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El "Heraldo de Madrid" vuelve a los quioscos

Portada de la edición especial
Toda resurrección conviene asimilarla con la dosis justa de ilusión y descreimiento, aunque no siempre resulta fácil resistirse a la tentación de dejarse embriagar por los efluvios de la emoción. Intuyo que es esa expectación la que ha provocado que no pocos acudiesen este domingo 30 de marzo a los quioscos en busca de un ejemplar del Heraldo de Madrid, la vieja cabecera de la Sociedad Editora Universal incautada por la falange la mañana del 28 de marzo de 1939, cuatro días antes de que aquel último parte bélico, de que ese nefasto “cautivo y desarmado el ejército rojo”, marcase el final de la Guerra Civil y el comienzo de otra contienda ruin y silenciosa. La resurrección del Heraldo en nuestros días, emblema de la causa republicana, se debe a la colaboración de eldiario.es, Infolibre, Alternativas Económicas, La Marea, Materia, Fronterad, Jot Down, Revista Fiat Lux, Líbero y Mongolia bajo la dirección del periodista Miguel Ángel Aguilar, e incluye, asimismo, diversas firmas calificadas de “extrema izquierda” por La Gaceta, siempre alentando a la lectura con ahínco de todo a lo que le cuelgue la etiqueta de subversivo. 
Dedicado el domingo al repaso de este peculiar espectro del periodismo que hoy ha vuelto a manifestarse, he de reconocer que la expectación inicial se iba diluyendo a medida que avanzaban las páginas y la sensación general que resume este regreso se ha quedado atorada entre el voluntarismo y el fiasco. Se extraña entre tanta recurrente frase sobre el espectacular aumento del descrédito del gobierno y los partidos políticos una hiriente obviedad que no parece importarle a las clases dirigentes que no se repare también en la creciente desconfianza del ciudadano hacia los periodistas, una de las profesiones más denostadas según el barómetro del CIS. Cuando se invocan fantasmas como el del Heraldo de Madrid y se reproduce un artículo de Manuel Chaves Nogales, se corre el riesgo de padecer el agravio comparativo y de que se dé la paradoja de que lo anocrónico, el verdadero fósil social, resulte ser esta profesión adulterada y los periodistas que la ejercemos, quizá no menos condenados a la incongruencia histórica. Tampoco ayudan los clichés que se esbozan sobre “La razón definitiva por la que el papel debe continuar”, ni los fútiles argumentos sobre la incomodidad de la lectura digital o la posesión física de los objetos, ni siquiera la posibilidad de la quema física de los libros, parecen motivos suficientes para invitar al ciudadano a creerse eso de que “este muerto está muy vivo”. Si nuestra defensa es ésa, estamos tan avocados al fracaso como esos redactores del Heraldo que contemplaban cómo primero alguno de los suyos se descubría la careta véase el discurso del fotógrafo José María Casariego, seducido por el ideal falangista, dirigiéndose a sus compañeros aquella mañana para después comprobar cómo la redacción era incautada por FET y de las JONS, que en lugar de desmantelarla algo que hubiera resultado quizá más digno para aquellos plumillas derrotados se la entregaron a los serviles, como Juan Pujol, quienes utilizaron aquella misma maquinaria para fabricar la propaganda del régimen, culminando un expolio que todavía tienen pendiente de reparación a la familia Busquets, propietarios de la Sociedad Editora Universal, a la que han desoído todos los gobiernos durante generaciones, como bien recuerda uno de los nietos de la saga en esta edición especial. 
Última portada del Heraldo (27/3/1939)
Con todo, lo mejor de esta resurrección se encuentra, en mi opinión, en algún que otro artículo de las páginas de Sociedad y Ciencias e, incluso, en el enfoque alternativo de los Deportes, pretendida en otras secciones sin llegar a conseguirse completamente. Por no hablar de un siempre acertado Enric González evocando a Pasolini “que no dejó de criticar a propios y a extraños” y que defendió “sus propias ideas, no las de otros”, como recuerda el columnista. Por no hablar de la “entrevista” de Mongolia a una Soraya Sáenz de Santamaría descocada en las carnes de Marilyn Monroe y de ese descontextualizado pero ¡tan necesario! anuncio de FCC a página completa, tras ser señalada como una de las empresas que se apuntan al negocio de la Sanidad en el interesante artículo que abre Sociedad. Aunque, si guiada por el sentimentalismo tuviese que escoger una única pieza, me quedaría con la reproducción de la última portada del Heraldo a tamaño real, en la que el agónico Consejo Nacional de Defensa republicano brindaba sus últimos estertores a ese internacionalismo que estuvo tan presente en la esencia de la II República sin saber que el mundo le daría la espalda, al igual que los representantes del Gobierno darían por finalizadas las negociaciones de paz con los vencidos cuando se les antojó, iniciando el triste prólogo del ensañamiento que se advendría sobre quienes se mantuvieron fieles al ideal republicano en aquellos años. 
No resulta fácil juzgar a un zombie, aunque se le estime, acostumbra a desprender ese olor de inframundo como recordándonos que en otro tiempo fue posible y a exhibir ese descompasado abrir y cerrar de ojos tan desconcertante reflejado aquí en las numerosas e ineludibles erratas del ejemplar, pero, aún sin saber si se agotarán los 100.000 ejemplares de esta edición especial del Heraldo de Madrid, que estará disponible en los quioscos a lo largo del mes de abril, más allá del éxito o fracaso de ventas, este guiño espectral se agradece: es un gesto y eso no es algo que abunde en estos tiempos impasibles, en los que domina la mueca helada e indiferente. 
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La crónica sentimental de España

