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Cuando la libertad se llamaba ‘tupperware’

En literatura hay toda una mística sobre el retorno. Al igual que transmite lúcidamente el tango de Gardel, ‘Volver’ puede resultar una experiencia demasiado dolorosa porque enfrenta al ser humano con uno de sus más temibles enemigos: el pasado.
Y es que, los lugares parecen poseer una cualidad especial para retener la nostalgia, para suspender las vidas en ese punto exacto donde uno las dejó. Enfrentarse a ese recuerdo es la última etapa de la huida ya que, por lo general, cualquier partida que busca el olvido acaba irremediablemente en el regreso. En esas está Natalia, el personaje que Montserrat Roig construye en su Tiempo de Cerezas. Catalogada como novela “del desarraigo y el retorno” esta obra le valió a su autora el premio San Jordi en 1976. Después de varios años de exilio voluntario, la protagonista, Natalia, regresa a su Barcelona natal con la muerte de Puig Antich como telón de fondo. Allí percibe las contradicciones de una sociedad en proceso de transformación que sigue contagiada por ese germen de nauseabundo olor a rancio, perfectamente reflejada en su familia burguesa, que es incapaz de depurar las heridas y los silencios que llenaron de fantasmas y represión su propia casa.
Uno de los grandes atractivos de esta obra es cómo a través del relato el lector va percibiendo los símbolos de toda esa generación mutilada por una educación sectaria, obligada a enmudecer ante una autoridad deslucida y sin argumentos que acabó inculcando en los supervivientes su inestimable herencia de silencios y desigualdades. Cada personaje salvaguarda la identidad de ese tiempo que ahora podemos contemplar desde una perspectiva lejana, como hijos de una nueva etapa que por entonces ni siquiera se había construido. Tiempos en los que Elena Francis representaba la cara más accesible de la libertad para mujeres que, escudadas en el anonimato de la radio, bombardeaban a este singular personaje con las dudas que nunca se les había permitido decir en voz alta. Y aunque los consejos no desentonaban de la prosaica educación que recibían, quizás el mero hecho de ser protagonistas, aunque fuese de una manera efímera, les hacía ser alguien en aquella sociedad que se empeñaba en homegeneizarlas, como si todas fuesen la misma cosa.

El afán de denuncia de la situación de la mujer es el estribillo de una obra en la que, por encima de la idea de retorno, subyace la desesperación de quien está atrapado en una moralidad asfixiante. Las mujeres de aquella generación fueron las verdaderas víctimas de este estado. Mujeres para las que la modernidad y el progresismo era que sus maridos les dejasen hacer reuniones de tupperware. Mujeres de femenidad herida, abocadas a contener sus aspiraciones en el corsé que primero apretaban las monjas y luego ajustaban los maridos. Mujeres para las que El útimo tango de Marlon Brando era lo más cerca que podían estar de hablar del sexo sin más tapujos que el rubor de cortesía para la época. Amas de casa escudadas bajo el tejado de sus casas, con la obsesión de mantener en orden aquel “reducto del amor perdido”. Mujeres obligadas a divertirse comprando la ropa de sus esposos, aprovechando la excusa de las tiendas para poder reunirse sin remordimientos. Y en medio de todas ellas, Natalia, el bicho raro, perteneciente a esa “generación de la pastilla” que se asombra ante las que confiesan que “sólo quieren ser madres”. La protagonista es un islote en un mar de conformismo y resignación. “He vuelto con afán de comprender, se decía Natalia, y no entiendo apenas nada”.

En este sentido, la mujer y la libertad, a través del idioma, constituyen el epicentro temático en la obra de Montserrat Roig. Y, para las mentes sensibles, no lo hace desde el punto de vista de los reproches sino desde la autocrítica. No en vano, en Dime que me quieres aunque sea mentira, reconoció que “sin Franco, sin las monjas, la escritora también hubiera necesitado escribir”.

