Archivo mensual: septiembre 2010

El viejo y el mar: una novela clave en la obra de Hemingway

Ya hemos tratado en este blog el estilo periodístico que define la narrativa de Hemingway, depurada, llana, sencilla hasta redundar en la evidencia. Este deje reportero que determina la voz del escritor estadounidense es lo que podemos encontrar en su obra El viejo y el mar, posiblemente su novela de ficción más famosa, publicada en 1952.

Para Hemingway el cribado de la experiencia personal es necesaria y está fuera del marco que define la obra. Como el propio autor diría al respecto de El viejo y el mar:

Este libro pudo haber tenido más de mil páginas e incluir a cada uno de los personajes de la aldea y todos los procesos de cómo se ganaban la vida, cómo nacían, se educaban, tenían hijos, etcétera. Otros escritores han hecho esto excelentemente y bien. Al escribir, uno está limitado por lo que ya se ha hecho satisfactoriamente. Así que yo he tratado de aprender a hacer algo distinto. Primero he tratado de eliminar todo lo que sea innecesario, para comunicarle una experiencia al lector, de modo que después de que él haya leído algo, eso se convierta en parte de su experiencia y parezca haber sucedido en realidad. Esto es muy difícil de hacer y yo he intentado hacerlo con mucho esfuerzo. (…) [Respecto a los protagonistas] La suerte consistió en que tuve un buen hombre y un buen muchacho y los escritores se han olvidado de que tales cosas existen todavía. Por otra parte, el océano merece que se escriba sobre él tanto como lo merece el hombre. Así que tuve suerte ahí. Yo he visto al pez vela aparearse y sé de eso, de modo que lo dejé fuera. He visto un cardumen de más de cincuenta cachalotes en ese mismo pedazo de mar y una vez arponeé uno de casi sesenta pies de largo y lo perdí, de modo que dejé eso fuera. Todas las historias de la aldea de pescadores que conozco, las dejé fuera. pero el conocimiento es lo que constituye la parte del témpano que está bajo el agua.”
Del resultado de todo ese proceso de selección que reduce la historia a lo indispensable, surge una novela tan simple que aviva la experiencia literaria, en la que todo lo importante está fuera y es completado por el lector, que es quien da sentido verdadero a la aventura de ese anciano en busca del pez más grande jamás visto. Y es que, Santiago, el viejo protagonista, es el tipo solitario, lánguido y rutinario que resume el talante de los personajes de Hemingway. Marcado por la muerte de su esposa, esto es, sumergiéndose en la monotonía para obviar la ausencia, Santiago es ese héroe marginal que no busca conquistar el mundo, sino su propia soledad. Como Baltasar Procel señala en el prólogo de El viejo y el mar: “Los capitanes de Conrad son profesionales de un oficio determinado y procuran cumplir su cometido con irreprochable -aunque a veces fallen- eficiencia de funcionario. Creen en lo que hacen y en la sociedad que les ha encomendado la tarea, sin asomo de duda. La cual, inversamente, corroe hasta el tuétano a los tipos de Hemingway, para los que la acción es el todo, mientras miran hoscamente los deberes sobrestructurales con los que el establishment pretende condenarlos.”

Quizás por ello, Santiago no se conforma con pescar un ejemplar cualquiera, por éso se aleja de la costa, por éso busca atrapar el océano entero… ¿qué si no, puede simbolizar para un viejo limitado y anímicamente hendido, la captura del mayor pez jamás visto? Su único vínculo con la realidad, quien lo mantiene dentro de los límites de la sociedad y lo aleja de su universo ermitaño, es el joven pescador, quien admira a Santiago tanto como se compadece de él, de su soledad, de su existencia límite en el abismo de la cordura. La conjugación de estos dos personajes, la oposición entre la frescura y el poso de la experiencia llenan esta obra, aparentemente sencilla, de contrastes colmados de ternura y dedicación.

De este modo, El viejo y el mar se convierte en un libro que habla de la dignidad de lo cotidiano, que ensalza la resignación de la monotonía elevándola a un ideal. La pesca, por tanto, es sólo la huida, la fuga, la libertad romántica. Y hasta en los actos más autómatas y mecanicistas, puede esconderse una finalidad noble, que engrandece.
A través de Santiago, Hemingway nos habla de la templanza, de la tenacidad y la paciencia. Nos enseña que en la rutina, también puede haber filosofía. Y, sobre todo, intenta hacernos ver que los grandes logros, las más duras batallas, sólo se ganan con una única arma: el tiempo. Y son, precisamente, el tiempo y el océano, las almas subversivas de una naturaleza que afrentan al protagonista y al mismo tiempo lo conmueven.
Con el vaivén de un viaje que se dilata durante días y sin tierra que sirva de anclaje a nuestros ojos, la captura del enorme pez se convierte en una experiencia irrepetible sobre el respeto, la admiración y la supervivencia. Como sentencia el viejo protagonista: “Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado.”

