Archivo mensual: abril 2009

El Madrid de Corpus Barga, el Madrid de hoy

La decepción, tomada en su expresión más exasperante, aquella que posee los ánimos de un compungimiento amargo y severo, sólo pertenece a aquellos que aman, que proyectan una suerte de mérito sobre las gentes y las cosas, a aquellos que esperan algo de ellas. Con la tierra, esa patria reducida a los visos de la infancia, a los recuerdos, a los rostros que dan sentido a la diferencia, a las variantes de olores y luces de las calles recorridas tantas y tantas veces en un solo día; uno adquiere un egoísmo a la par bravucón y sentimentaloide, un sentimiento de posesión permanente y de defensa incondicional que le permite sentirse defraudado con ella cuando los hechos lo requieran. Y la crítica pertenece legítimamente a estas lombrices de esa tierra que surcan la patria del fondo a la superficie. Que lo mismo escupen como se bañan de alegrías entre sus fronteras.

Algo de esto debía sentir Corpus Barga al escribir sus crónicas sobre la capital que se compilaron en una edición de 2002 bajo el nombre de Paseos por Madrid. Porque Madrid es un poco de esas ciudades que alimentan la ciclotimia entre quienes la conocen: apenas uno oye el tan-tan de sus latidos y ya siente cómo le embriaga una sensación a la par melosa y repugnante, uno siente ese asalto de la belleza, ese ánimo enaltecido, y al poco tiempo, esas ganas de romper el eterno techo gris que lo envuelve. La eterna “ciudad de paso” a la que muchos llegan como yo, de confusión camino de Santiago, quizás un traspapeleo, la estela equivocada, las coordenadas confusas de la Estrella de Oriente y ¡zas! uno aparece en Madrid y si es, al igual que esta Trilby, de talante tendente a la angustia por los conglomerados, recuerda cuántas veces repudió esta vida mientras lucha por comprender por qué narices uno no es capaz de desprenderse de su sortilegio. Y “un grito en la noche” “En la calle de Alcalá o en la Gran Vía es un suspiro. Vocear a un sereno de estas calles es como suspirar a las estrellas. El grito en la noche del centro de Madrid se ahoga en el ruido. Madrid se ha inventado el ruido continuo” escribe Corpus Barga, como si ya entonces atisbase el zumbido de los cláxones encendiéndose y apagándose por las calles, la voz propia del tumulto, la contaminación acústica asediando nuestra demencia. Porque Madrid es también esa locura, un retrato valiente de nuestras miserias, un chiste hiperbólico de la contradicción humana “Los vendedores de periódicos, con sus pistoletazos guturales, tienen la misión secreta de hacer sordos para hacer lectores.” Con ironía rastrea Corpus las heridas de su ciudad. Las contrariedades de una amada que se desgarra cuanto más parcelas del mundo absorben los ojos del periodista, con el verbo del que tiene talento y las lentes del cosmopolita “Este Madrid es una Roma sin grandeza. Y cuando tiene grandeza, por ejemplo: en la Plaza de Oriente, no se puede negar que es romana” afirma en una de sus crónicas, como dejando transpirar ese cariño ferviente por lo propio, un cariño ingrato y casi pazguato, que no asume las diferencias, un hígado que destila constantemente un alcohol envidioso del que no se espera violencia ni rencor, sólo ansia de mejora. “Hay que republicanizar Madrid” decía con desgarbo, intentando liberar su ciudad del peso abominable de unos reyes a medias fútiles y funestos, “de la garra piojosa de la Monarquía” no por una protesta salvaje e infundada, sino por el daño y la victimización que desde el trono se había hecho a la ciudad, cortando un patrón a su medida, aprovechando los resquicios más bellos para instalar sus lustrosos aposentos “Los madrileños han sufrido pacientemente que la única parte habitable de Madrid no fuera habitada por ellos”. Sin embargo, que no se indignen los lectores por cierto sectarismo, porque Corpus también habla de la República y no siempre en términos amables. Porque hay desencanto también en aquel sueño esperanzador, un fondo frustrante y una perpetua insatisfacción al observar las ambigüedades y el laxo fajín que era el sistema republicano para algunos políticos hartos de ser “ranas que si no piden al rey vuelven a su charca.”


