Archivo mensual: febrero 2010

Un cambio de perspectiva: la cama-balsa

Hay días en los que uno prefiere ver la vida en horizontal: Esto es, desde la cama.
Allí uno maquina, re-sueña lo soñado, se traspone, vuelve en sí y cabecea.
Para Stefan Bollman, en su libro Las mujeres que leen son peligrosas, la cama “se ha ido convirtiendo cada vez con más fuerza en el teatro de la intimidad humana”. Sobre este mueble y en un repaso a los últimos siglos como lectores Bollman reflexiona: “En tanto que lugar al que se llega noche tras noche para buscar el reposo, pero al que se llega también para amar y morir, donde el ser humano es engendrado y dado a luz, donde busca un refugio cuando la enfermedad lo atrapa y donde da generalmente su último suspiro, la cama representa en la vida humana un lugar para el que es difícil imaginar un equivalente de semejante dimensión existencial”.
Así que, con todo esto borbotando en la cabeza, no sé qué tienen de especiales estos días. Pero viendo volar las horas desde esta posición, lo de salir a comprar el periódico suele dar pereza. Y acceder a la versión online… ptse… No tiene el mismo encanto. Estoy convencida de que en este estado de duermevela la experiencia se convertiría en un hipervínculo sin retorno.
El caso es que uno se pone como más añejo, más antiguo y remolón. Y saca de su estantería aquellos viejos ejemplares de Revista Literaria “Cuentos y Novelas” que se compró en una tienda de antigüedades. Aquellos que sólo adquirió para admirar la celulosa amarilleada y el valor de una fecha de hace casi setenta años impresa en la portada. Extraigo un ejemplar y todavía me conmueve pensar en ese 6 de noviembre de 1932. Y el olor a historia recubierta de polvo y ácaros sólo me hace fantasear con el Madrid de aquellos tiempos. Con el Madrid que cumplía año y medio de la proclamación de la Segunda República. Con el Madrid que desde septiembre había visto constituirse el llamado –con mucha retranca- trust de diarios afines a Azaña, integrando bajo una misma empresa al diario El Sol, La Voz y Luz. Al Madrid cuyos lectores despreciaban con cada vez más notoriedad la prensa política y elegían sin remilgos los grandes periódicos de empresa…
Vuelvo a fantasear con aquel país en el que se comerciaba por entregas semanales con la literatura de Dostoievski, a 30 céntimos el ejemplar…

Porque el ejemplar que ahora sostengo en mis manos tiene las páginas tostadas por la edad. Y una grapa al estilo de ABC ha mantenido con tesón la unidad de las hojas que ya comienzan a resquebrajarse. Para delirio de esta escribiente, Revista Literaria se editaba en la madrileña calle Larra, número 6. Caminar por aquella senda debía de ser reconstituyente para los amantes del periodismo. Unos números más abajo, en el 14, se editaba el prestigioso diario El Sol fundado por Nicolás María de Urgoiti. El mismo diario en el que en noviembre de 1930 Ortega y Gasset publicó su famoso artículo “El error Berenguer” símbolo y reflejo del descontento monárquico que se respiraba en el país. Letras que finalizaban con el apasionante “Delenda est Monarchia” y que anticipaban la llegada inminente de la Segunda República… Pero en esa misma calle, en ese mismo número 14, otros tiempos –ya por el año 1935- convertirían sus instalaciones en la nueva sede impresora del diario Arriba, fundado por José Antonio Primo de Rivera como escaparate de la Falange. Más aún, a partir de 1939, sería el diario oficial del Movimiento franquista. Es sorprendente cuánta historia, en tan pocos años, puede almacenar un inocente número de una calle de Madrid…

Antes, antes de todo eso, “La mujer de Otro” (Aventura Extraordinaria) de Fedor Dostoievski protagonizaba la portada del número 201, Año IV, de aquel domingo 6 de noviembre de 1932 en la Revista Literaria. Reconozco que el cuento me entretuvo, que las calamidades y el patetismo de un marido que tiene inverosímiles sospechas sobre que su esposa es adúltera llenan de gracia las columnas del tabloide.