La mar de los marineros

Para los lectores marítimos, ahí va la definición del narrador sobre “la mar”, referida en femenino, tal y como acostumbramos a oír en la costa. A pesar de todo -y como lo cortés no quita lo valiente-, hay que aclarar que la explicación es, por cierto, tan romántica como irremediablemente sexista:

[En referencia al viejo, Santiago] Decía siempre la mar. Así es como la llaman en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban altos, empleaban el artículo masculino, le llamaban el mar. Hablaban del mar como de un contendiente o un lugar, o aun un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacía las cosas perversas y terribles era porque no podía remediarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer.

La apreciación es meritoria, a pesar de las discrepancias que puedan surgir con la comparativa. Su valía reside en el hecho de que la obra fue escrita en Cuba, por lo que contiene muchas referencias a palabras en castellano. Y Hemingway tuvo la sensibilidad oportuna -llamémoslo, olfato periodístico- para apreciar la diferencia y describirla.

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Atrapados en las redes de Punset

¿Sabían ustedes que nuestra mente activa las mismas partes del cerebro para recordar y para imaginar? ¿Y que tardamos dos décimas de segundo más en contestar a una pregunta cuando mentimos? ¿Saben que es el inconsciente el que rige la mayor parte de nuestras acciones y que la consciencia apenas sirve para que podamos distinguir el presente, el pasado y el futuro? Éstas y otras curiosidades podemos encontrarlas en El viaje al poder de la mente, el libro que cierra la trilogía que Eduardo Punset elaboró sobre “las claves que mueven el mundo”.
Aunque su formación universitaria se desarrolló en las facultades de Derecho y Economía, Punset se ha convertido en uno de los divulgadores científicos más importantes de nuestro país, principalmente a través de su programa de televisión Redes. Son, precisamente, muchos de los elementos que encontramos en su espacio audiovisual los que podemos hallar en el libro que nos ocupa: sencillez, claridad, fascinación por la mente y millones de respuestas para entender cómo funciona el mundo y, sobre todo, cómo funciona el ser humano en interacción con su entorno y con el resto de individuos. Bien es cierto que la versión impresa entrelaza la ciencia con la biografía del autor, de modo que también asistimos a una especie de recorrido para entender cómo este barcelonés nacido en el año 1936 llegó a ser una pieza destacada en el engranaje de la Transición española; a presidir la delegación del Parlamento Europeo que perfilaría la transformación de la Europa del Este tras la caída del muro de Berlín; o cómo el hecho de superar un cáncer le devolvió el sentimiento de pertenencia a la manada; para, finalmente, aparecer en las pantallas de nuestros hogares siendo ese despelujado canoso con acento catalán al que le brillan las neuronas hablando de experimentos y del cerebro humano.

La primera lección imprescindible es que, por mucho talante ermitaño que uno quiera explotar, somos seres irremediablemente sociales. Claro que, dicho así, suena a perogrullada. Mejor incrustarlo dentro de nuestra propia evolución como animales:

“La primera construcción mental de los homínidos fue la que gira en torno a la identidad social y no a la conciencia de uno mismo (…) el primer concepto asimilado fue el de manada, el conjunto que daba pábulo a la cohesión social. Sólo en la segunda fase aprendimos a seguir contando por el número dos, por nosotros mismos, cuando nos reconocimos como tales mirándonos en el reflejo de las aguas de un río, casi al mismo tiempo que lo hacían los chimpancés y los bonobós, descendientes de un antepasado común. El líder surgió mucho después de la invención de los seguidores.”

De este modo, el libro entremezcla las claves de nuestro entendimiento con la evolución de la especie, de la Tierra y de nuestra relación con el propio Universo y los otros animales, extrañamente similares, dolorosamente parecidos a nosotros mismos.
Al margen de estas cuestiones y del complejo de superioridad evolutiva, otras curiosidades las podemos hallar en el funcionamiento del hipocampo, esa región cerebral que sirve para unir fragmentos de información en nuestro cerebro. Lo particular de esta zona es que, del mismo modo que resulta imprescindible para recordar, también es esencial para imaginar. “Cuando recordamos el pasado o imaginamos el futuro, se activan idénticos circuitos cerebrales”, resume el autor.

Con todo, El viaje al poder de la mente es un manual que limpia los cristales empañados de la habitación donde uno guarda su concepción del Universo, del otro y del nosotros. Aclara significados, pero no da claves para que uno se haga dueño y señor de ese único poder, que es el de la mente. Y no lo hace porque las herramientas ya está en uno mismo. Por un lado, el inconsciente rige casi toda nuestra actividad, pero también la mayoría de operaciones complejas de nuestro cerebro. Por no hablar de las emociones, las grandes desprestigiadas del conocimiento que, sin duda, forman parte de nuestra inteligencia. Además, en la línea de los antropólogos boasianos, Punset muestra los experimentos que han llegado a concluir “que ni el código genético es el único factor responsable de nuestra conducta, ni el código genético es impermeable a lo que ocurre en el entorno”. Llegamos, de este modo, a otra de las grandes claves: la plasticidad de nuestra mente.

Y es que, independientemente de lo que podamos aprender con la lectura, hay que reconocer a Punset su valor como traductor, la facilidad con la que abre las complejas puertas de la ciencia y la acerca, en unidades digeribles, al común de los mortales. Una forma accesible de saber, que siempre nos tienta a caer en sus redes…

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