Carteles y radios sentimentaloides
Todavía quedan tenderos que orbitan cual extraterrestres lejos del imperio de la imagen y el marketing, que han dado la espalda a la historia del escaparate para ningunear su existencia y convertirlos en meras paredes transparentes en las que almacenar cajas insulsas: más que seducir al transeúnte, apelan a su compasión. Ya en el interior del establecimiento, por aquello de que las expectativas son inexistentes, la sorpresa puede ser mayúscula: descubrir allí los tesoros de la nostalgia, de ese pasado sentimentaloide que nunca deja de reescribirse. Sí, la fachada de El Rastrillo, una modesta tienda de la madrileña calle Ávila, parece ignorar cómo atraer clientes, aunque, una vez traspasado su umbral, las reliquias y el olor de otro tiempo los atrapen en un bucle sin fin y hagan honores al sobrenombre de su letrero: “La máquina del tiempo”. Aunque este tipo de viajes pierden en canto sin el DeLorean de Marty McFly, hay que reconocer que contemplar aquellos objetos –muchos de los cuales triplican la edad del que los observa– cubiertos de ese aire de tragedia, de vieja gloria descontextualizada –veáse por ejemplo la vieja máquina de pinchar vinilos con los estrafalarios integrantes de Abba todavía felices, todavía enamorados (¡Benny y Frida acababan de casarse el año anterior!)– y las rígidas muñecas disfrazadas de militares –las míticas wendolin– , extraña paradoja de aquellos tiempos en los que las mujeres ni siquiera se podían plantear vestir un uniforme de las fuerzas armadas. Y por no hablar de las inquietantes fotografías que se apilan en una esquina: imágenes que brotaban de entre los libros, las carteras, las cajas de metal… Imágenes que yacían escondidas sin que nadie las recordase y que probablemente hoy busquen con ansia los descendientes de esas señoras pletóricas que posaban frente al mar –una cámara, la playa, ¿acaso eso no era progreso? Qué importaba entonces el silencio, la represión…–, o de esos orgullosos jabatos alardeando de lozanía mientras paseaban por la calle con sus mejores galas.
Pastilleros, relojes…
Las mujeres no podían vestir un uniforme, las wendolin sí
Preciosa edición de “El Quijote”
La verdadera máquina del tiempo: el tocadiscos. ¿Precio del tema? 1 duro
Imágenes del pasado, historias olvidadas
Portada del folletín “¡Madre!”
Sumergida en mil épocas, en ese extraño olor que el polvo, la humedad y los años destilan sobre os objetos, de las estanterías de este pequeño rastrillo rescato la primera entrega del folletín ¡Madre!, de Mario D’Ancona –seudónimo de  Francisco Arimón Marco (1868-1934)-, una publicación fechada el 26 de octubre de 1932 por la Editorial Guerri “la Casa más seria, la de los grandes éxitos, la de servicio más esmerado y puntual”, reza en el interior de la revista. Más allá del delirante drama, es curioso rastrear entre sus páginas los tics de esa España pobre y resentida que entonaba su moralina digna y feliz en las canciones populares que Manuel Vázquez Montalbán analizó en su Crónica sentimental de España (1971): “Pobretes pero alegretes. No olviden nunca ustedes que en nuestro país la comicidad se ha abastecido siempre de nuestras mejores miserias”, escribe el genio en este ensayo.
En lugar de esa alegría folclórica, en ¡Madre! la belleza cumple la función compensatoria: la protagonista es una desgraciada, pero tan sumamente bella y bondadosa, que sus penas la elevan a mártir. Entregada a la inclusa por sus padres biológicos, adoptada posteriormente por una matrimonio que la esclavizaba, la protagonista, Amelia se entrega a la pasión del apuesto Roberto: “Por primera vez en mi vida oí palabras cariñosas, por primera vez me dijo alguien que me quería”, relata la joven. Aunque en realidad él es un canalla –hasta los 50 no se pondrían de moda los gamberros, como cuenta Montalbán– de familia noble que la engaña vilmente: “Él me dijo que para ser marido y mujer bastaba que nos arrodillásemos al pie del altar mayor y nos prometiésemos por esposos cuando el sacerdote bendice a los fieles al final de la misa”. La ignorancia, esa candidez bobalicona, representaba al pueblo humilde, trabajador, estafado. Y es que, salvando la distancia temporal con el ensayo de Montalbán, aún sin Guerra Civil de por medio, esa España de la recién proclamada República contenía ya muchas de las características que sobrevirán a la conflagración y se mantendrán durante la posguerra. Al fin y al cabo, esas  mujeres empachadas de nacional-catolicismo no fueron un invento de Franco, él convirtió en “establishment” y dogma obligado algo que, desgraciadamente, ya había intoxicado a generaciones. Esa resignación del español ante la desgracia, entonando canciones como la de “No te mires en el río”: “En Sevilla hay una casa/ y en la casa una ventana/ y en la ventana una niña/ que las flores envidiaban” ya se intuía entonces. En este tema, el novio le prohíbe a la joven que se mire en el río –¿quizá intentando evitar la tragedia?– y cuando regresa con flores y una promesa de matrimonio entre sus manos: “La vio muerta en el río/ cómo el agua la llevaba/ ¡ay, corazón, parecía una rosa!/, ¡ay, corazón, una rosa mu blanca!”. Tan pura, tan inocente, tan tentada por lo prohibido. “Esta canción gustaba porque, como una obra de Shakespere, tiene distintos niveles –explica Montalbán–.Hay una canción sentimental primitiva: un novio, una novia, una muerte trágica, atávica, en el agua. Pero la relación lógica de todos estos elementos es absurda, existe una lógica, pero no es una lógica del tópico común de la canción de consumo. Es una lógica subnormal, para la que hay que tener educado el octavo sentido de la subnormalidad. Y bien educado lo tenían aquellos seres de precaria épica, aquellos españoles de los años cuarenta que habían perdido en el río acontecimientos incontrolables: novias, novios, tierras, recuerdos, dignidades, palabras sagradas, ideas, símbolos, mitos, la alegría de la propia sombra. Aquella canción les valía para expresar su derecho a no comprender del todo las cosas y hacer de esa profesión del absurdo una extrema declaración de lucidez”.   
Ese velo que cubría las fealdades del pasado les hacía exaltar la belleza y la alegría, evitando el conflicto, reivindicando esa “filosofía de la vida cínica” de la que habla Montalbán. Como el periodista destaca, a los españoles no nos iban evidencias como la perpetua guerra fría entre Tom y Jerry, preferíamos darle la espalda a los problemas y a aquellos relatos atroces en los que los rojos eran caníbales despiadados: “No había piedad dialéctica para el vencido, y había un recelo lleno de resentimiento para el superviviente”. 
El folletín, como fenómeno popular, acabaría cediendo el testigo al serial radiofónico, que heredaba su función multiplicando su efecto a través de la “hipnosis radioeléctrica” que describe el periodista. “Ahí están los seriales de Sautier Casaseca, cargados de intención política, servidos a través de un medio omnipotente que sólo necesitaba electricidad para llegar al último rincón de la última oreja. (…) Fue un auténtico asunto de hipnosis radioeléctrica, como de si los receptores se escapase el efluvio de la persuasión o como si las combinaciones musicales fuesen en la realidad melodías del flautista de Hamelín”. Todavía sobrevive ese encanto en los seriales televisivos presentes –sólo hay que echar un vistazo a “El secreto de Puente Viejo” o “Amar es para siempre”, especialmente en su etapa anterior en La 1, o en las más reciente “Velvet”–, en la que las protagonistas han estado sometidas a la injusticia y a la vejación, a la lucha de clases, al desdén y a la miseria. La España del folletín, la del melodrama, no estaba sólo presente en esas pasionales novelas por entregas, ni en las canciones, ni en las novelas radiofónicas, viaja –¡y perdura!– como un polizón en cada expresión de la cultura popular. 
En esta primera entrega de la novela de Mario D’Ancona, siguen presentes los mismos martirios para la protagonista, que en esta ocasión –y quizá representando el espíritu republicano– se enfrenta a la traición del que cree su esposo y, sobre todo, de la cruel y manipuladora “marquesita de Vegaclara”, la prima de su amado, que organiza un matrimonio de conveniencia con el joven. La belleza de la antagonista, quizá equiparable a la de Amelia, queda ensombrecida por “las facciones algo duras y la mirada altanera y despreciativa”. Habla con su tío –a la sazón, conde de Casalta y padre del infiel– sobre la necesidad de que el matrimonio se celebre cuanto antes, ya que el joven parece algo confuso a la hora de reconciliar su recién nacida pasión por la marquesita con su pasado, en el que Amelia y sus dos niños mellizos le sonreían con entrega y devoción. “Prefiero que se muera a que se case con una mujer que puede ser hija de un verdugo o de un criminal”, llega a asegurar el decepcionado padre, antes de alabar a su sobrina por su alta alcurnia: “Eres de mi raza, de mi estirpe, de hombres y mujeres fuertes y heroicos”. En la escena en la que Amelia está a punto de descubrir cómo el padre de sus hijos estaba a punto de contraer matrimonio con su prima, la compasión se apodera de los vigilantes de la entrada y de una lavandera justiciera que “era la mujer del pueblo, toda corazón, que se indignaba al ver el crimen que sus señores iban a cometer con una pobre madre y unos niños. La lavandera de la casa era mucho más noble que sus aristócratas señores” –apostilla el narrador–, por lo que la protagonista al fin puede entrar junto a sus retoños, provocando un síncope en el confuso novio y desmayándose ante la cruel escena. Cuando recobra el conocimiento, la madrecita sabrá que le han quitado a uno de sus hijos “lo retienen como prenda de su silencio y resignación al sacrificio que le imponen el egoísmo del conde de Casalta y el interés de la marquesita de Vergara”, anuncia el prólogo. Así, con este trágico final, Amelia pasará de ser la mojigata protagonista a convertirse en una heroína, fiera e imparable, que luchará hasta el fin de los días para que le devuelvan a su niño. 
La trágica escena final
Nota final y curiosa recomendación editorial
Montalbán ya lo advertía: “Esta crónica sentimental se escribe desde la perspectiva del pueblo, de aquel pueblo de los años cuarenta que sustituía la mitología personal heredada de la guerra civil por una mitología de las cosas: el plan blanco, el aceite de oliva, el bistec de cien gramos, el jabón bueno, un corte de buen paño”. Ese pueblo de silencios obligados que se vio en la necesidad de dejar atrás aquel pasado lúgubre que gemía sin que nadie lo pudiese mencionar ni consolar, propició que esta generación muda convirtiese lo cotidiano y el presente en un canto a la vida, el único canto que podían entonar. La dignidad, la bondad y el trabajo era lo único que les quedaba a las heroínas del pueblo, incluso antes de que la posguerra llegase entonando un olvido impuesto y doloroso. La crónica sentimental de España, aún a día de hoy, no tiene punto y final.

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Un poco de intrascendencia

Hay algo pretencioso en todo comienzo, especialmente cuando se escribe: un afán de seducir, de mostrar el sugerente canalillo que dejan entre sí las letras, ese hueco de silencios en el que se acomodan las pomposas palabras y por el que deseamos que se deslicen, sin mirar a los ojos del autor, las miradas de los lectores. En los días de humildad –solo aparente– uno otorga el arranque a la cita de autoridad, como cediendo el honor a quien se admira, a esa frase reveladora que no es más que uno forma de facilitar el temido comienzo y, de paso, demostrar que además de escribir, uno puede incluso instruir –aunque sea con los pechos de otro, con escotes más generosos–. Pero en los días de gracia, no resulta difícil que la duda larriana nos asalte y antes de pensar en ese “querido lector” al que todos apelamos una se plantee ¿por qué comenzar con tal afirmación –convertida casi en prejuicio– y no flagelarse directamente con la pregunta básica: “¿es que hay alguien ahí?”. Pese al esmero, la cuestión, desde luego, adolece de originalidad: ya el propio Larra, antes de que lamentase –y le venciese– aquello de que “escribir en Madrid es llorar”, aseguraba que “el público es el pretexto, el tapador de los fines particulares de cada uno” en su artículo “¿Quién es el público y dónde se encuentra?”.