Sin embargo, lo más llamativo de todo el ejemplar lo encontraría en la segunda página. Además del precio de suscripción a la revista y de un repaso a la biografía y a los ejemplares en los que ya se había publicado algo sobre el autor; también adelantan el contenido del próximo número cuyo protagonista será Maquiavelo, al que califican como “espíritu sutil que buceó en diversas actividades humanas, dejando algunas obras literarias, entre ellas cuentos tan llenos de gracia y de humorismo como “El archidiablo Belfegor”, que presentarían al público la semana próxima. Pero, concretando, sería en la sección de “Noticias Literarias” donde hallaría las líneas más emocionantes y subversivas de todo el diario. Bajo el ladillo “Por la cultura nacional” los redactores se dedican a hacer un repaso sutil de las complicaciones que profesionales y docentes tienen que afrontar a la hora de acudir a una biblioteca nacional. Con sorna, ponen el acento en la necesidad que el Gobierno tiene de conocer todos estos hechos para mejorarlos. Ya al final, abandonan las zalamerías y se ponen reivindicativos: “Suiza, con sus 41.000 Kilómetros cuadrados y cuatro millones de habitantes, tiene para bibliotecas más consignación que España. No sería exagerado pedir que el Gobierno destine en el presupuesto una cantidad suficiente para este servicio”.
Quizás sea una cuestión de perspectiva: leer así, recostado, siempre altera la visión. Pero a mí se me antoja que estaba muy bien eso de editar una revista literaria y, al mismo tiempo, denunciar las carencias del país en esa materia. Darle la vuelta a la pluma y ponerlo todo patas arriba conviene a la salud de los lectores y redactores. El problema es que hace demasiados años que todos observamos el mundo en vertical… y nunca nadie se arriesga a cambiar la posición. Creo que, de momento, esta Trilby se quedará así, en horizontal, en su catre. Y me sentiré en mi pequeña cama-balsa (así denominaba Colette a su lecho) una pequeña díscola que hoy se niega a ver el mundo como un bípedo cualquiera… Y soñaré que aquí nadie pregunta ya si la botella está medio llena o medio vacía… Porque alguien tendrá la sensatez de indicar que lo más importante es saber qué diantres contiene la botella.
[Arriba, lámina de André Dunoyer de Segonzac, Sidonie-Gabrielle Colette]

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Versos sin escamas

“Mañana es un mar hondo que hay que cruzar a nado”

El pasado 12 de enero se cumplieron dos años del fallecimiento de Ángel González, el poeta ovetense que hoy ocupa estas líneas. Pero, de ser justos con su legado, cabría preguntarse si es posible cesar de existir siendo un Ángel –de nombre y poesía- que rompió las alas contra los escombros de las pasiones, que por discreción se fue ahogando en el pozo de su garganta, de la que brotaron palabras, ritmo y sonoridad infinitas. Porque en demasiadas ocasiones la crueldad de los artistas es que su fuente de inspiración acaba por hundirlos en la fosa común de los inertes. Si la tuberculosis que contrajo con 18 años le fue sumiendo en el abismo de reclusión perfecto para evocar la poesía, leerla y construirla; también acabaría dejando en su pecho la vía insalvable por la que se iría apagando su vida, hasta que a los 83 años fallecía a causa de una insuficiencia respiratoria.

Pero al margen de los óbitos, a veces lo que más atrapa de un artista no es sólo el objeto que le da fama sino cómo llega uno a descubrirlos. En el caso de esta Trilby, una casualidad, como tantas otras, me condujo hasta Ángel González. Y confieso abiertamente, que las fórmulas poéticas no acaparaban en absoluto mi atención. Todavía con el recuerdo reciente de la etapa escolar, pensar en poesía era pensar en memorística. Los versos siempre han sido un instrumento de repetición que aprendía en la escuela como el abecedario, sin que vertiese sobre ellos conciencia alguna o emoción. Pero la primera vez que me topé con Ángel González fue arrastrada por el sereno final de la película El pájaro de la felicidad (1993), de Pilar Miró. Un filme que, pese a no haber retribuido a su directora la fama de otros metrajes suyos, como El perro del Hortelano (1995) o Beltenebros (1991), ocupa un lugar destacado en mi colección particular. Unos versos nada inocentes me atraparon entonces a través del personaje protagonista que interpretaba Mercedes Sampietro:

“Añorar el futuro que no existe es aceptar la vida despojada de sus días mejores, y vivir es igual que haber vivido ya sin que ése haber vivido suponga, por desgracia, estar ya muerto”.

