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Añorar el futuro que no existe

El laberíntico mapa de la reflexión tiene las paredes teñidas de tristeza. Por eso resulta tan sencillo perderse intentando buscar la salida: al fin y al cabo, regodearse en el dolor es una de las aficiones favoritas de nuestra capacidad contemplativa. No es extraño, entonces, que al hacer el balance el peaje siempre sea cierta dosis de melancolía. Leía hace unos días que la frase “somos demasiado jóvenes para estar tan tristes”, de la ilustradora Sara Herranz, se había convertido en viral: la propia autora aseguraba que el éxito de la cita se debía a que reflejaba el desencanto de su generación, de la mía, de la nuestra.

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El caso es que pienso mucho en nosotros últimamente. La frase me pareció demasiado triste para ser tan jóvenes. Parece que hemos aceptado sin protestar las tachuelas, la ESO, la extinción del cassette, las barbas, las collejas, las mechas y la pena. Lo curiosos es que se me viene a la cabeza mi abuela, a sus 92 años, y me asombro al pensar que la he visto de muchas maneras (enfadada, coqueta, ida, contenta, enferma, vitalista, ofendida, trascendental…) pero nunca la he visto perdida. Nunca con ese sentimiento de desconcierto que los de nuestra generación parecemos llevar adherido como una costra en el cerebro. Y creo que estamos desorientados porque nos dedicamos a buscar la brújula en lugar del Norte.

Nos empeñamos en seguir reglas y manuales sin pensar en la excepción, aun sabiendo que todo lo verdaderamente importante tiene sus propias normas. No en vano, los verbos que merecen la pena son irregulares: acertar, andar, comenzar, dar, decir, hacer, poder, querer, sentir, sonreír. ¿Por qué insistimos entonces en seguir aferrados al manual de instrucciones que nos dieron para un mundo al que le faltan piezas? Ya lo decía Ángel González en el poema que da título a este blog: “Añorar el futuro que no existe es aceptar la vida despojada de sus días mejores”Nos obcecamos en echar de menos algo que nunca tuvimos. Y esa, como diría Sabina, es la peor de las nostalgias.

Tenemos la obligación de ser la generación de la improvisación. Los guiones que llevábamos aprendidos no servían de nada y nos hemos dado cuenta cuando ya estábamos en el escenario, cuando el cañón nos enfocaba. Algún día dirán que fuimos la generación que perdió el miedo a quedarse en blanco, a empezar de cero. La generación que enseñará a los que vienen que el talento no es de unos pocos, ni se evalúa con una nota, ni con un título. La generación que comprendió que la vida es mejor comérsela sin leer el prospecto.

Es fácil sentirse frustrado si piensas que un año más ha pasado, que la Tierra ya ha dado la vuelta al Sol y tú ni siquiera has conseguido rotar sobre ti mismo. Las comparaciones son tan odiosas como, quizá, inevitables. Lo que uno sí puede elegir es su referente: Venus, por ejemplo, tarda más tiempo en girar sobre su eje que en dar la vuelta al Sol. Puede que sólo sea eso: que nos hemos equivocado de planeta. Salgamos de las fronteras de nuestro pequeño mundo, hay mucho universo por explorar.

Así que lo que os deseo (y nos deseo) para 2016 no es una lista de frustrantes propósitos, sino cambiar la escala, el enfoque y la perspectiva para que las tristezas no se nos acumulen al final del renglón en el último día del año. ¡Ah! Y que siempre haya una ilusión sonriendo cada mañana al otro lado del espejo. ¡Feliz año!

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Una vieja cuentista

La rutina es un frasco de cristal. Uno malvive en su estructura cristalina y apenas se da cuenta de que está encerrado. Sólo cuando la inspiración posa sus gruesos dedos sobre su superficie puedes apreciar que vives protegido, pero con el abominable riesgo de que todo se empañe. La vida, realmente, está allí fuera. Tú sólo percibes destellos de la realidad, nítidas imágenes que hacen olvidar tu ausencia. Sí, observas la vida porque la pecera es transparente y crees que los sueños siguen estando al alcance de tu vista. Y, sin embargo, un triste día envalentonado quieres desentumecer los dedos para llevarte un poco de aire a la boca y te das cuenta: estás enjaulado.

Pero lo más maravilloso del cristal es que es frágil. Y los dedos, unidos y frustrados, pueden convertirse en puños. Y los puños, en libertad (siempre y cuando uno golpee a su pequeño frasco cristalino). A veces esas sacudidas que transforman tu mundo (parecidas a las termitas que devoran tus entrañas cuando estás enamorado) llegan de forma involuntaria, son ecos de lo que hay más allá de tu pecera. Y debo confesar, llegados a este punto, que el motivo que ha devuelto algo de sangre a mi vena literaria tiene nombre de mujer y pose de anciana: Ana María Matute. Ella es una niña enjaulada en un cuerpo viejo y, sin embargo, es capaz de motivar a esos jóvenes de conciencia octogenaria mendigando entre carnes adolescentes. Me conmueve su cuerpo absorbido por los años, esa voz frágil de palabras contundentes. Esa edad de despedida abarrotada de entusiasmo. No me gusta decir anciana. Es un eufemismo estéril. Decir “viejo” es decir “vivido”. Y Matute es una cuentista con mucha vida. Real o inventada. Pero tan vivida que produce recelo.