Desde luego, en días como hoy, en los que el espíritu pulula con más garbo hacia las temblorosas anotaciones de los márgenes, las indelebles manchas de aceite y la lágrima de vino en el papel que sobre el renglón mecanografiado, una prefiere pecar de soberbia y reducir la escritura a excusa, a ataque de rebeldía. Afán, eso sí, espoleado por el artículo de Isabel GómezRivas sobre Julio Camba en Jot Down. No me resisto a incluir la gran cita –no apta para pudorosos– con la que el periodista gallego resumía su modus operandia la hora de escribir un artículo: “Yo me encierro por las tardes en un cuarto con un poco de papel como, para hacer otra cosa, pudiera encerrarme en otro cuarto, con otro poco de papel. Allí comienzo a hacer esfuerzos y el artículo sale. Unas veces sale fácil, fluido, abundante; otras sale duro, difícil y escaso, pero siempre sale”. Lo que más me conmueve de la cita es la innegable intrascendencia con la que Camba se revela contra el oficio: ¿no es, acaso, desprendiéndonos de tal responsabilidad cuando el ejercicio se puede afrontar con la libertad que requiere su práctica? La afirmación, aunque parezca inocente, coloca a una en el dilema hamletiano: ¿dejarse llevar por el romanticismo larriano o por la pose descreída de Camba? Y lo que es peor, según plantea en su artículo Gómez Rivas: ¿aferrarse a una juventud impostada o dejarse llevar por el agnosticismo de la senectud? Negar que hoy entre el “Yo y mi criado. Delirio filosófico” que Larra escribió en la Nochebuena de 1836 –tres meses antes de su muerte– y el “Yo y mi sirviente (El repórter es mi sirviente) que Camba publicó en octubre de 1906; he de reconocer mi querencia por el segundo, por esa fina ironía con la que, digámoslo toscamente, se orina sobre la profesión equiparando la intrascendencia –la labor efímera– del mozo que barre y el periodista que escribe. Para ser justos habría que aclarar que ese Larra decadente de finales de 1836, se me antoja hoy afectado, como si su patetismo dejase de ser una herramienta de acidez prosaica para convertirse en un triste convencionalismo. Su superstición hacia la Nochebuena y, en general, hacia los 24 de cada mes –fecha fatídica en la que él mismo nació–, convierte el día que le antecede en un preludio amargo y, al que le sucede, en una tensa inquietud, y así transcurren  las horas cansadas, girando en torno a una negrura que no hacía más que preconizar un final injusto y desesperado.Larra –el grandilocuente– representa hoy los ideales; Camba, la conciencia impertinente, la sonrisa sarcástica e incómoda. Conviene no olvidar nunca qué cerca está el primero del suicidio y qué poco necesitamos a veces para acomodar al segundo en una confortable suite del Palace.

Inmersa en esta ciclotimia periodística entre Larra y Camba de quien prefiero acordarme hoy del tierno protagonista de “Afirma Pereira” (Leya), de Antonio Tabucchi. Ese dinosaurio periodístico anclado en su trinchera literaria, escupiendo críticas con pretensión didáctica sin darse cuenta de que el mundo era otra cosa: aquella locura fascista, la sangre sobre los melones en el mercado, la voz irreverente de Monteiro Rossi –que no es más que la juventud ahogada, la respuesta impertinente– empeñado en escribir sobre autores comprometidos y comprometedores… Lo más fascinante de la novela de Tabucchi no es la maravillosa naturalidad con la que evoluciona el personaje, sino todo lo que queda sin resolver: a quién confiesa Pereira su historia, cuáles son sus verdaderos sueños –los que él cree que nunca han de revelarse–, cómo fue esa infancia que evoca, pero de la que no habla “porque nada tiene que ver con esta historia”… El atractivo de Pereira es que su narración, como la de todos, se construye también con silencios forzosos. Entre sus reflexiones, me enternece cómo un católico como él, reflexivo hasta la espina, comienza a encerrarse en su soliloquio hasta verse en un laberinto sin respuesta: “Había una cosa a la que no conseguía dar crédito: la resurrección de la carne. En el alma, sí, claro, porque tenía la certeza de poseer un alma, pero toda aquella carne, aquella grasa que envolvía su alma, pues bien, esa no, esa no volvería a revivir, ¿y por qué?, se interroga Pereira. Todo aquel unto que lo acompañaba cotidianamente, el sudor, la fatiga al subir las escaleras, ¿por qué deberían resucitar?”. Aquel día de 1938 en el que arranca la narración, Pereira, sin darse cuenta, comenzaba a ser otro, o quizá a ser él mismo, pero de otro modo. La teoría de la confederación de almas le avalaba: “Acreditar que somos una unidad independiente, destacada de la inconmensurable pluralidad de nuestros propios yo, representa una ilusión, quizá ingenua (…) el doctor Ribot y el doctor Janet ven la personalidad como una confederación de varias almas, porque la verdad es que tenemos varias almas dentro de nosotros, una confederación que acepta el dominio de un yo hegemónico”
Esa camaradería esquizofrénica, conmovedoramente posibilista –todos somos resultado de un compendio y, a la vez, tantos “yo” posibles– ayudan a este viejo escribiente a argumentar su cambio de perspectiva, tan necesaria como inevitable. Quizá, cobijada en su experiencia, me resulte menos doloroso afirmar que de Larra a Camba, pasando por Pereira, una se haya hecho un poquito más descreída, puede que incluso –con fortuna– un poco más incómoda. Sentirse así, menos intrascendente y grave de lo que acostumbramos a hacerlo, puede que nos ayude a ver que la escritura, a veces, no es más que deslizar una y otra vez tus manos cariñosas por el cabello que se aferra, muerto, a las cerdas del cepillo. Sí, puede que no dé placer a nadie, pero ¿y lo que relaja? 

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“Pobre” Fraga. Una entrevista de Vázquez Montalbán

Siro, La Voz de Galicia

Tosco, obcecado, temperamental, agrio, ambicioso, siempre escorado, pero prodigiosamente firme. Visceral y reflexivo, según él mismo se decía, un intelectual con ademanes de Caudillo, un líder innato entre la masa: “Cuando se concentran mil personas siempre hay una de la que emana autoridad, y ése ha sido mi caso” llegó a afirmar en una ocasión. Tan fresco y aperturista en el régimen de Franco, como rancio y autoritario en la senda democrática, su vehemencia hizo historia y su rotundidad y contundencia se expresaron tanto en su amplia anatomía como en la esencia de su discurso. Manuel Fraga Iribarne se fue con el invierno, en el día más gallego del estío madrileño, poniendo fin con su fallecimiento a la extendida creencia de que aquel legendario baño en Palomares le había otorgado algo parecido a la inmortalidad. En los óbitos de la Prensa corrieron las alabanzas y fueron pocos los que hablaron de las aristas y contradicciones que, precisamente, hacen grande a este personaje. Parece lógico: a la muerte siempre le acompaña una nota de irrealidad y desmesura. Pero la hemeroteca tiene eso de grandioso: permite volver al pasado. Por eso en este artículo rescatamos parte de la entrevista que el político gallego mantuvo con Manuel Vázquez Montalbán y que aparece recogida en el libro Mis almuerzos con gente inquietante, publicado en 1984 (aquellos tiempos en los la entrevista era un género y no un panegírico).

Montalbán habla de un lúcido Fraga, que fue el primero en aceptar su envite para aparecer en esta colección de personajes sometidos al tercer grado mientras disfrutan de los placeres de la mesa. El escritor barcelonés lo define como “una gran cabeza. Un poderoso cuerpo. Unos pies tal vez algo insuficientes”. Parece que su característica forma de moverse no sólo se había fraguado ya en aquella época sino que comenzó a ser algo definitorio de su carácter. Y es que hay algo metafórico en ese movimiento pendular, que indiscutiblemente marcó tendencia: Casi milagrosamente, caminando de lado a lado, a la derecha y a la izquierda de su propio pensamiento (siempre intentando buscar ese advenedizo centro del que se sentía inventor, pero en el que nunca atinó a encallar) logró avanzar hacia delante en su carrera política. Tanto es así que durante su encuentro, Montalbán se muestra sorprendido porque “la Historia ha metido en el desván de la obsolescencia a todos los protagonistas del franquismo, menos a Fraga”. “Yo he sido siempre continuista, partidario de la evolución y la reforma”, asegura el fundador de Alianza Popular, el mismo que añade, sin que le tiemble la voz, que “estaba dispuesto a hacerlo todo, pero sin traicionar. Yo había servido lealmente a Franco”. Y más adelante: “Yo soy fiel sentimentalmente a Franco, pero no al franquismo”. A propósito de estas declaraciones, Montalbán no duda en cuestionar qué había de real en las conspiraciones golpistas que asolaron la Transición: “Muchos comunistas de buena fe se iban a Carrillo o a cualquier dirigente, la guiñaban el ojo y le decían: ‘Bueno, camarada: ahora con la rama de olivo, pero cuando la burguesía se confíe, ¡catacrac!’. Y se cuenta que a usted se le acercaban en los mítines a decirle: ‘Bueno, don Manuel, le seguimos en eso de la democracia inorgánica porque usted lo dice, pero en cuanto podamos, ¡catacrac!’. Comentario al que Fraga responde: “Mentira. Jamás nadie se me ha dirigido en estos términos. Nadie ha tenido los cojones de decirme eso a la cara. Mi compromiso con la democracia era y es explícito, claro, contundente.” Y es que había algo rocambolesco en este político que se jactaba de no tener asesor de imagen porque “la imagen se corresponde a lo que uno es”. Algo desproporcionado en su fondo y en su forma, Montalbán alumbra esa tendencia a la hipérbole a lo largo y ancho de su conversación. Define a este político con solera como “el civil soñado por mucho golpista militar” y recalca sus contradicciones: “Veo a Fraga con una boca anunciando la Ley de Prensa y con la otra cerrándome Siglo 20, la revista con la que intenté rehacer mi oficio y mi beneficio”. 

