Archivo de la categoría: Virginia Woolf

Savater, el pensador incómodo

El renglón torcido siempre resulta ser ese primero y escurridizo que se resiste a abandonar los límites de la mente para transfigurarse en el papel, para manchar su impecable superficie y perder con ello esa segura y cálida grandeza que le confieren las fronteras del pensamiento. El aliento gélido que empapa al país estos días es un lastre para las ya de por sí amodorradas manos del escribiente, siempre en busca del reconfortante calor del silencio, siempre queriendo sentirse presas, así, la una con la otra, para no vomitar palabra alguna sobre el teclado, para dejarse llevar por ese fuego narcótico que desprende la piel… Pero, al margen de los violáceos delirios que el frío pueda dibujar sobre ellas, la lectura puede ser un refugio y la excusa perfecta para cobijarse bajo la manta y colonizar el sofá. Eso sí, Figuraciones mías (Ariel), de Fernando Savater, no invita precisamente a adormecerse, sino a arañar la curiosidad del lector incitándole a ser partícipe de sus reflexiones. El libro recoge una selección de artículos periodísticos el aquejado género al que el autor ya supone el rigor mortis de un cadáver y se divide en tres partes: “Admiraciones”, en la que desgrana algunas de sus pasiones lectoras, “La dificultad de educar”, donde aborda aspectos sobre la enseñanza pública y “Envueltos en la red”, en la que escribe sobre el ciberespionaje y la propiedad intelectual, entre otros.
Poco dado a la displicencia, el aplaudido autor de Ética para Amador demuestra una vez más ser uno de esos padres intelectuales a los que siempre se puede recurrir para encontrar un comentario lúcido y sereno, aunque, al igual que ocurre con los progenitores biológicos, a menudo se tengan demasiadas objeciones a sus razonamientos. De hecho, Savater conjuga el encanto del pensador incómodo: lo mismo ofrece argumentos a las posiciones más conservadoras, que defiende la educación laica y la asignatura de Educación para la Ciudadanía, para disgusto de Rouco Varela. En palabras del autor de Figuraciones mías: “Uno puede envidiar la fe como puede envidiar a quien está borracho, porque mientras le dura ese atontamiento exaltado se siente a gusto.” 
Pero, dejando a un lado los temas más polémicos entre los que se incluyen juicios sobre los nacionalismos, a los que el filósofo aplica la genuina “moral del pedo” (que acuñó Ferlosio) para referirse al inmovilismo de algunas convicciones, ya que, para muchos “sólo huelen mal las de los otros”, que no dejarán indiferente al lector; a mi juicio, la parte más interesante de este recopilatorio es, aún a riesgo de desdeñar su opinión sobre temas candentes de la actualidad, la que se refiere a su faceta como lector. Lejos del complejo de escritor y del impertinente alarido del filósofo, ese Savater arrodillado antes los grandes se me antoja más magnánimo y certero. Especialmente, por debilidad de esta Trilby, me resultaron muy atinados sus comentarios sobre Virginia Woolf, no sólo en los aspectos de mayor consenso entre los literatos no hay una ‘literatura femenina’, a efectos críticos, pero sin duda ha habido una larga lucha femenina para abrirse paso en la literatura monopolizada y dirigida por la autoridad de los varones. Si hoy, afortunadamente, esa batalla está ya decidida y han ganado las buenas, a pocas personas debe tanto ese triunfo como a Virginia Woolf. Llamarla ‘escritora’ a secas es poco, porque fue en toda la extensión del término una ‘mujer de letras’, una humanista en el sentido más moderno e innovador de esa calificación”, escribe Savater, sino en los que revela su más sincera admiración, desde la humildad de un lector encandilado ¿ y apabullado? por la inigualable autora de Las olas. “Ninguno de quienes la hemos amado a través de la lectura podemos consolarnos de no haberla oído conversar”, asegura Savater. Pero si hay una reflexión que me ha conmovido es, sin atisbo de duda, la que se refiere al fallecimiento de la escritora británica. El filósofo opta, como prefiere cualquiera que haya sentido el pulso vitalista e inconfundible de la obra de Woolf, por desmitificar y contextualizar su suicidio en el río Ouse: “No conozco escrito más emocionante intelectualmente emocionante, no sólo sentimental que la carta de despedida a su marido Leonard cuando decidió suicidarse. Acaba con la frase más terrible y sincera (‘No creo que dos personas puedan ser más felices de lo que hemos sido tú y yo’), la declaración estremecedora de que ni siquiera la felicidad basta. Lo que más tememos oír. Y comienza: ‘Siento que voy a enloquecer de nuevo’. Pero no se trataba solamente de un pánico por la cordura personal. Los nazis amenazaban con invadir Inglaterra y la tenían en la lista de personalidades que debían ser eliminadas cuando dominaran la isla. Ella presintió que formaba parte natural e inevitable del enemigo de los bárbaros y que era en realidad Europa la que iba a enloquecer de nuevo.” Así, elevada a metáfora, convertida en un trasunto de esa Europa agónica y delirante, la muerte de Woolf vuelve a dar pie a los argumentos más románticos, aunque no deje de ser, desgraciadamente, el precipitado punto y final con el que se cerró su biografía.