Y a pesar de los pesares, de lo crítico, de lo mordaz, hay que reconocerle a Corpus Barga el mérito de no haber sido una veleta política como tantos y tantos en la época. Que lo mismo ventaban al norte como al sur, que de igual modo exhibían los pendones de la izquierda como recibían premios del Caudillo ¿verdad Vicente Risco? Pero no. Corpus sufrió el exilio. Ese irse con el rabo entre las piernas, con las ilusiones hechas jirones y el ánimo volado por la nitroglicerina. Y antes, incluso antes, luchó por mantener erguida su causa, por darle oxígeno a la vela de la esperanza aún en guerra, aún cayendo las bombas y resistiéndose la gente a creer que Madrid podía ser derrotada teniendo todos, hasta el propio Corpus, el eco de aquel benemérito Dos de Mayo contra los franceses instigando a la valentía. Me atrevería a decir que nada hizo tanto daño a los españoles como aquel pasado glorioso en el que se escudaron tantos sueños pueriles, esa patria tullida que caminaba desde el pasado todavía con esplendor para engañar al presente. A quienes les queden ciertos escrúpulos, ya no pueden acusar de feroces a los españoles, sino más bien de una sobredosis de voluntarismo, de ser unos inocentones sin remedio clamando no se sabe qué imperio perdido.
¿Pero de qué podemos acusar a Corpus más que de entusiasmo? ¿Cómo juzgarlo? A sabiendas de su amistad con Valle-Inclán, con Pío Baroja, cuando huyó al exilio acompañado de Antonio Machado… aquella, disculpen si me pinto chovinista, sí era la gloria de España. Y tras su rastro debiéramos ir todos, fustigando a todo aquel que amedrenta la libertad, que pone candados donde sólo debiera haber alas. Defender la cultura es defender la libertad de antaño, decía Corpus, emocionado ante la venida del II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, convencido de que la noble causa vencería a los inquisidores, a los ladrones del pensamiento. No imaginó que en abril de 2009, el primer escritor catalán en recibir el Premio Cervantes, Juan Marsé, recordaría en su discurso cómo conformó su habilidad literaria en torno a los tres libritos en castellano que se habían salvado de la hoguera “Recuerdo muy bien la fogata en medio del pequeño y sombrío jardín, los libros abriéndose al calor como flores rojas, las páginas desprendidas arrugándose y bailando sobre la cresta de las llamas, revoloteando un instante como grandes mariposas negras.” Dice Marsé ser “un catalán que escribe en castellano. Nunca vi en ello nada anormal”, pero lo hay, no por una cuestión de política lingüística, lo hay por el recuerdo de las llamas, de las letras consumiéndose, arrugándose precipitadamente sin que los ojos de aquel niño cargado de talento pudiesen atisbar su belleza. Pobre Corpus, me digo. Al final nos hemos convencido de que las cosas han sido lo que tenían que ser. Aunque nos robasen la gloria de pensar, aunque nos prohibiesen ver Madrid como lo había sido siempre, con aquella miseria, pero tan propia… de la que sólo queda quizás el recuerdo de aquellos genios colmando de grandiosidad los cafés de esta ciudad, como tantas otras, obligada a olvidar su propio nombre.
Ahora sí, parece que el cuerpo me pide salir a consumir un cigarrillo entre las caricias de la brisa nocturna. Pasear por una calle de Madrid, verla levantada, vetada de vallas amarillas y señales de obras, una estampa tan parecida a las que Corpus escribía en sus artículos que pareciese formar parte de un cuadro, un valioso cuadro que en la pinacoteca conserva todo su esplendor. Y, pese a todo, paseo feliz. Saltando los socavones y esquivando el escombro. Paseo feliz. Ensimismada. Intentando encontrar el grifo, ese maldito grifo del maná de los dioses que se debió quedar abierto para colmar esta ciudad, gota a gota, con sus mil encantos.
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Coqueteo proustiano

El final, que al ser pronunciado desaparece, se convierte en “nada”, en silencio… nos asusta.
Es una pared de hormigón impenetrable o la entropía de las moléculas jugando en un abismo inexistente… pero aterra.