Cuenta Montalbán que Fraga se atrevió a arrancar el teléfono después de haber advertido de que no le pasasen más llamadas. Aunque el político aclara: “No lo arranqué. Corté el cable con unas tijeras. Es decir, hubo reflexión.” También se recoge en la entrevista que dejó a su mujer en el hospital mientras alumbraba a su tercer hijo para asistir a la Primera Bienal de Arte Hispanoamericano de Pintura que él organizaba en octubre de 1951 y que estuvo a punto de desmoronarse por los altercados que se produjeron ante la masiva afluencia de gente a una conferencia de Dalí. Describe Montalbán: “Se plantó en el teatro, se abrió paso a codazos entre la multitud y, desde uno de los proscenios, se dirigió al público pidiendo calma y advirtiendo:Quien no colabore conmigo es un bellaco’. Colaboraron, vaya si colaboraron, y ahí queda para la historia el busto vigilante de un Fraga con el pelo cortado a la alemana, contemplando el mar de cabezas y un Dalí inspirado que diría aquello de ‘Picasso es comunista, yo tampoco’. Las anécdotas engrandecen su biografía, alimentan su fama de ogro iracundo y él se jacta de su personalísimo modo de entender la política y la vida, palabras que en algún momento llegó a confundir. Se definía a sí mismo como una “persona activa, trabajadora, que de vez en cuando pisa algún callo”, y creía que la gente le veía “como un personaje macizo, sencillo, tosco, tenaz, activista y, por lo mismo, alguien que propende a estropear digestiones, siestas y otros festejos. Algunos han exagerado estas tendencias hacia un activismo y autoritarismo en los que, sinceramente, no me reconozco”. Profundamente personalista, no dudaba en afirmar que “si la gente trabajara más, el índice general de la envidia habría bajado” y que él había conseguido “que la causa de la llamada derecha fuera un objetivo goloso”Bajo esa fachada vieja y derrotista que el tiempo acabó esculpiendo en él, algunas generaciones quisieron ver en Fraga a un anciano impertinente e incómodo, casi senil, aunque, en realidad, su intacto orgullo era el que le empujaba a seguir mandando callar a quien le incordiaba. Sus estertores políticos, dormitando en el senado, lo habían convertido en un personaje fundamental en la fauna humorística de este país, tan dado a la desmemoria. 


Montalbán reflexionaba así durante su entrevista en los años 80: “El pobre Arias Salgado, el pobre Muñoz Alonso, el pobre Camilo Alonso, cada vez que Fraga menciona un muerto, menos en el caso de Franco, le añade el epíteto de pobreza, epíteto conmiserativo y devaluador en sus labios, como si morirse hubiera sido un acto de incongruencia. La divisa de aprovechar la vida podría ser el lema de su escudo fraguiano. ‘Las cosas se han de hacer bien pero deprisa, porque la vida es breve’, ha dicho y escrito este hombre que habla a una velocidad vertiginosa para poder decir todo lo que piensa en esta vida, tal vez en la desconfianza de que en el cielo hay libertad de expresión.” Qué ironía: a juzgar por los óbitos, parece que la muerte ha desatado la compasión y ha convertido también a Fraga en alguien “pobre”, débil, extrañamente humano. Una mediocridad. La peor ofensa que podrían haberle hecho.

                                      


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Cuando el periodismo es una mentira

Todavía es cuestión de debate en el universo intelectualoide del periodismo definir la esencia de tan ilustre profesión: que si actualidad, que si periodicidad, que si informaciones verídicas… todo patrañas. El periodismo bien puede ser una mentira, como han demostrado muchos a lo largo de la historia.
El suplemento Domingo de El País recoge hoy el caso de Giacomo Debenedetti, un freelance italiano que colocó en diversos diarios nacionales una veintena de entrevistas a destacadísimas personalidades del mundo de la cultura (Günter Grass, Le Clézio, Toni Morrison, etc.) que resultaron ser un invento fruto de su envidiable imaginación. Lo más escabroso del asunto es que se descubrió cuando el escritor norteamericano Philip Roth fue cuestionado por unas supuestas declaraciones suyas en contra de Obama. Hasta entonces nadie había percibido el fraude periodístico. De hecho, lo que desprende cierto tufo mohoso en toda esta historia es que, entre los otros entrevistados, han sido los menos los que han reaccionado ante la supuesta estafa mediática. Llegados a este punto, sólo nos queda sospechar del mutismo generalizado entre los afectados: quizá la mayoría ni siquiera hayan leído sus propias entrevistas o, puede que, aún habiendo leído el material, el resultado le haya parecido tan bueno que, aunque en su memoria no alcanzasen a recordar el encuentro con Debenedetti, se hayan sentido satisfechos con el retrato ficticio del freelance.
En el reportaje, Miguel Mora define el hecho como “una resbaladiza metáfora de la decadencia del periodismo” pero lo cierto es que, aunque resulte una excentricidad, de la ficción también ha salido periodismo y con letras mayúsculas. Cuando en 1939 durante su célebre emisión radiofónica Orson Welles hizo creer a la ciudad de Nueva York que estaban siendo invadidos por alienígenas, no hizo más que demostrar la credibilidad de los medios (y la credulidad del ser humano), su efecto cohesionador y el asombroso poder de influencia en la ciudadanía. Es decir, nos reveló los medios como necesarios y determinantes en nuestras emociones. Así que, esto de los “inventos periodísticos” ya tiene solera. Y salvando las distancias, como invento ilustre, no deja de asediar mi memoria aquel artículo que el periodista zaragozano Mariano de Cavia publicó en El Liberal, aquel miércoles 25 de novimebre de 1891, haciendo creer a los madrileños que su adorada pinacoteca había sido consumida por las llamas. Nadie reparó en lo sospechoso que resultaba que una noticia de ese calibre ocupase una columna en la página dos del diario. Tampoco nadie quiso dar créidto a la advertencia final del artículo, cuando se explicaba que todo lo contado podía pasar realmente. La gente acudió a las inmediaciones de El Prado para comprobar el estado en el que se econtraba el museo. El revuelo obligó a que al día siguiente, Cavia volviese a firmar un nuevo artículo, esta vez titulado “Por qué he incendiado el Museo de Pinturas”. En él exponía los motivos de su “estafa periodística“:
Estamos hartos de llenar con ellas columnas y más columnas sin lograr que los gobiernos salgan de su inercia, que los abusos se corrijan, y que la “imprevisión oficial” se cure. Estamos hartos de predicar en el desierto y de ver que las catástrofes se suceden en “racha” interminable hasta el punto de que con motivo de las inundaciones de Consuegra y Almería, haya osado un importantísimo diario inglés atribuir a nuestro descuido tradicional la culpa principal de tamaños duelos, y aún calificarnos de raza inferior por nuestra poca cautela, nuestro atraso y nuestro abandono.
Así, de la mentira, despunta con originalidad una faceta eminentemente periodística: la denuncia y el control al poder. Quizá ahora estamos muy lejos de todo aquello, no por una cuestión de fechas, sino más bien por un problema de compromiso. Con todo, a pesar de la distancia moral que separa a ambos periodistas, lo que más me interesa de este caso es lo que no nos han contado y que nunca sabremos: las verdaderas intenciones que Debenedetti imprimía en cada entrevista inventada. ¿Criticar a Obama? ¿Dar continuidad a su prestigioso linaje familiar? ¿Hacer negocio? Tibios motivos, que no me convencen demasiado. Puede que la denuncia en este caso sea percibir que el chiste no reside en el hecho de inventar informaciones, sino en el torpe intercambio mercantil: en pagar 20 míseros euros por una entrevista a una celebridad literaria. Éso sí que es una broma. Y los editores de los diarios afectados se la han tragado convencidos de haber encontrado una ganga.

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Arcadi Espada sobre el periodismo digital: “Es impensable que la gente no cobre por su trabajo”

El mercado periodístico asistía a finales del año pasado al nacimiento de un ejemplar digital que se presentaba con visos de constituir por sí mismo una nueva especie dentro del quehacer profesional. Bajo la fórmula de “el periodismo no se vende, el periodismo se compra” el periodista Arcadi Espada capitaneaba el proyecto Factual, un nuevo periódico que abogaba por la ruptura del servilismo informativo y establecía un contrato de compromiso con sus lectores. Sin embargo, el pasado 27 de enero, el director del diario abandonaba el puesto de mando y explicaba, a través de su artículo de despedida –“Algunas palabras”-, la existencia de ciertas discrepancias con el modelo y orientación que intentaban imponer en el periódico.

Más allá de las vicisitudes empresariales, en el epicentro del debate se aglutinan las preguntas en torno a la existencia de un verdadero modelo de rentabilidad que tenga sentido en el universo digital. Apenas cuenta con unos meses de vida, pero Factual ya se ha convertido en un periódico bajo el que se acuñaron tres modelos diferentes de periodismo: uno bajo la batuta de Arcadi Espada, otro, bajo la de Juan Carlos Girauta y, otro, con la actual directora, Almudena Semur.

A pesar de todas sus bruscas transformaciones, la idea original de Factual ha impactado entre los profesionales como una estela rutilante que ha abierto nuevos planteamientos sobre el periodismo y su sostenibilidad. Su creador, el periodista Arcadi Espada, conversa en este espacio sobre el periodismo digital y el futuro de la información.

Arcadi Espada: “Es impensable que la gente no cobre por su trabajo”

PREGUNTA: El lanzamiento de Factual estuvo precedido por muchos años de trabajo… usted qué se considera ¿padre de Factual o padrino de una idea que no pudo madurar?

ARCADI ESPADA: Yo me siento el creador, claro. Estuve trabajando en solitario durante mucho tiempo en un proyecto que derivaba de mi experiencia de “metaperiodismo” de hace unos años. Inevitablemente me había llevado a reflexionar casi diariamente sobre las características de un periódico digital y sobre las características que tenía que tener un periódico digital nuevo. De ahí nació Factual.