Podría hablar de lo fabuloso que me pareció su discurso durante la recepción del Cervantes y no sólo por aquello de “quien no inventa no vive”. Podría hablar de su ironía cuando dijo que “el optimismo y los planes de futuro, a los 85 años, son cuestiones a meditar o poner en tela de juicio”, de lo fabulosa (qué oportuna palabra) que me pareció su reivindicación de la dignidad del cuento y su rechazo a las estúpidas revisiones que, sobre ellos, siempre vierten las aspiraciones políticas de poco fuelle. Podría hablar del horror de sus ojos condensado en aquello que los libros de historia resumen bajo el epígrafe Guerra Civil y que Matute no pudo eludir en su texto. Podría destacar muchas cosas y, sin embargo, me quedo con ella. Con sus palabras. Con su cuerpo viejo. Con sus invenciones. Con esa cariñosa bofetada que ha inspirado este humilde comentario. Me quedo con Ana María Matute, con la imaginación que peina en cada cana, con las horas de escritura que se leen en sus ojeras. Me quedo con ella porque ha inventado un mundo y trescientos universos. Porque dibuja sonrisas y borra decepciones. Me quedo con ella, porque su cuerpo viejo está fuera. Más allá del frasco de cristal.

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Poética del viento

En el temple y la inacción anida cierta muerte, al menos para el poeta. En palabras del Julio César de Shakespeare “la quietud, enferma de reposo, desesperada quiere volcar las cosas”. Así que los histriónicos e hiperactivos como esta Trilby han tenido este lunes réplica metereológica y han hallado cierto alivio emocional en ese revoltijo de bufidos salidos de los labios del señor Eolo. Porque más que el frío, más que la amenaza constante de lluvia, lo que se ha impuesto es ese improperio de la ventisca, ese cegar los ojos y mover las cosas, ese verter lo inerte y helar lo que está vivo.

El viento ha conseguido desnudar a los árboles de un plumazo. Ellos, que aún conservaban con remilgo las vergüenzas de la primavera, han sido sacudidos por esa ráfaga de otoño que los ha dejado de una vez con el tronco expuesto a los caprichos de la estación.

Y es que este lunes, antes que agua, han llovido hojas secas. Es la poética de este otoño subrepticio que se ha eregido repentinamente ante nuestros ojos. Las calles han vuelto a recoger los cuerpos ateridos de los que madrugaban para caminar con la cabeza entre los hombros intentando engañar al frío. Otros han tenido que esquivar los carteles publicitarios de quioscos y negocios, que volaban reclamando su minuto de gloria. Algunos, incluso, han sido brutalmente atacados por hojas de periódico que se abrazaban a sus rostros buscando consuelo… mártires diarios que han vivido esta jornada empachados de visitas papales y milagros.


Día, pues, para enredarse a la manta y emborracharse de caldo, para tener al fuego la cafetera y dejar que sus jugos nos abrasen por dentro mientras el viento hace lo suyo arañando los cristales, recordándonos su irreprochable inmensidad. Y es en ese recogimiento, en esa búsqueda de protección hogareña es cuando nos subimos a lomos del otoño sin calentamiento ni preámbulos. Por una vez, parece que los preliminares han perdido todo el romanticismo y que, vareados por el bufido otoñal, hemos abrazado el equinoccio con la intensidad de un reencuentro frugal que apenas acontece una vez al año y que, como todo lo realmente bello, es común a todos los mortales.
¿Que por qué me gusta el otoño? Porque nos pone un paso más cerca de una nueva primavera.

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La luna: un agujero en el cielo

Cerremos los ojos a la lógica, mantengamos el suspense de la autoría, participemos por un momento únicamente del misterio. Soñemos que la luna ya no es claridad, sino ausencia. Que es un agujero, un butrón en el denso manto de la noche, listo para robar la oscuridad del firmamento.
Hete aquí la belleza del arte, nos ayuda a “ensanchar la realidad”, como explica Luis Antonio de Villena en el prólogo de Norte & Sur, el primer libro de poemas firmado por la norteamericana Elizabeth Bishop. Y no es sólo que el arte transforme la vereda del conocimiento en una avenida de matices, también permite variar la perspectiva, cambiar de ojos para atrapar el mundo, dejar de ver nuestro popular satélite como simple materia y pensar “que la luna es un agujerito en lo alto del cielo,/ lo que demuestra que el cielo resulta inútil como protección”, tal y como Bishop proclama en “El hombre polilla”. Parte del desamparo que estos versos susurran por la puerta de atrás, dan carácter a la voz de la autora y se convierten en una especie de estribillo latente en casi todas sus composiciones: “El invierno vive bajo el ala de una paloma, una ala muerta/ con las plumas mojadas.”