Con los libros sucede lo mismo. En ocasiones esta Trilby se ha visto obligada a cortar sus ansias lectoras, a podar los extremos de las alas de la curiosidad para evitar un final prematuro que no es otra cosa, que la muerte de una historia. Apenas una veintena de hojas para ese fin, el peso del tomo acosando mi mano izquierda y el miedo me corroe. Finjo que es pereza y abandono el libro durante días. Lo desatiendo para que no sea él el que me hunda en la desidia, el que me destierre de sus letras. ¡Es tan difícil ignorar el tañido de la pérdida resoplando el “adiós” entre mis manos! Hasta las propias hojas se inquietan y retroceden una por una hacia su lado de reposo natural: el que las invita a cerrarse.
Y tiemblo y finjo una vez más. Como una comensal educada que, pese a la rabiosa hambruna, siempre deja algo en el plato; como una eficiente ama de casa que repone la despensa antes de que los víveres se agoten; como una adolescente atolondrada que espera en la puerta para llegar tarde al toque de queda. Huyendo siempre del final. Me resisto, erigiéndome dama subversiva, aunque colmada de patanería. Y ya asumida mi enfermedad, que vivo en el más escrupuloso mutismo, busco consuelo, sí, en el beso perfumado de un nuevo libro. Y así, dándomelas yo de singular lunática, de promiscua libresca, poseída por este febril miedo a los finales, me topo de pronto a un joven francés, remilgado, apabullante, delicado, capaz de imprimir hermosura hasta en el resquicio literario más mugriento… y comparte conmigo su temor. Los dos nos reconocemos temblorosos, como dos algas se padecen en enredos al paso y caricia del mar que las mueve. Aquel joven, de cuyo nombre no podría olvidarme, es Marcel Proust. Reconozco que desempolvé la coquetería, afilé las uñas de conquista y me dispuse a ese flirteo sin compromisos pero satisfactorio. Y nuestro affaire amoroso responde al nombre de ensayo, breve, apenas unas setenta páginas en las que el genio francés divaga Sobre la lectura. Una joya expresiva que percute directamente las sensibles fibras del lector afectado, creando una melodiosa armonía. Una joyita que, por corta, no ha fracasado en su ánimo de alianza, de compromiso.
Los locos devaneos de un joven que intenta leer sumergido en la agitada vida familiar, que se resiste a ingerir bocado alguno por no sacrificar su lectura. Encontramos a un Proust humilde, cercano, que semeja ser demasiado parecido a nosotros, los comunes, en su fervor lector (salvando la distancia cuantitativa… y si me descuidan, cualitativa). Un enamorado de los libros que rechaza la condena de Madame Bovary porque entiende “La lectura se encuentra en el umbral de la vida espiritual; puede introducirnos en ella; pero no la constituye”. Considera al libro el amigo sincero “se trata de una amistad desprovista de todo aquello que afea las demás amistades (…) esas reverencias en el vestíbulo que llamamos deferencia, gratitud, afecto, con las que mezclamos todas las mentiras, son inútiles y fastidiosas.” “Con los libros no hay amabilidad que valga. Con estos amigos, si pasamos la velada en su compañía, es porque realmente nos apetece”. Reniega de lo destructivo que puedan albergar, rehusa de esa fantasía caótica y dañina. La lectura puede ser una terapia, pero al igual que el cirujano o el terapeuta, como Proust preconiza para escándalo de la enamoradiza dama de Flaubert, los libros restituyen la parte afectada (del ánimo en este caso) pero ha de ser el enfermo el que la ponga a caminar, el que active su funcionamiento.
“El supremo esfuerzo del escritor como el del artista no alcanza más que a levantar parcialmente en nuestro honor el velo de miseria y de insignificancia que nos deja indiferentes ante el universo”. Hete aquí la misión del escribiente. Hete aquí mi pavoroso miedo a los finales. Por eso, esta Trilby, sintiendo el abrazo de la madrugada quemándole la espalda, vuelve una y otra vez sobre el lodo de su ignorancia y agradece a todos aquellos genios y maestros que algún día se empecinaron con su encanto para despertar en mí, como Federico Luppi pide a sus alumnos en la película “Lugares comunes” “el dolor de la lucidez”. Y aún en la procura de esa conciencia que se agita funesta entre mis miserias, sigo buscando ese rayo al que aferrarse. Mientras tanto, me amarro de la liana de la sinécdoque, cojo la parte por el todo, cruzo la orilla de los sueños y me despido, con el torrente de belleza que es Proust, susurrándome al oído.

