecemos del mismo tratamiento aséptico hacia la política y del mismo desencanto hacia la sociedad que despierta decir que uno es joven y, para colmo, periodista, la mezcla es más explosiva que el TNT del Coyote. Uno también siente ser un payaso entre las gentes. En definitiva, creo que a Larra se le reconoce, fundamentalmente y en primer lugar, (lo de más es sólo secundario) porque su maestría es envidiable y se palpa en cada texto. Personalmente, lo admiro, por esa clarividencia y porque cuando leo sus artículos noto que en ellos subyace turbia esa idea de El Conde Lucanor, un Patronio y su ayo. O, más actual: Gala y sus Charlas con Troylo. Son reflexiones que se sangran de lo íntimo, que sólo se pueden contar a un perro enroscado a tus pies o a un criado inventado. Y diría más. Bajo esa pantomima de ironías y colores humorísticos había palpitante un eco intimista, profundo e, inevitablemente apostillando este último adjetivo, de una negrura espesa y perenne como la que Rosalía de Castro destilaba en sus poemas. De lo fugaces que son las palabras, a veces, por majestuosas, se hacen eternas. Y eso es Larra. La decepción que se adhiere a las entrañas, la sonrisa que le baila al lector en los labios. Y si no convenzo a nadie con este panegírico que despertaría la carcajada más sonora del mismísimo Larra, si no he llegado ni a la fibra más superficial de las sensibilidades del que me lee, entonces me encojo en mi orgullo, me decido a acabar con esta farsa y cerrar este texto con un final previsible. Porque ahora mismo lo que me apetece decirle, apreciado lector, es que la pereza me puede y, el espíritu del Vuelva usted mañana se ha apoderado de mi convencimiento. Larra es miel en las bocas que saben reconocer la dulzura.

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