Elizabeth Bishop (Worcerter 1911- Boston,1979) se mueve en el “modernism” anglosajón, combinando como pocos una voz realista y terrenal con una fuerte pulsión evocadora y onírica, quizás condicionada por “el miedo o el desdén que tuvo hacia el intimismo o la confidencia (era lesbiana y padeció una infancia triste)” como resume lacónicamente Villena en el prólogo de Norte & Sur, de la edición de Igitur en 2002. En este libro podemos encontrar algunos de sus poemas más referidos, como “El mapa” o “El pez”, ejemplos contrapuestos de su peculiar uso de la metáfora y de sus cuidadas descripciones, “minuciosas, pausadamente detallistas, tan realistas en suma, que llegan a parecer irreales”, en palabras de Villena.
North & South es el primer libro de poemas que Bishop publicó en 1946, cuando contaba con 35 años de edad. Posteriormente editó otros tres volúmenes, a parte de sus obras completas: A Cold Spring, Questions of Travel y Geography III. Ya desde su primer poemario se pueden apreciar algunas de las características que dan forma a su estilo: Cierta obsesión por lo geográfico y arquitectónico –podríamos hablar de una mirada a ras de lo cotidiano-, la cuestión metafórica como una lluvia que vela el sentido último de sus versos, o el dualismo por oposición que se refleja en el propio confrontamiento de los puntos cardinales del título Norte & Sur. Su poesía está profundamente enraizada en lo terrenal y a veces resulta compleja más por una cuestión de fondo que de entendimiento. Sin embargo, es única y efectiva a la hora de describir y resulta extrañamente conmovedora cuando el lector es capaz de descifrar el sentido oculto de sus versos.
En Norte & Sur Bishop evidencia la insignificancia del ser humano, algo que está perfectamente reflejado en el poema “El hombre polilla”. “Toda la sombra del hombre es sólo tan grande como su sombrero// Yace a sus pies como un pedestal circular para una muñeca”. A su vez, huyendo del dramatismo o del sentimentalismo gratuito, la autora norteamericana consigue ensalzar el idealismo y la imaginación en varios fragmentos de sus poemas. Bellos ejemplo en este apartado serían “El iceberg imaginario” [Preferiríamos tener el iceberg antes que el barco, aunque significara el final del viaje], o los preciosos versos “ellos tienen muchos armarios; nosotros una maleta”, pertenecientes a “Canciones para una cantante de color”. Existe también, una voz propia, el estallido de una conciencia que de vez en cuando se entromete en la lectura a través de los diálogos internos que mantiene en poemas como “La mala hierba”:
“¿Qué estás haciendo ahí?”, pregunté./ Levantó la cabeza toda empapada/ (¿con mis pensamientos?)/ y entonces respondió: “Crezco”, dijo,/ “sólo para dividir tu corazón otra vez”.

Elizabeth Bishop, célebre compositora del maravilloso “Un arte”, escritora que se resistió a forjar géneros y fronteras –se comenta que estuvo en contra de engrosar las colecciones de literatura “homosexual” o “femenina”- escribe de lo particular para alcanzar el universo. Y, al igual que una flor con abstinencia de su medicina, el lector gira por las estancias de la casa buscando el sol y la claridad del día, que asoma sus hebras doradas a través de la experiencia vital: el único diccionario que permite traducir el significado centelleante y diverso que impregna los versos de esta magnífica autora.

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Enero en blanco. Los primeros días del año

Libros sobre la cama. Una masa de ropa arremolinada en torno a la silla. Una cajetilla de tabaco blando con medio cuerpo saqueado por la ansiedad fumadora. Un reloj roto. Una agenda sin anotaciones y bolígrafos que ya no escriben pero se resisten a abandonarme. Garabatos sobre mi mesilla de noche. Calcetines desparramados en el suelo, que aceptan resignados el pudor que les impide meterse entre las sábanas. Un teléfono apagado. Y una gorra de lana que hoy no usaré. El sol alarga sus brazos por mi ventana.

Podría darle un aire romántico a este ambiente de compromisos a medias y obligaciones pendientes. Pero no hay para tanto. De la lámpara cuelgan a pares los suspensos y al abrir el armario han caído a mis pies todas las notas ausentes de una guitarra que ya no tiene voz. De poseer el talento de Bettina von Armin –una fabulosa lectora del siglo XIX que disfrutaba escribiéndose correspondencias ficticias a sí misma- hubiese afilado el lápiz y dibujado un paisaje entrópico donde habitar serenamente. “En tu cuarto era como estar a orillas del mar, donde una flota había encallado. Schlosser reclamaba dos grandes infolios que había tomado en préstamo para ti en la biblioteca municipal y que tú tienes desde hace ya tres meses sin haberlos ojeado. El de Homero estaba abierto en el suelo, tu canario no lo había tratado bien…” Así se escribía ella. Creo que Bettina solamente quería describir aquello para sentirse parte de ese juego de objetos que salpicaban su habitación y a veces conseguían dominarla hasta el punto de hacerla sentirse una pequeña concha inerme a orillas de ese paisaje playero.

Por eso a veces también es importante hablar de las ausencias. De este enero en blanco que si bien la gente suele llenar de pretensiones y propósitos yo he preferido dejarlo vacío, esperando en la puerta a ver quién entra primero, quién se atreve a dar el paso: Mi pacto a medias con Teresa y sus tardes, mi locura sugestionada por la adolescente Woolf, mi Benedetti sin tregua, mi Larra y su doncel… Aguardaba con esa misma inquietud contenida de la extraña muchacha que en el cuadro de Renoir parecía exiliada del plácido ambiente que la rodeaba. Muchacha cuya pose inspiró cientos de cuadros a aquel viejo de cristal que en la película de Amélie repetía el lienzo de “El almuerzo de los remeros” con el único propósito de captar aquella mirada perdida, suspendida en otro espacio ajeno al cuadro y quizás al propio Renoir.