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Ensoñación victoriana

Siento los pequeños mordiscos de mis nervios avanzando por mi vientre, punzándome el estómago con la sutil dentada de una termita solitaria. Parece que la vida reserva (¡aún!) ése tipo de misterios: todavía soy capaz de levantarme sintiendo que queda algo por hacer, un asunto que cuelga de otros cabellos, diferentes a los de la monotonía. Refresco mi rostro con el agua de la jofaina, que parece siempre extraída de la almendra helada de un corazón de nieve. Dispuesta sobre la coqueta de mi dormitorio, la palangana también salpica los objetos: el cepillo, los abalorios. Parece que su cuerpo de agua ansiase despertar la vida también en ellos. Me miro al espejo como quien ve una sombra y, paulatinamente, los ojos se van desprendiendo del sueño y voy recobrando la nitidez. Diría incluso que esta emoción contenida me hace verme más atractiva. Mi pelo lacio y de carbón tiene hoy un brillo inusitado e, incluso, se reservaba cierta coquetería altiva cuando lo recojo en un moño sobre la nuca. Las arrugas abiertas como cicatrices alrededor de mis ojos parecen difuminadas sobre la piel. Creo que hoy voy olvidando (aunque sólo de forma superficial) que ya he vivido tanto que percibo esa estación de paso llamada felicidad, lejana y sin retorno, abandonada mucho tiempo atrás.
Elisabeth entra en estos momentos con la taza del desayuno sobre una bandeja de plata. Hubo un tiempo en el que deseé todo este mundo ostentoso, las cortinas de satén, los bordones dorados, (Elisabeth esquiva mis chaplines en el suelo) la alforja de la cama pretendiendo alcanzar el cielo… Y, sin embargo, ¡cuántos años llevaba muerta entre aquellos lujos! El corazón latiendo y los labios sonriendo al compromiso, las piernas siguiéndose la una a la otra en una sucesión absurda de la que ya no se sentía más que aire entrando y saliendo de los pulmones. Hubo otra época, un verano, quizás una semana y, si me apuran, constreñiría el tiempo (igual que ahora Elisabeth hace conmigo al colocarme el corsé) a un puñado de horas. Recuerdo a todos aquellos amigos, jóvenes y locos, se reviven ardientes en mi retina, porque no hay unión más fuerte, ni amor más profundo, que el que coloca a los corazones en el desconcertante candelero del “todo es posible”. Y entre nosotros lo fue sin reparo ni mesura y juro que llegué a sentir la felicidad galopando salvaje entre mis venas.
Y, ahora, (¡mírenme!) dando demasiadas vueltas a la cuchara contra la porcelana china, ida, abstraída de mi cuerpo y de mi ser. Rememorando aquellas horas, lejanas ¡pero tan infinitas en mi mente! luchando (cucharilla en mano) para que el azúcar no deje su poso en la taza, para que no conforme esa costra almidonada que, como la tristeza en mi corazón, sólo se puede disolver con la dedicación del agua (lágrimas también pueden servir) y el estropajo.
“Señora Dalloway” -me dice Elisabeth-. “Creo que debería salir a comprar las flores para la fiesta de esta noche”.
Por muchos alardes onomatopéyicos que haga no conseguiré el mismo efecto de ruptura que podría transmitirles si estuviese contándoles esto mismo por la radio o la televisión. El caso es que suena una especie de ¡CRASH! y aquel mundo en el que habitaba se desmoronó. Me despierto con una fila del teclado del ordenador serigrafiada en mi frente (de la A a la Ñ, esa torpe letra “typical spanish” que me pone tan nerviosa). Un cigarro olvidado en el cenicero, liado con la revoltosa maña de las madrugadas, me invita a volver a encender su extremo de canela. Elevo repentinamente mi cabeza de entre los brazos y, superado el mareo y la confusión iniciales, comienzo a entenderlo todo. La Señora Dalloway, de Virginia Woolf, reposa junto a mí sobre el escritorio. Comprendo que al igual que Peter en la novela mi carácter se encuentra afectado de fábrica por la misma debilidad, como la autora describe “su receptividad a las impresiones había sido su talón de Aquiles” y por eso también yo me sentí “estremecer, como una planta en el lecho del río siente el golpe de un remo que pasa” también yo “había vibrado igual”, en sintonía con los sentimientos de los personajes de la novela. Y es que, a pesar de que el sueño me hubiese ganado el pulso, creo reconocer una parte de mí todavía flotando entre las olas de calidez infinita de una historia, entre las hebras de ternura que destila el delicado frufrú del vestido de la Señora Dolloway, repiqueteando alborotado en mi sesera. Una historia que, quizás, hubiese sido como cualquier otra si careciese del ritmo, la prosa, la vibración diáfana y clarividente de la pluma de Virginia Woolf. A través de la rutina, con el tema más insignificante, abre las heridas de la reflexión.
Es difícil resistir el complejo que embarga a las horas, que danzan como olas en un mar de cristal ovalado. Los minutos se deslizan con la parsimonia de lo inevitable, transcurren, no sin sugerirse uno a otro, no sin anunciar un eco del tiempo pasado, no sin desear la venida de un futuro. Las horas son en sí mismas el presente que se intenta eludir entre las hebras del recuerdo, entre los cabellos de la fantasía. Por eso todos somos, en cierto modo, la Señora Dalloway y avanzamos con ella, nos sumergimos en su pasado y descubrimos aquel encanto de antaño que anhela, gracias a la capacidad de Virginia Woolf para desarrollar a través de detalles nimios, físicos o de la acción, casi ridículos para el lector, las pinceladas justas, el trazado de la estructura psicológica de los personajes protagonistas y toda su fuerza encandiladora.

Me siento algo embriagada, quizás de pura locura (que no es más que, como se cita en la novela “la ausencia del sentido de la proporción”). Tomo las últimas notas, pienso sinceramente en abandonar, abrumada por ese fluir, por esa belleza natural en las palabras suspendidas en la atmósfera literaria de Woolf. Intento hacerme la valiente y me asomo a la ventana de mi habitación, que da al patio de luces. Busco, casi asfixiada, ese trocito de cielo de Madrid que tanto cuesta atrapar y, aunque juraría que ya estoy despierta y he abandonado la ensoñación, oigo la música de una fiesta colándose entre los cristales. La vecina del primero -pienso- debe tener una vida social agitada. Sin embargo, un rayo de curiosidad me atraviesa y observo cómo el cristal de la ventana cede a un lado, una mano se agarra fuerte al filo y unas enaguas cubren el espacio del alféizar. Miro al interior de mi cuarto, como buscando desmontar la broma, o quizás buscando a un testigo con el que aliviar mi secreto, con el que compartir mi asombro.
Sólo al volver la vista hacia el patio me sobresalto ante mi visión y un puñetazo de incredulidad sacude todas mis amodorradas células: con una pierna apoyada en el suelo del exterior, una dama victoriana, una mujer sutilmente escotada, cubierta de encajes, ceñida en sus encantos, coronada por un moño que apenas deja caer a los lados dos mechones en tirabuzón, continúa con su plan de fuga. Yo me acobardo oliendo su miedo, que asciende por las paredes hasta mis fosas nasales. Siento, de esa forma en la que a veces se predicen ciertas cosas, que va a detectar mi presencia. Y con su cuerpo totalmente desprendido de aquel cubículo, clava, como consciente de mi mirada, sus ojos en los míos y, entonces, me doy cuenta de que esa mujer ¡TIENE MI ROSTRO! Huye, galopa libre, aliviada, mientras yo me voy reclinando, me voy cayendo poco a poco de espaldas. Llaman a mi puerta, pero no contesto. La voz, distorsionada tras la madera, suena todavía más horripilante y su eco desata las cadenas de mi tormento: “Señora Dalloway -dice- sus invitados se preguntan cuándo bajará a la fiesta.”