Roig hace gala de una narración salpicada, mezclando los recuerdos con el presente, enseñando que el pasado es un amigo tan inoportuno como rencoroso. Además, su escritura ‘de corrida’ en la que los diálogos y la voz descriptiva se mezclan con frescura, salvan la distancia de un narrador en tercera persona y transmite la espontaneidad de aquello que uno se cuenta a sí mismo. La manera en que desgrana sus vidas, de forma salteada, va conformando su unidad y encajando como un puzzle con el avanzar de la lectura. Y es que, por mucho que se empeñen las flechas del tiempo, ninguna vida es lineal.

Al igual que la narradora admira en Proust esa forma de valorar las cosas por su significado, en Montserrat Roig hay una sinceridad lúcida y consoladora que enseña a apreciar la vida no sólo por lo que es, sino por lo que evoca e inspira. Con una narración cálida y roja, como las cerezas maduras, la escritora catalana reconstruye un atormentado y enriquecedor viaje al pasado, que no es distinto al que todos realizamos cuando nos atrevemos a mirar a los ojos a la persona que fuimos.
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Ecos de Rosa Montero en "Te trataré como a una reina"

Lo único reprochable a los primeros pasos literarios es que suelen translucir demasiadas vergüenzas al comprobar que, sobre el texto, persiste la intención de buscar una voz propia. Probablemente este sea el caso de Te trataré como a una reina (1983), la tercera novela de la escritora Rosa Montero -precedida por La función Delta y Crónica del desamor, ambas publicadas en 1979-, en la que la autora rastrea y experimenta con un estilo que, sin duda, desarrollará con mayor atino en novelas posteriores culminando en Historia del rey Transparente (2005) -bajo mi punto de vista, su mejor novela de ficción, en forma y contenido-.

Y es que Te trataré como a una reina es de esas narraciones tan temporales, que uno no puede leer de igual modo en el contexto de 1983 que en el actual. El mundo marginal que retrata, con un estilo narrativo inclinado hacia la novela negra, adolece de un vínculo muy estrecho con la generación que narra. Coqueteos esporádicos y tentativas de amor que buscan salvar amplias diferencias de edad cubren numerosas páginas de una sexualidad explícita y cruda, tan descarnada y desnuda como el alma de los protagonistas. Si bien hay que reconocer, el impacto de estas escenas sería mucho mayor para aquellos primeros lectores de los ochenta. No obstante, acertada en este sentido, los personajes huyen de la profundidad sometidos por su experiencia. Antonio -un atractivo y solitario funcionario entrado en la cuarentena cuya mayor aspiración es crear la esencia perfecta- encarna una de las figuras más atractivas y hondas de la narración: envuelto en una frágil seguridad que se nutre de un desmesurado afán de orden, cataloga y describe cada aspecto de su vida con la misma pulcra perfección con la que destila los ingredientes de los perfúmenes que tanto adora.

En Te trataré como a una reina Rosa Montero se permite experimentar y adopta un tono pesimista y decadente que pocas veces acostumbra a acompañar la entusiasta vitalidad de la escritora. Quizás este hecho se justifique por el diálogo que la obra entabla con el género negro norteamericano, alejándose de la sofisticación de los personajes y ambientes de la novela policíaca inglesa. Sin embargo, al margen de estos aspectos, en este libro ya se respira parte del éxito que encumbraría a Rosa Montero en las listas de ventas de nuestro país: un estilo sencillo, prudente, pero inevitablemente eficaz a la hora de describir sentimientos, con seleccionadas metáforas cuya precisión evocan al instante la imagen deseada.
Otro recurso frecuente en la escritora que aparece también en este novela es la fragmentación narrativa, generalmente a través de flashforward que consiguen anticipar manteniendo intriga y espectativas sobre el final de la novela. Una herramienta que empleará con gran dominio en los primeros párrafos de Historia del rey transparente: “Soy mujer y escribo, soy plebeya y sé leer y aunque mis palabras estén siendo devoradas por el Gran Silencio, hoy constituyen mi única arma”. Un fagmento que sólo adquirirá sentido pleno inmerso en el desenlace.

Pero más allá de estos escarceos por el terreno de la crítica, Te trataré como a una reina es una obra consumible de principio a fin que si bien no ofrece el mejor trazado de su pluma, contiene el germen de un estilo y las claves que acabarán conformando la narrativa de Rosa Montero: fresca, sin florituras y, ante todo, humana.

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