El caso es que tal estado ingrávido atestaba la habitación que sólo podía vencerse por la tangente. Por la esquina ausente en la que alguien dejó un libro en mis manos. Tan inesperado como divertido: La tienda de los suicidas, de Jean Teulé, que no podía ser más evocador en esta playa de mi cuarto, en este cuadro de remeros. Me cuesta decidir si lo más fabuloso del libro es la imaginación desbordante del autor, la sórdida idea de que en un futuro existan tiendas suicidas regladas por una legislación todavía protectora con la infancia -el bote de los caramelos debía tener la proporción justa entre veneno y placebo para que el azar decidiese sobre el destino de los pequeños-, o el negocio familiar de una pandilla de altruistas que siempre cuelgan el cartel de “abierto por defunción”. Ni uno sólo de los Tuvache escapa al encanto: los progenitores que forman parte de una estirpe de vendedores de objetos suicidas o los acomplejados hijos que se regozijan en su lamentable existencia: Vincent, Marilyn y Alan. Por su puesto el nombre lo heredan de sus tocayos suicidas. Pero el pequeño, Alan, inspirado en la fabulosa figura de Alan Turing es el díscolo que sonríe a los clientes y les despide con un “hasta pronto” en lugar de decirles “adiós”. El carácter de los personajes y ese mundo de distopía propio de las novelas futuristas de Ray Bradbury mueven perversamente al lector hacia una abierta y continua carcajada. Y los instrumentos para el suicidio, tan divertidos como inútiles, están hechos para todo tipo de degenerados con impulsos mortales: desde los preservativos rotos para contagiarse el Sida hasta el Kit Turing que incluye una manzana con cianuro y un lienzo con el que pintar la fruta antes de despedirse de la vida.
Y es que, en el fondo de esta novela desternillante, subyace una clara denuncia a la injusticia cometida con Alan Turing: un matemático inglés, considerado padre de la primera generación de ordenadores que fue juzgado y castrado químicamente por reconocer su homosexualidad. Un mártir a lo Oscar Wilde, pero con el agravante de que los hechos ocurrían medio siglo después. Tras quedarse impotente, contemplar como su figura se ensanchaba y le crecían pechos -todos efectos secundarios del tratamiento hormonal que le impusieron para rebajarle la lívido- Turing decidió quitarse la vida, aunque su muerte sigue constituyendo un enigma. Pintó un cuadro de una manzana inspirándose en el fruto que previamente había cubierto con cianuro y que estaba sobre su mesa. Luego se la comió, aunque no pudo acabársela por completo. Ésa es la principal teoría. Que llega incluso a explicar -según las mentes más retorcidas- que el símbolo de Apple sea una manzana mordida.

El caso es que en medio de tanta risa, el escritor Jean Teulé consigue meternos su mensaje entre las sienes: el peligro de un futuro regido por la histeria. Algo que en el pasado y a lo largo de la Historia se ha cobrado demasiadas víctimas. Por eso los Touvache, protagonistas de esta tragicomedia, tienen en su tienda una colección de lienzos con manzanas: algunas impresionistas, otras más realistas… Las hay incluso cubistas. Porque los propietarios de La Tienda de los Suicidas solicitan, a quien compre el Kit Turing para emular la muerte del matemático inglés, que leguen el lienzo a su negocio. Y así, están todos expuestos en la pared. Uno de los ejemplares es una manzana azul. “Ése lo pintó un daltónico”, nos aclara el padre. Y uno sonríe, con el libro entre las manos y la torpeza del suicida.

Quizás lo más fabuloso de este libro es que su fantasía llega a ser tan hilarante que preocupa al lector. Y sientes cierta indefensión ante las ganas que te entran de visitar la tienda y contemplar todos aquellos extraños objetos. Darle un beso de la muerte a Marilyn, contemplar el vendaje de la cabeza de Vincent, alucinar con la fría ejecución del padre Mishima -que fabrica bloques de hormigón para arrojarse al río- y la siempre servicial Lucrèce, cocinando sus recetas ponzoñosas. Pero sobre todo, uno quiere espiar con orgullo a aquel joven extraño, el que sonríe permanentemente y que en un mundo adverso y plagado de suicidas conseguirá contagiar a todos de una estúpida pero efectiva pulsión por vivir.

Mishima Tuvache sale del sótano con un saco de cemento entre los brazos y lo deja en el suelo mientras su mujer le cuenta lo sucedido:
-Esta clienta afirma que Alan está sonriendo.
-¿Qué dices Lucrèce?
Sacudiéndose un poco de polvo de cemento de las mangas , se acerca al niño y lo contempla largamente con aire dubitativo antes de diagnosticar:
-Seguramente tiene un cólico.”

Y con tal rotundidad, el lector se convence de que un extraño pero placentero cólico, le acompaña a lo largo de la lectura. Y este es el mayor de los peligros para la rentabilidad de La tienda de los suicidas: atrapa.

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Los últimos días del año

Todos poseemos un narrador interior. Un narrador secreto, omnisciente y Todopoderoso al que acostumbramos a llamar “conciencia”. Es el Pepito Grillo de todo humano, presente en todos los saraos del remordimiento, impertinente testigo de todo pensamiento. El mío hoy me ha recordado una de esas absurdas sentencias que hice hace algún tiempo, cuando era más joven y mi incipiente vista de lectora no me permitía entender los motivos que empujaban a alguien a releer un libro. Es decir –creía yo, en las postrimeras telarañas de mi adolescencia- que el revisionado de una película gozaba de justificaciones varias (con las siempre escurridizas imágenes salpicando la pantalla), pero un libro, con sus letras fijas e impresas… ¿qué motivos habría para volver a explorarlo?