P: Ahora que sabe que el proyecto no ha podido sobrevivir, ¿se siente decepcionado o con ganas de iniciar una nueva etapa?

A. E.: El proyecto ha fracasado en su experiencia pública de continuidad, no en los aspectos de maduración y creación del proyecto. Fracasó, simplemente, porque no había empresa. Detrás de las personas que formaban parte del Consejo de Administración había voluntad de hacer algo realmente interesante.

P: Desde su experiencia profesional ¿Cuáles han sido los problemas de este proceso?

A. E.: No hay empresarios. En Factual no hubo empresarios y esta es una carencia general del periodismo en España. Es la carencia fundamental.

P: ¿Por qué considera esto negativo?

A. E.: Porque uno no puede disponer de una financiación aunque tenga ideas, la financiación no llega o llega condicionada por la vulgaridad o por la elementaridad.

P: Respecto a los meses de trabajo con el equipo ¿cómo era un día en la redacción de FACTUAL, seguían un modelo tradicional?

A. E.: Factual era un periódico que al mismo tiempo de hacerse te explicaba cómo se estaba haciendo. Reproducía el making of y por eso la experiencia de Factual no era la de todos los periódicos, sino que era mostrarle a los lectores cómo se iba haciendo un periódico.

P: ¿Cree que eso contribuye a que se distingan los contenidos elaborados por profesionales del otro tipo de formatos que se encuentran en la red?

A. E.: Es fundamental, claro. En la red hay de todo y cada uno tiene su idea. La idea de Factual era la de hacer periodismo, básicamente.

“La financiación en España o no llega, o llega condicionada por la vulgaridad”

P: El planteamiento más arriesgado de Factual quizás haya sido su máxima de: “El periodismo no se vende, el periodismo se compra”. ¿Cree que la apuesta por un modelo de pago es la única vía rentable para las empresas de información en Internet?

A. E.: No sé si rentable, pero es la única vía. Yo creo que es impensable que la gente no cobre por su trabajo.

P: Sin embargo, eso contradice lo que el periodista Jeff Jarvis decía en una entrevista en ABC, cuando afirmaba que: “Cobrar por las noticias en la red podría ser un suicidio”…

A. E.: El señor Jarvis, lo que tiene que hacer de una vez, es ponerse a buscar él a los lectores. Hasta ahora el señor Jarvis lleva dándonos la lata desde hace años hablándonos de modelos puramente especulativos pero todavía no ha sido capaz de concebir un modelo de negocio en el cual no sea necesario el pago y en el cual la calidad y la garantía de una buena información sean óptimas. No hay más que una evidencia: de momento no hay un modelo para el periodismo que no sea el de que los lectores paguen por él, sea eso a través de la publicidad o sea a través de una cuota.

P: Y en este campo, ¿cómo ha sido el balance de resultados durante estos dos meses de trabajo?

A. E.: Nada mal. En realidad, si hubiésemos tenido una empresa como Dios manda hubiésemos podido aguantar y con el tiempo hubiésemos podido consolidar un proyecto modesto pero estable. Al fin y al cabo en menos de un mes obtuvimos 1.000 suscriptores, tampoco me parece que sea un fiasco.

P: A pesar de que resulta poco compatible con la idea que tenemos del “periodismo online”, en su periódico no editaban los fines de semana y tenían establecido un horario de cierre. ¿Por qué decidió conservar estos vestigios del periodismo más tradicional?

A. E.: Factual era una mezcla de dos versiones: Una llamada F5, que era la más moderna y otra era un periódico que salía a las nueve de la noche. En la faceta periodística contemporánea Factual tenía que sobrevivir al impacto digital porque lo digital no había creado una cultura alternativa.

P: Ofrecían un contrato a los lectores, considera que cuando no lo ha podido cumplir se vio obligado a abandonar el periódico?

A. E.: Efectivamente, cuando consideré que iba a fallar con ese contrato dejé el proyecto.

P: En cualquier caso, ¿considera importante establecer un contrato con el lector?

A. E.: Yo creo que los periodistas le ponemos a los lectores demasiada lírica. Y la idea era decirles “ustedes van a pagar 50 euros al año, yo voy a darles esto”.

P: En su artículo de despedida explicaba que entre los motivos de su dimisión estaban ciertas discrepancias con la empresa, ¿qué condujo a este desentendimiento?

A. E.: En la base estaba la crisis económica que afectó a las empresas. En el momento en que la crisis impacta comienzan a fijarse demasiado en el periódico y consideran que es demasiado moderno, demasiado intelectual y, además, políticamente beligerante…

P: En alguna ocasión usted afirmó que le acusaron de hacer un periódico demasiado “moderno, intelectual y educado” ¿significa eso que el resto de los medios son arcaicos, ignorantes y soeces? Porque… ¿a qué se referían con eso?

A. E.: No sé. Me decían que lo estaba haciendo así y me parecía bien. Porque, a mí, hacer un periódico educado me parece una exigencia y hacer un periódico moderno, me parece otra exigencia… Y hacer un periódico intelectual… me parece mejor. Prefiero apelar al intelecto antes que a las bajas pasiones. Pero a ellos no les parecía bien y de la misma manera que hay un inversor que puede hacer con su dinero lo que le dé la gana, también hay que entender que yo hago con mis proyectos lo que me da la gana.

P: ¿Podría decirse que su dimisión fue –empleando un paralelismo romántico- “el suicidio ejemplar” de un proyecto que no se estaba materializando de acuerdo a sus premisas fundacionales?

A. E.: Creo que ni siquiera hay que llegar a ese lirismo. En la vida es muy importante no traicionarse y eso intento hacer. A veces cuando uno tiene treinta años no tiene más remedio que transigir ciertas cosas, pero los años te dan ventaja.

P: Pero además, en el caso de Factual, el diezmado de la primera redacción fue casi total…

A. E.: Es que esa fue una de las razones por las que yo no continué. No podía aceptar que ellos plantearan una reducción de plantilla, que tuviese que hacer un periódico con menos gente…

P: Entonces una de las exigencias que le pusieron sobre la mesa fue que redujese su equipo…
A. E.: Claro. Ellos plantearon que yo tenía que reducir la plantilla y que tenía que cambiar ligeramente el modelo estético y ético del periódico.

P: Pero recibió muchos apoyos de la redacción que dirigía, ¿esto es el orgullo de un trabajo bien hecho?

A. E.: Es natural, la gente estaba bien y estaban contentos. A pesar de que yo elegí una redacción con criterios exclusivamente profesionales, no elegí una redacción de amigos.

P: A su dimisión, le siguió la del nuevo director Juan Carlos Girauta… ¿cómo ve el periódico de aquí a un par de meses?

A. E.: No lo veo.

P: Y si hablásemos de futuro, ¿piensa en lanzar un modelo similar o se le han quitado las ganas de orquestar nuevos proyectos?

A. E.: Yo siempre estoy abierto. Y me queda la esperanza de que haya dejado una cierta huella en el ecosistema periodístico.

P: ¿Considera que en su corta duración, su proyecto en Factual tuvo un calado en el mundo profesional?

A. E.: Fue un proyecto muy bien valorado por los periodistas y me llena de satisfacción.

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Cualquier conversación sobre el futuro profesional pasa por una cuestión fundamental: la rentabilidad del negocio. Al fin y al cabo, el periodismo ha sido una actividad tradicionalmente vinculada a la empresa y, a pesar de todo, como Maruja Torres defendía en su artículo publicado este domingo en EPS: “Esto que viene es lo de siempre, en un nuevo formato. El fondo, el mismo: libertad de expresión, que necesita de democracia consolidada; mercado, que por encima de todo debe ser regulado, de lo contrario se convierte en una bestia depredadora; periodistas, que deben ser formados en la ética del oficio, pagados con justicia y leídos con confianza. Y, más allá de cualquier duda, los indispensables lectores que sepan lo que quieren y a quién reclamárselo.”
Lo malo -y quizás más excitante del futuro- es que siempre es incierto e indeterminado. Nos queda la espera y el consuelo de que, como profesionales y lectores, no nos conformemos con asisitir desde la barrera a la transformación de nuestro derecho a una información de calidad.

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Periodistas poseídos por el espíritu “Phileas Fogg”

Algunos de los mayores aventureros de otra época se dieron cuenta de que el mejor pasaporte del que disponían para escudriñar el mundo era el periodismo. Puede que esto se deba a que, tradicionalmente, la curiosidad –no el cotilleo- ha delimitado la frontera entre los buenos y malos periodistas. Pero tampoco hay que ignorar que este afán por recorrer continentes se deba a la vanidad que -por qué negarlo- también es condición intrínseca a la pluma periodística.
Sin embargo, en este caso y al contrario de lo que la Señora Rosa Díez promulga sobre las distintas acepciones de la lengua, nos referimos a la vanidad “en el sentido más elogioso de la palabra”. A la vanidad como trampolín de los sueños, a la vanidad que dignifica el talento humano. Como escribió Paulo Coelho en El peregrino de Compostela [Diario de un mago]: “lo que las personas llaman vanidad: dejar obras, hijos, tratar de que su nombre no sea olvidado, yo lo considero como la máxima expresión de la dignidad humana”. Quizás movidos por ese revuelo de sentimientos, algunas de los personas que acompañan esta crónica buscaron –no todas lo consiguieron- acuñar un nombre propio en los pliegues de la Historia.

