Archivo de la categoría: Relatos

En legítima defensa

-Fue unas horas después de leer aquel libro de Neruda… Era domingo y no quiso ver el fútbol. Se puso a cambiar la bombilla sin rechistar. ¡Silbando y todo! Y no sólo fue ese día. Me tendía la ropa, me hacía la compra… Empezó a mandarme WhatsApps desde el trabajo: que si “cómo estás”, que si “te quiero mucho”, que si eres “mi mariposa de sueño”… Así que cuando llamaron del hospital para decirnos no sé qué de una negligencia y que se había producido un error con la medicación de mi Manolo, pues… pues colgué asustada.
-¿En 197 ocasiones, señora? Tenemos el registro de llamadas…
-¡No quería perderlo!
-¿Es todo lo que va a alegar en su defensa?
-¿Les he contado lo de que lloraba viendo “El Diario de Noa”?

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Los libros no saben guardar secretos

Cerré el libro despavorida, pero el monstruo asomaba aún sus gruesas cejas de espuma sobre el filo de la última página. Empujé la fotografía de Don Amancio hasta enterrarla en aquella improvisada tumba de celulosa que me juré no volver a abrir jamás.

Pero ahora mi hija ha exhumado el cadáver y me pregunta, inquisitoria, qué es eso de “La Biblia” y quién es ese señor que tiene el mismo hoyuelo que ella en la barbilla.

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Los libros nos transforman

“Es un libro. Sólo un libro”. Me acuerdo de que la vecina se refirió a él justamente de esa forma: “Sólo un libro”. Mi madre aceptó el regalo tal y como entendía la vida: con una mezcla de pudor y miedo. La recuerdo abriendo exageradamente la boca para dejar salir el sonido de las vocales de aquel apellido extranjero: W-o-o-l-f. Virginia W-o-o-l-f. Y cómo luego arqueó los labios en una suerte de risa avergonzada, de provinciana a la que han enseñado a hacer punto de cruz y de cadeneta y a pronunciar con gracia la palabra “crochet”, pero no a aspirar como una jota la “h” de Rock Hudson, ni a omitir la “e” al final de John Wayne. Miró a la vecina y, dispuesta a agradarla, abrió una página al azar:

“Durante todos estos siglos, las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre al doble de su tamaño natural”.

Sonrió, aunque esta vez, decididamente incómoda. Cerró la puerta. Escondió el libro. Y se puso a hacer la cena. Jamás nos reprochó no haber tenido una habitación propia. Pero la tortilla de patatas nunca le volvió a salir igual.

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