Escribir es sólo eso: ir escribiendo

Los tentáculos de la pereza tienen límites insospechados. Cuando uno quiere darse cuenta ya tiene la pluma anclada en el tintero de las cosas pendientes. Pero de pronto retumba en sus oídos el nombre de una autora catalana y consigue derretir, a golpe de palabras, el silencio de la primavera. Montserrat Roig (Barcelona, 1946-1991) todavía susurra a los lectores un Dime que me quieres aunque sea mentira, título de su último libro, que reúne los textos que la autora elaboró sobre “el placer solitario de escribir y el vicio compartido de leer.”

Roig nos presenta una serie de reflexiones sobre la relación que el oficio del escritor guarda con la memoria, la locura, el regreso a la infancia o la muerte, sumergiéndonos en la carrera de un autor en busca de su propia “geografía literaria”. Quizás los planteamientos no puedan presumir de originales ya que, con anterioridad y también con posterioridad, numerosos libros han tratado esta temática y han ahondado en los lazos que unen al escritor con la marginalidad y el submundo de la demencia creativa. Tanto es así, que han llegado a convertirlos en una suerte de estigmas que acompañan al literato. Sin embargo, lo que eleva las reflexiones de Montserrat Roig por encima de las de otros colegas es que de fondo existe cierta burla a ese complejo de animal herido con el que se acicalan algunos autores empachados de un romanticismo, a todas luces, atemporal. Roig escribe con naturalidad –y no con afectación- sobre su oficio. De hecho, catalogar la escritura como lo que es, un oficio, ya derriba cualquier artificio de pedantería o presunción. Ella asume la neurosis del escribiente con la misma inercia que uno busca el vaso de agua tras una noche de excesos. Y esta aceptación serena y lúcida surge por una cuestión fundamental: Roig es consciente de que no existe un sino determinista que la haya arrastrado hacia esta profesión, Roig sabe que escribe por elección:

Cuando no era más que una primeriza pasé largas temporadas entrevistando a un buen número de escritores cotizados, no sólo de mi literatura, sino también de la castellana. Era una ingenua y les preguntaba por qué escribían. La mayoría me miraban con aprensión y cambiaban de tema. Y tenían razón. La pregunta inquieta a los veraces y satisface a los pedantes. Es de lo más estúpida y no lo comprendí hasta que empezaron a hacérmela a mí. Es una pregunta obscena que requiere respuestas obscenas. De todas maneras, hubo escritores más jóvenes, más o menos desprevenidos, que me esbozaron la siguiente teoría: “El escritor es un ser que sufre, y sufre de tal manera que el sufrimiento le lleva sin remedio a la escritura”. No era, pues, un oficio, un enamoramiento, un placer. Era un castigo terrible. Ellos, los escritores, sufrían indefectiblemente. Eran los portadores del dolor y Dios se lo hacía expiar a través de la literatura. Sólo ellos veían que el mundo se había vuelto loco, sólo ellos percibían, minuto a minuto, la conciencia de que somos mortales. Ellos “eran” la sensibilidad. La habían convertido en su monopolio y se habían olvidado de los lectores, a quienes impresiona la voluptuosidad de sus palabras.
Con los años aprendí que nadie puede explicar por qué escribe. No podemos elaborar ninguna teoría. Escribir es ir escribiendo . Es como pensar que los locos, por el mero hecho de ser locos, ya son genios. Y que sólo a ellos les influye la luna. Únicamente los que no están locos elogian la locura. La han leído en los libros y confunden los actos de locura, que suelen ser fruto de la imaginación, con el dolor.
Roig también se ríe de del determinismo histórico ya que es consciente de que “sin Franco, sin las monjas, la escritora también hubiera necesitado escribir”. Es más, añade que “todas las infancias recordadas como felices vivieron la prohibición”. A colación, trae los versos traducidos de su paisana Maria Aurèlia Capmany, escritos en una reflexión sobre el pasado, que al igual que para muchas generaciones, es el pasado del franquismo y la posguerra: “Aquello era y no era. Era un mundo feliz y no lo era. Quizá, en realidad, todo aquello era tristísimo, pero tampoco nadie podía quitarte el sol y el mar y la piel del otro”. Así, con la pulcra belleza de estas cuatro frases, Capmany elimina el resquemor, apela a ese espacio propio en el que sólo uno mismo puede dominar. Como sintetiza Roig: “La escritora sabe que para no acabar en el puro resentimiento ha de evocar”. De este modo, somos conscientes de que la narración se mueve con una temporalidad distinta, que atiende a otro tipo de relojes y a otro tipo de calendarios. “Narrar precisa de un tiempo diferente, así como de una capacidad para escuchar las voces que no se oyen”, resume Roig.
Además, lejos del afán de apropiación, la escritora catalana generaliza el arte narrativo como una cualidad intrínseca al ser humano, al igual que lo hará tiempo después Rosa Montero en La loca de la casa: “Nos inventamos nuestros recuerdos, que es igual que decir que nos inventamos a nosotros mismos, porque nuestra identidad reside en la memoria, en el relato de nuestra biografía. Por consiguiente, podríamos deducir que los humanos somos, por encima de todo, novelistas, autores de una única novela cuya escritura lleva toda la existencia y en la que nos reservamos el papel protagonista.” Además, en el caso de Roig, la perspectiva del tiempo también le permitió ironizar con los fantasmas adictivos que envuelven al escritor en su inefable marginalidad.