Con tales pretensiones, sin duda habría que comenzar hablando de la periodista estadounidense Nellie Bly, pionera en esto de las aventuras alrededor del globo. Ella, que por una vez consiguió dejar a Julio Verne como un escritor pacato en sus predicciones y fantasías, completó su carrera en setenta y dos días, seis horas, once minutos y catorce segundos desde que iniciara su hazaña aquel 14 de noviembre de 1889 en Nueva York. No obstante, poco tardaría George Francis Train en rebajar esta marca, cuando en una segunda intentona allá por 1890, consiguió dar la vuelta al mundo en 67 días. Su vinculación con el periodismo era más bien económica –durante la Guerra Civil estadounidense financió la revista The Revolution, que abogaba por la defensa de los derechos de la mujer- y consiguió que la memoria colectiva conservase una pequeña placa con su nombre.

Pero ¿qué hay de todos esos personajes que se quedaron a medio camino entre el éxito y el más cruel anonimato? Hablamos de gentes que protagonizaron reportajes y crónicas en los diarios de medio mundo y cuya fama fue tan fugaz como la vida de esos ejemplares de papel. A principios de la década de los 50, la periodista española Josefina Carabias escribió en el vespertino Informaciones, unas líneas sobre dos colegas holandeses, Kramer y Helms, que habían partido de Ámsterdam con intención de recorrer el mundo entero y consumir su talento relatando su viaje.

A su paso por Madrid, estos periodistas se dieron cuenta de que su aventura podría ser intensísima y emocionante pero distaba mucho de ser original: en la capital española, otros dos periodistas, en este caso dos italianos de la revista Tempo, se hallaban con sus dos motos dispuestos a conquistar el globo a fuerza de exprimir el acelerador de su VESPA. Así que ambas parejas de aventureros optaron por lo más rentable: continuar juntos aquella peripecia. Tal y como señala Carabias en su pequeña entrevista con Kramer:

Los holandeses van en coche adaptado para vivienda. Los italianos en motocicleta. De la fusión se derivan ventajas para todos. De ahora en adelante los italianos tendrán un techo –el del automóvil- donde guarecerse, y los holandeses dispondrán en las ciudades de un medio más rápido y más económico para desplazarse: las motocicletas de Italia”.

Los aventureros confesaron ante Carabias que llevaban dos mil pesetas gastadas desde que emprendieron el viaje y que ya no quedaban fondos en sus talonarios:

Carabias: Hay turistas que gastan más…
Kramer: Sí, pero nosotros no somos turistas. Vamos en viaje de trabajo y con muy pocos medios económicos. Hemos de escribir una gran reportaje para el periódico Parool y, además, tenemos que obtener documentos cinematográficos.

Carabias: Todo esto les valdrá a ustedes después mucho dinero…
Kramer: Después, sí. Pero lo que hace falta de momento es lograr el propósito. Estamos entusiasmados con nuestro viaje y ese entusiasmo es el que nos hace superar toda clase de dificultades. [Y más tarde matiza] Con la cartera llena de billetes el viaje no tendría mérito ni emoción.

Con ese resorte vivaz estos periodistas tenían previsto acabar su viaje en unos cinco años. De Madrid, irían a Algeciras para conocer África del Sur atravesando el Sáhara. Luego Australia, América y finalmente Asia. Me da lástima no saber qué ha sido de sus peripecias, si completaron su meta o si ganaron finalmente dinero con la aventura, o si tuvieron que llevar las VESPAS al desguace para poder sacarse un billete de vuelta a casa. Porque la cruda realidad para esta “pequeña ONU ambulante” tal y como la calificó Carabias en el título del reportaje, es que a día de hoy no tienen dedicada ni una triste entrada en la Wikipedia.

Sin embargo, el paso del tiempo no deja de hacer fascinante su propósito, incluso para alguien como esta Trilby que les escribe, que pertenece a la generación de viajes “low cost” y para la que Phileas Fogg era un león llamado Willy enamorado de una pantera asiática.

Y es que el periodismo escribe la historia cotidiana del hoy, las peripecias del día a día, y sólo algunas “Bly” saltan las vallas de su tiempo para formar parte del imaginario colectivo. Sin embargo, hasta los héroes caducos con el ejemplar de un diario, desde su minúsculo rincón de hemeroteca, todavía son capaces de conmocionar. Aunque hoy ya nadie los recuerde, todavía permanecen como héroes poseídos por el aventurero Phileas Fogg en la memoria de aquel grupo de niños de la capital que, a mediados de los años 50, observaban con emoción el mapamundi dibujado en la carrocería del vehículo de aquellos periodistas, deseando por un momento formar parte de esa aventura y escaparse de su triste realidad, por la latitud más próxima a los sueños.

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La locura periodística

Nos hemos vuelto locos. Una siempre lo ha sospechado, pero en días como hoy, los nostálgicos del papel asoman el hocico adormecido al quiosco y se frotan los ojos para eliminar las legañas, aunque no pueden evitar confirmarlo. Nos hemos vuelto locos. Y regresan convencidos a casa. Porque ésta vez, “es un estar locos” a secas y no hay canción de Ketama, que apostille un “sabemos lo que queremos”. Aquí nadie sabe qué quiere ni adónde se dirige.
Si el periodismo es contrapoder, cuarto poder o si conserva algún resquicio de influencia no importa demasiado, el caso es que todos están convencidos de su capacidad para camelar la opinión de los lectores, tan amodorrados en esto del juicio propio que salen de casa cual zombies a comprar los diarios para tener una sólida opinión sobre lo que pensar. Tampoco es relevante que ahora sea el Estatuto de Cataluña lo que se queme a lo bonzo en los tabloides. La temática no importa, lo crucial es opinar. Ya lo dice el eslogan de La Gaceta –ese panfleto de los de Intereconomía- “tú lo piensas, nosotros lo decimos”. Al menos son honestos y coherentes con lo que escriben. Este es el periodismo de vanguardia.

Una docena de periódicos catalanes apoyan el editorial contra la sentencia adversa del Constitucional sobre el estatuto catalán. El órdago se tira al río y los peces se enredan en el anzuelo. Ya se sabe, les pierde la boca. Para unos la sociedad civil catalana se vuelca en la defensa de su texto autonómico, para otros, la dignidad de la Constitución ha sido vilipendiada. Los que todavía creen que el órgano constitucional tiene algo de independiente, tachan de mal gusto la presión hacia estos sabios del Derecho. Los que hacen gala de la retranca apelan a la “libertad de expresión” y en medio de tal batiburrillo de opiniones yo lo que no diferencio es dónde están los políticos, dónde los magistrados y dónde están los periodistas. Además, éstos últimos, muy dados al transformismo, gozan de vestir toga y usar el mazo de sus palabras para poner orden sobre los asuntos del día. Vaya panorama. Y mientras, Mingote ha saltado hoy a la primera plana, con su caricatura de un Zapatero bobalicón sobre el empedrado y fangoso lago de chapapote que es el “Estatut”. En fin, que yo ya no sé si seguir leyendo o tirar todo este papel al cubo de reciclaje.
Y es que lo peor no es saber que el periodismo ha cambiado, lo más lapidario es la incertidumbre, porque aquí ni la crisis de Polanco, ni los tirantes de Pedro J. ni el espíritu de Torcuato, son capaces de vislumbrar el futuro. Por esto rellenan el tiempo dedicándose a opinar, pobrecitos habladores, al fin y al cabo ¿a quién diantres le interesa la información? Si es que va a resultar que son unos visionarios estos del Intereconomía. Yo ya repito su eslogan con fe oratoria “tú lo piensas nosotros, lo decimos”.
Menos mal que todavía queda algo de Enric González para saborear, aunque sean sus últimas columnas. La sensatez no está de moda y la realidad tiene a veces más fantasía que la propia imaginación. Por eso Enric comenta, casi asustado –o aliviado por su próximo exilio a Jerusalén- que si nos descuidamos, aquí hasta el apuntador acabará convertido en el mayor narcotraficante de Nuevo México, al más puro estilo ficcional de la serie Breaking bad.

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¡Cualquier otra cosa menos periodista!