Hace tiempo que me di cuenta de que tal sentencia poseía la certera estupidez que demasiadas veces acompaña a lo humano y como todo lo que aquél hace, hasta en sus axiomas preferidos, todo es revocable. El paso del tiempo y la pérdida de la pavería me han hecho caer alguna que otra vez en la relectura. Y, para asombro de aquella adolescente que llevo dentro, he descubierto que las letras no tienen nada de fijas e inmutables y que su propia melodía –al unirse unas con otras- no cesa de variar cada vez que los ojos retornan a ellas. Además –me digo ahora, a las puertas de un nuevo aniversario- creo que hay épocas en las que uno siempre vuelve, como arrastrado por una añoranza insalvable, como quien destapa la cajita de madera de su infancia para repasar sus tesoros. Llega el tiempo en el que uno siempre vuelve a releer porque, estoy convencida, de alguna forma, nos releemos a nosotros mismos. Se trata de algo más trascendental que transitar un camino ya andado: es descubrir y redescubrirse dentro de él. Alucinar con la oración más absurda –que en el pasado resultó tan ajena-, repasar las marcas en el texto, reexplorar el sentido oculto tras cada palabra. Quizás hoy peque de soberbia o de nostálgica al escribir esto, pero hoy me he enganchado a la relectura.

En este sentido, mi última gran re-adquisición ha sido Charlas con Troylo (1981) de Antonio Gala. Un tomo que me regaló en mi mayoría de edad una persona especial que apostó por los artículos periodísticos que con una sensibilidad evocadora, Gala compartía con su perro Troylo. Por aquel entonces, rememoro el olvido, el libro me gustó. Me ayudó a desvincular a su autor de aquella escena de La pasión Turca en la que Ana Belén respiraba agitada bajo su falda, extendida sobre sus labios, mientras yacía extasiada en el suelo de un autobús. Aquí he de explicar que Gala me sonaba como autor de aquella historia de adulterio a la que robé más de una escena en su versión cinematográfica, abusando de un despiste adulto más o menos ignorante de mi fascinación infantil ante aquellas imágenes. Charlas con Troylo también me hizo ver en su autor algo más que su presencia de excesiva y afectada galantería, que había presenciado más de una vez por televisión. Sí, es cierto, el libro me había mostrado algo que no veía, me había gustado.

Hoy volvió a mis manos para engatusarme. Lo encontré con ese misticismo de las casualidades, olvidado en el fondo de un cajón que ahora está lleno de pañales. Al abrirlo, percibí que se había contagiado de la frescura de esas tiras de celulosa con las que compartía habitáculo. Un sospechoso olor a talco perfumado me invitaba a pensar que era nuevo y cándido otra vez, a pesar de los subrayados, a pesar de las páginas dobladas. Y al mismo tiempo yo me asomé a las páginas con la simpática ingenuidad de aquel aroma. Al igual que a su pasado, uno sólo puede enfrentarse a la relectura así: con una curiosidad que no inhibe el deseo de superación, de superarse a uno mismo, a aquel lector primerizo que permanece suspendido en la memoria. Salí, pues, al encuentro de aquella que fui leyendo el libro hace años. Aquellos en los que, con mi educación de colegio de monjas, alucinaba con que alguien pudiese decir que “el hombre tuvo que abandonar el Paraíso porque comió del fruto del Árbol de la Ciencia y aprendió a distinguir el bien del mal”.
Hoy ya han sido otros autores –y otros amigos, y otros fantasmas- los que me han enseñado que los seres humanos podrían existir sin dioses, pero la deidad depende de la gente para existir. Y repaso con cierta altanería algunas de estas líneas y, en el extremo de este final de año, vuelvo a caer rendida en la profundidad de otras reflexiones medio caninas medio humanas que Antonio Gala hace en artículos como “Las doce uvas”. Un fragmento de este texto es el que reproduzco a continuación. Este es el regalo que desprendo de mi pasado y de mi relectura para todos aquellos que asomen el hocico curioso a este blog. Los últimos días del año siempre se prestan a la relectura, al recuerdo, al renacer. Son, de algún modo, eternos. Porque en ese tránsito, entre el repaso a lo vivido y los propósitos de lo que queda por vivir, también nos reinventamos. Gracias al narrador que todos llevamos dentro…

“Esta noche Troylo, atiende bien, va a empezar una década. ¿Te das cuenta? Empezar una década. Son palabras mayores. Los hombres no tenemos una vida muy larga. Nada de lo que vive tiene una vida demasiado larga: la vida es una historia que siempre acaba mal, porque siempre acaba con la muerte. Y, sin embargo, los hombres tenemos la necesidad de parcelar la vida, de trocearla, de marcarla con muescas, hitos, recordatorios, metas. Como si fuera tan inmensa que no pudiéramos mirarla, ni comprenderla, entera. Y es que nososotros somos todavía más cortos que la vida. Hablamos con indiferencia de días, horas, semanas, de meses. Cuando hablamos de años nos ponemos ya serios. Cumplimos años, nos dan miedo los años. Celebramos que se inaugure un año y nosotros sigamos con los ojos abiertos. Nos alegramos de que un año nuevo nos ofrezca su pequeña caja de sorpresas, porque eso quiere decir que estamos vivos. A pesar de que la caja esté vacía y seamos nosotros los que debamos tomarnos el trabajo de llenarla de cosas. De cosas confusas: un jazmín tardío, dos o tres atardeceres, alguna carta, la platilla de un caramelo, unas manos entrelazadas, un modo inolvidable de mirar, cierta música, una mañana limpia, el olor a fritanga de una verbena en la mitad de agosto, qué sé yo: la vida. Porque la vida, Troylo, por mucho que se diga, no es maravillosa, ni cruel, ni millonaria, ni apasionante, ni terrible. La vida, Troylo, es única: sólo eso. Es sencillamente lo único que tenemos. Y cada año viene, en nochevieja, con el regalo de su menuda cajita vacía.”