Con este final evocador, luego fui averiguando que pertenecían a un poema de González y que todo en él era magia: No en vano “Palabras casi olvidadas” acabó por dar nombre a este blog. Aquellos versos todavía me acompañan porque, como buenos amigos, están presentes en el repiqueteo de mi memoria y arrancan en ella por inercia, como los “diez cañones por banda” de Espronceda:

“En ocasiones, el corazón se siente abrumado por la melancolía, y al pensamiento llegan viejas palabras leídas en libros olvidados: felicidad, misterio, alma, infinito. ¿Es la tarde que mete sus uñas venenosas en el sombrío cuerpo del olvido y huye hacia la noche llevándose en la boca algún gesto borroso, una canción perdida, la desteñida cinta que no pudo atar tantos recuerdos? (…)”
Sería a través del prólogo de Luis Izquierdo, recogido en Antología Poética de Alianza Editorial, cuando el sobrecogimiento personal tomase formas definitorias. Para Izquierdo, el poeta asturiano era: “Un ángel que pronto descubrió que sus únicas alas posibles eran las de la escritura. Desaprendió las lecciones del dictado y la religión y describió además que en la prosa de la vida hay mucha poesía que desentrañar”.


En Ángel González ironía y poesía se toman de la mano como amantes suicidas que se despeñan hacia un pozo espeso de nostalgia, memoria y denuncia. Catalogado dentro de la Generación del 50, como uno de esos “hijos de la Guerra”, González sufrió las consecuencias de tener una familia republicana. De regreso a España, despuntó con sorna algún que otro verso a aquellos recuerdos:

Cuando estoy en Madrid,
las cucarachas de mi casa protestan porque leo por las noches.
La luz no las anima a salir de sus escondrijos,
y pierden de ese modo la oportunidad de pasearse por mi
dormitorio,
Lugar hacia el que
-por razones oscuras-
se sienten irresistiblemente atraídas.
Ahora hablan de presentar un escrito de queja al presidente
de la república,
y yo me pregunto:
¿en qué país se creerán que viven?;
Estas cucarachas no leen los periódicos.

Y es que en la paleta de su poesía Ángel González mezcló muchas reflexiones tragicómicas derivadas de su experiencia con la tuberculosis, el exilio y el silencio. Y consecuencia de esa amalgama saldría una poesía limpia y depurada, alejada del rococó que pervierte la fachada de las emociones, cuidando de que sus palabras se alejasen del circunloquio para caer en la diafanidad del sentimiento. Por esto, sus versos no tienen escamas. Están expuestos sin corteza ni pelaje protector a la felicidad que emana de las escenas triviales [miro pasar las nubes sobre tus labios rojos,/ digo adiós a los pájaros que cruzan por tu frente,/ y si cierras los ojos cierro también los míos,/ y me duermo en tu sombra como si siempre fuera/ verano,/ amor,/ pensando vagamente/ en el mundo inquietante/ que se extiende –imposible- detrás de tu sonrisa]. Y a la tristeza que provocan sus reflexiones. [Mastico lentamente los minutos/ -tras haberles quitado las espinas-/ y cuando se me acaban/ me voy rumiando sombras,/ rememorando el tiempo devorado/ con un acre sabor a nada en la garganta.]

Bruto –por su pureza- e intimista, hasta al punto de ahogarse en su propio cuerpo, no renuncia a la conciencia social, a pesar de caer muchas veces en el desaliento que provoca que, en demasiadas ocasiones, las palabras sean presas de la nada, marionetas del viento. “Ángel, me dicen, y yo me levanto disciplinado y recto, con las alas mordidas –quiero decir: las uñas- y sonrío y me callo porque, en último extremo, uno tiene conciencia de la inutilidad de todas sus palabras.”

El desdoblamiento personal del autor a través de la dualidad que le imprime su nombre propio (como ser humano y como ser celestial) es otra de las constantes en su obra. E inevitablemente acuden a mi cabeza versos de “Para que yo me llame Ángel González”, de una franqueza espeluznante sobre la insignificancia que a veces acompaña a la condición humana. O un extracto de “Reflexión primera” (Si esto es la vida Dios, si éste es tu obsequio, te doy las gracias –gracias- y te digo: Guárdatelo para ti y para tus ángeles.) En palabras de Luis Izquierdo “Esas gracias ilustran, con el gesto oral de repetición, el rechazo al obsequio de una monotonía consciente del fracaso final de la hora última.” En este sentido, recuerda mucho a aquellas palabras finales que, antes de su muerte, la pintora mexicana Frida Kahlo dejó escritas, con gran ironía, en su diario : “Espero alegre la salida y espero no volver jamás”.