Savater junto al busto de Virginia Woolf
Será por ese indudable misterio que envuelve los designios de la Parca, la muerte, inevitable, circunstancial, parece empeñarse en querer definirnos. Como Savater comenta en otro de los artículos, “El Averno, la casa de todos”, hay una suerte de “ciudadanía forzosa” que distingue e identifica a quienes han transitado por el inframundo. Según recoge Savater, citando el relato de Leónidas Andreiev sobre la resurrección de Lázaro, “el beneficiado nunca dejó de inspirar sobresalto por su inconfundible aroma al más allá”. Resulta tan curioso como fácil de imaginar pensar en ese Lázaro devuelto a la vida para sufrir el repudio y el recelo de sus vecinos, que una se plantea si el reverso cruel de los milagros no será una efectiva forma para que aceptemos, pese a todo, las ventajas de la finitud. Aunque, con el permiso del filósofo, puede que sólo sean figuraciones mías.

1 comentario

Archivado bajo articulos periodisticos, Ferlosio, Fernando Savater, Figuraciones mías, filosofía, Virginia Woolf

Virginia Woolf I: Las pequeñas Stephen

Los seres humanos, por defecto natural, solemos tener cierta pulsión genética hacia el conocimiento, especialmente si éste va sazonado con cierto toque de secretismo y misticismo. Puede que sea este el motivo que aviva mi afán cotilla, o quizás sea la excusa más ridícula que encontré (pero, aún vagamente, me convence) para explicar mi atracción irremediable por las biografías. La última adquisición de este género ha sido la de Virginia Woolf, escrita por su sobrino Quentin Bell, allá por los años 70. Ahora, en una edición Debolsillo de más de 700 páginas esta Trilby no tiene más remedio que ir dosificando impresiones. La primera (y muy grata), sobre la que versa este post, habla de la infancia de las Stephen, de dos hermanas destinadas a formar parte de la historia artística de Inglaterra y, como todos los genios que se tercien, del universo entero.
Quizás guiada por las pautas biográficas que Ortega y Gasset desenmarañó en un escrito de 1932 (“Pidiendo un Goethe desde dentro”) creo que Quentin Bell ha dado de lleno en el centro de la diana describiendo los primeros años de su tía Virginia y de su madre Vanessa. “Las cuestiones más importantes para una biografía –explica Ortega- serán estas dos que hasta ahora no han solido preocupar a los biógrafos. La primera consiste en determinar cuál era la vocación vital del biografiado, que acaso éste desconoció siempre. (…) La segunda cuestión es aquilatar la fidelidad del hombre a ese su destino singular, a su vida posible. Esto nos permite determinar la dosis de autenticidad de su vida afectiva.” En este sentido, las niñas Stephen, a través de su estrecha relación y de un pacto de hermandad que supera los lazos de sangre, crearon una forma propia de expresarse y consiguieron determinar su futuro.