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Eufemismos

No se pueden imaginar en qué clase de angostas veredas me está metiendo el período de exámenes. El aburrimiento, que siempre hace acto de presencia, viene a colmar la sucesión de los minutos y una, desprovista de cualquier capacidad de concentración, se deja seducir por todo tipo de distracciones extra-académicas. De hecho, pocas veces puedo presumir de tener una habitación tan ordenada y reluciente como en esta época. Y eso no es todo: del periódico me leo incluso las páginas de deportes y, si me tomo un yogur, friego hasta el envase. Vamos, pura higiene. Por no hablarles de los pudores nostálgicos que me suelen invadir acompañados de unas irreprimibles ganas de escribir cartas por doquier a todos los amigos… Así que, harta del encierro hogareño, me dispuse a disfrutar de un asueto vespertino y me dirigí a tomarme un café en un bar cualquiera a pesar de que, dicho sea de paso, nunca atinen con la proporción adecuada de los ingredientes: a mí me va el café con leche pero alguno se empeña en presentarme un tazón de leche desteñida.
En fin, que por ese tipo de enredos patológicos en los que a veces se ven envueltos dos destinos diametralmente opuestos, acabé conversando con el otro joven que se hallaba en el lugar, desértico de no ser por nuestra presencia. A una le cuesta eso de ser extrovertida y sociable, además, la vergüenza suele subirme a la azotea con este tipo de relaciones fugaces y algo interesadas, en las que se comparten cuatro bromitas agradables y un par de comentarios insulsos.
Sin embargo, algo en mi interlocutor, su decoro al expresarse y cierto amaneramiento de dandy, me resultaron más interesantes de lo habitual en estos encuentros. Pero poco tiempo fue necesario para darme cuenta de que algo entorpecía nuestra conversación. Caí en la cuenta de lo que era: veníamos de mundos distintos y puede que aquello influyese en nuestra forma de ver las cosas. Él procedía del Planeta Euphemismus, allá en no sé qué órbita protocolaria, pero en cualquier caso, su atmósfera está plagada de eufemismos; y todo allí resulta una “manifestación suave o decorosa de ideas”. No es que a mí lo extraterrestre me dispare la xenofobia, simplemente se notaba que aquello no cuajaba, nuestra conversación no fluía: Donde yo decía muerte, él matizaba aquella palabra malsonante, argüía algo sobre un tránsito y “pasar a mejor vida” (¡como si se aliviase con ello la pena que produce!). O sea, que si en este planeta hablamos de subida de los precios, en el suyo a eso se le llama “reajuste de tarifas” y la pobreza allá en su mundo no existe: vendría a ser una “economía debilitada”. Los arrestos penitenciarios parecían también mucho más agradables tal y como él los definía: “una responsabilidad personal subsidiaria”. Y ya entrando en temas farragosos la hipérbole se disparaba: él se refería a sus “amigas” donde sospecho que su mujer vería amantes; y mis borrachos eran sus “embriagados”. Dejándome enredar por el tacto lingüístico del susodicho, yo comencé a pensar que el suspenso que adivinaba sobre mi próximo examen, siempre podría definirlo, a modo de alivio, como “un control fallido” o “insuficiente” (¡claro! -me dije- insuficiente para librarme de septiembre). El caso es que allá donde yo veía detestables corruptos, él veía a “filántropos desviados”… Total: Un gatuperio de sinónimos insultantemente “bien sonantes”. Así que atajé el caos con un silencio y decidimos darle un descanso a aquel litigio que debía estar despertando las pasiones de algún miembro de la RAE.
Intenté distraerme con el televisor que sonaba de fondo, donde Barack Obama comparecía ante el texto constitucional norteamericano para intentar convencer a ciertos fósiles totalitarios sobre la conveniencia de solucionar las aberraciones producidas en Guantánamo. Al hilo -pensé yo- saquemos un poquito de sentido común. Y le dije a mi compañero de mesa que aquello de las torturas había sido una auténtica atrocidad, inconcebible, que exigía asumir responsabilidades. Algo confuso, el muchacho me miró con expresión interrogante y acabó por preguntarme si con aquella palabreja, “tortura”, me refería a las “técnicas de interrogación reforzadas”. Tenía al mismísimo Cheney frente a mí, al menos, a su sombra, o algo horripilantemente similar. Le di un sorbo al café por otorgarle cierto respiro a mi impulsividad y no decirle a aquel chaval lo que me estaba inspirando con su comentario. Pero nada pude hacer por cómo se desarrollaron los hechos a partir de entonces. La elegancia y el decoro que aquel dandy me había mostrado en un comienzo, se derrumbaron ante mis ojos cuando le repliqué que, con aquella pregunta, estaba comenzando a “herir mi sensibilidad” (por aplicar sus tejemanejes lingüísticos y no decirle directamente la verdad: que lo que me estaba tocando era las narices). Pero al ver que no me entendía se lo dije tal cual sonaba en el lenguaje coloquial, rudo y directo, sin demasiados intentos por hacer que mi prosodia edulcorase el significado de la oración.

Entonces, mi dandy eufemístico, perdió cualquier destello de su elegancia y por la boca le salieron todo tipo de improperios acompañados de remolinos de saliva que se iban depositando como gotas de coñac sobre mi café. El temple, que a mí me dura un suspiro, lo destrocé diciéndole que sus eufemismos eran una patraña y un elemento de manipulación para intentar esquivar la realidad que, a veces, además de encandiladora, también es dura.