Para William Wordsworth “Toda buena poesía es el desbordamiento espontáneo de poderosos sentimientos y, aunque esto es verdad, nunca hubo poema, sobre cualquier tema, al cual pudiera atribuirse algún valor que no fuera producido por un hombre que, además de estar dotado de sensibilidad orgánica fuera de lo común, ha pensado también larga y profundamente”. Es curiosos como intentando atrapar una definición para la poesía, halla dado de lleno en el estilo de Ángel González. De talante humilde y travieso, sólo él podía llamar la atención sobre el gran biógrafo musical de nuestros tiempos: Joaquín Sabina, que en su último disco, Vinagre y Rosas, le dedica al poeta la canción “Menos dos alas”. Un homenaje al “santo por lo civil” que fue y sigue siendo Ángel González, el que “decía que la muerte no era tan grave y agonizó en voz baja por cortesía”.

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Enero en blanco. Los primeros días del año

Libros sobre la cama. Una masa de ropa arremolinada en torno a la silla. Una cajetilla de tabaco blando con medio cuerpo saqueado por la ansiedad fumadora. Un reloj roto. Una agenda sin anotaciones y bolígrafos que ya no escriben pero se resisten a abandonarme. Garabatos sobre mi mesilla de noche. Calcetines desparramados en el suelo, que aceptan resignados el pudor que les impide meterse entre las sábanas. Un teléfono apagado. Y una gorra de lana que hoy no usaré. El sol alarga sus brazos por mi ventana.

Podría darle un aire romántico a este ambiente de compromisos a medias y obligaciones pendientes. Pero no hay para tanto. De la lámpara cuelgan a pares los suspensos y al abrir el armario han caído a mis pies todas las notas ausentes de una guitarra que ya no tiene voz. De poseer el talento de Bettina von Armin –una fabulosa lectora del siglo XIX que disfrutaba escribiéndose correspondencias ficticias a sí misma- hubiese afilado el lápiz y dibujado un paisaje entrópico donde habitar serenamente. “En tu cuarto era como estar a orillas del mar, donde una flota había encallado. Schlosser reclamaba dos grandes infolios que había tomado en préstamo para ti en la biblioteca municipal y que tú tienes desde hace ya tres meses sin haberlos ojeado. El de Homero estaba abierto en el suelo, tu canario no lo había tratado bien…” Así se escribía ella. Creo que Bettina solamente quería describir aquello para sentirse parte de ese juego de objetos que salpicaban su habitación y a veces conseguían dominarla hasta el punto de hacerla sentirse una pequeña concha inerme a orillas de ese paisaje playero.

Por eso a veces también es importante hablar de las ausencias. De este enero en blanco que si bien la gente suele llenar de pretensiones y propósitos yo he preferido dejarlo vacío, esperando en la puerta a ver quién entra primero, quién se atreve a dar el paso: Mi pacto a medias con Teresa y sus tardes, mi locura sugestionada por la adolescente Woolf, mi Benedetti sin tregua, mi Larra y su doncel… Aguardaba con esa misma inquietud contenida de la extraña muchacha que en el cuadro de Renoir parecía exiliada del plácido ambiente que la rodeaba. Muchacha cuya pose inspiró cientos de cuadros a aquel viejo de cristal que en la película de Amélie repetía el lienzo de “El almuerzo de los remeros” con el único propósito de captar aquella mirada perdida, suspendida en otro espacio ajeno al cuadro y quizás al propio Renoir.