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LA CLAQUETA. Pánico entre los mimbretes de la genialidad

Con frecuencia recurrimos, sin quererlo, a un complejo eminentemente humano, desconcertante, deshilachado por una suerte de amaneramiento envidioso, con el que fabricamos alrededor de los genios una atmósfera incorruptible que protege sus carnes (sostenidas por huesos como los nuestros) con una especie de áurea divina y dorada que pareciese hacer emerger en ellos una suerte de material especial, el engrudo que une de forma inseparable al genio con una conexión estelar inalcanzable para lo mundano. Pero dentro del caparazón de la genialidad se desangra el artista en su frágil existencia, con su tibia seguridad, al igual que un ser humano corriente, avergonzado por ese torrente de fuerzas y miserias del que beben nuestras endebles raíces.

Nos perturbó con la locura de Norman Bates y su “posesiva” madre. Asesinó la idílica inocencia de los pájaros convirtiéndolos en duchos depredadores que desatan el pánico sobre la ciudad. Se burló del talante vouyerista de James Stewart y despeinó al inigualable Cary Grant con el vuelo de una avioneta.
Alfred Hitchcock, rey del suspense cinematográfico, nos entretuvo con mil anécdotas, sembró maldad y dudas en los rostros de mayor candidez; y compuso para los anales de la historia algunas de las películas más originales y emocionantes.
Pero sus celuloides apenas nos han dejado una visión sesgada de lo que Hitchcock era fuera de la pantalla. Conocemos su afición a los cameos, una tradición que mantuvo en 37 de sus 52 películas, y la gracia que le hacía pasearse por sus propias historias, como un personaje más que lanza un guiño cómplice al que mira, como si él mismo se encarnase en el Wally del Séptimo Arte y apareciese para aliviar el enredo de sus sospechas argumentales, consiguinedo hacer cosquillas a la mente de los espectadores.

Sin embargo, detrás de la cámara, lejos de los decorados y la vida del cine, este hombre robusto y corpulento (llegó a pesar 135 kilogramos) no fue capaz de espantar sus propias fobias infantiles. Y es que lo que más amedrentaba al creador de Psicosis era el cuerpo policial, se sentía igual que Gesualdo Bufalino, cuando una vez describió la repugnancia que le producía la idea de publicar sus escritos: “como si fuera un baldón, un sentirse tan desnudo y humillado como si estuviera delante de una uniformada comisión médica militar”. La policía para Hitchcock, igual que los lectores para Bufalino, poseía algo violento, algo intimidante, desgarrador, un arrebato de fragilidad ignominiosa.
Tenía un miedo irracional por los cuerpos del orden y la seguridad “Siento temor a los castigos corporales”, cuenta en una de las conversaciones del libro El cine según Hitchcock, del director François Truffaut, “Me siento siempre imaginativamente en el lugar de la víctima, las emociones de una persona a la que detienen y llevan a la comisaría en un coche celular y que contempla a través de los barrotes a las gentes que entran en un teatro, que salen de un café, que hacen su vida cotidiana con placer.”
Desde bien pequeño fue tímido y distraído. Y hasta que murió su madre no descubrió que tenía el corazón ¡un 16% más grande que el resto de las personas! Pero sí sabía que la presencia de un policía cerca de él desataba en su interior un miedo atroz que enervaba su calma y destruía toda su serenidad. Probablemente este miedo, que haría las delicias de los analistas freudianos, no era tan baldío e infundado. La explicación podría encontrarse en un castigo falto de cualquier sensibilidad. Hitchcock siempre recordó aquel momento de su infancia, con apenas cinco años, en el que su padre le encomendó la misión de entregar una carta en la comisaría. “El comisario la leyó y me encerró en una celda durante cinco o diez minutos diciéndome: esto es lo que hacemos con los niños malos” comentó el director, arrastrando todavía un fuerte desconcierto.
Resulta escalofriante imaginar a ese niño asustado, llorando en el interior de un penitenciario inglés sin entender nada de lo que ocurría, mientras un policía le contaba no sé qué absurda historia sobre “buenos y malos”. Porque lo peor de todo es que Hitchcock nunca recordó cuál había sido la causa de aquella penitencia que alimentó el absurdo desequilibrio existencial de alguno de sus personajes. Pero no cabe duda, de que hoy día sus progenitores serían enjuiciados por asocicaciones y tribunales de menores, sin contar la insalvable reprimenda que recibirían por parte de la SuperNanny televisiva.
Son este tipo de anecdotarios los que dejan caer la telaraña y abren el telón que marca la frontera entre el estrellato y el populacho. Se diluye el área incorruptible y el gran genio cinematográfico, fustigador de actores y descubridor de musas rubias, se desnuda con toda su fragilidad, atormentado entre sus propias sombras, con aquella fobia de niño retraído clavada entre las sienes. Y es que el miedo, del mismo modo que la muerte, no distingue a genios de mediocres y se cierne, con sus fauces de acero, sobre todo lo humano sin posibilidad de discriminación; y ni los mimbretes dorados del éxito consiguen separarnos de sus venenosos y mortecinos labios.