La vulgaridad que comenzó a rodear sus maneras ya no dejó lugar a maniqueísmos, ni residuo alguno de delicadeza en su conducta. Yo no salía de mi asombro ante el espectáculo que estaba presenciando. Por evitar caer en lo soez, no les voy a hacer un retrato exhaustivo de la escena. Sólo les apunto un par de cosas: se agarró a su “virilidad” con la mano derecha y lanzó toda clase de ofensivas flechas gestuales con la otra, faltas de cualquier dulzura. Aunque, claro, un ser de su planeta me diría que aquello del dedo corazón encolerizado y tieso, apuntándome a la cara, no era en absoluto ofensivo sino una clara demostración de su deseo por enviarme al Cielo rápida como un cohete… Sí, debía de ser aquello, y la posición del resto de los dedos venía a representar la plataforma de despegue en Cabo Cañaveral. El caso es que, perdida en mis fabulaciones, confirmé mi saturación mental y en ese momento decidí concluir, de una vez por todas, mi escapada vespertina.
Me di la vuelta y abandoné la cafetería, no sin antes explicarle a aquel gentil muchacho extraterrestre por dónde se podía meter todas sus indicaciones… Y el lugar venía siendo, obviamente, por el lugar que se topase allá donde se le acaba la espalda.

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Entre Cuatro Caminos y Chamartín