Desconozco qué clase de afectación inspiradora imprime en la ilusión de un niño una idea de profesión futura. Las experiencias de la infancia contribuyen, sin duda, a esa necesidad de querer proyectarse en la posteridad, de modo alguno, portando determinadas características que los niños observan en los adultos o en el mundo que gira vacilón e inconmensurable sobre sus pequeñas y, al tiempo, grandes cabezas.
Pedir, pido disculpas, ya de antemano, porque sí: no tengo ni idea de qué misterioso día esa niña que llevo amordazada dentro de mí, decidió ser tal o cual cosa. ¿Periodista? Claro que quise serlo, pero, para delicia del personal, dejo constancia de lo que también ocupó un espacio en mis ensoñaciones: actriz, bombera, fotógrafa, abogada, profesora, doctora, poeta, cocinera, marinera, costurera… y así toda una retahíla, prolongada en un larguísimo etcétera. Eso sí, nunca anhelé ser astronauta, ya por entonces eso de volar me debía de encrespar los pololos.
Al final pasan los años casi por inercia y, en estos momentos, apenas llego a ser capitana de un barco que va en constante deriva, fragata de verborreas que se va anegando de palabras vacías. Y debe ser por ese misterio irreparable (que uno siempre se queda a medias ser algo) por lo que la gente alrededor se apresura en decirte lo que debieras haber sido y no fuiste. Yo sé que he escogido (y mal), matizarían muchos. La primera, mi madre, que compadeciéndose de mi ser, preconizó la hambruna que llenaría mis días si elegía la denostada profesión periodística. “¿Por qué no haces enfermería, mujer? ¡O fisioterapia! Mejor te irá” –me azuzaba melosa, con ese chantaje emotivo que sólo sabe fabricar una madre. Yo, que de inseguridades siempre anduve surtida, apelé a mi admiración por la biología y decidí marcar en mi primera opción para la Universidad, la profesión mejor remunerada de la rama sanitaria. Todo un alarde de integridad. ¿Pero qué hacíamos con aquello del periodismo? Siempre ahí presente, punzando el estómago, como un insufrible cólico, una úlcera que siempre anima la vida gastrointestinal en un guateque de perversos ardores imposibles de mitigar. La respuesta vino de la mano de mis mediocres notas de bachillerato, que me dieron la oportunidad de acabar donde nunca me había planteado: en una tierra de olivos, inmersa en una carrera que jamás había pensado para mí.
No contentos con mi elección académica, algunos amigos seguían insistiendo “¿y tú por qué no hiciste psicología? Hubieses sido una buena profesional”. Si la premisa para serlo es ser un personaje un tanto desquiciado y enajenado, sin duda, hubiese sido la mejor psicoanalista de todos los tiempos. Rióme yo de Sigmund
Posteriormente, llegaron los reencuentros con los compañeros de la escuela. Saludos formales y preguntas de cortesía “¿Y tú qué tal? ¿Qué estás estudiando?”. Admito que muchas veces estuve tentada a mentir, vistas las reacciones que despertaba entre los presentes. Al que no tenía que explicarle el objetivo de mi carrera, la asociaba plenamente con el periodismo y comenzaba a distanciarse de mí paulatinamente, con pasos tímidos hacia atrás, como queriendo esquivar la presencia de aquella hiena sedienta de noticias y chismorreos que comenzaba a ser yo para ellos. La estampida estaba asegurada y allí me quedaba, con la carrera que no tiene nombre para sus licenciados (¿acaso debemos hacernos llamar comunicólogos?), con mi deformidad académica esperando un poco de comprensión.

Entre tanto, avanzaron los años sin dejar de inspirar en la gente todo un surtido de profesiones que debiera haber hecho: Quedarme con los niños una tarde y ser más payasa e infantil que ellos, me ponía de inmediato en el listón de las grandes maestras que se han perdido de su designio. Defender causas perdidas y pleitos pobres, provocó el espanto de algunos, que me veían ya como sindicalista frustrada o abogada de oficio. La carencia de intérpretes para nuestros proyectos audiovisuales y mi siempre disposición al juego de las máscaras me convertía en una actriz en potencia que debía plantearse unos estudios superiores. Mi abuela, empecinada, seguía creyendo que yo había nacido para trabajar en una sucursal bancaria… Tan dispares facetas que concluyo: es pura esquizofrenia profesional lo que una sola persona puede llegar a inspirar.
Y no crean que aquí se escribe el final. Algunos siguen insistiendo en que tendría que haber sido una gran letrada, o una política regeneradora. “Funda un partido. Yo te votaría”. Afirman ingenuos, intentando ver en mí una Rosa Díez a la gallega (supongo, que por lo que comparto de ajada y vinagrosa con esa sabrosa salsa).
Pero probablemente, con todo mi respeto, puede ser que se equivoquen todos. Algunos confunden mi vehemencia, mi afán de crítica, mis enfatizadas y absurdas defensas de ciertas patanerías que se me ocurren, con una suerte de oratoria partidista… Si me permiten una confesión: preferiría ser toro en el ruedo y morir a cuatro patas con plena dignidad.
Así nos va arrastrando el tiempo y yo sigo en mi barco a la deriva, sabiendo mucho de nada y nada de todo. Al final periodismo. Burlón y cínico, me esperaba al final del camino. No sé si lo único que llevo de vocación, lo tengo que encontrar en la palabra equivocación, esa sintonía que identifica mi debilidad hacia una profesión con la que me he casado “pronto y mal”. Porque sí, en estos momentos siempre llegan mis dioses espectrales y, especialmente uno, cuyo nombre no voy a repetir por no resultar aburrida, aparece para aliviarme. Porque da igual cómo haya llegado hasta aquí, si a nado entre las olas, o como un pájaro alón. El caso es que ando imbuida por las letras de aquellos que siguen reservando un hálito de dignidad y excelencia sobre esta profesión y, a pesar de la enfermera-abogada-profesora-astronauta que el mundo se perdió (queda patente: siempre somos más lo que no somos que lo que finalmente elegimos ser) he caído sobre las páginas de un periódico, como una polilla cegada por la luz del inconformismo, pasmada de curiosidades, airada contra los servilismos. Pero tampoco quiero moralinas, ni discursos estratosféricos, no entiendo del buen hacer y ni siquiera soy capaz de orientar mi barca hacia el puerto. Esto es más bien una carta abierta a mis familiares, amigos y conocidos. A todos los que he fallado por quedarme donde no debiera, amarrada como un mono a la liana del árbol informativo. Esgrimo mis disculpas que espero acepten, con el mismo cariño que profeso en estos versos de arrepentimiento… ¡Mas no hay tal cosa! No puedo engañaros. Los que de verdad sois queridos (¡gracias!) sé que os habéis resignado a aceptarme tal y como vengo, con mis elecciones erróneas y mi porfía. Sin ponerme jamás trabas… Alguno me animáis, encima.
Tenía que escribirlo: “no he sido nada más que otra cosa”. Mil perdones por el sufrimiento, por ese etcétera de posibles profesiones que habéis colgado de mi sombra y nunca dejarán de ser lo que son: nada en mí.
Os dejo aquí la nota: sigo caminando, (a veces más bien renqueo) y suelo ahogarme entre palabras, sin saber dónde escupirlas ni en qué dirección. Sólo con una certeza: anhelo poder afrimar algún día que, como aquel, fui periodista “por mí y ante mí”, sin más vanidad que la que responda a una voluntad por no pertenecer a nadie, y que nadie espere nada de mí.
A todos, gracias, de veras, por los consejos… pero siempre tuve un poco tapiada la escucha y raquíticas la lógica y la sensatez. Me dispongo a rematar admitiendo mi patología, sobre la que, además, recae el colmo de todos los males. Y es que, para este “virus del periodismo” no existe remedio, ni vacuna.

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Otra vez, Larra

Si en mi vida hay un pecado poseído por una reverberación incesante es el de la falta de moderación.
Nunca he sabido apreciar lo tibio. Escoger el tono gris no se me da bien: me parece un color desgastado, frígido, sin emociones.
Tampoco aprenderé jamás a calcular cuántas tazas de café delimitan la frontera entre mantenerse despierto o hiperactivo: siempre me excedo. De la mansedumbre más soporífera acabo sumergida en el vitalismo más feroz, trémula la voz, ansiosas las manos en su movimiento pendular. Como me aseguró un día el buen amigo: “un café más y saldremos movidos en las fotos.” Mi ánimo pasa de dormitar ante los apuntes a estar enaltecido, envuelto en el trajín de mil acciones, apabullada de estímulos y curiosidad. Claro que, en esa situación, los quehaceres académicos son el último trago al que recurriría… Vaga efectividad la de la medicina del estudiante.