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EL MARCA PÁGINAS. El priapismo de las musarañas.

Sucede a veces que la autoconciencia guarda un fondo de repugnancia, un eco devastador que nos conduce hacia las llamas y al ensordecedor crepitar del abismo existencial, el laberinto de los miedos, la náusea de la esperanza regurgitando el eco de su ausencia. Escribir es locura, al igual que existir.

Para el último premio Nobel de Literatura, Jean-Marie Gustave Le Clézio, la vida aparece difamada entre los retales de la fe, compactada forzosamente por las alcayatas de esas pueriles ilusiones que fabricamos de forma incesante. La vida, alejada de su laberíntico estado de conciencia terrenal, de la certeza de mortalidad, se presenta con la hiriente fragilidad de los términos para engañar a los sentidos. Las “condecoraciones” literarias, los galardones de la envergadura de un Nobel, no cambian el tallaje de las obras, ni reconocen o dan mérito a la maestría de los escritores más allá de su gracia innata que, como escribientes, sólo puede valorarse con el sereno deslumbramiento que produzcan sus textos. Pero para lo que sí sirven estos premios literarios, sin duda alguna, es para inyectar una dosis comercial a libros descatalogados, para reactivar esa cadena polvorienta que, como el arpa olvidada de Bécquer, permanecía en el letargo, lejos del interés mercantil. Sin embargo, hay algo más bello en ese hecho: dar la llave a generaciones ausentes hasta entonces, acceder al escritor en sus comienzos, nos permite ahora volver nuevamente a la base de su escritura y fingir ser coetáneos de la publicación de aquella novela, El diluvio (Le Déluge), escrita en 1966 y reeditada por Seix-Barral en 2008.