“Desde temprana edad, Virginia comprendió algo de la magia de la amistad, la intimidad peculiar que poseen quienes tienen lenguajes privados y chistes privados, quienes han jugado en la penumbra entre las piernas y las faldas de los mayores, debajo de la mesa. (…) Así, para la mayor [Vanessa] las apariencias era lo que más amaba en el mundo o, por lo menos, cuando amaba el amor se le presentaba por sí mismo en una forma visible. Para la menor [Virginia] el encanto del amor entre hermanas residía simplemente en la íntima comunicación con otro ser, el disfrute del carácter. Desde un principio se estableció entre ellas que Vanessa iba a ser pintora y Virginia escritora”. Esta fabulosa descripción de Quentin Bell hace visibles las raíces de un arte inigualable (en la pintura, para Vanessa, y en la escritura en el caso de Virginia) que emana en la edad adulta pero que probablemente se deba a una serie de vivencias situadas en el más temprano despertar de la conciencia para con el mundo y sus relaciones.

Virginia, cuando todavía era una Stephen y no la inconmensurable Woolf, tardó mucho tiempo en aprender a hablar y no lo hizo de forma correcta hasta los tres años. “Las palabras, cuando llegaron, iban a ser, y para el resto de su vida, sus armas predilectas.” señala el autor de la biografía. Por su parte, Vanessa, todavía Stephen y no la impresionante Bell, aún siendo consciente de la inteligencia y la “brillantez precoz” de su hermana pequeña, “admiraba por encima de todo, su belleza pura”. Para explicar este pasaje Quentin recurre a un escrito de su madre en el que describía así la hermosa elegancia natural de Virginia: “Me recordaba siempre una pera en dulce de un especial color de fuego”. Y con un particular manejo del pincel, que revolucionaría el arte londinense y que para muchos supondría la llegada del impresionismo a Inglaterra, Vanessa Bell pintaría años más tarde (en 1912) a su hermana, trasladando aquellas palabras a un cuadro que sintetiza no sólo el carácter de una, sino el modo de expresar de ambas.

La de las hermanas Stephen era una belleza frágil. No por la debilidad del adjetivo, sino por la delicadeza de los sujetos a los que se le atribuye. Como señala Quentin Bell “la verdadera fuerza de los Stephen radicaba en su debilidad”. Y esta sentencia que inspiraría demasiadas palabras la resumiré, con la escasa capacidad de síntesis que se me conoce. La belleza de Vanessa y Virginia, entendiéndose el término como una aura de atracción que supera lo físico, reside a mi modo de entender, en su encandiladora mirada, su pose en el mundo, una forma de sentir que conduce a la fragilidad de los seres y nos empuja a querer protegerlas bajo el ala maternal que todos poseemos. Pero fragilidad, he de aclarar, no es sinónimo de debilidad, aunque a veces conduzca a ese callejón sin salida. Frágiles (cuya raíz es lo sensitivo y la sensibilidad) las Stephen han podido perpetuarse a través de su obra, pictórica y literaria, guiadas por una forma de ver y contar que les es propia y que, por fortuna divina, nos ha sido heredada en sus múltiples creaciones.

Quizás me aventuro demasiado pero creo que Ortega se sentiría orgulloso al escribir que estas dos mujeres han cumplido con los mandatos de su existencia, si es que el abrupto destino, cabe en las infinitas posibilidades de lo vital. En cualquier caso, que valga de cierre este hurra por aquella infancia que pergeñó tanta creatividad.