El caso es que tal estado ingrávido atestaba la habitación que sólo podía vencerse por la tangente. Por la esquina ausente en la que alguien dejó un libro en mis manos. Tan inesperado como divertido: La tienda de los suicidas, de Jean Teulé, que no podía ser más evocador en esta playa de mi cuarto, en este cuadro de remeros. Me cuesta decidir si lo más fabuloso del libro es la imaginación desbordante del autor, la sórdida idea de que en un futuro existan tiendas suicidas regladas por una legislación todavía protectora con la infancia -el bote de los caramelos debía tener la proporción justa entre veneno y placebo para que el azar decidiese sobre el destino de los pequeños-, o el negocio familiar de una pandilla de altruistas que siempre cuelgan el cartel de “abierto por defunción”. Ni uno sólo de los Tuvache escapa al encanto: los progenitores que forman parte de una estirpe de vendedores de objetos suicidas o los acomplejados hijos que se regozijan en su lamentable existencia: Vincent, Marilyn y Alan. Por su puesto el nombre lo heredan de sus tocayos suicidas. Pero el pequeño, Alan, inspirado en la fabulosa figura de Alan Turing es el díscolo que sonríe a los clientes y les despide con un “hasta pronto” en lugar de decirles “adiós”. El carácter de los personajes y ese mundo de distopía propio de las novelas futuristas de Ray Bradbury mueven perversamente al lector hacia una abierta y continua carcajada. Y los instrumentos para el suicidio, tan divertidos como inútiles, están hechos para todo tipo de degenerados con impulsos mortales: desde los preservativos rotos para contagiarse el Sida hasta el Kit Turing que incluye una manzana con cianuro y un lienzo con el que pintar la fruta antes de despedirse de la vida.
Y es que, en el fondo de esta novela desternillante, subyace una clara denuncia a la injusticia cometida con Alan Turing: un matemático inglés, considerado padre de la primera generación de ordenadores que fue juzgado y castrado químicamente por reconocer su homosexualidad. Un mártir a lo Oscar Wilde, pero con el agravante de que los hechos ocurrían medio siglo después. Tras quedarse impotente, contemplar como su figura se ensanchaba y le crecían pechos -todos efectos secundarios del tratamiento hormonal que le impusieron para rebajarle la lívido- Turing decidió quitarse la vida, aunque su muerte sigue constituyendo un enigma. Pintó un cuadro de una manzana inspirándose en el fruto que previamente había cubierto con cianuro y que estaba sobre su mesa. Luego se la comió, aunque no pudo acabársela por completo. Ésa es la principal teoría. Que llega incluso a explicar -según las mentes más retorcidas- que el símbolo de Apple sea una manzana mordida.

El caso es que en medio de tanta risa, el escritor Jean Teulé consigue meternos su mensaje entre las sienes: el peligro de un futuro regido por la histeria. Algo que en el pasado y a lo largo de la Historia se ha cobrado demasiadas víctimas. Por eso los Touvache, protagonistas de esta tragicomedia, tienen en su tienda una colección de lienzos con manzanas: algunas impresionistas, otras más realistas… Las hay incluso cubistas. Porque los propietarios de La Tienda de los Suicidas solicitan, a quien compre el Kit Turing para emular la muerte del matemático inglés, que leguen el lienzo a su negocio. Y así, están todos expuestos en la pared. Uno de los ejemplares es una manzana azul. “Ése lo pintó un daltónico”, nos aclara el padre. Y uno sonríe, con el libro entre las manos y la torpeza del suicida.

Quizás lo más fabuloso de este libro es que su fantasía llega a ser tan hilarante que preocupa al lector. Y sientes cierta indefensión ante las ganas que te entran de visitar la tienda y contemplar todos aquellos extraños objetos. Darle un beso de la muerte a Marilyn, contemplar el vendaje de la cabeza de Vincent, alucinar con la fría ejecución del padre Mishima -que fabrica bloques de hormigón para arrojarse al río- y la siempre servicial Lucrèce, cocinando sus recetas ponzoñosas. Pero sobre todo, uno quiere espiar con orgullo a aquel joven extraño, el que sonríe permanentemente y que en un mundo adverso y plagado de suicidas conseguirá contagiar a todos de una estúpida pero efectiva pulsión por vivir.

Mishima Tuvache sale del sótano con un saco de cemento entre los brazos y lo deja en el suelo mientras su mujer le cuenta lo sucedido:
-Esta clienta afirma que Alan está sonriendo.
-¿Qué dices Lucrèce?
Sacudiéndose un poco de polvo de cemento de las mangas , se acerca al niño y lo contempla largamente con aire dubitativo antes de diagnosticar:
-Seguramente tiene un cólico.”

Y con tal rotundidad, el lector se convence de que un extraño pero placentero cólico, le acompaña a lo largo de la lectura. Y este es el mayor de los peligros para la rentabilidad de La tienda de los suicidas: atrapa.

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