Cuando Le Clézio escribió El Diluvio, obra posterior a El atestado (1963) y La fiebre (1965), andaba todavía experimentando sobre la escritura, el metalenguaje, la locura, el miedo y la libertad con sus alas mermadas por el temor de la elección perpetua. Representa, en este sentido, ése existencialismo francés abundante en los textos de Sartre. El filósofo francés también fue elegido para obtener el premio Nobel de Literatura aunque, haciendo hueco a las curiosidades, Sartre lo rechazó al considerar que la intermediación de las instituciones entre el hombre y la cultura extralimitaba lo admisible por su conciencia existencialista. Al margen de lo anecdótico, en las cosas más insignificantes, en los paseos más monótonos, aparecen en ocasiones, rutilantes, los ojos del abismo, el epicentro del terremoto arroyando con la seguridad, la lucidez iluminando el precipicio o, quizás, empujando directamente hacia su boca de sombras. “Todo esto recordaba un poco, si se quiere, a un árbol gigante, milenario, tan pesado y tan grande que poseyera muchas más características del reino mineral que no del reino vegetal. Entre estos dos reinos la distancia era ínfima; habría bastado un soplo, la traición de un botánico, por ejemplo, para cambiar de reino a este árbol. Y, mientras tanto, a pesar de las apariencias, la vida aún lo poseía, hacía siglos que había cesado de agitar sus ramajes, hacía siglos que no renovaba sus hojas, y que no crecían sus raíces. Pero aún existía. En los más íntimo de su coraza, en pleno tronco, aún palpitaba una especie de nudo de madera, y se agrandaba y cerraba su lazo, reposando las fibras desechadas en una décima de milímetro (…) el ribete entre la vida y la muerte había devenido tan estrecho, en este tiempo, que a cada segundo se esperaba vagamente que se rompiera.” Así ahonda Le Clézio en las palabras, así vibran en su contenido todos los significados que van más allá de lo cercable por el entendimiento. Dicen los críticos que Le Clézio reúne lo mejor de los escritores franceses de todos los tiempos, sin duda un arrogante envoltorio para presentar un obsequio literario. Particularmente, defiendo la validez más allá de las comparativas y lejos de mi incapacidad para hallar algo más que vagas conexiones entre Le Clézio y otros grandes del país galo, como Flaubert, sí es fácil, sin embargo, encontrar el soporte existencialista que sostiene y ruge en El Diluvio. La libertad en su sesgo de condena, la conciencia del individualismo y el dolor de una vida que no es más que un tránsito hacia un sino fatal. Se puede respirar cierta pudor al belicismo, el miedo que estruja a la humanidad en sus cadenas de acero, el sentido de fragilidad atusando los destinos. La experimentación lingüística de Le Clézio en esta obra llega a rozar el barroquismo, retorciendo sentidos y simbología, mezclando sonidos y plasticidad.
En el camino de sus páginas, El diluvio presenta también ínfulas de distopía, acariciando ese estilo de pesismismo literario que Ray Bradbury ensalza en novelas como Fahrenheit 451. “No habrá fin, del mismo modo que no ha habido principio”, cita Le Clézio, presentando credenciales al recuerdo de Don Fancisco de Quevedo Villegas cuando advertía al escribir “lo que llamáis morir es acabar de vivir, lo que llamáis nacer es empezar a morir: así como lo que llamáis vivir, es vivir muriendo”. Subyace, por tanto, algo de suicido literario en Le Clézio que desvela a través de su protagonista, François Besson, columna narrativa de El Diluvio, que vive atormentado por el ánimo y el libertinaje creador, por los múltiples caminos que se abren, en un abanico de angustiosa indecisión, en su recorrido por las calles de la ciudad. Es díscolo y descreído, no pretende escribir ni hacer nada bueno, y a la vez, cree alcanzar el prodigio en cada acción. François Besson es el propio diluvio que da nombre a la obra. Feroz, implacable, destructivo, incontenible. Como el agua misma, sólo fluye y quiebra. ¿Qué es sino un diluvio? Un cruel eufemismo para disimular la monstruosidad del agua, que se diluye en su fragmentación, gota a gota. Y en esos pequeños suspiros de agua, de apariencia frágil, se libera toda la furia creadora y toda la densidad devastadora. El diluvio, con su endeble cuerpo hídrico, nos convierten en víctimas de la erosión, pequeñas estalagmitas amenazadas por estalactitas, como infinitas espadas de Damocles que se ciernen con sus estructuras cálcicas, suspendidas constantemente sobre nuestras vidas.
Como historia argumental, de giros y cabriolas, de sorpresa y emoción, no es quizás El diluvio la novela en la que esta Trilby que les habla se enredaría para examinar cada recoveco, o en la que se fascinaría cualquier ingenio imaginativo. Más bien es otra cosa, el deleite de los sentidos, el progreso de las letras una tras otra, no amontonadas, sino como breves puntos de un cuadro impresionista que al aproximarse uno sobre otro, al rozarse en la visión desde la lejanía, consiguen dejar la impronta de un lienzo que eleva los sentidos al placer.
Hay una especie de paralelismo entre la vida y la escritura y todo esto es palpable en esta obra de Le Clézio. Sendas dicotomías, ráfagas de oxígeno y oscuridad, la atmósfera del escritor que divaga entre fantasías deshaciendo el idilio entre los labios de la pluma; y, luego, ese reducto que es la realidad azotando cada pensamiento en su cubículo asfixiante, frenando el libre flujo de la imaginación. La irreprimible curvatura de la biología en su tiento desconsolado hacia la muerte. Es cierto que los dientes del desasosiego comienzan a morder las membranas amuralladas de tu joven corazón ilusionado; y, si de cobardías se trata, a veces, cree esta Trilby, mejor es no leer siquiera si el asedio puede perturbarnos, mejor sería no atreverse a recomendar y clausurar el paso de El diluvio más allá de la estantería del olvido. Sin embargo, pese a esa atmósfera de desconciertos, de ruidos y flechas, de sirenas y guerras que podemos encontrar en esta primera etapa creadora de Le Clézio, también hay algo armonioso que se eleva por encima de la historia, algo que alivia y estimula los sentidos: el propio desfile de palabras, el deleite mismo de su literatura, cada escena transcurre lenta, detallada, en el minucioso y delirante juego de la pintura, como una película a la que le sobrasen planos y elementos, pero de la que se percibe, en la suma del conjunto, una armonía dolorosamente bella.
Las palabras son como un estrepitoso viaje entre lianas. El vaivén del cuerpo segregando ese vértigo adictivo en tu cabeza y las neuronas avezadas en sus conexiones, enviando impulsos de aquí allá. Todo tu cuerpo un gran sistema en funcionamiento del que, en el fondo, sólo percibes una suerte de embrollo neurótico y embriagador. Pero, a veces, sólo son eso que citarían los manuales de medicina (al igual que el propio libro recoge) como un síntoma de la rabia: un priapismo, una erección delirante, dolorosa y continuada. A Le Clézio las palabras le queman, arden en sus labios apretados, son llagas que dejan cicatriz. Son, si se me permite la metáfora enrevesada, ese priapismo literario, rígidas en su amenza de perpetuidad, desgarradoras, hirientea y bestiales, que poco tiene de venéreas y mucho de enfermedad. Y, pese a todo, de ese incontenible echarpe de angustias, emerge algo misteriosamente hermoso, algo inexplicablemente atractivo que se libera en la atmósfera del lector, por encima de las espadas que envainan las musarañas donde hibernan las partículas creadoras de la literatura, más arriba de todo eso, una suerte de deidad convierte a El Diluvio en el suculento manjar que enreda la exquisitez de los maestros entre los tejidos del placer literario.