1 comentario

Archivado bajo biografía, escritoras, Quentin Bell, Vanessa Bell, Virginia Woolf

Ensoñación victoriana

Siento los pequeños mordiscos de mis nervios avanzando por mi vientre, punzándome el estómago con la sutil dentada de una termita solitaria. Parece que la vida reserva (¡aún!) ése tipo de misterios: todavía soy capaz de levantarme sintiendo que queda algo por hacer, un asunto que cuelga de otros cabellos, diferentes a los de la monotonía. Refresco mi rostro con el agua de la jofaina, que parece siempre extraída de la almendra helada de un corazón de nieve. Dispuesta sobre la coqueta de mi dormitorio, la palangana también salpica los objetos: el cepillo, los abalorios. Parece que su cuerpo de agua ansiase despertar la vida también en ellos. Me miro al espejo como quien ve una sombra y, paulatinamente, los ojos se van desprendiendo del sueño y voy recobrando la nitidez. Diría incluso que esta emoción contenida me hace verme más atractiva. Mi pelo lacio y de carbón tiene hoy un brillo inusitado e, incluso, se reservaba cierta coquetería altiva cuando lo recojo en un moño sobre la nuca. Las arrugas abiertas como cicatrices alrededor de mis ojos parecen difuminadas sobre la piel. Creo que hoy voy olvidando (aunque sólo de forma superficial) que ya he vivido tanto que percibo esa estación de paso llamada felicidad, lejana y sin retorno, abandonada mucho tiempo atrás.
Elisabeth entra en estos momentos con la taza del desayuno sobre una bandeja de plata. Hubo un tiempo en el que deseé todo este mundo ostentoso, las cortinas de satén, los bordones dorados, (Elisabeth esquiva mis chaplines en el suelo) la alforja de la cama pretendiendo alcanzar el cielo… Y, sin embargo, ¡cuántos años llevaba muerta entre aquellos lujos! El corazón latiendo y los labios sonriendo al compromiso, las piernas siguiéndose la una a la otra en una sucesión absurda de la que ya no se sentía más que aire entrando y saliendo de los pulmones. Hubo otra época, un verano, quizás una semana y, si me apuran, constreñiría el tiempo (igual que ahora Elisabeth hace conmigo al colocarme el corsé) a un puñado de horas. Recuerdo a todos aquellos amigos, jóvenes y locos, se reviven ardientes en mi retina, porque no hay unión más fuerte, ni amor más profundo, que el que coloca a los corazones en el desconcertante candelero del “todo es posible”. Y entre nosotros lo fue sin reparo ni mesura y juro que llegué a sentir la felicidad galopando salvaje entre mis venas.
Y, ahora, (¡mírenme!) dando demasiadas vueltas a la cuchara contra la porcelana china, ida, abstraída de mi cuerpo y de mi ser. Rememorando aquellas horas, lejanas ¡pero tan infinitas en mi mente! luchando (cucharilla en mano) para que el azúcar no deje su poso en la taza, para que no conforme esa costra almidonada que, como la tristeza en mi corazón, sólo se puede disolver con la dedicación del agua (lágrimas también pueden servir) y el estropajo.
“Señora Dalloway” -me dice Elisabeth-. “Creo que debería salir a comprar las flores para la fiesta de esta noche”.
Por muchos alardes onomatopéyicos que haga no conseguiré el mismo efecto de ruptura que podría transmitirles si estuviese contándoles esto mismo por la radio o la televisión. El caso es que suena una especie de ¡CRASH! y aquel mundo en el que habitaba se desmoronó. Me despierto con una fila del teclado del ordenador serigrafiada en mi frente (de la A a la Ñ, esa torpe letra “typical spanish” que me pone tan nerviosa). Un cigarro olvidado en el cenicero, liado con la revoltosa maña de las madrugadas, me invita a volver a encender su extremo de canela. Elevo repentinamente mi cabeza de entre los brazos y, superado el mareo y la confusión iniciales, comienzo a entenderlo todo. La Señora Dalloway, de Virginia Woolf, reposa junto a mí sobre el escritorio. Comprendo que al igual que Peter en la novela mi carácter se encuentra afectado de fábrica por la misma debilidad, como la autora describe “su receptividad a las impresiones había sido su talón de Aquiles” y por eso también yo me sentí “estremecer, como una planta en el lecho del río siente el golpe de un remo que pasa” también yo “había vibrado igual”, en sintonía con los sentimientos de los personajes de la novela. Y es que, a pesar de que el sueño me hubiese ganado el pulso, creo reconocer una parte de mí todavía flotando entre las olas de calidez infinita de una historia, entre las hebras de ternura que destila el delicado frufrú del vestido de la Señora Dolloway, repiqueteando alborotado en mi sesera. Una historia que, quizás, hubiese sido como cualquier otra si careciese del ritmo, la prosa, la vibración diáfana y clarividente de la pluma de Virginia Woolf. A través de la rutina, con el tema más insignificante, abre las heridas de la reflexión.
Es difícil resistir el complejo que embarga a las horas, que danzan como olas en un mar de cristal ovalado. Los minutos se deslizan con la parsimonia de lo inevitable, transcurren, no sin sugerirse uno a otro, no sin anunciar un eco del tiempo pasado, no sin desear la venida de un futuro. Las horas son en sí mismas el presente que se intenta eludir entre las hebras del recuerdo, entre los cabellos de la fantasía. Por eso todos somos, en cierto modo, la Señora Dalloway y avanzamos con ella, nos sumergimos en su pasado y descubrimos aquel encanto de antaño que anhela, gracias a la capacidad de Virginia Woolf para desarrollar a través de detalles nimios, físicos o de la acción, casi ridículos para el lector, las pinceladas justas, el trazado de la estructura psicológica de los personajes protagonistas y toda su fuerza encandiladora.