En cualquier caso, como les decía, es esta Trilby un poco de excesos y obsesiones. Pongo por caso el de mi fantasma larriano, una de mis más recientes adquisiciones espectrales. Larra está en mi vida, la estruja y zarandea muchas veces. Incluso, ahora, mientras escribo estas líneas me mira juzgante, so pena de reprimenda, desde la fotografía que cuelga en la pared, sobre mi escritorio. A veces se me pone socarrón, como sus escritos, y se burla un poco de la verborrea que tejen mis dedos sobre el teclado. Va algo altivo, subiendo, trepando como una serpiente sobre las ondas del gotelé, cada vez más alto e inalcanzable (tanto, que hay días en los que juega una partida de mus con las arañas del techo). Yo lo observo fascinada y llego a comprenderlo, ¡ay amigo!–suspiro-. Y recuerdo aquellos últimos versos que Zorrilla le dedicó durante su sepelio: Poeta, si en el no ser/ hay un recuerdo de ayer,/ una vida como aquí/ detrás de ese firmamento…/ conságrame un pensamiento/ como el que tengo de ti. Porque no me sonrojo al reconocer que me gusta este chico de perilla ortopédica. Y para una persona como yo, de delirios varios, gustar acaba convirtiéndose en fervor pasional y delirio bovaryano. Por eso me aventuro en mil guerrillas y retuerzo cientos de cuartillas cada vez que leo algo injusto sobre él. Y más ahora, en los tiempos que corren, con en el bicentenario de su nacimiento atestando su figura de homenajes y sandeces, de amanuenses que repiten la misma nota desafinada una y otra vez, “Dolores, Dolores”, “disparo, disparo”, como si fuesen tocadiscos rallados a los que deseo arrancarles las agujas. Yo cargo la pólvora de mi vehemencia, aparecen las venas como cráteres en mi cuello, harta, muy harta ya, de encontrar patanería en esos escritos. No obstante, al fin hoy le he dado un respiro a la conflagración y me congratula poder recomendar textos que realmente hablan de Larra, de un disparo, sí, pero también de perpetuidad, de frescura insaciable. Desconozco si gustarán a todos pero, al menos, pueden presumir de no quedarse nadando en la superficie como tantos otros. Hablo del especial que la revista Mercurio, le dedica a Don Mariano José de Larra, en su edición del mes de mayo.
Después de escudriñar con recelo sus páginas, el escepticismo inicial se fue dispensando hasta conmoverme. Por fin Larra no es para los críticos, expertos y periodistas un folio con dos caras. Por fin aparece el poliedro, el diamante infracturable de mil aristas y virtudes. La apertura, a cargo de la catedrática de Literatura Española, Mª del Pilar Palomo, zurce una pasmosa relación de genios para abrir bocado “En 1822, Shelley se ahoga en el golfo de Spezia y sus cenizas son incineradas en la playa en presencia de Byron; éste muere en Grecia, en 1824, mientras colabora en la independencia del país; en 1837 se suicida Larra en Madrid, en 1842 fallece Espronceda, que ha llorado ante la muerte de Fígaro… ninguno ha alcanzado los cuarenta años de edad. ¿Símbolos del romanticismo europeo? Sin duda alguna lo son, como lo fue Werther, el trágico personaje de Goethe, que propició los numerosos suicidios que protagonizó la juventud europea en el exaltado romanticismo que le sucedió. Pero pienso que Larra es algo más complejo que un símbolo del movimiento romántico (…)” y algo estalla en mi cabeza, ¡al fin lucidez! ¡fuera los reduccionismos! Yo, por cariño patrio (y por el imperturbable sonar de gaitas en mi sesera), anoto en el margen del texto el nombre de una persona más que añadiría a la lista (aunque ella llegó a los 48 años); porque curiosamente, once días después de que Larra se desasiese de la vida, otra escritora la sujetaba, endeble y melancólicamente: Rosalía de Castro nacía el 24 de febrero de 1837 y se estremecía con la luz de la primera niebla que sus ojos contemplarían en el cielo de Santiago.
La segunda de las satisfacciones por las que me arrastró Mercurio fue el artículo de Ricardo Senabre, quien, asombrosamente, recalca que la figura de Larra “continúa siendo el punto de arranque del periodismo moderno (…) la atención crítica a los problemas acuciantes de la actualidad; la amplitud de sus intereses, desde las costumbres hasta los espectáculos, (…) hasta la política de su tiempo, la reducción de muchas de sus piezas, nacidas para imprimirse en esas publicaciones inestables que son los periódicos de la época, a textos breves, que son preludio de las actuales columnas” Me enorgullece saber que, al menos, algunos profesores de literatura reconocen sin escrúpulos al periodista que iba caminando por delante del literato, al joven Larra, cuyos ojos se le iban “tras cada periódico y era un pío mañana y noche”. Senabre abandona esa disposición natural del “experto” literario que pronuncia clamoroso la huella larriana, con sus cábalas románticas, con la exaltación de su obra como ensayista, como escritor de la novela El doncel de Don Enrique el Doliente y del drama Macías, sin mencionar (porque debe ser una especie de tabú en las aulas de secundaria) adónde iba el jugo de su talento: aquel que exprimía cada día sobre las páginas de un periódico.
Lo que el profesor de la Universidad de Extremadura, Gregorio Torres de Nebrera, viene a aportar al monográfico larriano, confirma la esperpéntica visión, tan impregnada de literatura y superstición, que tenemos de Larra y que hemos heredado sin cuestionarnos en absoluto el origen de esa imagen de polichinela. Como destaca el catedrático, fueron tres los autores que, a su juicio, “mejor” recrearon la esencia larriana: los dramaturgos Buero Vallejo y Francisco Nieva; y el narrador Juan Eduardo Zúñiga. A este último le debemos Flores de Plomo, el libro del que se ha extraído la fabulosa (y a la vez, incierta) versión del día de la muerte de Larra: aquel 12 de febrero en el que Dolores Armijo y su cuñada (después de exigir la devolución de las comprometedoras cartas que compartieron como amantes) salían de casa del joven y al cruzar la calle Santa Clara les asaltó el estruendo revelador de un disparo. Fábula literaria, aunque algunos se empeñen en repetirla para hacerla realidad. La versión más verídica es que ese pistoletazo sonó minutos después de que el escritor de Dolores Armijo saliese del piso de Larra tras haber sentenciado y confirmado de forma inapelable la ruptura de la relación entre los amantes.

Por otra parte, la adaptación de los autores teatrales deja constancia de otra característica muy “de Larra”: él es de todos y vale para todos. Tras su muerte pocos pueden presumir de haber capitaneado el lamento de tantas generaciones, de haber inspirado e insuflado aliento al espíritu de movimientos y sensibilidades de tan dispares causas. Se dice que los de la Generación del 98, al visitar su tumba, lo definieron como “uno de nosotros”, algunos del 27, como Cernuda, siguieron la estela de su arte… A Buero Vallejo en su obra La denotación y a Francisco Nieva en Sombra y quimera de Larra les inspiró esa lucha silenciada, esa libertad exiliada, ese grito ahogado contra un régimen de titanio que por fin comenzaba a ser sombra en extinción, sombra que perece en la noche de los tiempos. Las filigranas que Larra hacía para que sus artículos pasasen la censura inspiró una forma de denuncia que es limpia y decorosa, clara e inaccesible a mentes dormidas. Ese regeneracionismo que Larra invocó en su tiempo y, sin quererlo, legó a la perpetuidad. Como destaca Nebrerael posibilismo en un contexto de coerciones imposibilitadoras es parte de la impronta larriana y por ello Buero [Vallejo] eleva el fatídico gesto del suicida al acto personal que debe despertar conciencias y compromisos.”
Respecto a Francisco Nieva, no puedo evitar discrepar con una parte de su discurso conmemorativo del bicentenario, cuando leyó en el Ateneo que Dolores Armijo fue “involuntaria inductora del suicidio”. Aunque tiendo a ser más bien beligerante en estos temas, hago un esfuerzo de comprensión con Nieva y negocio o matizo su propuesta: asumamos que Dolores Armijo pudo ser catalizadora del trágico desenlace, pero jamás le imputaría a ella la causa, que fue más bien el desfalco del entusiasmo, la fe mellada y el descalabro de la esperanza que ya se venía reflejando tiempo atrás en un suicidio literario paulatino, pausado de su ironía, ahogado en la penumbra. En segundas lecturas que hoy podemos hacer sobre los últimos textos de Larra, siendo conscientes del irreversible final, podemos hablar casi de la crónica de un suicidio anunciado: la caja amarilla con la pistola palpitante, la melancolía recalcitrante que se enredaba, desde el título al cierre, en cada artículo. No hubo espontaneidad en su muerte, como tampoco hubo mediocridad en su obra. Larra es un genio inspirador, eternizado en cada uno de sus textos, es el joven hecho mito, la muerte trágica, la sensación de arrebato, el doble sobrecogimiento: por lo que conservamos de su arte y por las páginas en blanco que se quedaron huérfanas sin el milagro de su pluma. “Releamos de nuevo a Larra, porque nos vamos a estremecer, como si el tiempo no hubiera pasado. Esto es un clásico, este perpetuo renacer” dijo Francisco Nieva, como para que no le guarde rencor por las diferencias. Y desde aquí me sumo a su propuesta, a no abandonar jamás la inquina de la crítica, la fe en las palabras que acabaron por dejar tísico el ánimo del mordaz Fígaro, del Bachiller que quedó prendado en la eternidad por la magia de su saber hacer, único, apabullante. Lo mínimo que podemos hacer por alguien como él es amarrarnos como hambrientos a los hilos de su barba y desear, que por milagro de los dioses, antes de resbalar y pegarnos el batacazo contra la infortuna realidad, se nos quede una muesca de su genialidad fundida entre las manos.
Antes de cerrar estas letras sobre el Genio, sobre el Maestro, agradezco la paciencia de quien me trajo la revista Mercurio entre sus manos y, más aún, la generosidad de quien se acordó de mí al verla y se la envió de recado. Agradezco el que me aturen, (¡sin parentesco alguno ni intercambio monetario!), con todas mis obsesiones, con ese vendaval de impresiones que me arrastra hasta él tantas y tantas veces. Para colmo, ¡os convertís en cómplices de mi turbación! Gracias infinitas, por tener paciencia y soportarme una vez más hablando de Larra… otra vez Larra… aunque, mejor será decir: siempre Larra.
Cualquier intento de empujar mis palabras, enviadas sobre este barquillo de papel de fumar para que alcancen aquel ahínco, aquella gracia de Fígaro, es condena segura al naufragio. Ni justicia le hace la imposibilidad misma de contener o, cuando menos, destellar en un escrito la hilarante recompensa que sólo merece su pluma. Así, sin remedio alguno a mi desazón, me recojo en el rebufo de su arte, apretujo sus textos en la memoria (intentando que perduren en ese efímero espacio) y me despido, sorteando el perímetro de la rendición como él ya no pudo en 1837, evitando que mi corazón se convierta en la tumba de la esperanza. No quisiera anidar el Santo Sepulcro que los huérfanos de entusiasmo acuden a contemplar cada 1 de noviembre para escribir en él su epitafio… Perpetuo olvido.

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