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LA CLAQUETA. Se apagó la luz de Betsy Blair.

Gracias a las estrellas podemos llenarnos las alforjas de reproches infinitos. Por sembrar la madrugada con el sortilegio de su luz, por llevarse deseos fugaces en su destello e, incluso, por alumbrar alguno de esos besos que la noche recoge en sus senos. Pero lo más reprobable que le podemos echar a las barbas a una estrella es que se dejen arrastrar, como simples mortales, a la conciencia de finitud. Esto es, que les podemos reprochar lo que suele ocurrir con todas ellas: que algún día se apagan.

La actriz norteamericana Betsy Blair no fue nunca una fulgurante figura del star system aunque sí puede presumir de haber sido una de las intérpretes más serenas, consecuentes y plenas, tal y como ella afirmaba, “siempre hubo cosas más importantes que el cine” y, reconociendo no tener una carrera meteórica “en conjunto, mi vida ha sido dichosa”. Puede que algo de esa plenitud se le haya quedado atrapada en la memoria, cuando el pasado 13 de marzo falleció en su casa londinense a los 85 años de edad. Casada con Gene Kelly, el genial coreógrafo, director y actor de musicales, su matrimonio le permitió entrar en contacto con los grandes de la época y la fama que se granjeó en Hollywood estuvo siempre supeditada bajo la gigantesca sombra de su marido. Se enamoraron antes de que él se consagrase como un icono del ritmo norteamericano. Kelly se quedó prendado de ella cuando apenas era una huesuda bailarina de 17 años. Pero su amor duró lo que todos: el tiempo justo en el que quisieron caminar por el mismo sendero. Tras 16 años de matrimonio, se divorciaron en 1957 y Blair volvería a casarse posteriormente con el director checo Karen Reisz, cuando decidió abandonar el soberbio y remilgado paseo de las estrellas, para trasladarse al paupérimo y sarnoso Séptimo Arte europeo, que siempre (aunque injustamente) parecía un perro flaco en la comparativa con la macroindustria norteamericana. Apreciaciones históricas a parte, de su primer marido Betsy heredó una visión progresista e izquierdista que ella elevó al compromiso y al convencimiento, hecho por el cual fue “expulsada” de Hollywood debido al repudio laboral que sucedió a su inclusión en las denostadas listas negras que el “sesudo” senador McCarthy fabricó para los displicentes comunistas. Marty (1955), cuyo trailer se incrusta bajo estas líneas, fue la última película que Betsy Blair rodó en Hollywood.

Betsy Blair no poseía la endemoniada belleza que otras actrices desprendían en cada fotograma. Su aire cándido, elevado al mísero universo de lo pazguato y paparote, la arrastró con solvencia y credibilidad hacia esos papeles de solterona redimida, de mujer encorsetada en unos roles sociales que constreñían su espíritu soñador y romántico. En España rodó junto a Juan Antonio Bardem en 1956 Calle Mayor, película costumbrista que empuñó una navaja crítica para rasgar los ridículos valores de ese país tragicómico que, colmado del sentimiento nacional-católico, hirió especialmente a las mujeres durante el franquismo. Víctima de la macabra broma de unos enajenados señoritos de provincias, la Isabel a la que da vida en el filme español se resigna a aceptar su situación de repudio tras los cristales de su casa paterna, de la que no volverá a salir para no someterse al escarnio público. Betsy Blair no quería aceptar un rodaje en la España caudillista. Y Bardem tuvo que hacer filigranas para convencer a una actriz de talento que, lejos de los personajes a los que interpretaba, poseía un calado abismal, un profundidad comprometida, izquierdista y con un fuerte sentimiento de justicia. Fue necesario hablarle del mensaje que, como todo lo antifranquista, debía permanecer oculto o maquillado bajo las apariencias. Era la denuncia lo que Bardem desvelaba entre los visos del guión de Calle Mayor y, pese a las dificultades a las que se enfrentaron (el propio director fue detenido durante el rodaje), finalmente Betsy accedió a encarnar a esa joven provinciana vilipendiada entre las calles, fustigada con los encajes de la “solterona”.
Ya se han extinguido muchas estrellas en el cielo hollywoodiense. Y quedaban pocas de la validez de Betsy Blair. En su memoria y tributo podemos, al menos, encontrarla todavía tras Isabel, tras Clara y en todos esos personajes en los que sí quedará, pese a que se haya apagado, toda la luz de su arrojo interpretativo quemándonos los ojos.

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