Me siento algo embriagada, quizás de pura locura (que no es más que, como se cita en la novela “la ausencia del sentido de la proporción”). Tomo las últimas notas, pienso sinceramente en abandonar, abrumada por ese fluir, por esa belleza natural en las palabras suspendidas en la atmósfera literaria de Woolf. Intento hacerme la valiente y me asomo a la ventana de mi habitación, que da al patio de luces. Busco, casi asfixiada, ese trocito de cielo de Madrid que tanto cuesta atrapar y, aunque juraría que ya estoy despierta y he abandonado la ensoñación, oigo la música de una fiesta colándose entre los cristales. La vecina del primero -pienso- debe tener una vida social agitada. Sin embargo, un rayo de curiosidad me atraviesa y observo cómo el cristal de la ventana cede a un lado, una mano se agarra fuerte al filo y unas enaguas cubren el espacio del alféizar. Miro al interior de mi cuarto, como buscando desmontar la broma, o quizás buscando a un testigo con el que aliviar mi secreto, con el que compartir mi asombro.
Sólo al volver la vista hacia el patio me sobresalto ante mi visión y un puñetazo de incredulidad sacude todas mis amodorradas células: con una pierna apoyada en el suelo del exterior, una dama victoriana, una mujer sutilmente escotada, cubierta de encajes, ceñida en sus encantos, coronada por un moño que apenas deja caer a los lados dos mechones en tirabuzón, continúa con su plan de fuga. Yo me acobardo oliendo su miedo, que asciende por las paredes hasta mis fosas nasales. Siento, de esa forma en la que a veces se predicen ciertas cosas, que va a detectar mi presencia. Y con su cuerpo totalmente desprendido de aquel cubículo, clava, como consciente de mi mirada, sus ojos en los míos y, entonces, me doy cuenta de que esa mujer ¡TIENE MI ROSTRO! Huye, galopa libre, aliviada, mientras yo me voy reclinando, me voy cayendo poco a poco de espaldas. Llaman a mi puerta, pero no contesto. La voz, distorsionada tras la madera, suena todavía más horripilante y su eco desata las cadenas de mi tormento: “Señora Dalloway -dice- sus invitados se preguntan cuándo bajará a la fiesta.”

2 comentarios

Archivado bajo escritoras, libros, señora dolloway, Virginia Woolf