Las personas continúan narrando, aunque sea contando a la vecina el telefilm que ven cada día en la televisión. Si no contempláramos la vida como una representación, no la resistiríamos. Es necesario un poco de mentira para imaginarnos que perseguimos un poco de verdad. (…) Hacemos creíble la mentira, cuando seducimos al otro, que quizá sabe que mentimos y que nos está pidiendo que sigamos mintiendo.
Dime que me quieres aunque sea mentira -le pidió Johnny Guitar a Joan Crawford. Y ella le contestó que lo quería aunque fuera mentira. Pero, mientras mentía, le decía la verdad. La mentira, es decir, la literatura, es una droga. Y si nos falta, andamos un poco colgados.
Una vez, un crítico literario que me hizo de padre y que es conocido incluso en el extranjero, me dijo:
-Montserrat, me temo que no serás nunca una buena escritora. No te drogas, no estás alcoholizada, y me parece que no eres ni lesbiana.
El hombre largaba brillantes razonamientos y me hizo creer que no llegaría ni siquiera a ser una escritora. Perdí el norte rebuscando, bajo la tutela paternal del crítico, un montón de biografías y autobiografías de grandes escritores y escritoras. Y todos eran drogadictos, homosexuales o habían muerto con el hígado como un colador. Pero, clandestinamente, leí otras biografías, y me encontré con gente que escribía muy bien habiendo llevado una existencia de los más decente: excelentes padres y madres de familia. Incluso pagaban las facturas puntualmente.

De fondo Roig teje cual Penélope, un dietario sobre las cualidades del escritor, que no han de ser otras que las del resto de los mortales. Nos dice que es estúpido entrar en debate sobre si el artista es un loco o no lo es. Nos plantea una perogrullada para oponerse a estos genios del victimismo y contarnos lo que a ellos se les escapa: que para escribir hay que leer y escribir. Es la regla básica. Y eso sí, siempre que se pueda, mantener la mirada tuerta, como ella misma la define. De este modo, la visión nos arroja otra perspectiva mientras mantenemos un ojo emparchado que mira hacia adentro y otro, libre de artificios, que mira hacia afuera. El resto (la locura, la drogodependencia, el alcoholismo, etc.) forma parte de la excentricidad, que no es un apellido obligado en la biografía de un escritor. Y como me dijo una vez uno de esos dioses terrenales que se divierten haciéndose pasar por monstruos: la experiencia artística no sustituye a la real, tan intensa y cautivadora. Por eso una de las primeras recomendaciones que llegan a la autora catalana en su aventura como literata es que primero viva, que se nutra de todo lo que ese complicado verbo implica.

Y es que, en definitiva, hay libros abiertos y libros cerrados. La tipología narrativa podría extenderse infinitamente pero, apelando al minimalismo, estas dos categorías englobarían a todas las restantes. Los que hemos acuñado como “cerrados” construyen un camino en espiral, transportan al lector en una suerte de tablero de la oca en el que sólo hay dos direcciones: de adelante atrás y de atrás adelante. Los atajos, las prisiones que entorpecen nuestro progreso, forman parte del juego pero no varían el sentido de nuestro avance. En realidad creo que los libros cerrados no existen más que por oposición a los que hemos clasificado como “abiertos”, que son la mayoría: obras que son ventanas, que son lo que son pero, mucho más, son lo que no vemos ni tocamos. Que son lianas a otras páginas, a otras historias, a otras emociones. En este sentido y a pesar de su título folletinesco, Dime que me quieres aunque sea mentira es un puente con infinitas salidas, un árbol bajo el que palpitan las raíces de cientos de narraciones, ensayos y reflexiones resueltas con una precisión y maestría envidiables. Un reconstituyente vaso de limonada en la sequía pre-estival.
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