La gente habla de monotonía, del incómodo abrazo de la hiedra aferrándose a los tobillos. La gente habla de monotonía, pero no sé si por lo que tenemos de monos, que es bastante más de lo que quisiera admitir, o porque realmente queremos huir de lo cotidiano. ¿Acaso no nos perturban los cambios? Esta Trilby descubrió que sí, el otro día, camino a Nunca Jamás, en el penúltimo vagón del metro de la línea 1, cuando subí acelerada, como de costumbre, empujada por la inercia del que siempre va con prisas, asediada por mi fama de impuntualidad.
Me senté al lado de una mujer cuyo escorzo me invitaba a fantasear. La chaqueta de punto cedido por la elasticidad de los años, el agresivo perfume de la calle, el pelo repeinado con ese alquitrán natural de las raíces. Me retorcí un poco en el asiento, calibré cierta reserva de civismo y educación. Una de mis compañeras de viaje, la que ocupaba parte de la fila de enfrente, frunció el ceño y dibujó pasmada una náusea en el aire. Hedor –creo- es una palabra justa, pero poco amable. Permití a mi curiosidad ciertas diligencias, incliné mi cuerpo hacia el borde del asiento, quería ver su rostro, su expresión, quizás cansada, quizás ausente. Al encontrarla, al verla ocupando allí, plena, mi mirada, me arrastró una cercanía poco saludable: Aquella señora me recordó a mi padre. Aunque, pobre mío, no creo que se sienta orgulloso de que lo mente así de esta manera. Sin embargo, es verdad, esa señora se parecía a él. No por tener un aire sobrio, ni por su toque heroico. Más bien era algo estético: aquel bigote enrabietado. Aquel felpudo irritado bajo la nariz, deslizándose en su recorrido de flechas que apuntan a los labios. Al contrario de lo que puedan pensar, no hablo desde la repugnancia. Mejor diré lo que es cierto. Me perturbó aquella imagen. Especialmente cuando la señora abandonó mi compañía, salió del vagón y se dirigió directa a rebuscar en la papelera del metro de Plaza Castilla. Cuando las puertas se cerraron y la dejamos atrás, la mujer del asiento de enfrente asió del aire una suerte de alivio que distendió la hosca mueca de su rostro. Me convencí entonces de que su padre no tenía bigote y que de aquella señora sólo había percibido la estulticia, el manido olor de su piel y su tesoro echo de mugres ajenas. Pero yo me quedé asustada. Allí, en mi rinconcito del vagón. Hasta que llegó una se esas niñas salerosas, de desparpajo incontenible. Se sentó en el lado izquierdo de mi asiento. Y me miró de refilón, casi tímida. ¿Estaría ella buscándome parecidos con su padre? Palpé con disimulo el reborde superior de mi boca y suspiré aliviada. De momento, el tamaño del espurio bello era aceptable. Pero la niña seguía viéndome intrigada mientras su madre luchaba por encontrar una esquina segura y con sujeción para el carrito de su otro hijo, un bebé lampiño, con los ojos enormes. Al fin la pequeña decidió romper el silencio que nos envolvía.
-¿Se parece una cabra a una vaca? –me dijo preocupada.
Aquella pregunta, cargada de inocencia y frescura, aquel rostro de coronas rizadas, aquellos ojos inquietos esperaban mi respuesta. Yo sonreí, presumiendo de la sapiencia del adulto frente al niño. Sonreí serena y confiada. ¡Qué fácil es parecer un Dios ante los pequeños! Qué fácil sugerirles tanta seguridad, cargar de alivio sus inquietudes, frenar sus lenguas que se agitan siempre con una pregunta.
-Pues verás –comencé a explicarle- no se parecen en nada, las vacas son más grandes y…
Y la niña se volvió de pronto insolente, como defraudada por mi comentario.
-Sí se parecen. ¡Las dos dan leche! Se dio la vuelta y centró su mirada en la de su madre, evidenciando mi fracaso, juzgándome como una timadora de palabras y tropel.
Me sentí destrozada, magullada por su grandeza. Qué razón tenía. Yo parada en evidencias justificando mi simpleza por la capacidad de mi interlocutora, sin percibir que mi raciocinio estaba herido, era diferente al de ella. Aquella pequeña díscola sin embargo… ¡Cuánto tenía que enseñarme! Ella tenía la visión del escritor, aquella que Virginia Woolf destacaba en su ensayo “La vida y el novelista”, esa capacidad de estar “expuesto a la vida.” “Le es tan imposible dejar de recibir impresiones como al pez en medio del océano impedir que el agua pase por sus agallas.”
Quise preguntarle a la niña, ahora yo redimida a su sabiduría. Pero ella se me adelantaba, desafiante, juguetona, consciente ya de su superioridad. Echó un vistazo sobre el libro que ocupaba el espacio de mis manos ese instante. Me apresuré a guardarlo en mi mochila para que no me juzgase pero ella ya lo había visto y al encontrarlo allí reunido con el resto de sus compañeros, al ver las lecturas que me ocupaban, me dijo indignada:
– ¿Acaso si te preguntase se parecen Larra y Castelao tú me volverías a decir que “uno es más grande que otro” o mejor aún, “como la vaca muge, y la cabra habla en balidos, afirmarías que uno escribe en gallego y otro en castellano”, así lo reduces todo?
Me sentí tremendamente agobiada, porque todos aquellos pensamientos, sin duda, parecía reconocerlos en mí, aquella sencillez de la que ahora se burlaba. El metro paró. Una nueva estación y la niña se levantó de su asiento y siguió a su madre hacia la salida. Mientras yo me quedaba sepultada por un aluvión de dudas.
– ¿Qué hay de su intencionada burla al escribir? -Me dijo mientras se iba- ¿No ves que “los dos dan leche”?
¡Qué razón tenía! Daban la mala leche del que escribe burlando todo. Aquellas ganas de ironía que había en Larra, aquella sátira de las máscaras, aquel mismo garbo vacilón que Castelao ponía al escribir sobre la patria en relatos como “O Inglés”. Qué razón tenía y que frágil me sentí, como un libro descatalogado, como una edición absurda sobre la que nadie muestra ya interés. ¿Y si soy como la obra póstuma de un poeta, aquella que jamás debió de existir, publicada a traición de espaldas a la lápida, y que la gente sólo lee por auténtica pena, compungidos en tristezas, intentando escudriñar en esas últimas letras arrastradas por la pluma cansada, aquel brillo (si alguna vez lo hubo) aquel desaire del poeta?
El metro avanzaba y ya no sabía bien ni adonde. Aquella revelación de las cosas, aquella abrupta caída del telón en el que ahora estaba atrapada mi ignorancia me hizo sentirme lastrada. Me abracé a los artículos de Don Mariano, como para ver si se me pegaba algo, si cierta gracia de aquella prosa entraba sugerente e ineludible por los poros de mi piel. Me sentía como si hubiese sufrido una caída ridícula. Como si la lluvia fuese una suerte de ceniza. Sacudí la ropa y me levanté del suelo, recogiendo el orgullo hecho trizas. Sin embargo, todo en mí parecía tener ese desaliño de las cosas sobadas. Hasta los relatos parecían estar manidos y cansados. Y Virginia, con su eterno perfil me hablaba desde la foto de la tapa del libro y me recordaba “Cierre sus bibliotecas si quiere, pero no hay puerta ni cerradura, ni pestillo que pueda colocarle a la libertad de mi mente” Claro que yo ya había conquistado lo que ella reivindicaba como un derecho universal en su escrito, yo ya tenía esa “Habitación Propia”. El problema era otro, mi falta de fantasía, aquel rubor, aquella desazón sonrojada que había despertado en mí la niña. Observar lo sencillo y describir a través de la anécdota lo común, es propio de los genios. No está al alcance de los otros, como yo, simples escribientes que transcriben. Escribir desde la torre de marfil, desde el ángulo dorado de las alturas es quizás más accesible que ver, a ras del suelo, todo eso susceptible de ser percibido por los demás. Transmitirles en escenarios cotidianos lo que todos sienten y reconocen. ¿Y si por un momento aspiro o sueño (sólo a nivel literario, jamás por la perniciosa ambición de superioridad moral o humana) con escribir desde esa torre de marfil y luego descubro que soy el más enano de entre los gnomos, subida a la seta más pequeña y diminuta del bosque? ¿Y si mi escritorio está allí, expuesto sin fantasía ni orgullo sobre el lomo salvaje de un saltamontes? ¿Y si ruedo en su espalda sin saber jamás dónde irán las palabras, dónde irán las intenciones ni la gracia del poeta?
Me apeo en la siguiente parada. Doy la vuelta en un arrebato. Cruzo el andén y marcho en dirección contraria. Al regresar a Plaza Castilla, busco a la señora poseída por Diógenes. Y me acuerdo del filósofo que dio nombre al síndrome, ese pensador que vivía en un barril y que dijo a su profesor “pegad cuanto gustéis; mientras tengáis algo que enseñarme, no hallaréis palo bastante fuerte para alejarme”. Pero la que ya se había alejado era aquella señora, la pirata saboteadora de la escala de valores. Yo, escribiente sin remedio, me paseé por las papeleras, como minutos antes ella había hecho. Y dentro de una, lo vi. Allí olvidado. Metí la mano apresurada, controlé el vértigo de lo prohibido. Contuve las ansias y salí corriendo para subirme de nuevo al vagón, preguntándome si alguien me habría visto. En el traqueteo del suburbano encontré cierto remanso de paz, con una frágil pero extraña sensación de alegría, un alboroto discreto en mis mejillas, como aquel que encuentra en su propia basura, el objeto preciado del que nunca debió desprenderse. Y continué mi camino, mientras un bolígrafo destintado palpitaba entre mis manos, al tiempo que me decía “quizás todavía pueda hacer algo por él”.

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